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	<title>Libro de Notas - Cuentos</title>
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	<description>diario de los mejores contenidos de la red en español</description>
	<pubDate>Tue, 06 Sep 2022 17:49:23 GMT</pubDate>
	
	<item>
		<title>Con rostro humano</title>
		<description><![CDATA[<p>El día de faena, el rebaño pasa por el brete. Allí se aplica el marronazo a todas y cada una de las reses. Del ganado muerto, un par de vaquillonas quedarán en la estancia para el asado de la peonada.</p>]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>por <em>Germán Machado</em></p>

	<p>El día de faena, el rebaño pasa por el brete. Allí se aplica el marronazo a todas y cada una de las reses. Del ganado muerto, un par de vaquillonas quedarán en la estancia para el asado de la peonada.</p>

	<p>El día de faena, el patrón &mdash;un hombre de bien&mdash; reparte carne asada entre el personal de la estancia. Además de convidar con asado, el patrón presta a los peones más viejos unas dentaduras postizas. Las reparte tratando que los talles se ajusten más o menos bien a las necesidades de masticar de los desdentados. Luego que estos las usan, se las devuelven y él las guarda en el depósito de herramientas, desinfectándolas con agua y creolina. ¡Así de higiénica es la tarea en la estancia!</p>

	<p>Es que el patrón sabe que en la próxima jornada de faena volverá a usar las dentaduras; por eso las conserva. No usará todas, por cierto, porque entre jornada y jornada, sucede que alguno de los peones viejos va a dar con sus encías bajo tierra.</p>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/cuentos/13930/con-rostro-humano</link>
		<pubDate>Sat, 07 Jun 2008 08:41:33 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Germán Machado</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>Educación Permanente</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p><cite>Germán Machado</cite></p>

	<p>Hacía tiempo que no recogía un folleto en la calle. No digo recoger del piso, sino recoger uno de esos que te entregan en la mano. Sistemáticamente, evito cruzarme con quienes los ofrecen. Si voy andando por la acera y veo que hay alguien entregándolos, calculo el momento en que esté ofreciéndoselo a otra persona y entonces avanzo, esquivándolo. He llegado a cruzar a la otra acera con tal de no toparme con muchachos y muchachas que ofrecen folletos promocionando casas de masajes, restaurantes con menú profesional, pizza por metro, out let de zapaterías, jeans a mitad de precio&#8230;</p>

	<p>No es que desprecie a la gente que hace ese trabajo. En lo más mínimo. No hacen más que ganarse el jornal honradamente. Si no los recojo es porque después no sé que hacer con los papeles. No me gusta tirar desperdicios en el piso. Pienso que es incorrecto hacerlo. En el curso que hice en verano sobre Protección del Medio Ambiente e Higiene Social nos enseñaron a ser extremadamente cuidadosos con el manejo de los residuos, todos los residuos. </p>

	<p>Y en nuestra ciudad &mdash;cualquiera puede comprobarlo&mdash;, uno camina cuadras y cuadras sin encontrar un recipiente donde arrojar desperdicios. Los que coloca el municipio, por lo general, están rotos, o están llenos a desbordar. Al final, cuando recojo un folleto termino por guardarlo en mi bolsillo, y me tengo que desprender de él en mi casa, o en la oficina, según me esté dirigiendo a un lado o al otro. En todo caso, es una molestia. Por eso, hacía tiempo que no recogía ningún folleto en la calle. </p>

	<p>Hoy recogí uno. La muchachita que los entregaba me tomó por sorpresa. No la vi de antemano. Cuando llegué a la esquina, ella giró sobre sus talones y, como a quemarropa, me dijo: &#8220;Sírvase&#8221;. Me puso el puño a la altura del pulmón derecho, y con el puño, el folleto. </p>

	<p>Estuve a punto de negarme a aceptarlo. Iba a decirle que no, que gracias, no necesito, recién me dieron. Pero la muchacha me sonrió gentilmente, como dando por hecho que yo lo iba a llevar. Y lo llevé. </p>

	<p>Guardé el folleto en mi bolsillo y cuando llegué a la oficina, antes de arrojarlo en la papelera, se me ocurrió leerlo. Promocionaba un Curso Avanzado de Operador de Telefonía Celular. </p>

	<p>El folleto decía: &#8220;Conviértase en un experto operario de teléfonos celulares en sólo un mes. Realice llamadas. Responda efectivamente. Envíe mensajes de texto. Use correctamente el correo de voz. Bloquee y desbloquee el teclado. Maneje el directorio telefónico. Conozca todo lo que puede llegar a hacer con su teléfono celular. Docentes expertos. Cupos limitados. Se entrega diploma una vez aprobada la prueba final. Inicio de cursos los días 10 de cada mes. Horario: Martes y Jueves de 18 a 19 horas&#8221;. </p>

	<p>Al pie del folleto figuraba la dirección de la academia. Queda a la vuelta de la oficina. También escribieron un número de telefonía fija al cual llamar.</p>

<blockquote>* * *</blockquote>

	<p>Estamos a 9 de agosto. El curso empieza mañana, pensé. Y no sé por qué, pero se me ocurrió que no estaría mal agregar en mi currículum este antecedente: Operario en Telefonía Celular. Claro que antes tendría que conseguir un teléfono móvil, pues no tengo.</p>

	<p>En el folleto no dice si es necesario tener un celular para hacer el curso. Tampoco dice cuál es el costo, ni si es necesario tener experiencia previa para inscribirse. Llamaré para preguntar y luego decidiré.</p>

	<p>Me instalé en mi escritorio y despaché rápidamente el trabajo que tenía para la mañana. Cuando quedé libre, llamé a la academia. Del otro lado, una chica me atendió muy amablemente. Me explicó que no es necesario tener experiencia previa. Que es conveniente concurrir con el propio teléfono. Que el costo del curso es de quinientos pesos, unos veinte dólares, aclaró. Que debo decidirme pronto, pues el curso comienza mañana y sólo quedan tres cupos libres. </p>

	<p>El resto de la mañana lo pasé pensando si me conviene, o no, hacer el curso. </p>

	<p>La consultaría a Mariella, la secretaria del jefe, mi compañera de oficina, si no fuera porque está de muy mal humor. </p>

	<p>A primera hora el jefe le hizo una observación a Mariella que ella consideró impertinente. Mientras siga enojada, prefiero no importunarla. Resolveré solo qué hacer. </p>

	<p>Pienso: el horario es adecuado, comienza media hora después que salgo de trabajar. Pienso: no tengo problemas de dinero; el mes pasado ahorré lo suficiente para pagar el curso y hasta dispondría de efectivo para comprarme un teléfono celular; si es que me decido a hacer el curso, claro. </p>

<blockquote>* * *</blockquote>

	<p>A la hora del almuerzo, salí a buscar comida a la rotisería. Caminando hacia allí, vi que en la misma cuadra hay un local de venta de teléfonos celulares. Ese local está allí hace tiempo, pero nunca me había llamado la atención. Recordé entonces lo que había aprendido en el curso de Management del Entorno Visual que hice el año pasado. Allí nos explicaron que uno fija la atención sólo en aquello en lo que previamente ya fijó la atención. Es así. Desde hoy de mañana fijé mi atención en la telefonía celular, y por ello, ahora, atiendo al hecho que en esta cuadra hay una casa que vende estos aparatos, cosa en la que no había reparado antes. </p>

	<p>Me paro a observar la vidriera. Hay celulares de todo tipo. Entro a la casa y consulto por unos que están a un precio accesible. Lo compro. La chica que vende se ofrece para explicarme cómo funciona. Le digo que no es necesario, que no se moleste, que ya me las voy a arreglar solo. En definitiva: decidí hacer el curso. </p>

	<p>Antes de regresar a la oficina pasaré por la academia a inscribirme. </p>

	<p>La academia es una casa vieja donde dan cursos de distintas materias: informática, diseño gráfico, electrónica, comunicaciones y así. Entro. En la recepción está la chica que me atendió cuando hablé por teléfono. La reconozco por la voz. Aprendí a reconocer a la gente por su voz luego que realicé un Curso de Reconocimiento Fisonómico y Fónico de Personas, ya hace unos años de eso. </p>

	<p>La chica, cuando me ve entrar, me saluda muy gentilmente. Me pregunta qué deseo. Le explico que había llamado en la mañana averiguando por el Curso de Operador de Telefonía Celular, y que decidí hacerlo. &#8220;Vengo a inscribirme&#8221;, termino diciéndole. </p>

	<p>Ella, entusiasmada, me informa que hay que completar una ficha de inscripción. Luego, una vez que cumplimos con todas las formalidades, sin dejar de sonreír un solo momento, me felicita por mi decisión. &#8220;Bienvenido&#8221;, agrega, mientras me entrega el certificado de inscripción. </p>

<blockquote>* * *</blockquote>

	<p>Hoy es jueves 10 de agosto. Comencé el curso. El profesor es un tipo joven y elegante. Sabe combinar la vestimenta formal con la indumentaria casual. Impresiona a su auditorio como una persona ágil y moderna. Me doy cuenta. Cumple perfectamente con el modelo de &#8220;joven persuasivo&#8221;, del cual me hablaron en el Curso de Semiótica de la Presencia y el Buen Vestir, un curso rápido, de los tantos que realicé antes de asistir por un semestre al Taller de Trabajo Voluntario y Primeros Auxilios, hace ya más de tres años. </p>

	<p>La primera clase fue amena. Una clase típicamente introductoria. El profesor hizo que todos los concurrentes nos presentáramos. Unas nueve personas, mayoritariamente adultos. Luego, con prestancia y cierto aire de superioridad, se refirió a los objetivos y al programa del Diploma en Telefonía Celular. </p>

	<p>Para aliviar las ansiedades características de estos cursos breves e intensos, el profesor explicó con suma claridad en qué consistiría la prueba de evaluación final. &#8220;Serán cuatro ejercicios&#8221;, dijo: &#8220;el primero, realizar una llamada; el segundo, recuperar una llamada perdida; el tercero, añadir un número de teléfono en el directorio del aparato; el cuarto, enviar un mensaje de texto. No tendrán mayores dificultades&#8221;, culminó. </p>

	<p>La clase fue más práctica que teórica. Discurrió con un ritmo jocoso y ágil, si bien fue interrumpida por los espasmos de los diferentes timbres de los teléfonos, que se disparaban caótica e incontroladamente entre las manos y las risotadas de los alumnos. </p>

	<p>Al finalizar esa primera clase, ya sabía encender y apagar mi teléfono celular. Había seleccionado una sinfonía de Schubert para el timbre de mi teléfono. También había aprendido cómo recargar la batería, lo que hice a la noche, antes de acostarme a dormir.</p>

<blockquote>* * *</blockquote>

	<p>El mes del curso se pasó volando. En la oficina hubo mucho trabajo y en casa me pasaba horas realizando los ejercicios que el profesor mandaba los martes y jueves. Aprendí perfectamente todo lo que se nos enseñó en clase. No es por jactarme que lo digo, pero luego de un mes de intensiva tarea, pienso que de verdad me he convertido en un experto operador de teléfonos móviles. </p>

	<p>Mariella, que en este mes ha mejorado su humor notoriamente, fue mi mejor aliada. Ella respondía mis llamadas y contestaba mis mensajes de texto cada vez que me ejercitaba en esas materias. </p>

	<p>Al principio, a Mariella le llamó la atención que yo hubiera comprado un teléfono celular: &#8220;¿Para qué lo querés?&#8221; &mdash;me preguntó&mdash; &#8220;Si vos nunca hablás con nadie&#8221;. Le expliqué que, justamente, no hablaba con nadie porque no tenía teléfono celular, y que eso era lo que pretendía subsanar. </p>

	<p>Mariella, durante el horario de trabajo, se pasa todo el tiempo enviando y recibiendo mensajes. Fue por eso, creo, que el jefe la había observado la otra vez. A pesar de la amenaza que significaba que el jefe volviera a reprenderla, practicábamos en la oficina enviándonos mensajes de un escritorio a otro. </p>

	<p>Ella estaba contenta con el vínculo que estábamos generando. &#8220;Nuestro vínculo&#8221;, decía Mariella, que a menudo comentaba las ventajas y desventajas de los diferentes modelos de celular que existen. Además, supongo, Mariella estaba contenta porque cuando comenzamos con las prácticas le regalé una tarjeta para recargar su teléfono. No era para menos, considerando las molestias que le iba a causar cada vez que tuviera que contestar mis llamadas y mensajes. Llamadas y mensajes en los que apenas decíamos cosas como: estoy acá; me estoy yendo; voy para allá; nos vemos en un rato; chau.</p>

	<p>A Mariella no le dije nada sobre el curso que estaba haciendo. Sólo le dije que necesitaba practicar. Según lo pienso, no se trata de que cualquiera acceda a estos diplomas y luego compita con uno a la hora de presentar los currículum para obtener un puesto. Hoy somos aliados y buenos compañeros, ya lo creo, pero si el día de mañana tenemos que competir por un ascenso en la empresa, ella y yo seremos feroces enemigos, cumpliéndose así lo que me enseñaron en el Curso de Coatching Empresarial y Emulación Laboral, uno que realicé años atrás. El tiempo dirá.</p>

<blockquote>* * *</blockquote>

	<p>Hoy tendré la prueba final. Estamos a 7 de setiembre. Un jueves. Si todo sale bien, hoy obtendré mi Diploma de Operador en Telefonía Celular: De-O Te-Ce, lo designa el profesor. No estoy para nada nervioso. De todos modos, pedí para salir media hora antes de la oficina, así practico un poco antes de la prueba. </p>

<blockquote>* * *</blockquote>

	<p>La prueba es individual. La mesa examinadora estará integrada por el docente del curso y la Coordinadora General de la Academia, una mujer de aspecto ambicioso, pero de trato muy cordial. </p>

	<p>Nos hacen pasar de a uno. Cuando me toca a mí, estoy completamente tranquilo. </p>

	<p>Entro a la sala. El profesor me saluda y me pregunta si estoy pronto. Yo tengo mi aparato en la mano, encendido. Le contesto que sí. Para comenzar, me pide que agregue al directorio de mi celular su número de teléfono y el de la Coordinadora Gerneral. Me los dicta. Cumplo esa tarea rápidamente. Cuando termino, el profesor me alienta: &#8220;correcto, correcto&#8221;, repite. </p>

	<p>Inmediatamente, me pide que llame por teléfono al celular de la Coordinadora General. Lo hago. Mientras estoy hablando con ella, él me envía una llamada a mi celular. La llamada de él queda perdida en mi aparato. Cuando termino de hablar con la Coordinadora General, me pide que recupere su llamada. Lo hago. Entretanto, me envía un mensaje de texto. </p>

	<p>No lo dije antes, por lo cual me permito ahora una digresión: algo que nos llamó la atención, y fue comentado por todos los alumnos, es la velocidad con la que el profesor hace bailar su pulgar sobre el teclado. Es increíble la cantidad de texto que puede escribir en apenas unos segundos. Difícilmente, algún día, haya alguno de nosotros que pueda superarlo.</p>

	<p>Así, cuando termino de recuperar su llamada perdida, y ni bien termino de responderla, suena Schubert en mi teléfono, avisándome que tengo un mensaje de texto. Lo leo. Es el mensaje del profesor. Me dice que esa es la última prueba, y me pregunta si estoy satisfecho con los resultados del curso. &#8220;Responda en tres palabras&#8221;, agrega al final del mensaje. Con mi dedo pulgar, ni muy rápido, ni tampoco muy lento, contesto: &#8220;estoy muy satisfecho&#8221;. Y oprimo la tecla <span class="caps">SEND</span>. </p>

	<p>Suena el celular del profesor avisándole que tiene un mensaje. Es el mío. El profesor lo lee y lo responde al instante. Ahora suena mi aparato. Leo el mensaje que me acaba de enviar: &#8220;¡Enhorabuena!&#8221; &mdash;dice&mdash; &#8220;Ha aprobado la prueba&#8221;. </p>

	<p>La Coordinadora General, al otro lado de la mesa, se pone de pie y me felicita. Extiende su mano para saludarme. El profesor hace lo mismo. Cuando me da la mano, siento en mi palma la callosidad de su dedo pulgar: una callosidad áspera, corrugada, alfanumérica. </p>

	<p>Saludo al profesor siguiendo los procedimientos que aprendí en el curso de Negociación y Buenos Modales que hice mientras culminaba el bachillerato. La Coordinadora General completa el diploma, un formulario preimpreso con el logo de la Academia. Escritura mis datos y la calificación obtenida: &#8220;Excelente&#8221; &mdash;garabatea&mdash; con una caligrafía que me resulta algo inhóspita, inadecuada para la ocasión. Firma ella y le da el diploma para que lo firme el profesor. Luego, me lo entregan. Cuando voy saliendo del salón, el profesor llama al siguiente alumno. </p>

	<p>Con un aire de satisfacción, a punto de salir de la Academia, me detengo en el ambulatorio. Guardo mi celular en el estuche que llevo en el cinturón del pantalón. Estoy en eso cuando me aborda la secretaria de la Academia y me entrega un folleto. Sonriente, me explica que es el programa de un Curso para Operador de Faxes y Centralitas Telefónicas que inicia la próxima semana. Me advierte que no quedan muchos cupos, pero que me reservará un lugar hasta el lunes, pues los alumnos que hicieron el curso de Telefonía Celular tienen preferencia para inscribirse. </p>

	<p>Le agradezco su atención. Le digo que lo pensaré, y me retiro. Ya en la calle, con el folleto en una mano, repaso mentalmente las hojas encuadernadas de mi currículum, donde hoy agregaré el diploma que tengo en la otra mano. Me pregunto, entonces, si Mariella tendrá un diploma de Operadora de Faxes. Lo dudo.</p>

	<p><small><br />
Montevideo, Noviembre de 2006.<br />
</small></p>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/cuentos/9987/educacion-permanente</link>
		<pubDate>Fri, 17 Nov 2006 07:23:40 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Germán Machado</dc:creator>
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	</item>
	<item>
		<title>Tía Lola</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p><cite>Leonardo Garnier</cite></p>
	<p>Ya sé que les parezco ridícula, pero no. Siempre es lo mismo: se pasan semanas organizando el paseo a Limón, a la casa de Pepe &mdash;aprovechando que ahora trabaja con JAPDEVA y tiene casa en la playa&mdash; y, cuando ya faltan pocos días para el viaje, empiezan a presionarme con el asunto.  Que tenés que venir. Que no seás así, no te quedés sola en San José.  Que cómo les voy a echar a perder el paseo. Si yo no les echo a perder nada. Allá ellos si quieren montarse en ese aparato maldito. Lo que soy yo, ni a patadas me monto en el tren. Yo sé que si me monto, ese día, me muero. Lo he soñado cien veces: siempre el tren, en la curva, es una escena horrible. Por eso, no, aunque insistan. Y Carmen es la que más insiste, claro, porque como tiene cuatro güilas y el marido es un vago que no la ayuda en nada, le quedaría comodísimo eso de llevarse a la tía Lola de china&#8230; o de chaperona, porque Hildita &mdash;la mayor&mdash; ya está ennoviada, y anda cargando al pegoste ese para arriba y para abajo, y no me extrañaría que lo llevaran también a Limón. Pero yo, en tren, no voy. Insistan lo que insistan, yo, al tren, no le doy el gusto de acabar conmigo. Ochenta veces han ido a Limón en tren, y ochenta veces les he dicho que no, que yo ¡no voy! Pobre tía Lola. Le tenía pánico a los trenes. Siempre creyó que iba a morir en un tren &mdash;decía que era una pesadilla que había tenido muchas veces &mdash; y, por eso, nunca fue con nosotros a Limón. Decía que, en tren, ni loca. Yo, la verdad, creo que estaba un poco loca. Lástima&#8230; gozábamos tanto en esos paseos a la casa de Pepe. Era una casa de playa muy sabrosa, de esas que JAPDEVA tenía para sus jerarcas y para algún ingeniero con suerte &mdash;como Pepe. Todos cabíamos, y hasta sobraba campo. Los güilas gozaban como enanos&#8230; y ¡cómo jodían! No paraban ni un minuto: que ahora vamos al mar, que ahora queremos ir a la piscina, que tenemos hambre, que a qué hora tomamos café, que si ya podemos bañarnos, que si esto, que si lo otro. Y Lola nunca quiso ir. Lástima, porque lo habría gozado, todos juntos en la playa, como cuando los güilas éramos nosotros. Y claro, a mí me habría caído de película que Lola fuera, pues me habría ayudado un poco con los mocosos, que no paraban. Pero no, ella nunca fue, y todo por el tren. Por su temor a morir en el tren.</p>
	<p>Pobre tía Lola, le tenía pánico a los trenes y por eso nunca fue a Limón y total ¿para qué? Fue increíble. Si yo no hubiera estado ahí, con ella, no lo habría creído. Íbamos caminando hacia Plaza Víquez, por la casa de Mamita, al lado de la línea del tren. Todavía me erizo cuando me acuerdo, como en cámara lenta. El tren al que tía Lola nunca quiso montarse. Se dirigió mal intencionado hacia nosotras. Lento. Cadencioso. Se acercó, hizo una genuflexión &mdash;como quien saluda cortés a un par de damas&mdash; y así, sin más, bajo el peso de una carga que sin duda era excesiva, al doblar la curva se desplomó frente a nosotras. A mí me pasó al lado, a centímetros. Casi me muero del susto. Pero a la tía Lola &mdash;pobre tía Lola, que nunca fue a Limón&mdash; a tía Lola el tren le cayó exactamente encima. La mató.</p>
	<p><br />
<br />

__________________________________<br />
<a href="http://www.leonardogarnier.com/" title="página personal">Leonardo Garnier</a> es periodista y escritor costarricense. &laquo;Tía Lola&raquo; pertenece al volumen de cuentos publicado por el autor: <em>Gracias a Usted</em>, Editorial Farben-Norma, San José, Costa Rica, Junio, 2005. El texto ha sido cedido por su autor para su publicación digital en <strong>Libro de notas</strong>.</p>]]>
</content:encoded>
		<link>https://librodenotas.com/cuentos/7140/tia-lola</link>
		<pubDate>Wed, 29 Jun 2005 07:00:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Leonardo Garnier</dc:creator>
		<guid isPermaLink="false">tag:librodenotas.com,2005-06-29:77c262b7562572606450a68115f67ab6/de9e395ca8b5ba1a55b60b73b9b5212d</guid>
	</item>
	<item>
		<title>Supongo que le amo profundamente</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p><cite>Franca Velasco</cite><br />
<br />
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Supongo que le amo profundamente. En caso contrario, con toda seguridad no seguiría a su lado después de trece años, porque si algo tengo claro en la vida es que no me gusta arrastrar situaciones o personas que no me llevan a ninguna parte.<br />
No es que él me lleve a destino alguno reconocido, pero viene conmigo por mi mismo camino, y eso en el fondo es llevarme. A ratos lo llevo yo, a ratos me lleva él, depende de cómo se dé el camino, de lo tortuoso o retorcido que sea dependiendo de los zapatos que calzamos cada uno.<br />
Y lo cierto es que a pesar de mis tacones, suelo llevar paso más estable, y tropiezo menos, o esa es mi visión de nuestro caminar juntos.<br />
Estoy convencida de que a las personas nos definen nuestras vivencias. No comulgo con esa máxima de que la persona nace o se hace, no. Creo que se hace en cualquier caso, y a él lo hicieron algunos años difíciles de los que nunca pudo recuperarse del todo, a pesar de la paz y el relativo equilibrio de nuestro tiempo juntos.<br />
Un padre alcohólico marca mucho. Los recuerdos infantiles y preadolescentes de un hombre que llegaba a casa dando portazos y rompía la serenidad del hogar obligando a los niños a esconderse bajo las camas para presenciar lo menos posible discusiones llenas de gritos y amenazas convierten a un ser humano en alguien permanentemente asustado, que puede optar por reproducir ese mismo modelo o bien rechazarlo de plano.<br />
Afortunadamente, su caso es el segundo. De aquel extremo, él ha pasado al extremo contrario, de modo que cualquier incremento del tono de voz ante las rabietas de los niños se convierte en un espanto en su cara y una reacción defensiva que no guarda proporcionalidad con el hecho.<br />
Y eso, evidentemente, se traduce en incomprensiones, más protestas, más discusiones en las que reconozco que pierdo los nervios del todo.<br />
Mi conclusión en esas ocasiones es que ya no me quiere como antes, ya no soy yo la protagonista de sus duermevelas, ya no la única y más importante razón de su día a día, ya no soy su preocupación, ya no le desasosiega el hacerme feliz por encima de todo.<br />
Supongo que es cierto, entonces, que aquel enamoramiento del principio, como dice la gente, da siempre paso al cariño de ahora, a la relación testaruda de fuerte base pero escasa emoción.<br />
Luego está el asunto de la convivencia. Tremenda palabra. Hoy en día existen incluso concursos en televisión basados en ese concepto, en la dificultad de afrontarla y superarla, donde  asistimos absortos a los conflictos de completos extraños con los que en ocasiones nos sentimos profundamente identificados.<br />
El tiene la costumbre de salar los filetes directamente sobre la encimera de la cocina. Lanza la carne sobre el granito y vuelca el salero con gran profusión.<br />
No es que me parezca censurable. Lo que sin duda me lo parece es que luego no pase una bayeta y lo limpie, porque siempre casualmente ubico algún documento sobre la pasta infame de la sangre del animal pegoteada de granitos salados.<br />
En la película “Hable con ella”, el personaje que interpreta Javier Cámara dice que el cerebro de las mujeres es un misterio. Supongo que es cuestión de cristal a través del que se mira, pero yo siempre he pensado que el misterio está en el de los hombres.<br />
No concibo dejar la tapadera del water elevada después de usar el baño alrededor de una docena de veces al día, o el cuchillo lleno de mantequilla sobre la mesa, junto a madalenas desmigadas y la taza sucia al irme a trabajar por las mañanas.<br />
No me explico cómo puede salpicarse hasta el último centímetro cuadrado del espejo en una sola lavada de manos y no darse cuenta al salir, ni por qué el lugar idóneo para dejar las zapatillas es la mitad de la alfombra de la habitación.<br />
Me resulta incomprensible que el menú más apetecible si yo no estoy, aunque el frigorífico esté lleno de manjares sea un pollo asado del supermercado, y su desinterés por si los niños llevan el pantalón de un chandal y el jersey del otro.<br />
En mi ausencia, los niños van al colegio con las greñas que han despegado de la almohada, sin que un triste peine las domestique. Los deberes pueden regresar en la mochila sin resolver tal y como llegaron, está permitido comer palomitas sin haber probado primer ni segundo plato y lanzarlas por doquier sin prejuicios.<br />
Decorar de mil colores a rotulador la mesa blanca del salón no es sino una obra de arte, y llenarse la ropa recién lavada de manchas heterogéneas, una tarea ineludible a la que no pueden oponerse servilletas ni baberos.<br />
Los niños son felices, por supuesto, pero yo pierdo el cabello del estrés de forma cada vez más preocupante.<br />
Recuerdo una ocasión en la que un bol entero de patatas fritas sufrió un lamentable accidente, y él recogió varios puñados de forma mecánica, haciendo crujir el resto bajo sus pasos por la cocina sin ningún recato.<br />
Cuando le pregunté si no era consciente de que un alto porcentaje de patatas fritas continuaba en el suelo y estaba pegándose a la suela de sus zapatos preguntó: “¿Qué patatas?”.<br />
Tenemos un serio problema con las cortinas. Yo insisto en cerrarlas para evitar que las moscas se introduzcan en nuestro hogar y se conviertan en molestias insoportables durante todo el verano. El las descorre completamente cada vez que entra y sale al porche, aunque nunca me ha explicado por qué.<br />
Cuando el bebé duerme la siesta intento caminar de puntillas por toda la casa, apenas suspiro, y si me caliento un café cierro la puerta de la cocina para que el pitido del microondas no la despierte.<br />
El se sitúa justo en la puerta de su habitación y se suena la nariz de esa manera suya indescriptible que se asemeja al sonido que emite el elefante africano hembra, que es el que manda en la manada.<br />
Otro grave problema es su condición de exfumador empedernido reconvertido en liga antitabaco unipersonal. Cuando su familia, que comparte conmigo el indeseable hábito, viene a casa a comer, él nos obliga a reunirnos tiritando en pleno invierno en la puerta de casa para consumir un cigarro en el menor tiempo posible, sin que una sola bocanada de humo traspase la puerta.<br />
Otra de sus inefables costumbres es la de quitarme lo suelto que llevo en el monedero sin avisar. Cuando llego a Carrefour, descubro con sorpresa que no tengo euro para introducir en el carrito de la compra, lo que me obliga a entrar en el hipermercado, sacar dinero del cajero, comprar cualquier cosa innecesaria para conseguir una moneda, volver a salir al parking y entonces, desenganchar el carrito.<br />
Por supuesto, en el transcurso de los minutos que dura esta operación, voy farfullando todo tipo de pestes, especialmente teniendo en cuenta que siempre llevo prisa.<br />
Cuando nos casamos pensé con alivio que había recuperado finalmente el derecho a leer en la cama por las noches, una costumbre que mi madre persiguió históricamente obligándome a apagar la luz y dormirme a la fuerza, estrangulando así mi amor por consumir Literatura a diario y convirtiéndome en una nocturna prófuga de la lectura.<br />
Mi obcecación por leer durante toda mi adolescencia me llevó a hacerlo a escondidas bajo las mantas, ayudándome de una linterna, y posteriormente, cuando nos cambiamos de casa, acercándome todo lo posible a la ventana y aprovechando la luz de una farola de la calle. <br />
De este modo, cuando a los 30 años me sometí a un reconocimiento médico empresarial, el oftalmólogo comprobó con sorpresa que adolecía de vista cansada, como si tuviera veinte años más de los que tenía.<br />
Sin embargo, el cambio de estado civil no vino sino a redundar en el mismo problema.<br />
El aseguraba, primero suavemente, que no era capaz de dormir si la lamparilla de mi mesita estaba encendida. Cuando arreciaron mis protestas, se rindió a los argumentos, pero meses más tarde consideré insoportable su forma de mascullar entre dientes, dando vueltas en la cama tan vigorosamente que el colchón parecía una frágil lancha a la deriva en la más fuerte marejada, de modo que replegué mis tropas y abandoné el ansiado hábito.<br />
Años más tarde, consideré que ya que no se me permitía leer, al menos exigiría un rato de televisión entre las sábanas como alternativa para conciliar el sueño.<br />
Al principio él compartía esos ratos conmigo, pero en pocos minutos caía a plomo sobre la almohada y de nuevo comenzaba a gruñir y roncar alternativamente, hasta que se sentaba en la cama y estallaba de ira, llamándome egoísta.<br />
De nuevo replegué mis tropas y me obligué a mí misma a permanecer en el inhóspito sofá del salón, cubierta por una manta, todo el invierno, hasta que el cansancio me rendía y me arrastraba trabajosamente por las escaleras hasta el lecho conyugal en el que él, curiosamente, permanecía roncando, pero con los auriculares de la radio en los oídos.<br />
Nunca he entendido por qué el timbre de voz de Jose Ramón de la Morena no perturba su sueño, y en cambio, mi televisor sí lo hace, a pesar de que el volúmen era tan bajo que  necesitaba aplicar las palmas de mis manos a los pabellones de mis orejas para conseguir desentrañar lo que decían los protagonistas de la película de turno. Hay noches que despierto, sobre las tres o cuatro de la madrugada, al son de alguna melodía o la voz de algún meloso locutor radiofónico nocturno y compruebo con espanto que los auriculares continúan pegados a su cráneo.<br />
Pero él es así. Supongo que le amo profundamente porque soporto estoicamente sus manías y sus costumbres, e imagino que, aunque no me lo diga nunca, él también soporta las mías. También imagino que aquel jamón colgado del cielo que mi madre decía que estaba intacto, esperando a la primera pareja que lo mereciera por no haber discutido nunca, continúa allí.<br />
Creo que es un padre estupendo, aunque no sea perfecto. Probablemente habrá pocos en la Historia que hayan criado unos niños tan saludables y felices hombro con hombro junto a una mujer con semejante dedicación, de hecho, hay pocos padres (afortunadamente actualmente más, pero siempre pocos) que crien a sus hijos.<br />
También es un compañero de camino magnífico. A pesar de todos los pesares.<br />
Sé que es su buena intención la que le lleva a ponerse la gorra de “señor todoarreglado” de la que habla el autor de “Los hombres son de marte y las mujeres de venus” cuando me quejo de que los niños no me dejan dormir los fines de semana, y propone que me vaya unos días a casa de mis padres a descansar.<br />
Sé que quiere lo mejor para mí cuando me impele a llamar a tal o cual persona para conseguir un empleo mejor, aunque a mí eso me saque de mis casillas y le conteste que soy mayorcita para llamar a quien quiero y que no deseo su ayuda.<br />
Sé que sus besos son sinceros, aunque en el fragor de la batalla diaria nos los demos escasa y casi maquinalmente.<br />
Sé que no se da cuenta de que azul y verde muerde, y por eso viste a los niños como le parece, y que no los peina porque los encuentra guapos de todas formas.<br />
Sé que nuestra relación está viva porque él pone mucho de su parte, porque sin duda queda mucho de aquello que nos apegó el uno al otro casi desesperadamente cuando nos conocimos, de forma casual, aquella mañana de Enero.<br />
Anoche, a oscuras, en nuestro dormitorio, acurruqué mi cabeza en su regazo durante largo rato. Charlamos profusamente de todo un poco, apenas recuerdo de qué, porque estaba adormilada, pero sí recuerdo su tono de voz, acariciadora y sus manos sobre mi pelo, incansables, velando mi viaje de la vigilia al sueño.<br />
Sólo en sus brazos me siento en casa. Sólo su calor reconforta mi alma incluso al término del día más descorazonador, más agotador o más aburrido.<br />
Creo que una vez más hablamos del amor, de lo que lleva a las personas a conocerse, de esos largos dedos de un destino mágico que te sitúan en un lugar concreto en un momento concreto, de modo que ese instante cambia tu trayectoria vital.<br />
O hablamos de nuestros hijos, de sus ingenuidades, de sus ilusiones, de sus presencias en nuestras vidas.<br />
Con él, las conversaciones se convierten en eternos monólogos compartidos, en interminables poemas dialogados, en intercambio de instantáneas de la memoria, casi en diálogos conmigo misma. Incluso las soledades son hermosas. Porque son deseadas.<br />
Me gusta decirle que es mi media mitad, porque así lo siento.<br />
Supongo que, algunas veces, cuando la convivencia nos supera momentáneamente, olvido que estoy refunfuñando contra mí misma, que con quien me enfado es conmigo, por no ser capaz de expresarle del modo adecuado lo que no me gusta.<br />
Supongo que le amo profundamente, porque aunque no me deja leer o ver la televisión en la cama, nunca me he planteado dormir en otra.<br />
Imagino que si dormir con él me sigue compensando, es porque le amo profundamente.<br />
Y cuando a mediodía, al llegar del trabajo con el correo recogido del buzón, he dejado las cartas sobre el desierto de granito de la encimera de la cocina y los sobres se han llenado de esos gordos granos de sal, lo he imaginado con una gran sonrisa, entre los humos de la sartén, y cortando la carne en pequeños trocitos para que los niños puedan masticarlo bien.<br />
Y la ternura de esa imagen ha recorrido mi cuerpo como un escalofrío.</p>]]>
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		<link>https://librodenotas.com/cuentos/6439/supongo-que-le-amo-profundamente</link>
		<pubDate>Sat, 05 Mar 2005 07:15:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Franca Velasco</dc:creator>
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		<title>Hada de rosa mirada</title>
		<content:encoded><![CDATA[<p><cite>Franca Velasco</cite></p>
	<p>Como tu nombre indica, eres un ser imaginario de sexo femenino dotado de poderes mágicos.<br />
Al alba, cada mañana, escucho entre sueños tu presencia, tímida, discreta, conmovedora, y me acerco a abrazarte, a susurrarte caricias y apretarte contra mi pecho en la oscuridad del cuarto, sólo lo justo para tranquilizar tu infantil agitación, para ayudarte a recuperar el hilo del nocturno viaje.<br />
Luego regreso a mi cama con sonrisa en los labios y cierro los ojos, esperando, casi temiendo somnolienta, pero también deseando la llamada del despertador para comenzar la jornada.<br />
Desde hace tiempo, en vez de buenos días, a los míos les saludo con la frase “¡otro día juntos!”, consciente de la volatilidad de la vida, del regalo que resulta cada amanecer, cada despertar, cada nuevo compartir.<br />
Y tu extensa sonrisa, cada día, tu rosa mirada, llena los espacios de nuestra casa con regocijo. Tu estar aquí es un don, un curar para las heridas, un motivo para continuar, una nota interminable que redondea la melodía, un placer para los sentidos.<br />
Tus poderes mágicos son la recuperación de la esperanza, la confirmación de la inmensidad del Universo, que han llegado volando con tus alas; tus parloteos incomprensibles, la conversación más interesante, tus tímidos besos recién estrenados, la explosión de júbilo más prometedora, tu agitación de brazos, la bienvenida más apoteósica, tu vacilante caminar, el paso más firme hacia el futuro.<br />
Te miro largamente y no puedo dejar de sorprenderme ante la insondable pregunta de cómo has llegado, cómo he conseguido crear tu vida, cómo sin siquiera saberlo, mis entrañas configuraron tus ojos, tu pelo, tus manecitas, esos pies que apenas controlan las pisadas.<br />
E inmediatamente surge la pregunta de cómo conservarte, qué hacer para ponerte a salvo de todo, supongo que es un afán maternal inevitable.<br />
En los periódicos, a diario, me desayuno con terribles sucesos en los que los protagonistas son bebés como tú, niños de apenas algún año más, y aunque no los conociera, ni supiera de su existencia, vuelvo mis ojos a ti e imagino lo inimaginable.<br />
Toma cuerpo un ser de dientes afilados y corazón ausente que se llama miedo, poderoso y mutante. Puede comenzar siendo amor, incluso dolor, o paz, y va convirtiéndose poco a poco en algo que no deseas.<br />
Cuando el miedo te ha llegado, se ha apoderado de ti en alguna ocasión, esos relatos tremendos te hielan el espíritu, y la empatía se transforma en escalofríos.<br />
Recién nacidos abandonados en contenedores, aún latente el cordón umbilical, pequeños a quienes sus padres olvidan en un coche aparcado bajo el sol abrasador, otros que sufren estúpidos accidentes domésticos.<br />
Cuando aún te amamantaba por las noches, escuché en la radio el caso de una madre que se durmió aplastando a su bebé bajo su cuerpo.<br />
En el pecho se encoge la felicidad y azuza la inquietud más desasosegadora.<br />
Ayer alguien dijo que todos estos sucesos no pueden comprenderse desde la razón, sino sólo desde la fe.<br />
Pero yo no tengo.<br />
Sólo te tengo a ti, y me gustaría deshacerme de ese afán de posesión. En una ocasión me dijeron que no se trata de tener, sino de disfrutar. Disfrutar de ti. Convencerse de que no eres mía, de que sólo he tenido la suerte de ser obsequiada contigo, y de que debería dar gracias por ello a diario en lugar de sentir miedo porque esto algún día tendrá fin. Creo que ese miedo no es natural, ¿o tal vez sí?<br />
Llegar a casa después del trabajo matinal y abrazarte es la mayor recompensa. Sólo esa recompensa estos catorce meses ya debería hacerme sentir lo suficientemente bien como para dejar de exigirle al destino.<br />
No tengo derecho a exigir nada, sólo la obligación de agradecer.<br />
Agradecer por ti y en tu nombre que hayas nacido en esta casa, lejos de conflictos familiares que podrían dañar tu cuerpo y tu espíritu.<br />
Qué suerte has tenido, llegando a este mundo en esta época en la que las mujeres tenemos al menos voz para reivindicar, derecho al voto, reconocida nuestra capacidad para decidir, para estudiar, para discernir lo que es justo y lo que no, qué nos merecemos y qué es ofensivo, para exigir lo nuestro, lo propio, para valorarnos y ser valoradas.<br />
Pequeño milagro, enséñame a conformarme con lo que he vivido, a sentirme afortunada por tu rosa sonrisa, alójame en tus transparentes hadas de ser imaginario y llévame contigo en tu viaje nocturno, ese que yo velaré cada día.<br />
Hada de rosa mirada, gracias por venir a mí.</p>
<h6>Franca Velasco es periodista y escritora vallisoletana.</h6>]]>
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		<link>https://librodenotas.com/cuentos/5495/hada-de-rosa-mirada</link>
		<pubDate>Sat, 09 Oct 2004 07:02:00 GMT</pubDate>
		<dc:creator>Franca Velasco</dc:creator>
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