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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

La maldición de Babel

Dicen que un pueblo que ignora su historia está condenado a repetirla. ¿Qué sucede entonces cuando la historia es común a todos los pueblos?

Hay una historia, tal vez una leyenda, cuya más conocida versión figura en la Biblia: la historia de la torre de Babel y el origen de la diversidad de las lenguas. Según se narra en el Génesis 11,1-9 los hombres, que compartían un único lenguaje, emprendieron la tarea de elevar una construcción hasta los cielos. Por alguna razón Yahvé se lo tomó como una provocación y urdió una estratagema: “confundamos sus lenguas, de forma que no se entiendan unos a otros”.

Mas Yahvé, en su infinita sabiduría, no únicamente abortó la construcción de aquella torre introduciendo simples problemas de comunicación, sino que consiguió que los hombres se agruparan según su lengua y se separaran “por todo el haz de la tierra”.

Evidentemente, el relato bíblico tiene la estructura de un mito, pero no es improbable que refiera a uno o varios casos de construcciones monumentales, de tantas que hubo en la antigüedad, donde utilizaran mano de obra extranjera y sucumbieran ante la imposibilidad de coordinar trabajadores con lenguas de tan distinto pelaje.

Y tal vez no tanto por simple disparidad de vocabulario… como de mentalidades.

Históricamente, hasta hoy en día, es fácil constatar que el idioma es el más primario aglutinante social, por encima incluso de fronteras nacionales, delimitaciones geográficas, etnias e incluso lazos familiares; como sucede con los hijos de emigrantes que, al no usar la lengua de sus progenitores se alejan asimismo de sus raíces; o como, al contrario, ocurre con las jergas de los profesionales que les permiten compartir sus conocimientos sin límites de fronteras.

Y es que el lenguaje hablado es la más subjetiva y específica creación de un conjunto humano. El lenguaje es únicamente la materialización en las cuerdas vocales de los elementos culturales que conceptualiza y lleva en sus entrañas el inconsciente colectivo de sus hablantes, su humor, sus complejos, sus vicios y sus pasiones. Cada pueblo se expresa de una forma distinta porque cada pueblo ve las cosas de formas distintas.

Incluso poblaciones que apenas distan unos kilómetros entre sí tienen mínimas pero perceptibles variaciones del acento y dan distinto significado a algunos vocablos como también embuten chorizos de dispar receta, beben vinos de distinta uva y juegan a la baraja con reglas diferentes.

Este antiguo “divide y vencerás” fue la jugada maestra de Yahvé en Babel: fragmentar el empeño común humano al diversificar sus gustos y ambiciones, y no una banal cuestión idiomática que podría haber resuelto un bien dispuesto cuerpo de intérpretes.

Es paradójico que la más eficaz herramienta de comunicación entre individuos de la misma especie que la naturaleza ha conocido, sea a la vez habitual argumento usado para enfrentar fraticidamente a quienes quizá una vez aunaron sus hombros bajo el cielo de Babel.

Por ello, parece lógico que quienes aspiren a salvaguardar una identidad nacional, vean en su propio dialecto el mejor estandarte que ondear sobre sus cabezas, creyendo que esa magia les librará de los malos espíritus que les amenazan.

Pero se equivocan quienes creen que poniendo cortapisas legales a otras lenguas evitarán ser colonizados por éstas. Antes bien, si una cultura, una forma de pensar, una forma de entender la vida, logra penetrar en una sociedad, con ella llegarán imparables las palabras que la describen y, en definitiva, el idioma que le dio luz. Y las culturas saltan muros, atraviesan fronteras, burlan leyes.

Ni siquiera las potencias militares logran imponer sus formas de expresarse si no llevan tras de sí un poderoso y atractivo bagaje cultural. ¿Por qué acogieron los visigodos el latín de la tierra que ocuparon en vez de traer consigo su propio habla germánico? ¿Acaso no le incorporaron más tarde buena parte de los términos arábigos mientras rechazaban al moro a punta de espada? ¿Cuántas veces y por cuantos pueblos ha sido invadida Grecia en los últimos cinco mil años? Y sin embargo conserva aún gran parte de su ancestral patrimonio lingüístico y su peculiar alfabeto. Me gusta pensar que es así porque las culturas poderosas desafían con envidiable altivez los embates de las huestes foráneas.

La buena noticia de todo esto es que, si alguien, con responsabilidades políticas o simple conciencia patriótica, quiere defender el habla de sus mayores, lo podrá conseguir haciendo fuerte su cultura, potenciando sus artes, difundiendo su literatura, recreando su gastronomía, instruyendo a su pueblo, desarrollando su industria, ofrendando al mundo y a las naciones su singular idiosincrasia, enriqueciendo con su esfuerzo colectivo su parte de la torre de Babel.

Miguel A. Román | 28 de julio de 2006


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