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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Divagaciones caniculares.

Es domingo, estamos en verano, luce el sol y reverbera el agua fresca junto a mi tumbona. No me pidan que me ponga gramático con este ambiente estival. A cambio, permítanme que divague sobre cosas que leo, veo y escucho entre chapuzón y sorbo de granizada.

A vueltas con la calor.
Anuncia un tuit de @RAEinforma que “en la lengua general culta, «calor» es masculino: «el calor» (*«la calor» se considera hoy vulgar y debe evitarse)”. (Nota: es cita copiada del DPD)

Hombre, pues no puedo estar de acuerdo. Si acaso será “coloquial”, que se puede ser coloquial sin ser vulgar, y viceversa.

Pero “la calor” y el calor son dos cosas distintas; o, mejor dicho, la calor es una forma particular de calor, como la describe Carmen Rigalt:
“En Madrid ya tenemos suficiente con la calor, que bastantes sudores nos da. La calor es esa bofetada de fuego que te sorprende cuando por la noche das media vuelta en la cama, o cuando vas a salir de casa para ir al supermercado y te quedas pegada al asfalto como una lapa. La calor de Madrid es ausencia de aire, de respiración y de vida.”

El artículo en femenino, como se ve, añade el matiz implícito de que es climática, agobiante y veraniega por antonomasia, mientras que “el calor” puede precisar de un adverbio o calificativo para igualarse en magnitud y momento. Además, no puede emplearse en femenino para los usos figurados (“afecto”, “entusiasmo”, etcétera) ni, por supuesto, para referirse a la forma de energía en física. Diferencias que no hacen sino confirmar que transportan conceptos ligeramente distintos, un caso no tan distinto a los sustantivos “margen” o “terminal”, ambiguos pero en los que predomina uno u otro género según el significado.

Existe el mito de que “la calor” es expresión de origen andaluz; pues no: viene de muy antiguo y es que, en los inicios del idioma y hasta el siglo XVIII en que la Real Academia empieza a poner orden, muchos de los sustantivos en “-or” eran ambiguos: el/ la dolor, la temor, la humor, la color. Este último, por cierto, lo sigue siendo aunque casi únicamente se emplea en masculino. Luego, por la razón que sea, fue arreciando el masculino (en catalán y francés, sin embargo, prevaleció el femenino).

Otra cosa es que los andaluces lo hayan mantenido más vivamente, tal vez porque es en su tierra donde más y mejor se manifiestan esas calores estivales, y ya he dicho antes aquí que un pueblo habla como piensa. Sin embargo me consta que es ampliamente utilizado en Castilla y Extremadura, en Cataluña, Valencia y Baleares (aunque con influencia de su lengua propia, como ya dije) y en Hispanoamérica, México especialmente, además de que la expresión es bien entendida, incluso en aquellas regiones peninsulares o americanas en que los rigores caniculares no son tan marcados.

Y, en definitiva, coloquial o no, aporta su óbolo a la riqueza expresiva de nuestro idioma, y no creo que deba evitarse en la lengua “culta”; en todo caso en la “formal”, que también son dos cosas distintas.

Por cierto que “la canícula” debe su nombre a que, hace unos milenios, por estos días se dejaba ver al amanecer la estrella Sirio o “del Perro” (ahora esta efeméride tiene lugar ya a finales de agosto). Así que los romanos llamaron a este periodo los “caniculari [dies]”, días de perra, aunque —dicen las malas lenguas- no tanto por las altas temperaturas meteorológicas como por la mayor apetencia de fornicio que sentían por estas calendas.

Sea como fuere, hablar de “canícula veraniega”, como leo y oigo a veces, es una redundancia sin sentido ya que no hay más canícula que la tórrida temporada en la que se enseñorea “la calor”.

Saltos malayos.
Mundial de natación en Barcelona, prueba femenina de saltos de trampolín. La periodista de RTVE reiteradamente se refiere a Pandelela Rinong Pamg, una de las contendientes, como “la saltadora malasia”. Al punto empiezan a surgir por las redes sociales comentarios indignados y burlescos, indicando que el gentilicio correcto para las ciudadanas del país asiático es “malaya”.

Lo cierto es que, en principio, a mí también me suena mejor la última; pero tengo la experiencia de que el oído es muy mal gramático, así que, antes de juzgar, prefiero echar mano de los textos normativos y me encuentro con esta sentencia inapelable del DPD:
El gentilicio es malasio […]. También se emplea como gentilicio del país el adjetivo malayo, que en sentido estricto designa a los individuos de la etnia oriunda de esta zona y, como sustantivo masculino, la lengua que hablan.

Me quedo un poco “a cuadros”, pero acato y respeto el dictamen. Es decir, que ni todos los súbditos malasios son malayos, si no son además de la citada etnia, ni todos los malayos son malasios, que podría haber alguno nacido en Carrión de los Condes, un suponer.

En cualquier caso, vaya desde aquí mi felicitación a la comentarista profesional, que entiendo que se lo curró porque estas cosas, como dije, no son intuitivas.

Perdonen las disculpas.
La compañía aérea de capital británico Iberia monta una especie de subasta web para un vuelo a Nueva York, pero —previsible- el chiringuito se le viene abajo porque el servicio no da abasto, y los organizadores se ven obligados a recular y publicar un mea culpa que reza como sigue:
“Os pedimos disculpas a todos los que estabais deseando participar en nuestros social flight y no lo habéis conseguido. Las millones de peticiones recibidas en los primeros minutos han colapsado los servidores y no podemos continuar.”

Molesta bastante a la vista ese “las millones de peticiones” que transgrede el uso tradicional de la concordancia. Aunque la concordancia de género provoca en ocasiones vacilaciones y alternativas, no es el caso de un artículo señalando al cardinal, de la misma forma que no se dice “los decenas de viajeros”.

Pero el caso es que también me llama la atención el “pedimos disculpas”. Sin duda es correcto, vaya por delante, pero me deja reflexionando sobre la veleidad del término “disculpa”, que según el verbo que lo enarbole tiene por sujeto al ofensor o al ofendido.

Propiamente hablando, “disculpa” es la quita de la culpa; en algún momento tal vez incluyó la prenda o favor ofrecido para compensar el agravio. Así que inicialmente la disculpa correspondería a quien tiene la culpa y la fórmula sería “presentar disculpas” u “ofrecer disculpas”; y el agraviado debería “aceptar las disculpas”, porque nobleza obliga.

Pero en algún momento de la historia de nuestra lengua parece que la “disculpa” y el “perdón” empiezan a mezclarse y hoy ya no sabe uno bien dónde empieza una y termina el otro, de forma que se piden disculpas o se ruegan disculpas cuando se ofende, pero se exigen disculpas o se demandan disculpas cuando se considera uno lesionado por los actos del otro. Sin embargo, pedir, rogar, demandar y exigir son matices de intensidad de la misma acción. Imagínese el contrasentido de pedir disculpas, que se concedan y, en consecuencia, se acepten las disculpas… el mismo que las pide, claro.

Repito: la Real Academia y otros lingüistas ya se han pronunciado sobre el tema y, como es de sentido común, la fórmula está aceptada, tanto para pedirlas como para ofrecerlas; al fin y al cabo lo importante en el idioma es que el receptor entienda sin problemas el mensaje, aunque muchas veces no parezca claro por qué se dice así y no de otro modo.

Y ahora, si me lo permiten, con estas reflexiones variopintas les dejo, que voy a darme otra zambullida. Y a mis lectores del hemisferio boreal: que pasen un buen verano.

Calor en el Diccionario de Dudas
Discusión en Wordreference
Fundéu: los miles de personas
RAE: ¿ofrecer o pedir disculpas? (En Wordrefence.com)
Nota de Iberia en Facebook

Miguel A. Román | 28 de julio de 2013

Comentarios

  1. rafa iriarte
    2013-07-28 23:51

    Ya de entrada me mosqueó el palabro cuando lo vi por ahí por primera vez, y, en efecto:

    La palabra hipnotista no está registrada en el Diccionario. Las que se muestran a continuación tienen formas con una escritura cercana.
    hipnotismo.
    hipnotizar.

    ¿Cómo se puede permitir que una palabra inexistente figure como el título de una película? ¿Descuido? ¿Marketing puro y duro?

  2. Miguel A. Román
    2013-07-29 00:34

    No hombre, no sea usted tan radical.

    Vaya por delante que deploro, como usted, el uso demasiado ligero que de nuestra bella lengua hacen quienes pergeñan los títulos cinematográficos, que con frecuencia hacen irrespetuosas higas tanto a la traducción como a las normas del castellano, eso cuando no prescinden directamente de la traducción y te lo plantan en crudo foráneo.

    Pero en el caso del filme “The Hipnotist”, traducido y titulado en nuestro país como “El hipnotista”, no puedo estar de acuerdo con su opinión.

    Para empezar, el hecho de que una palabra no figure en el diccionario de la Real Academia no significa que no exista, solo que no figura; pero créame que son muchos los términos que no figuran en el infolio académico y que sin embargo tienen buen uso documentado.

    Y el caso de “hipnotista” es uno de ellos, pues ya aparece a inicios del siglo pasado (coincidiendo con el auge de la técnica de hipnosis) en decenas de textos tan sólidos como el “Prontuario de hispanismos y barbarismos”, un mamotreto de 1907 a modo de diccionario compilado por el docto Juan Mir y Noguera.

    Aunque hoy el término más correcto sería “hipnólogo”, se ha usado también “hipnotizador”, que sí figura en el Diccionario, aunque, lamentablemente, como simple adjetivo y no como sustantivo que designe a quien efectúa estas prácticas.


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