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Textos del cuervo por Marcos Taracido

TdC es un diario de lecturas, un viaje semanal por la cultura. Marcos Taracido es editor de Libro de notas. Escribió también las columnas El entomólogo, Jácaras y mogigangas y Leve historia del mundo [Libro en papel y pdf]. Ha publicado también el cómic Tratado del miedo. La cita es los jueves.

Patetismo y crudeza de un Sade húngaro

El diario que estructura Las 120 Jornadas de Sodoma (1785) es profundamente monótono en su concepción, inmovilista: no se espera en absoluto que cambie nada de un día para otro, no hay argumento apenas, no hay siquiera esperanza para los secuestrados en el castillo de los cuatro libertinos más allá de saber cuál será la próxima tortura. Sin embargo, Sade logra cierto dinamismo a través dos elementos muy diferentes entre sí: un esfuerzo lingüístico considerable para no resultar repetitivo (al menos no excesivamente repetitivo) en las múltiples variedades de actos y perversiones sexuales que se narran, y un tono de tal crudeza, una retirada moral del narrador de tal embergadura y desnudez que obliga a una tensión constante para evitar la huida: «14. Le gustaba joder por el culo y luego entierra a la mujer hasta medio cuerpo y así la alimenta hasta que la mitad enterrada se pudre». Las listas son esenciales; los libertinos establecen reglas, muestran sus gustos o enumeran sus planes de acción constantemente, y los ejecutan en un juego brutal. Pero Sade narra, y su historia es ficción.

El diario de Géza Csáth (1919; El Nadir, 2009) no lo es, aunque la mente enferma del escritor húngaro tienda a transformar la realidad sutilmente para adaptarla a su favor. En el diario Csáth narra con igual desnudez moral que el narrador de las 120 jornadas sus constantes conquistas sexuales, abusos o violaciones muchas veces, y su adicción al opio y otros estupefaccientes desde el momento de mayor ebullición hedonista, cuando el sexo y la droga le causan profundos placeres, hasta su destrucción total. La lucidez, cómo poco a poco nota que la droga y su propia mente le dominan, los patéticos intentos por desengancharse, y las listas: primero eufóricas, dejando constancia de sus proezas sexuales y sus planes de ascenso profesional y sentimental; después desoladoras, enumeraciones de cómo iría reduciendo las dosis día a día hasta la curación que se desmiente una y otra vez con recaídas y el progresivo deterioro físico y mental que, lo sabemos desde el principio, le llevarían a matar primero a su mujer, amada intensamente en los inicios, y después a él mismo. Aquí el inmovilismo y la monotonía vienen de una escasa habilidad en el lenguaje sexual, tópico y repetitivo, y de falta de tensión narrativa. Pero esa tensión llega para el lector de una certeza: lo que se lee no es ficción, y pocas veces el deterioro y la degradación se muestran con tal crudeza y tanta luz: «Para celebrarlo me pinché de nuevo. Es cierto que la alegría y el dolor son igualmente insoportables para un verdadero morfinómano».

Marcos Taracido | 18 de junio de 2009


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