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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Hablando en jerigonza.

Con la nueva jerigonza
jamás los han entrevado:
muquen y pian de godo
por ventas y por poblado,
hasta llegar a Sevilla
donde tanto han deseado.
El lobo se va a la altana,
la iza se entra en el cambio,
y estiva la farda al coyme,
y pídele veinte granos
para que el birlo despenda,
por ser recien arribado,
hasta que sepa la tierra
porque no sea descornado.

Harto inútil será que se abalance sobre los diccionarios para intentar desentrañar el significado de esos versos. Tal vez no haya entendido usted casi nada, precisamente de eso se trata en parte: de que no se entienda. Es la jerigonza, el garlar de la germanía, la lengua de la jacaranda, y si no es usted jaque, rufo, lobo, comadreja, iza, coima o marquida no va a entrevarlo por más que lo columbre.

La palabra “germanía” proviene del latín “germanitas”, hermandad, fraternidad, e inicialmente era la denominación de las asociaciones gremiales de artesanos que operaban hacia el primer milenio, más específicamente en el Reino de Valencia. Pero ya para el Siglo de Oro la germanía era el submundo del hampa, el universo al margen de la ley y la justicia del rey.

Y entre los germanos y germanas (que así se denominaban entre ellos) regían leyes no escritas, valores y moral peculiares y, como todo grupo cultural humano, lengua propia.

En realidad casi tan solo el léxico, pues la gramática, declinación, género, número, sintaxis, fonética, etcétera se ajustaban a las propias del español sin gran distingo.

Lo cierto es que este tipo de jergas han estado presentes entre los marginales de toda época y nación. Cuando en España los maleantes hablaban la jerigonza o germanía, los beggars británicos se entendían con el cant, los fahrendes Volk de Alemania hablaban el rotwelsch (gaunersprache o kokamloschen) y en Francia era el argot o jargón su equivalente.

Como igualmente hoy podemos referirnos al lunfardo bonaerense, el cockney londinense o el jive talk (ebonics ) del Harlem. En España, el cheli provenía del habla arrabalera de finales de la dictadura franquista, pero fue acogido por las corrientes culturales y políticas y ambientes juveniles que florecieron durante la transición, especialmente en Madrid, era la lengua de “la movida”. Lo que hoy se habla no recibe un nombre “oficial”, aunque se le menciona como “mangui” o “talegario” (también taleguero, la jerga carcelaria), entre otras denominaciones.

Y es que hay que advertir que, con semejante sustrato social, las voces tienen una escasa longevidad, apareciendo y desapareciendo en el transcurso de una generación o incluso pocos años.

Ciertamente, al encabezar este artículo he hecho trampas: había pocas probabilidades de que usted estuviese familiarizado con la germanía del siglo XVII. Sin embargo no le resultará tan críptico el significado del párrafo siguiente:
Acababa el yonki de levantarle el peluco y un sello colorao a un pureta y estaba a punto de hacerle el puente a un buga para salir najando, cuando le colocó la madera de marrón. Tras pedirle la papela, le cachearon y vieron que el tío iba empalmao. Le trincaron un bardeo, con la que hubiera mojado al tarra si no se le hubiera achantado, y una pipa. El tío no iba de farlopa ni de caballo pero le cantaba la taza mazo de todo el alpiste que se había apretado antes de darle el palo al carroza.
(N.del A.: Ese párrafo es parte de un texto localizable en varias fuentes de internet. Tiene algunos errores que no se ajustan al uso real de la jerga. Además, en todas las versiones que he encontrado, traducen “colorao” por “rojo”, cuando realmente significa “de oro”).

Ni mucho menos tendrá dificultad en descifrar este otro, bastante menos intenso, que pude escuchar personalmente y de viva voz en un entorno nada carcelario:
El nota es un capullo que te cagas, farda de buga y de que tiene un chabolo que lo flipas, pero es que es un bocas. Una vez vino a mi queli con dos coleguitas, nos liamos unos petas y el julay venga a comernos el tarro con chorradas; un rollo más chungo que el carajo.

Está difundida la idea de que las germanías hispanas tienen como principal fuente nutricia el caló, la lengua gitana. Sin embargo no es exactamente así. Si bien es cierto que muchos vocablos provienen de ahí, frecuentemente modificando o encriptando el significado, también la germanía ha dotado al caló de bastantes otras, generando un caló jergal, un código marginal a su vez dentro de la propia etnia gitana, dando lugar a mixturas idiomáticas donde se hace difícil determinar cuál fue el original y cuál el préstamo.

Como también es opinión generalmente aceptada que estos dialectos tienen como función primordial la de hacer las conversaciones opacas a extraños, especialmente a la policía, justicias y otras fuerzas de orden público. Solo en parte es así.

Pero los dos ejemplos de arriba podrían bastar para desmontar esa explicación: si usted es capaz de comprender el mensaje, imagínese cualquier policía con años de servicio. Es frecuente la anécdota del funcionario de prisiones que tiene que servirle de intérprete al interno recién ingresado cuando este no procede del mundillo delincuente.

Aparte de eso, sería infinitamente difícil generar artificialmente códigos tan extensos, más todavía en un ambiente social tan disperso y desestructurado como es el de la delincuencia y marginalidad.

Evidentemente hay una función agregadora o identificadora al servicio de la comunidad hablante (como sucede en todos los idiomas y sus derivados). La integración del individuo al grupo exige de este el conocimiento y uso del dialecto, y el que no pertenece al grupo es fácilmente identificado, lo que no significa que el grupo utilice “intencionadamente” la jerga como mecanismo de exclusión.

Por otro lado, la generación del léxico distintivo es, en parte, una necesidad: la de dar nombre a las especialidades “profesionales” (p.ej.: para cualquier observador externo todos serían “ladrones”, pero dentro del colectivo es necesario referenciar cada tipo), herramientas, acciones, amenazas, etcétera.

En la lógica de la historia y la fisiología de los idiomas, estas jergas de la canalla tendrían que haber nacido y muerto sin abandonar su nicho diastrático, tan furtivamente como nacen y mueren sus hablantes legítimos. Pero, paradójicamente, son numerosos los textos y documentos que las han registrado a lo largo de los siglos. Nada parece fascinar más a lingüistas y literatos que estas hablas silvestres, arcanas e intensamente expresivas.

Entre los primeros, ya en 1609, en pleno auge de la recién nacida jerigonza, se publicaba un romancero y vocabulario de voces de germanía con la firma de un tal Juan Hidalgo (tal vez obra del abogado sevillano Cristóbal de Chaves, aunque este falleció en 1602). Desde entonces y hasta hoy se han escrito decenas de estudios y divulgaciones de estas variedades léxicas, no siempre por filólogos (en realidad, pocas veces), sino por autores que por las más diversas razones han mantenido contacto con estos grupos: juristas, policías, trabajadores sociales, etc, como por ejemplo, un“clásico” del tema, “El delincuente español. El lenguaje: (estudio filológico, psicológico y sociológico)” de Rafael Salillas, criminólogo y reformista penitenciario del cruce de siglos XIX-XX.

Pero su mayor presencia en tinta impresa viene de los novelistas: desde Francisco Delicado, Mateo Alemán y quienquiera que narrara las peripecias de Lázaro de Tormes, pasando por Cervantes, Quevedo, Mesonero Romanos o Galdós, hasta Max Aub, Umbral, Cela y Pérez Reverte, son legión las plumas que han caído en la tentación de retratar la picaresca y los bajos fondos trufando párrafos y páginas con retazos de germanías y jergas delincuentes, haciendo bueno el objetivo del de Berceo de poner por escrito el genuino lenguaje “en qual suele el pueblo fablar a su vecino”.

Porque, hay que recordarlo una vez más, la capa evolutiva y generadora de los idiomas no está en las universidades, academias o estamentos políticos, ni tan siquiera en los estudios de literatos o en las mesas de redacción periodística. El caldo germinal de las lenguas humanas reside en la base de la escala social, tanto en lo léxico como en lo gramático.

Y es que también, de alguna forma, el pueblo hablante “normal” ha encontrado en las jerigonzas, germanías y resto de variedades habladas por los marginados y los fuera de la ley, una vía de expresión divertida y con un cierto regusto a furtivismo y campechanía, y no ha dudado en apropiarse de ellas.

Así, estos dialectos delictivos nos han legado cientos de términos y giros semánticos que hoy nos son familiares y frecuentes en el habla coloquial de cualquier estrato social, muchos de ellos registrados en los diccionarios oficiales y oficiosos: yonqui, parné, menda, fetén, chorizo (ladrón), mangante, camello (de drogas), fornido, guapo (sí, “guapo=bello” es germanía), rufián, fullero, abrirse o pirarse (irse, largarse), afanar, birlar, basca, bofia, pasma, guripa, bujarrón, chapero, trilero, butrón, jeta, chupa (chaqueta), chirona, trullo, trena, talego (cárcel), chorbo, chungo, chutarse (inyectarse), colgado (bajo los efectos de drogas o adicto a algo), colocado (idem), flipar, etcétera, etcétera, etcétera.

(Todo ello, claro, referido casi exclusivamente al español de España. Las variedades americanas, como la muy rica léxicamente generada en torno al narcotráfico en el norte de México —que pálidamente refleja Pérez Reverte en “La reina del sur”- o la influenciada por el lunfardo en Argentina, habrían dado a esta columna unas dimensiones exageradas).

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Algunos enlaces y fuentes:
Un código carcelario de Colombia
Un glosario de germanía del Siglo de Oro
El delincuente español: el lenguaje, de Rafael Salillas (Centro Virtual Cervantes)

Miguel A. Román | 28 de octubre de 2013


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