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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Sonidos fósiles

Rueda raudo el ferrocarril rumbo a Roma.

Si tienen algún amigo que no sea hispanohablante nativo, preferiblemente noreuropeo, norteamericano u oriental (árabes, africanos y latinos algo menos), prueben a tomarle el pelo retándole a que diga la frase anterior. Aun cuando lleve muchos años residiendo entre hablantes del castellano, lo más probable es que no pueda alcanzar una pronunciación aceptable y se debata entre sudores y ejercicios gimnásticos de laringe.

Cachondeitos de terraza veraniega aparte, tampoco los hispanos, tanto de aquí como de allá, somos unas hachas pronunciando lenguas extranjeras. Bastante tenemos con pronunciar la nuestra con una diversidad rayana en lo infinito.

De hecho, no he utilizado un ejemplo con el fonema /j/ español, fricativo velar, porque muchos lo pronunciamos de forma más o menos relajada como “hache aspirada” y sería injusto exigir a nuestro cobaya fonético que lo hiciera más correctamente que los propios hispanos.

Todo parece indicar que las lenguas se aprenden por imitación, al menos en la más tierna infancia. Esto es válido tanto para la gramática como para la fonética. Los infantes aprenden sin aparente dificultad una, dos y tres lenguas con solo moverse en los ambientes donde se hable.

Sin embargo, y superada la pubertad, en el aprendizaje de una segunda lengua la estructura gramatical puede ser asimilada con mayor o menor dificultad y el debido entrenamiento, pero la fonética (digamos, popularmente, “el acento”) parece quedarse estancada en los dejos inherentes a nuestra lengua materna y primaria.

No solo es prácticamente imposible alcanzar la pronunciación de un nativo, sino que además el neohablante tiende a aplicar los recursos fonológicos que adquirió junto con su idioma natural.

Y no únicamente cuando intentamos expresarnos en una lengua foránea, sino incluso dentro de nuestro idioma, hay rasgos incrustados que no son fáciles de evitar. Consideremos simplemente el seseo de un andaluz o el yeísmo rehilado de un argentino, que suelen permanecer después de vivir muchos años en un entorno donde el habla común no los presenta.

Más aún, el hablante incluso consciente de su diferencia, parece incapaz de articular el sonido como un nativo, aunque escuche y repita con esfuerzo. Parece como si el aprendiz, “en su cabeza”, reconociera como fonemas válidos los sonidos que logra emitir. Uno no es realmente consciente de su acento.

A esta aparente incapacidad para modificar los mecanismos fonéticos en la edad adulta se le ha denominado (un tanto drásticamente) “fosilización fonológica”. Aunque, más poéticamente, Thomas Scovel lo llamó “fenómeno Joseph Conrad”, en referencia al novelista británico que al parecer, y a pesar de haber escrito toda su obra en un inglés envidiable, nunca pudo erradicar de su habla un notable acento polaco, su lengua materna.

La hipótesis más desalentadora mantiene que, durante el desarrollo físico, se atrofiarían los mecanismos fisiológicos de la fonología (laringe pero también lengua, labios, etcétera) unido además a un encasillamiento del área neurológica del lenguaje, lo que conlleva la pérdida de la plasticidad necesaria para adquirir nuevos mecanismos del habla.

Sin embargo, si bien es cierto que a nivel cerebral se produce una fijación del mecanismo del habla en zonas bien delimitadas del cerebro (“área de Broca” y otras), no se ha podido establecer aún una correlación entre estas y la destreza fonológica propiamente dicha, además de que existe un cierto desajuste entre el periodo de fijación (alrededor de los 4-5 años de edad) y el final de la “etapa crítica” para la adquisición natural de los sonidos idiomáticos que parece sobrevenir algunos años más tarde; lo que no quita para que nuevos avances en neurología y neurociencia terminen por encontrar una conexión.

Y respecto a los mecanismos fisiológicos, no se han encontrado tampoco modificaciones significativas del aparato fonador que avalen esa hipótesis.

Es más probable (o al menos parece más lógico) que la explicación pase porque el hablante incorpore al idioma del que no es nativo las fonéticas que cree similares al que sí lo es, una fórmula que le es muy cómoda por conocida. Se crea así lo que denominamos una “interlengua”, una mezcla extraña del idioma materno y el adquirido.

Esta incorporación o “transferencia” de elementos propios al idioma en aprendizaje, no se limita a los sonidos; también el léxico y las estructuras gramaticales componen la interlengua, pero mientras estos van desapareciendo gradualmente con la práctica real del idioma, los fonemas permanecen, en especial aquellos que no tienen una correspondencia aceptable en el idioma propio.

El problema es que el receptor nativo puede incluso tener dificultad para entendernos, mucho más si intervienen vocablos con sonidos similares (p.ej. el italiano “casa” —casa- y “cassa” —caja-), o cuando el aprendiente asocia indebidamente una grafía con su sonido, como suele suceder a los betacistas hispanohablantes con los grafemas v-w en lenguas germánicas (“Wie viel?”, ¿cuánto?).

Los estudios más recientes, impulsados por el creciente interés en el aprendizaje de segundas lenguas, se inclinan por que no existe una fosilización completamente invalidante, sino que muchas veces es culpa de una metodología que incide poco o defectivamente en la importancia de la fonología en la enseñanza de idiomas. A pesar de lo cual reconocen que, seguramente, nunca hablaremos inglés, alemán o francés sin denotar nuestros orígenes castellanohablantes.

Ni ellos sabrán nunca pronunciar bien la erre.

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Glosario del instituto Cervantes
Fosilización fonológica en estudiantes chilenos (PDF en inglés)
El mito del ‘periodo crítico’

Miguel A. Román | 28 de junio de 2013


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