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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Ético sí, superfluo no

Paco López Barrio publicó hace días una bella entrada en el blog GUIONISTASVLC (ya recomendada en su momento por LdN). En ella se refiere a un sutil giro de pensamiento expresado en latín clásico por la sustitución del modo ablativo por el dativo, de tal forma que, grosso modo, el objeto de origen pasa a ser el destinatario de la acción, lo que le confiere una forma íntima y subjetivísima.

Leyéndolo y pensándolo, me temo que no tenemos ese recurso en castellano. Lo perdimos cuando simplificamos aquel sistema declinatorio y lo sustituimos por el preposicional.

O no del todo…

Tus ojos se me van
de mis ojos y vuelven
después de recorrer
un páramo de ausentes.

Tu boca se me marcha
de mi boca y regresa
con varios besos muertos
que aún baten, que aún quisieran.
(Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias)

En el verso inicial de cada cuarteta, el poeta oriolano no se conforma con retratar el dolor objetivo de la pérdida temporal del bien querido, sino que introduce un pronombre, precisamente como dativo: me, se me van, y redobla la energía poética porque no está contando al lector lo que se pueda sentir desde fuera, sino lo que a él golpea y siente en primera persona. No es que ojos y boca amados se marchen de él, es que se le marchan, a él.

Esta fórmula de asumir como destinatario de la acción a un observador que, en circunstancias normales, no estaría personado en la causa, se denomina “dativo ético” o “dativo de interés”. Bueno, los puristas diferencian ambas clases, reservando aquella para cuando posee una mayor implicación emocional, aunque la fórmula gramatical no difiere demasiado.

Así al pronto, estos dativos parecen funcionar como complementos indirectos, pero tal espejismo desaparece al constatar que, cuando es necesario, existe un genuino CI (¿Me das este sobre a Juan?) o pueden utilizarse incluso en transitivos que no aceptan un indirecto (mi niña me come de todo).

(Nota: el primer ejemplo sería un vulgar dativo “de interés”, mientras que el segundo, más emocional, se entiende “ético”; sin embargo analicen la casi nula diferencia sintáctica entre aquel y este otro: ¡Me vas a dar un disgusto a tu padre!).

Las Academias de la Lengua Española lo definen así: “se suele denominar DATIVO ÉTICO el pronombre átono no reflexivo que manifiesta ese caso [de dativo] y que modifica al verbo señalando al individuo que se ve afectado indirectamente por la acción que aquel denota.” (Gramática 35.7r)

La etiqueta que se le suele poner a estos dativos es la de “superfluo”, queriendo indicar que si los extirpamos de la oración, esta no se altera en su estructura gramatical. Disiento. No ya como la mayoría de los autores que aceptan que eso no supone que la intencionalidad del hablante sea necesariamente la misma, sino que entiendo que ese pronombre de dativo ha sido insertado precisamente como un recurso gramatical válido, activo y pertinente, y con él la estructura de la oración sufre un evidente desplazamiento, un vector que del núcleo de la acción señala al elemento afectado.

Tal vez la impasibilidad del gramático esté justificada porque la presencia del dativo ético no supone la modificación del resto de los comensales, incluyendo la presencia de otros dativos o pronombres átonos de similar cariz:
El tubiano se me espantó y si no me le afirmo y lo hago tomar por el callejón, tal vez no cuento el cuento. (Borges, El libro de arena)
Por qué te tengo que encontrar si no te me has perdido? (García Márquez, El otoño del patriarca)
Ahora mismo se me ate codo con codo a este loco rematado, y se me le meta en la cárcel… (Clarín, Apolo en Pafos)

También por el hecho de que es enormemente más frecuente en el idioma oral que en el escrito (y, desde luego, inexistente en textos formales), y es raro verlo en tercera persona, lo que le confiere un aura de habla popular, y que por tanto no tiene que responder de su presencia ante los cánones gramaticales. Un argumento demasiado elitista como para ser tenido en cuenta, el idioma es el que es, lo hable Agamenón o su porquero.

Y pese a estas razones, y otras más aburridas, no apreciaba yo superfluidad en el dativo ético, y menos ahora con la referencia de que ya los latinos forzaban el modo dativo para subrayar el efecto subjetivo de un verbo.

En general, un servidor de ustedes no deja de asombrarse de que las rudas herramientas del lenguaje posean estas habilidades para poder expresar matices tan humanos. No somos animales parlantes que enuncian mensajes mecánicos, sino que hemos dotado al lenguaje de estratagemas que nos permiten, además, incluir los sentimientos.

Nicole Delbecque, El dativo español: una tipología
Wikilengua
Las palabras de la tribu

Miguel A. Román | 28 de junio de 2012

Comentarios

  1. Rafael
    2012-06-28 19:13

    En cuanto a su último párrafo, decir que un lenguaje tiene miles y miles de palabras que se pueden articular en trillones y trillones de posibles frases y textos: es entonces cualquier cosa menos rudo pero si se le considera una herramienta, uno termina viendo rudezas donde no las hay.

    Comparto su perplejidad por lo que esconden todos sus recovecos pero no creo que le hayamos otorgado ninguna estratagema para que termine siendo lo que es, simplemente crecimos juntos durante ya bastantes milenios.


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