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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Los ricos también cometen faltas de ortografía.

Unamuno ya decía, con evidente sorna, que ante una política que “hiciera imposible, o poco menos, las faltas ortográficas ¿no desaparecería uno de los modos de que nos distingamos las personas de buena educación de aquéllas otras que no han podido recibirla tan esmerada? Si la instrucción no nos sirviera a los ricos para diferenciarnos de los pobres ¿de qué nos iba a servir?”.

El caso es que tal vez nos aproximamos a esa igualdad sociolingüística que temía don Miguel, pues me encuentro frecuentemente con errores ortográficos, gramaticales y sintácticos de diversa cuantía en textos de políticos, periodistas, abogados, médicos, profesores, artistas, etcétera, muchos de ellos encumbrados socialmente o, al menos aparentemente, económicamente.

No diré aquello de que sucede “cada vez más”, porque no dispongo de datos estadísticos. Si en mi anterior artículo defendía que esto viene sucediendo desde hace ya mucho en el ámbito universitario y descartaba, por improbable, la influencia de las nuevas tecnologías, hoy me toca preguntarme: ¿pero es realmente importante?

Y si lo fuera, ¿por qué entonces, a pesar de que se denuncia desde hace décadas el aparentemente progresivo deterioro de la salud gramatical de nuestros estudiantes, no se le pone freno con decisión?

No creo que suspender en las pruebas de acceso a la universidad por faltas de ortografía sea una solución. Bien está que de alguna manera se exija al aspirante universitario una aceptable destreza en el lenguaje escrito, pero el resultado de la prueba se supone correlativo con la formación recibida en su etapa bachiller, por lo que el problema habría que buscarlo aguas atrás. A raíz de un comentario recibido en la columna antes citada, investigué un poco sobre los porcentajes de aprobados y suspensos en selectividad durante los últimos años (el INE lleva una estadística de ello accesible a cualquier ciudadano que tenga internet) y busqué correlacionarlos con los criterios de exigencia ortográfica aplicados. El resultado es cero: la tasa de aprobados oscila entre el 75-80% de presentados año tras año independientemente de a cuánto se cotice la infracción gramatical.

Pero no iba yo a eso, pues ya digo que me faltan datos objetivos para señalar la causa y aunque la supiera, me abstendría de proponer una solución pues creo que hay gente mejor preparada para esas cosas (y, ya puestos, a las que le harían más caso que a mí).

Repito la pregunta: ¿es valioso, importante, crítico o dramático que los jóvenes que venimos formando en las más sofisticadas disciplinas del conocimiento no nos escriban “osea”, “haber si”, “preveer” o “fluhido”? ¿Y es importante para ellos o para todos? Razonen la respuesta.

Lo cierto es que una deficiente ortografía y capacidad de expresión escrita puede suponer un lastre importante en el desarrollo laboral, tanto mayor cuanto más alto es el rango profesional.

O no necesariamente…

Abría que preveer todos los susesos posibles”, argumentaba, tal cual lo he transcrito, un proyecto presentado a un importante concurso público, firmado por una consultoría de cierto prestigio, dicho sea de paso. Pues, miren por dónde, en este caso concreto resultó adjudicatario; nunca supe si fue que el comité razonó que en beneficio del contribuyente primaba la calidad técnica (y, por supuesto, el importe ofertado) o que los miembros del mismo tampoco lo hubieran escrito mejor (en realidad, me barrunto que nunca lo leyeron: nadie en su sano juicio lee el texto de informes o proyectos de cientos de páginas y estas cosas ya sabe uno que están adjudicadas de antemano).

Pero, anécdotas penosas aparte, la idea general es que un texto que presenta múltiples y evidentes faltas de ortografía indicaría una insuficiente formación en el autor, además de un nivel cultural no adecuado al desenvolvimiento social que se espera de un profesional con un grado académico determinado (nótese que formación y cultura no irían necesariamente de la mano). El resultado es que quien les lee y detecta las faltas tiende a desconfiar de la profesionalidad y valía personal del responsable.

Al fin y al cabo, el lenguaje es la principal herramienta social y, cada vez más, portador de esa “primera impresión” a la que tanta importancia damos: currículos, cartas de presentación, correos electrónicos, folletos informativos, presupuestos, nuestra página web, nuestros tuits o publicaciones en redes sociales o blogs preceden hoy a la presencia física, de tal forma que cuando alguien nos estrecha la mano, sea cliente potencial, empresario contratante o cita a ciegas, ya sabe cómo escribimos.

Algunos estudios hay que reflejan la influencia negativa que la mala ortografía puede llegar a tener en las interacciones laborales y sociales, y afirman que hasta un 50% de nuestros destinatarios pueden huir aterrados ante un texto minado de faltas.

Sin embargo, tengo la percepción de que la pulcritud gramatical en general, y ortográfica en particular, está considerada como un valor menor. El deficiente gramatical normalmente no siente vergüenza alguna de sus desmanes y en ocasiones hasta parece alardear de ello: “Mira haber, me se entiende ¿no?, pues eso es lo que bale”.

Y, claro, llegado este punto levanto el dedo dispuesto a contraatacar con un argumento irrebatible y… no lo encuentro. Por un lado, muchas veces no es culpable de ese defecto, sino incluso víctima del mismo. Y, por otro, escribiendo mal no hace daño aparente a personas ni bienes privativos, no altera el orden público ni amenaza las libertades individuales. Afearle su nesciencia parecería tan arbitrario como recriminarle que fume, y encima sin poder aducir que los demás respiramos pasivamente sus humos tóxicos.

Tal vez ahí es donde estamos fallando. Todos. Somos hipócritamente tolerantes con el lenguaje deficiente. No nos cortamos para advertir discretamente a nuestro interlocutor de que tiene una mancha de tomate en la falda, la bragueta mal cerrada o un moco asomando por la nariz, pero ante sus faltas de ortografía hacemos la vista gorda y nos quejamos “para adentro” sin transmitirles el respingo moral que nos ha causado. No hablo de ejercer un talibanismo ortográfico agresivo y guarnecido de ínfula y desprecio, sino sencillamente ponerle las tildes que faltan en el impreso bancario al rellenarlo, comentar en un blog algo así como “tus opiniones me parecen interesantes, deberías cuidar la ortografía para que otros no las juzgaran por eso” o corregir al comercial que asegura que su empresa es líder “en este área” con un “creo que se dice ‘esta área’”, adornado con una afectuosa sonrisa.

De esta forma, dando a la corrección idiomática un más alto valor tal vez presionemos a educadores y educandos de que es realmente importante. Al menos tanto como ser rico.

Pues quizás erré antes cuando dije que no hacían daño alguno: el idioma es una riqueza común, y a todos nos conviene un idioma sano y pujante, e igual que no nos apetece respirar el humo de un fumador en un local cerrado, tampoco es agradable leer una carta del banco donde además de informarnos de un descubierto en nuestro saldo, encima lo escriben mal.

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Las faltas de ortografía en páginas web cuestan millones a las empresas
La ortografía puntúa en Internet

Miguel A. Román | 28 de marzo de 2013

Comentarios

  1. Ferran
    2013-03-28 17:57

    Muy buen artículo. Gracias.

  2. Aloe
    2013-03-29 08:53

    Yo veo, en internet al menos, una gran intolerancia general con las faltas ortográficas y unos malos modos notables al señalarlas, entre el sarcasmo y el desprecio (y si el caso se presta, la utilización de tales faltas para descalificar los argumentos del perpetrador). Me llaman más la atención los talibanes ortográficos faltones que las faltas.
    En la vida laboral y analógica sí que seguramente tiene razón y es diferente. A los compañeros se les trata en general con consideración, a los jefes con cuidadito, y a los clientes no digamos. Y si se señala una falta se hace efectivamente como cuando se aparta a alguien para decirle que tiene una carrera en la media o una mancha en la corbata: como un aviso en su beneficio y no una burla agresiva.

    Hay personas que en general escriben bien y han recibido una educación suficiente para hacerlo, y sin embargo, de vez en cuando se les cuela alguna b o alguna h fuera de sitio. A muchos en cambio, en las mismas circunstancias, eso no les pasa.
    Otros alegan que pueden escribir bien si se esfuerzan, pero que en ese momento (twitter, comentario rápido) no se están esforzando (se ve que hacen una diferencia entre escribir “en sucio” y “en limpio”). A algunos eso nos parece sorprendente, puesto que, aparte del cuidado para que no se vayan los dedos a otra tecla y las pulsaciones adicionales que requiere poner tildes, el mismo o menor esfierzo nos cuesta escribir con ortografia que con las bes y uves salpicadas al azar.

    De estos hechos deduzco que para diferentes personas escribir con buena ortografia no tiene la misma dificultad. Para algunas es más difícil que para otras y requiere más concentración, por la razón que sea (quizá no tener la misma memoria visual para las palabras)

    Me parece inevitable que nos fiemos poco de alguien que escribe con muchas faltas y de forma incluso poco legible (o que pensemos que nos tiiene en poca consideracion por infligirnos semejante horror), pero tampoco por una faltilla de vez en cuando o algunas tildes desaparecidas hay que hacer sangre, porque eso no dificulta la lectura y a muchas personas les pasan esos despistes de vez en cuando… aunque sepan la forma correcta y se esfuercen bastante en ponerla.
    Hay que esperar esfuerzo y corrección, pero quizá esperar la perfección sea demasiado, como en otros órdenes de la vida.
    En estos tiempos afortunadamente los correctores automáticos trabajan para nosotros, lo que muchas veces hace la vida maś fácil… aunque algunas veces lo contrario. En conjunto, creo que a Unamuno le habrian parecido bien. Sobre todo si unos cuantos académicos les hubieran lanzado un par de fatwas y algunos anatemas.

  3. Javi
    2013-07-02 12:28

    Jamás he leído un libro en mi vida. No me gusta la lectura. Desde niño, aprendí a escribir correctamente, sin faltas de ortografía. He comprobado que muchos abogados cometen pequeñas faltas de ortografía en sus recursos contenciosos administrativos. Eso da pena. Estoy seguro que muchos obtienen el título universitario en una tómbola. Cometer faltas de ortografía en edad adulta es imperdonable.



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