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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Voces del pueblo

Si los idiomas se comportan como seres vivos: nacen, evolucionan, languidecen y mueren; sus elementos constituyentes, sus células, también cumplen ciclos vitales. Las palabras, de ellas hablo, no son inmutables y normalmente surgen desde un proceso de adaptación evolutiva, fruto de sus viajes a través de los tiempos y las lenguas.

Sin embargo, parece como si al hablante no le bastaran estos mecanismos naturales, pues, en ocasiones, inventa palabras de nuovo. Y no hablo de neologismos técnicos, préstamos, calcos o similares, sino de las llamadas “expresiones creativas”, términos que se crean al vuelo, en un momento de inspiración.

Son voces expósitas, sin padre etimológico ni reconocido, nacidas en la germanía o la jerigonza, surgidas del pueblo y para el pueblo. Vocablos sin prosapia que tienen pocas posibilidades de entrar en los diccionarios oficialistas, pues lo coloquial (literalmente de “coloquio”, diálogo) tiene vocación de oralidad y, salvo éxito rotundo, rara vez termina fijado en tipos de imprenta, que es donde los lexicógrafos suelen ir de caza. Además, nacen como localismos y muchas veces no logran traspasar las fronteras de su terruño.

Pese a lo cual, y juntando las de ambas orillas del Atlántico, son tropecientas las que figuran en el DRAE, aunque muchas más las que pululan por chabolas y palacios, en las conversaciones populares, chascarrillos y gracietas, y sabrá Dios cuántas nacieron y se perdieron por el camino. Normalmente las usamos sin darnos cuenta de que ellas representan una muestra importante del poder del hablante sobre el lenguaje: la omnipotencia que supone crear ex nihilo, de la nada.

Con frecuencia son jocosas, sonoras y pegadizas. Curiosamente tienden a ser polisílabas, como si así fueran más ampulosas, si es necesario repitiendo sílabas o añadiendo prefijos de iteración como “re-“.

Una parte importante de estas expresiones son simples interjecciones en las que prima la sonoridad fonética (incluyendo la onomatopeya) sobre el significado. Cáspita, repámpanos, catapúm, aúpa. Aunque de otras podemos suponer que se tratan de eufemismos, palabras reconvertidas en invenciones carentes de significado para no tener que terminar la soez versión original. Así caray o caramba (de “carajo”), córcholis, recórcholis o corcho (de “¡coño!”), jolín o su plural jolines (de “joder”), …

Aunque también, con similar intención, se inventan palabras que sustituyen completamente un concepto velado, dejado a la imaginación del oyente. Es el caso de refanfinflar o repampinflar, que no significa nada concreto. En realidad, si no fuera por la posición que habitualmente ocupa en la oración, ni siquiera estaría seguro de que sea un verbo, toda vez que casi únicamente se emplea una forma, refanfinfla, que correspondería a la tercera persona singular del presente de indicativo. Podemos suponer que refanfinflar sea aplicar alguna acción obscena o erótica sobre una de las formas femeninas que adopta la pléyade de sustantivos que designan el miembro viril, que además queda prácticamente siempre escondida tras el pronombre átono “la”. Será, pues, verbo transitivo, aunque algunas veces, pocas, lo encuentro como intransitivo: “me refanfinfla lo que diga la gente”, con lo cual su supuesto significado queda aún más críptico.

Otras veces, estos neologismos populares se aplican como insultos más o menos disimulados, una forma de zaherir sin dejar del todo claro qué oprobio se le achaca al insultado. Así un sujeto puede ser un mindundi, o un chiquilicuatre, chisgarabís, papanatas, chafalmejas, zarrapastroso, gurrumino, zascandil, incluso un perfecto gilipollas, sin que tengamos muy claro a qué exactamente refería la palabra en origen aunque su significado, a fuerza de uso, termine por quedar bien definido.

Como también se puede ser sandunguero si se tiene sandunga, dicharachero si se habla con dicharachos, pachorriento si le domina la pachorra, o chilindrinero si cuenta chilindrinas. Otra cuestión es de dónde proceden esos extraños sustantivos que tienen todos los visos de haber nacido una noche de jarana y cuchipanda.

También los encomios pueden ser objeto de la imaginación en el léxico: fetén, chipén, pocholo o pintiparado han ido quedando arrumbadas, para ser sustituidas por guay, chupi, chachi (o chachi-piruli, que es más que chachi), chido, que dicen en México, o macanudo que decían (ya no tanto) en Argentina.

Un grupo curioso es el aplicado a un malestar más bien repentino y de causa desconocida, es decir: un soponcio, un patatús (o patarrús), yeyo, jamacuco, arrechucho o sopitipando.

Queda, en fin, otro puñado de difícil clasificación: encocorar, turulato/turuleta, impepinable, pingorotudo, empampirolado, cuchufleta, rechoncho, barahúnda, entenguerengue, corotos, mandanga, …

Seguro que conoce usted unas cuantas propias de su barriada o grupo de amigos. Cuídelas, mímelas, no se avergüence de usarlas por el hecho de que estirados lingüistas no las hayan tenido en estima, son parte de nuestro patrimonio tanto como la más refinada y culta de las glosas; y yo diría que expresivamente mucho más útiles que los vanos circunloquios que emplean muchas veces políticos, juristas, periodistas y otros grandilocuentes.

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Más de lo mismo:
Refanfinflar, repampinflar por Pedro Álvarez de Miranda

Miguel A. Román | 28 de agosto de 2013

Comentarios

  1. Alberto
    2013-08-28 20:09

    Una cosita que escribió un primo mío y que tuvo bastante éxito por tierras sureñas. A mí me hace gracia (mejor dicho, me parto er pesho).

    Hoy estoy guarnío

  2. Aloe
    2013-09-02 00:37

    Mola.
    ;-)

  3. Pepe
    2013-09-27 08:21

    Apechusque, no olvide el apechusque.



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