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Tele por un tubo por Ramiro Cabana

Ramiro Cabana es comentarista de radio y televisión. Tele por un tubo dejó de actualizarse en agosto del 2006.

¿QUÉ CLASE DE FAMOSOS?

Guapas y muy queridas mías: este fin de semana hemos estado en Londres mi chavala et moi y, como es su terrible costumbre, Taracido me ha exigido que escriba sobre la tele del país que visito. Como si no tuviese otra cosa mejor que hacer que ver la tele cuando salgo de viaje.

¿Vosotras lo hacéis? ¿Salís al extranjero y os ponéis a ver la tele? Y también vais a McDonald’s, supongo, en lugar de poneros a experimentar con la cocina del lugar visitado. Así hacen los gringos, que están tan espantados por todo lo que no conocen que siempre acaban en las hamburguesas. Igual que muchos europeos que deambulan por mi ciudad espeinola. No entienden lo de los menús de mediodía, que además no les sirven a su hora de comer, a las 12, y se lanzan a lo igual en todas partes. Uno siente ganas de echarlos del país, pero sabe lo necesaria que es la plata que deja la industria del turismo, la industria del no se nos ocurre nada mejor.

La tele también es bastante igual en todas partes. Series americanas, alguna local, y mucha telerrealidad de la iniciada inicialmente por Gran Hermano, esa gran factoría de famosos-nadie. Aunque yo firmaría una especie de Gran Hermano VIP en el que los expulsados y los que se rajan a medio programa tuvieran que firmar un contrato que dijera que nunca más aparecerán en los medios: tele, radio, prensa: el que sea. Sería una especie de higiene socio-mediática. Y los VIPs serían elegidos por sorteo entre todo el personal que hubiera aparecido en la prensa del corazón durante el año previo, incluidos los periodistas.

¡Qué limpias os sentiríais! Qué limpio me sentiría yo, si algo así se hiciera. Qué alegres estaríamos con esta especie de barrenderismo social y mediático, que se parece tanto a la limpieza étnica a la que todos y todas aspiramos. Porque todos y todas aspiramos a algo así, ¿no? Y si no es así, entonces ¿a qué viene tanta urbanización en las afueras, tanto chalé adosado, tanto oír la radio en el coche de camino al curre?

Lo que queremos es que todo esté ordenado, limpio, que no haya suciedad en las calles, que nadie fume en los bares, que sólo hablen los que dicen lo que ya pensamos que pensamos. Es ese pequeño fascista que todos y todas llevamos dentro y que nos avisa sobre lo impuro, lo diferente, lo ajeno, lo alieno. Por ahí van los tiros, ¿no, queridas?

En un salón de clase, esa pureza que tanto nos gusta no existe. Por eso me gustó tanto el primer episodio de un reality show de una cadena inglesa cuya identidad ya no recuerdo. La cosa iba de que tres famosos (en este caso, dos famosas y un famoso) abandonaban sus quehaceres diarios (es un decir) para ir a dar clase a una escuela primaria en algún suburbio de alguna ciudad inglesa.

La cosa tiene miga, porque una de las primeras verdades que quedó demostrada fue que dar clase en una primaria es difícil. Que no lo puede hacer cualquiera. Que hace falta formación y preparación y talento y ganas. Que todas las chorradas que decimos sobre el sistema educativo provienen primordialmente de nuestra complacencia, de nuestra pereza y de nuestra imbecilidad. La particular y la colectiva.

De los famosos, hubo quien fracasó, quien triunfó y quien se quedó a medias. En realidad, todo dependía de su nivel de narcisismo. Cuanto más narcisista, menos éxito en clase. Y por éxito me refiero al interés y el aprendizaje del personal infante, no al aplauso tipo público borreguero que nos encontramos en los platós habituales. En otras palabras: cuanto más pensaba en sí misma la persona famosa, menos funcionaba en clase.

¿Y no es esa la verdadera verdad sobre la paternidad y la maternidad? ¿No es eso enteramente contrario a la promoción del consumo a la que nos hemos habituado como si fuera el agua salada en la que nadamos, exóticos pececillos que somos cada uno de nosotros, cada una de vosotras? ¿No es ese narcisismo la adolescencia perenne que tanto nos informa y tanto nos inquieta? ¿Os habéis mirado bien al espejo hace poco? Yo vengo de hacerlo y, he de decirlo, estoy monísimo con mi pelo largo, mi rostro sin sonrisa y mi porte aristocrático.

Los ingleses a sus famosos les llaman celebrities. Ya nos gustaría tener una palabra como esa, pero como no la tenemos, les llamamos famosos. Así es como hemos estropeado el antiguo concepto de fama, tan útil y bonito como era. Ahora lo que nos queda es una especie de bruticie espiritual que no nos sirve para explicar la notoriedad, ni cómo se llega a ella. Para comprobarlo, sólo hace falta echar oído a uno de esas peleas sin fin en las que un montón de periodistas y famosos ignorantes o post-cultos debaten la cuestión de la fama.

Yo sé que todas vosotras aspiráis a la fama. A la fama sin esfuerzo que tanto esfuerzo exige. Porque una cosa nos queda clara del famosismo: es un trabajo a tiempo completo que no deja tiempo para pensar en nada más, en nadie más. O sea que, o se trabaja en algo serio, o se trabaja en ser famoso. No hay compatibilidad entre esas dos actividades. Y creo que es hora de admirar al personal que se deja la piel en cosas serias. Creo que nuestra asfixia autoérotica con la fama ha traído ya el orgasmo que esperábamos. Creo que es la hora de ponerse a trabajar y crear una sociedad donde esté de puta madre vivir.

También creo que voy a sacar a Borja, que lo veo un poco hinchado de vejiga. Creo que os digo Chao, hasta la semana que viene, queridas. Creo que he estado un pelín moralista hoy. Pero creo que valía la pena sacármelo de encima.

Chao.

Ramiro Cabana | 01 de febrero de 2005

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