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Textos del cuervo por Marcos Taracido

TdC es un diario de lecturas, un viaje semanal por la cultura. Marcos Taracido es editor de Libro de notas. Escribió también las columnas El entomólogo, Jácaras y mogigangas y Leve historia del mundo [Libro en papel y pdf]. Ha publicado también el cómic Tratado del miedo. La cita es los jueves.

Continuidad del oráculo

Hay una línea extraña entre el arte y la adivinación. La ficción es un remedo especular del sortilegio, un envés pacífico pero no inocente. Veo los ojos opacos de Tiresias anunciando venideras hecatombes y observo a Homero, blancos los ojos por la perplejidad, construyendo las olas y los cíclopes como se afila un lápiz con navaja, preludio y visión de toda fantasía. El augur y el lector comparten interpretaciones del mundo, la aventura de descubrir en las entrañas, carne o papel, una versión del mundo. El oráculo y el libro son ambos linternas para alumbrar los rincones oscuros. El escritor y el adivino estudian el vuelo de las aves y concluyen, y su ficción será exacta sólo en aquellos aspectos que carecen de importancia para la vida. En algunas hojas todavía Ulises vive en un naufragio.

Hablo de descendimiento porque el poemario está señalado por palabras que indican esa dirección: “declive”, “naufragio”, reducción a la mínima expresión, a la célula original, que se hace en poemas como Naufragio y Trampas. El poeta aplica un método científico en su observación y búsqueda, descompone y reduce, y muestra los resultados con frialdad de laboratorio, sin engañar(se): “¿la indulgencia? // restos de madera/ carcomidos por isópteros”. No da mucho juego esta metodología a la esperanza porque el hombre se estanca en un no movimiento llamado Progreso: “avanza y retrocede/animal ilustrado”. Se apela apenas a los “ecos / de una hebra infinita” pendiente de hilar.
Daniel Bellón, Poemas para un descendimiento

Cuenta Borges en Parábola del palacio (El hacedor) de cómo el primer poeta escribió el palacio en un poema, y el emperador lo sacrificó por haberle arrebatado su casa, y el poema se perdió en el tiempo, y es por ello, dice el otro ciego, que los poetas siguen todavía buscando «la palabra del universo». Germán Machado está en ello y su Artes adivinatorias (Premio 45+ 1 de la Feria nacional de Libros y Grabados de Montevideo, 2006) es obra de zahorí, y como el encantador de agua su trabajo es silencioso y prospectivo: áspero en ocasiones, y certero, y el descenso es al centro de la palabra, y va armado para enfrentarse a la suciedad y el miedo. Los brillantes primeros versos de casi todos los poemas son un destello que a veces no dura hasta que toca el fondo, pero quizás sea un peaje difícil de evitar en el periplo. Dice Bellón en su reseña que en el hábitat desbordado de la desesperanza que domina el poemario la única salida que se vislumbra levemente es el recurso a la adivinación, y esa artimaña —arte de mancia», creo yo que Machado cree, es la escritura, Homero y Tiresias abocados.

Marcos Taracido | 08 de febrero de 2007

Comentarios

  1. germán
    2007-02-09 02:09

    Marcos, muchas gracias por tu atenta lectura. La de Bellón también lo es. Y muy inteligente, por cierto, si bien tengo con él una deuda que no estoy seguro de poder pagar por ahora: discutir algunos aspectos sobre la cuestión del progreso tal como aparece en uno de los poemas del libro (soy escéptico, pero del modo en que ya lo era Hesíodo, que no por ello dejaba de alentar una perspectiva de progreso, avance, en lo que respecta al ser humano). En los versos “avanza y retrocede / animal ilustrado” se puede pensar en una suerte de estancamiento cuando la lectura interpreta dos movimientos. Pero si interpreta un sólo movimiento, entonces el avanzar (que es permanente) se procesa como un retroceder. Y allí tenemos que todo síntoma de civilización, cultura, progreso es a la vez un síntoma de barbarie, brutalidad, regresión. Por ahí va un poco ese texto, intenta decir que el ser humano continúa siendo un animal, aunque ilustrado, claro.

    En tu nota me gustó eso del trabajo de zahorí. A propósito, te envío aquí un texto que escribí hace tiempo y pretendió ser un palíndromo, si bien tiene un problema: para que funcione como tal tendríamos que admitir la posibilidad de intercambiar una s con una z. Dice:

    Aire sátiro, haz al amanuense le delezne una mala zahorita seria.

    Y esto, lo de S/Z (el amanuense y la zahorí pequeña) nos conduce a Barthes, quien afirma que cada texto se refiere de una manera única a una cantidad de textos “ya escritos”. Eso puede negar al autor, pero ennoblece al lector en su papel activo. El lector puede entrar en un texto y hacer las conexiones de sentido que desee sin tener en cuenta la “intencionalidad” del autor. Tú y Bellón han ido más lejos, quizás más profundo, incluso, de donde yo pretendía llegar. Gracias. Un abrazo para ambos de Germán.



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