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Tele por un tubo por Ramiro Cabana

Ramiro Cabana es comentarista de radio y televisión. Tele por un tubo dejó de actualizarse en agosto del 2006.

El fumadero

Queridas amigas personas lectoras, hoy meo un poco fuera de mi tiesto para discutir un tema que, en mi siempre ligera opinión, no se está discutiendo lo suficiente y acabará por acabar mal. Se trata, como habréis adivinado ya por el título, de la prohibición de fumar en lugares públicos. Lo he visto en la tele y eso me da permiso para escribir lo que pienso.

El domingo antepasado entró en vigor en Italia tal prohibición, y se está implementando a golpe de multas. Esta es una moda anglosajona, que aceptamos sin rechistar, como aceptamos todas las modas anglosajonas: comer mal, beber hasta caerse muerto, ver mala televisión, leer basura, afear los coches por medio de un procedimiento llamado tuning. Todo nos encanta de los anglosajones y lo celebramos a diario. Sólo nos faltan sus guerras. Pero todo se andará.

Revisemos la cuestión. ¿A quién afecta más la prohibición de fumar en público? A la gente que no tiene pasta, claro. Las clases altas ya nos preocuparemos de montar nuestros clubes privados donde se pueda fumar, igual que ocurre en los países anglosajones. Vosotras, en cambio, tendréis que salir a la calle a fumaros un cigarro mientras se os calienta la cerveza o una mosca se ahoga en vuestro vino. El otro día mismo ya fui invitado a formar parte de un club para fumadores. No os digo la cuota de entrada, ni las mensuales, porque se os caería el alma—y el salario—a los pies.

¡Qué tristeza me trae que se prohíba el tabaco! Otra imposición más, entre las muchas que os esclavizan. Veréis, yo puedo fumar en mi lugar de trabajo porque es mi despacho y no es un sitio público. Cuando viene alguien a verme, y el humo de mi cigarro le molesta, lo dice, y yo apago. Por cortesía. Pero es mi lugar y yo dicto las normas. Si no le gusta al Gobierno, ya puede venir a buscarme. Hay un trabuco en alguna pared del palacete. Sólo tengo que cogerlo y echarme al monte. El servicio me traerá la comida y haré un pic-nic cada día.

He preguntado en uno de mis bares habituales y el dueño me ha dicho que su bar es para fumadores. Hace bastante negocio y perder a unos cuantos no-fumadores—el 70% de la población—le trae sin cuidado. Lo que yo me pregunto es por qué el Gobierno no aprovecha la situación y se pone a vender licencias de humo. El bar que quiera admitir fumadores pagará la licencia igual que se paga una licencia por montar una terraza: porque atrae negocio. Eso da la libertad de opción tanto al local como a la clientela.
Además, con el dinero de las licencias de humo se podría financiar vuestra educación, bastante maltrecha, por lo que dice todo el mundo. O la investigación científica. Si a vosotras os molesta el humo, no tenéis por qué ir a ese bar, ir a los bares no es obligatorio. Además, podéis escoger otro para no fumadores, tranquilamente. No creo que se os caiga el pelo por ello. Y si ocurre, no pasa nada, porque con las licencias de humo se paga un proyecto de investigación contra la alopecia ¡y todos contentos!

El Gobierno dirá que no funcionaría porque todos los bares comprarían la licencia y los no-fumadores se quedarían fuera. Pero eso está por ver. Dependería de la clientela de cada sitio, o de la preferencia de sus dueños. Seguramente se crearía un mercado para locales sin humo. Las licencias, también, podrían ayudar a financiar a las ciudades, que desde el precipitado retiro del IAE se han quedado en bolas. O mejor dicho, se han quedado en bolas las regidurías de cultura y servicios sociales, precisamente las que más atienden a personas sin dinero (¿o es que os atrevéis a pagar lo que vale la cultura sin subvenciones?).

Hasta ahora el tabaco era un vicio democrático. El Gobierno quiere eliminar el adjetivo. Habrá gente (con pasta) que pueda fumar en sociedad y gente (sin) que no pueda. Así de fácil, queridas. Porque se prohibirá fumar en lugares públicos. Pero si el lugar es privado, ahí el Gobierno no tiene nada que decir.

Para que veáis a qué me refiero, os contaré la estructura del club al que se me ha ofrecido pertenecer. Será un sitio de lujo, con buenas maderas en las paredes, sillones de cuero, biblioteca e internet por wi-fi, para que yo pueda escribir mis ya famosas columnas con un puro entre los dientes. La casa servirá bebidas a buen precio o gratis, según la hora del día. Los miembros tendrán la posibilidad de almacenar sus propios vinos en la bodega del club y sus propios puros en el humidor. Se podrán traer dos invitados al mes gratis, el resto a 25 euros por cráneo. Habrá un restaurante público al lado donde no se podrá fumar, pero los socios podrán tomar el aperitivo en el club, ocupar su mesa cuando esté lista y volver al club para tomar el café y los licores. Allí se hablará de cosas importantes y se harán negocios millonarios. Ya he estado en un sitio parecido en Nueva York, y este lo imita. Vosotras, a menos que tengáis las necesidades cubiertas y bien cubiertas, estáis excluidas.

Yo me lo estoy pensando. No por la pasta, sino porque los otros miembros del futuro club (los que conozco) no me caen muy bien. Otra opción que tengo es no salir. Organizar cenas en el palacete para que venga la gente amiga a comer, beber, charlar y fumar con toda tranquilidad. Convertir mi casa del siglo XV en un club privado para mi gente querida. Pero yo tengo mucho espacio y puedo traer a toda la gente que quiera sin molestar a los vecinos. Vosotras ya veréis.

Fumar en sociedad se acaba, queridas. Se acaba para vosotras, no para quienes podemos montar nuestra sociedad aparte.

Chao.

Ramiro Cabana | 18 de enero de 2005

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