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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Un irregular algo irregular

¿Qué pasó para que de pronto andaran como yuntas, para arriba y para abajo? , leía yo hace días en un párrafo de La ciudad y los perros, obra (tal vez la mejor) del último Nobel literario, ese que aposenta su trasero sobre el sillón L de la Academia. Me sorprende la expresión. Indago un poco y compruebo –con más sorpresa- que el autor la utiliza tal cual en varios de sus escritos, y eso anula la sospecha de errata editorial. Otros premios Nobel, como C.J. Cela o el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, así como el catalán Juan Marsé (éste solo es premio Cervantes) son también nombres ilustres en la nómina de los reiterados pecadores.

Y es posible que alguno que ahora me lee no haya entendido todavía a qué me refiero, pues no le haya saltado a la niña del ojo ese ‘andaran’, cuando la forma legítima del subjuntivo aquí sería “anduvieran”. De hecho, y ahora me dirá que ya lo sabía, tanto el tiempo pretérito como el subjuntivo presentan en este verbo la mutación “anduv-” en su raíz, alejándose del paradigma regular de su conjugación.

Mas, pese a que tal es la norma estricta y sin fisuras establecida por la Real Academia (no hay ninguna referencia a las anomalías en la Nueva Gramática de 2009), de tanto en tanto aparece una forma “regularizada”, normalmente en el lenguaje hablado, pero también desliz frecuente en periodistas de pluma rápida, como suele ser el caso de los deportivos:
Tampoco le andaron bien las cosas en el inicio de la presente temporada (ABC, 20/03/2011)
El entrenador del Real Murcia no se andó con rodeos (La Verdad de Murcia, 08/03/2011)

Las irregularidades verbales, ciertamente, son piedra de tropiezo frecuente; mucho más entre hablantes poco avezados, ya sea por escaso nivel cultural o por no ser su lengua nativa (y, por supuesto, es característico de los párvulos).

Sin embargo, el caso de “andar” tiene algunas peculiaridades que merecen ser analizadas.

Para empezar, este pretérito no era irregular en la fuente latina (al menos en ambulare, padre putativo del verbo), sino que fue forjado cuando el dialecto romance hoy llamado castellano ya estaba bien arraigado. Aunque se encuentra la forma irregular documentada desde los inicios del español escrito, ha de reseñarse que hasta el siglo XVI (y aun posteriores) se utilizaba con frecuencia la forma “andó” y similares:
Pero no andé tanto quanto andar me cumplía por la noche (1430, Marqués de Santillana)

La hipótesis más extendida es que el verbo toma esas formas por analogía con otros irregulares de “pretérito fuerte”, como Estar (estuvo), Haber (hubo) o Tener (tuvo). Estaríamos entonces ante un caso de hipercorrección, cuando el hablante busca un refinamiento forzado (y erróneo) de las palabras, pero donde, por esos mecanismos ignotos de la lengua, acaba por establecerse como forma única y dada por correctísima.

Sin embargo no parece haber cuajado universalmente en el habla común. Como hablante del sur de España, doy fe de que la opción “débil” (digamos “regular”) es moneda común en esa zona geográfica, como también lo es en buena parte del castellano de América y, curiosamente, es también característico en el castellano hablado por catalanes (e ignoro la causa en este último grupo que no parece guardar relación con la conjugación de “anar” que, en todo caso, tampoco es la traducción real de “andar” sino de “ir”. Como curiosidad añadida, y al hilo de esto, aclaremos que “andar”, cuya semántica cabalga entre “ir” y “caminar”, no existe en otras lenguas romance a excepción del portugués).

Y no me refiero únicamente al habla popular y campesina, sino que en esas regiones no es difícil registrar casos de hablantes cultos que empleen las formas proscritas por la norma, y basten los ejemplos de los literatos citados ut supra.

Lo cierto es que, aun sabiéndose incorrecto, no repugna al oído, al menos no tanto como oír “tenió”, “estara” o “habiste”, monstruos lingüísticos cuya casuística en el hablante maduro tiende a cero, cualquiera que sea su nivel cultural. Si “andó” derivó a “anduvo” por aquella analogía, también por analogía (mandó, ablandó, agrandó) podemos tomarlo como la opción correcta. Bien está que el oído es mal gramático, pero suele ser el primero al que consultamos, y con frecuencia ese “suena bien o mal” pone cátedra.

En el Diccionario de Dudas cuenta Seco la anécdota de un traductor víctima de este criterio:
«En una novela que traduje hace unos meses utilicé la palabra ‘anduviese’. Pues bien, al corrector de la editorial en cuestión .. no le debió de gustar la palabra, y me la cambió por la más sonora y expresiva de ‘andara’ (!). Y así se ha publicado la novela. Con mi nombre como autor del desaguisado».

P.D. En el caso de “tener”, como digo, es poco frecuente la infracción a la forma irregular. Sin embargo, siendo ese verbo raíz de una pequeña colección de compuestos (entretener, obtener, detener, retener, contener,…) no es difícil encontrar “se entretenieron”, “lo reteniera”, “me contení” y otras lindezas.

Miguel A. Román | 28 de marzo de 2011

Comentarios

  1. rafa
    2011-03-29 04:00

    Pues es verdad. No me había dado cuenta de qué iba la cosa hasta llegar al segundo párrafo, tal es la capacidad de camuflaje de la expresión. En el corrector del Word se advierte, al menos por ahora. Quién sabe, puede que al final ocurra algo parecido a lo de cesar como transitivo, que se da el milagro y acaba “legalizándose”.
    Y para milagros…
    “Lázaro, levántate” Y Lázaro se levantó y andó.

  2. haplo
    2011-03-29 08:27

    Gracias por este estupendo artículo, que me ha hecho comprender por qué nunca me sonó mal ese “andé” y siempre me resultó algo pedante ese “anduve”. Para remarcar su observación geográfica sobre el asunto, le diré que soy cordobés.



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