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Textos del cuervo por Marcos Taracido

TdC es un diario de lecturas, un viaje semanal por la cultura. Marcos Taracido es editor de Libro de notas. Escribió también las columnas El entomólogo, Jácaras y mogigangas y Leve historia del mundo [Libro en papel y pdf]. Ha publicado también el cómic Tratado del miedo. La cita es los jueves.

Las voces del autor, el espejo transparente

Jugaba; tenía desplegados decenas de pequeños hombrecillos, una comunidad atareada en diversos asuntos ciudadanos. Y ella daba voz a los sujetos, mientras manipulaba sus cuerpos, los vestía o guiaba algo toscamente la mano con la que una madre alimentaba a su hijo. En el fragor de los diálogos ella puso en boca de un malvado una sarta llamativa de palabros, tan desmesurados a su cuerpo —el de la titiritera, digo— como la dentadura de un leopardo en la boca de un mirlo. El resorte paternal saltó y se le reprendieron las palabras gruesas. Y ella, remota e inconsciente Homero, dio una lección: esa emisión abyecta no era suya, sino que el verbo pertenecía al muñeco.

Qué poco aprendimos con Cide Hamete Benengeli. Cómo nos cuesta desprender la voz que habita y la del huésped. La ficción es otra cosa; la ficción es un espejo transparente: nos miramos en él y caemos a un pozo interminable, como haces de luz que se disgregan y migran para formar miles de imágenes. La imaginación, que es el anverso, como las espaldas invisibles y que sólo existen para los ajenos. No, la ficción sale de uno como las hormigas abandonan un cadáver: con fragmentos y migas que pasan a formar parte de sus cuerpos: hay algo en ellos de su ancestro, pero ya irreconocible, otro. Los monstruos que se despeñan desde el ingenio no son el ingenio; los héroes que emergen de una mente no describen a la mente. Las imprecaciones que borbotean desde la boca de la niña, no califican a la niña.

Tender a interpretar como uno el discurso del autor y el del narrador es una lacra pesada. No sólo simplifica la realidad y la dibuja sin dimensiones, sino que provoca silencio. Las creaciones son libres, ajenas a su autor y sólo unidas por un lazo férreo pero invisible. El narrador es el que habla, no el autor, y sólo desde esa premisa tantas veces olvidada desde la recepción es posible construir sin lastres y en libertad, requisito imprescindible para imaginar en una sociedad abierta y madura.

Marcos Taracido | 02 de octubre de 2008

Comentarios

  1. Cayetano
    2008-10-02 17:42

    Hermoso texto que requiere otro inevitablemente peor:

    En un año indeterminado, del que no quiero acordarme, de la década de los ochenta estaba yo arruinado, desesperanzado y aún creía que era un artista.

    Necesitaba un cambio, empezar de nuevo (otra ilusión nunca se empieza de nuevo), acabé en un pueblo llamado Binéfar donde encontré un trabajo (clase de plástico que no de plástica). Acostumbrado al verde y las altas montañas aquello me pareció desolador. Es la semi-falsa historia del autor, en aquel páramo conocí a un grupo de personas, despues amigas, y tambien a los Los Titiriteros de Binéfar Eran entonces, y seguirán siéndolo sin duda, una gran pareja.

    Yo era, y soy, aficionado al teatro de sombras desde que vi un espectáculo de un autor cuyo nombre no recuerdo ahora (pero si de la función) y un día mientras miraba los títeres en el taller de Los Titiriteros de Binéfar tuve eso que llaman una revelación.

    Los niños se reían con los cachiporrazos que daba el bueno o el malo, todo era muy simple, quienes manejaban el muñeco jugaban, representaban, divertían y se divertían. Aquello no era un espectáculo violento, los autores no eran violentos (doy fe), los espectadores no eran violentos … un acuerdo tácito y un sentimiento común: Estamos jugando, nos sentimos vecinos, juntos, una comunidad de juego en un momento feliz.

    Más tarde, aquella idea empezó a teñirse de horrores. Hay otra representación más sofisticada en la que los autores no son Los Titiriteros de Binéfar son otra cosa perversa y ruin que finjen un espectáculo al que llaman realidad. ¿Qué es sino un noticiario de TV?. Una sofisticadísima representación de títeres que solo pretende captar nuestra atención.

    Hacernos creer de forma perversa que “esa” es la realidad, una enumeración reiterativa de los Grandes Acontecimientos de la Historia.

    Y nuestra historia, la de nuestros antepasados, la de nuestros amigos, la de nuestra familia, sus hazañas, sus lágrimas y alegrías son insignificantes anécdotas. Depende

    Así el autor, este escribe, no es lo que escribe, ni lo que pinta, ni lo que dice. No puede serlo porque es incapaz de “representar” los infinitos instantes y detalles que conforman realidad (La pintura del tigre en una pared hecha de miles, infinitos tigres, que cuenta Borges).

    Y es cierto, se requiere un aprendizaje largo y duro para separar la “obra”, en tanto que representación, de la complejidad casi inabarcable de algo que aquí llamamos humano. Quien mueve la mano no es el títere. No se dejen engañar. A no ser, claro, que estén en una función de Los Titiriteros de Binéfar

  2. Ana Lorenzo
    2008-10-03 17:39

    Un texto precioso: parece que la desbordante imaginación infantil es la que es capaz de colocar a la creación literaria donde merece. Desde luego ellos no tienen ningún pudor en apropiarse de las obras de los más grandes autores y hacerlas suyas.
    A lo mejor por eso nos gusta tanto leerles en voz alta o que nos lean, o que inventen funciones de guiñol para nosotros.
    Por otra parte, un autor, un hombre, nunca es sus ideas. Más allá de sus ideas, la obra es, muchas veces, una maravilla que se emancipa de su autor y cobra una vida propia, alimentada por lectores y lecturas.
    Un beso.



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