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Textos del cuervo por Marcos Taracido

TdC es un diario de lecturas, un viaje semanal por la cultura. Marcos Taracido es editor de Libro de notas. Escribió también las columnas El entomólogo, Jácaras y mogigangas y Leve historia del mundo [Libro en papel y pdf]. Ha publicado también el cómic Tratado del miedo. La cita es los jueves.

Todos han muerto

Recién descubro a José Barroeta y se me muere. Al menos tengo aprisionado lo que de él me interesa en Todos han muerto (Candaya, 2006), libro que reune toda su poesía, desde su primer poemario de 1971 hasta el último del 2006. Es cierto: ya no dará más versos, pero no es poco lo que deja. Con matices y variaciones, la voz poética es la misma en los 6 libros recogidos: una voz serena, comida por el dolor que le produce el mundo, alucinada siempre en torno a los lados ocultos de lo más cercano, una voz que registra e inquiere y voltea los sentidos, la familia, sus muertos y los que todavía escapan a la materia inerte. Barroeta escribe en un campo minado: cada poema es una angustia, y uno lo lee con el sudor en los ojos y esperando —deseando— que llegue al final sin saltar por los aires: apenas llega a explosionar nunca, y las pocas veces que lo hace deja un cadáver hermoso. La construcción del poema sigue la técnica del artificiero, y nosotros asistimos con ese ardor en el pecho: una tensión del contrapunto, o continuo traspaso entre los versos que le lleva a la cabriola surrealista o la metáfora audaz, como si a punto de pisar sobre el detonador enterrado se sostuviese en el aire el tiempo suficiente para dar dos pasos. De la poesía de Barroeta puedo decir que tiene una virtud escasísima en lo que a mí me afecta: mueve a la creación, mueve a paladearla en voz alta y seguir uno mismo en variaciones infinitas.

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me consolaba
y estaba segura, como yo,
de que habían muerto todos.
Me acostumbré a la idea de saberlos callados
bajo la tierra.

Al comienzo me pareció duro entender
que mi abuela no trae canastos de higo
y se aburre debajo del mármol.

En el invierno
me tocaba visitar con los demás muchachos
el bosque ruinoso,
sacar pequeños peces del río
y tomar, escuchando, un buen trago.

No recuerdo con exactitud
cuándo empezaron a morir.
Asistía a las ceremonias y me gustaba
colocar flores en la tierra recién removida.

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me esperaba.
Dijo que tenía ojeras de abandonado
y le sonreí con la beatitud de quien asiste
a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.

Hace ya mucho tiempo que no voy al poblado.
No sé si Eglé siguió la tradición de morir
o aún espera.

José Barroeta, Todos han muerto, 1971

(En realidad este poema no es del todo significativo, pero me gusta especialmente; lo narrativo tiene poco peso en su obra, pero aquí me parece maravilloso como se rompe sutil y decisivamente esa narración con lo poético.)

Es curioso cómo la lectura privada puede estar tan poseída por la subjetividad; creo que leer poesía es, en parte, una recreación imprescindible en la que el lector pone no sólo su intelecto (como en una novela), sino su ritmo, su tonalidad, su acento, su cadencia en la respiración, su aliento.El libro, como viene siendo sabia tradición en Candaya, viene acompañado de un cd con recitaciones de Barroeta. Quizás no sea buena idea escucharlo, pues se corre el mismo riesgo de perderle el respeto que cuando se escucha a Neruda o a Alberti: desconozco las circunstancias de su muerte, pero el poeta articula con dificultad algunas letras, sobre todo la “s” y la declamación es monótona y cansina, y los poemas salen lamentablemente destrozados. Quedan advertidos.


[José Barroeta, Todos han muerto ]

Marcos Taracido | 22 de noviembre de 2007

Comentarios

  1. Ana Lorenzo
    2007-11-22 18:36

    Gracias por descubrirme a José Barroeta: he leído algún poema más en la red y, desde luego, me apuntaré el libro. ¿Qué mejor recomendación que esta?: «De la poesía de Barroeta puedo decir que tiene una virtud escasísima en lo que a mí me afecta: mueve a la creación, mueve a paladearla en voz alta y seguir uno mismo en variaciones infinitas.»
    (Tienes razón: lo suyo no es recitar las poesías.)
    Un beso.



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