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Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Prevaricadores del lenguaje

(…) quizá, y aun sin quizá, no habréis oído semejante cosa en todos los días de vuestra vida, aunque viváis más años que sarna.
Decid Sarra –replicó don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los vocablos del cabrero.
Harto vive la sarna –respondió Pedro–; y si es, señor, que me habéis de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un año.
Perdonad, amigo –dijo don Quijote–; que por haber tanta diferencia de sarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive más sarna que Sarra; y proseguid vuestra historia, que no os replicaré más en nada.

Y es que el ingenioso hidalgo, además de desfacer entuertos, liberar princesas y acometer a gigantes, en varias ocasiones ejerce de talibán ortográfico (o, a la fecha de la edición, tal vez inquisidor gramático) contra sus compañeros de página, especialmente su fiel escudero, que termina por quejarse a su señor de que siempre sea “friscal” de sus dichos.
Fiscal has de decir –dijo Don Quijote–, que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda.

Era Miguel de Cervantes buen conocedor del idioma propio, tanto de sus reglas estáticas como de sus mecanismos dinámicos, y por ello mismo gozaba de autoridad suficiente para corregir a sus personajes pero también para ridiculizar a los correctores compulsivos, y me barrunto que era él mismo el mayor de estos.

El corrector compulsivo experimenta un abrirse de carnes, galopar de corazón y mazazo retiniano o timpánico, según el caso, ante la pléyade de quebrantos al idioma con que continuamente se le agrede. Doy fe de que los afectados por este síndrome visualizan en rojo, sobre fondo amarillo, la más nimia alteración de la norma académica. Es más: incluso cuando no son escritas sino dichas, las escuchan en rojo, sobre fondo amarillo, insisto.

Y digo que doy fe porque, confieso, en años más mozos estuve entre esa tropa.

Pero el tiempo, que todo lo cura, me ha ido convenciendo de que ser guardián del lenguaje no es una causa justa. Primero porque la gente tiene valores enjuiciables de mucho más peso que su destreza morfosintáctica. Pero además porque el idioma es calle común: de todos, luego de nadie.

Al fin y al cabo tanta lengua de Cervantes es la que declama el hidalgo como la que parlotea el cabrero, e igual derecho tienen uno y otro a utilizarla como mejor sepan, sin que nadie le haya de importunar ni menos aún descalificar o zaherir.

Es evidente (creo yo) que no es lo mismo encontrarse un puñado de impactantes fechorías gramaticales, crímenes ortográficos y erradicación de tildes en una certificación salida de la impresora láser de un arquitecto que en el informe manuscrito de un fontanero; pero, incluso en el primer caso, es ocioso horrorizarse y burlarse de los “osea”, “haber si…”, “ha echo” y lindezas de similar cariz, en detrimento de que, redacción aparte, el trabajo solicitado esté hecho con la debida profesionalidad y eficacia, que, al fin y al cabo, es por lo que cobra.

Quede claro, en cualquier caso, que quien incurre por ignorancia en dislates idiomáticos es más víctima que culpable (y en nada intento desprestigiar al muy honrado gremio de plomeros, donde los hay muy bien hablados y escritos; era solo un tópico ejemplarizante). Podría pensarse que esto no ha de obstar para que juzguemos como reo de dejadez a quien habiendo tenido medios y oportunidades, no los haya aprovechado; pero hacer eso, repito, es meterse a juzgar.

Siendo estrictos, habría que recordar que nuestro bello y antiguo idioma no es sino la degeneración y envilecimiento del difunto latín, proceso que ha avanzado en estos siglos, supongo yo, más de la mano de los toscos e iletrados que de los doctos y eruditos, pues fueron –y son- los retruécanos, elisiones y corruptelas los cinceles que moldearon vocablos y sintaxis a la forma en que hoy nos parece “culta”, pero que en su momento fue vulgar y seguramente criticada por biendichos.

En unos días se reunirán en San Millán de la Cogolla algunos de éstos (no se yo si con cargo al erario) para dilucidar, entre otras cosas, si el lenguaje del periodismo cede en demasía a los “vulgarismos”, especialmente en la prensa autodenominada “del corazón” (aunque sea más cercana a la zona pubiana que al mediastino).

Me sorprende el uso del término “vulgarismo”, cuando incluso la Real Academia está empezando a prescindir de esa etiqueta en beneficio de la menos sojuzgante “coloquial”. Pero me asusta más que sean precisamente periodistas quienes se pongan ahora a decidir qué es un vulgarismo y quiénes están autorizados para proferirlos, como quien busca paja en ojo ajeno.

Pues, ya puestos a quijotear, también sostenía el caballero de la triste figura que “cuando algunos no entienden estos términos, importa poco, que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso”.

Y, si alguno dudare de la veracidad del párrafo antedicho, déjeme que me retrotraiga al inicio de este escrito, donde Don Quijote recrimina a Pedro el cabrero que en vez de decir “vivir más que Sarra” diga “vivir más que sarna”. Sarra, o Sara, refiere a la mujer del patriarca Abraham, que vivió hasta los 128 años, por lo que ser “más vieja que Sarra” era una expresión usual en la época de Cervantes. Pero hoy, cuatro siglos después, la expresión común (que consta incluso en el diccionario RAE) es ser “más viejo que la sarna”, por lo que podríamos concluir con el sofisma de que el cabrero no hablaba mal, es solo que se adelantaba a su tiempo.

.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.·º·.

Otro arrepentido
Y otro que no

Miguel A. Román | 28 de mayo de 2010

Comentarios

  1. Ana Lorenzo
    2010-05-28 19:51

    Bonito artículo. Y divertido, como de costumbre: genial ese «por lo que podríamos concluir con el sofisma de que el cabrero no hablaba mal, es solo que se adelantaba a su tiempo.» :-)
    Creo que lo de la defensa a ultranza del purismo en la lengua es algo así como un crimen de adolescencia y juventud; se pasa. Si no se pasa, malo: entonces es que uno no ha madurado ;-)
    Un beso.

  2. Antonio López-Peláez
    2010-05-29 00:56

    Pues nada, al fuego con gramáticas y diccionarios, que por lo que se ve no hacen más que entorpecer el enriquecimiento de la lengua castellana. Y yo que consideraba al difunto señor Gil como un zopenco, en lugar de verle como el innovador del lenguaje que, al parecer, era en realidad. Menos mal que nos queda Sofía Mazagatos.

    http://antoniolopezpelaez.com

  3. Miguel A. Román
    2010-05-29 05:24

    Hombre, don Antonio, no se me ponga usted así que no creo haber dicho yo tanto.

    Y sin embargo tampoco veo eso que dice (usted, no yo) un completo disparate. No alentaría yo a quemar diccionarios ni gramáticas (al menos, no a quemarlas todas), que cumplen el papel de dejar constancia documental del momento histórico en que ven la luz.

    Pero no son tablas de la ley, ni inmutables ni de inspiración divina. No cabe duda de que desde la gramática que escribiera el de Nebrixa hasta la que publicó recientemente la Real Academia media un trecho; y creo yo que para bien, que el idioma es hoy más rico que cuando Ysabel pregunta al primer gramático castellano “para qué ha de servir aquello”; y me reitero en que ese avance no se lo han de apuntar los inmovilistas y pulcros cumplidores de normas, sino los que hacen del habla herramienta cotidiana y de tanto darle palos la deforman y de tanto restregarla la pulen.

    Y detrás de esta masa popular y soberana vendrán los gramáticos y lexicógrafos a ser fedatarios de que así se dice y así se escribe, a fijar lo que aún ande suelto, limpiar lo que no esté claro y dar esplendor a lo que el populacho ha parido entre paja y vino.

    No creo ni digo que sea de aplaudir el que cada uno haga con el idioma común lo que le venga en gana; solo intento explicar que es así como funciona, aunque a alguno le moleste, y que es exactamente tal y como lo describía el manco de Lepanto en su obra cumbre.

    Me trae usted la voz “zopenco”, que no existe en la pluma de Cervantes, Lope o Quevedo ni en el catálogo de Covarrubias. Proviene de “zopo” o “zompo”, que era como se denominaba (y se denomina, que no está descatalogada) al que por deformación congénita o accidental tenía los pies torcidos, y que, a principios del XVIII, algún Giligil, Mazagatos o Belenesteban, corrompió a “zopenco” queriendo decir torpe y patidifuso. Hizo gracia el chascarrillo al pueblo, que lo acogió y lo extendió. Eso sí, los envarados académicos no le dieron el plácet hasta pasado un siglo, entrando en el diccionario en 1803 donde, todavía hoy, se le estigmatiza con la etiqueta de “vulgarismo” o “coloquial”, es decir, impropio del uso culto en este castellano que tanto nos duele.

  4. Antonio López-Peláez
    2010-05-29 09:40

    La lengua, Don Miguel, la hacemos entre todos. No sólo lo que usted llama “la masa popular y soberana”, sino también los denostados puristas. Nosotros, por raro que pueda parecer, también somos pueblo. Y también tenemos algo que decir en ese permanente juego de tira y afloja que es el uso de la lengua.
    En cuanto a su afirmación de que la lengua española es hoy más rica que en los tiempos del primer gramático castellano, discrepo rotundamente. No es ni más ni menos rica. Es distinta, eso sí. Pero igual de bien (o mal) adaptada a los tiempos de los que tiene que dar cuenta.

    http://antoniolopezpelaez.com

  5. rafa
    2010-06-02 16:29

    No seré yo quien enmiende la plana (expresión ésta, por cierto, cuyo significado sé, pero no su origen), digo, no voy a osar corregir a personas más doctas que yo, pero, mira por dónde, voy a entrar también yo ahora a hacer de mosca cojonera y censurar, si no ortográficamente, sí de otro modo (que no sé calificar) a Román con respecto a la mención que hace cuando se refiere lo de “desfacer entuertos”. En ningún momento, en todo el Quijote figuran las palabras “entuerto” o “entuertos”; sí, en cambio, aparece “tuertos” (quince veces), y “tuerto” (ocho veces). Ahora, en serio, aunque he tenido el gusto de leer el Quijote una media docena de veces (y lo que te rondaré, morena) no soy tan metódico como para llegar a tanto. Me he guiado de un CD-ROM que en su día (con motivo de la celebración del cuarto centenario de la primera edición) editó, junto con la obra, el Instituto Cervantes. Contiene un programa en el que, entre otras muchas utilidades, ofrece el de contar la palabras que aparecen en la obra.
    Si bien según el diccionario, y según en qué acepciones, tienen igual significado, lo cierto es que en la obra de Cervantes, por lo que parece, no hay lugar para la palabra susodicha, tal vez porque en aquella época aún no se usaba.
    Algo parecido, por ejemplo, ocurre con la expresión tan manida de “con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”. Tal frase no existe en el Quijote. Cuando, al amanecer de aquel día, aún en semioscuridad, visitan el Toboso en busca del palacio de Dulcinea, lo que Sancho y don Q. vislumbran en primer lugar es la mole de la iglesia, simplemente. “Con la iglesia hemos dado, Sancho”, es lo realmente dice el enamorado caballero. No existe ninguna insinuación anticlerical en la frase.
    Un saludo, y perdón por la cicatería, que no ha asido otra cosa, pero, en fin, en algo hay que pasar el rato. La verdad es que aprendo mucho con estos trabajos mensuales, y ya estoy esperando al próximo día veintiocho.

  6. Miguel A. Román
    2010-06-02 19:45

    Bueno, pediré disculpas por haber sucumbido al tópico, aun esgrimiendo en mi defensa que dicho tópico es, en buena parte, obra de Don Miguel de Unamuno.

    Primero, por justicia debida, aclaremos que la frase impresa, al menos en la edición de Rico, es “según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar y abusos que mejorar y deudas que satisfacer”.

    Hay que recordar que, en tiempos de Cervantes, la “f” romanizante ya se había ido con los siglos, dejando en su puesto la “h” que todavía hoy permanece, aunque probablemente sonaba aspirada. Así que ese “desfacer” solo aparece en la obra cuando el aspirante a caballero andante habla en forma afectada, imitando el estilo de tiempos y entornos más heroicos que los que le tocó en suerte.

    Tuerto es el participio arcaico de torcer, luego su significación en la época es simplemente “torcido”, y por tanto, su corrección será “enderezarlo”, y es esa la forma en la que aparece en el Quijote y otros escritos contemporáneos. Con el paso del tiempo, la forma adjetiva pasó a designar a los que han perdido un ojo y eso, supongo, motivó que los escritores modernos se refirieran a tales acontecimientos como “entuertos”; término éste que, todo hay que decirlo, refería más propiamente a diversas complicaciones abdominales, bien cólicas, bien de parto.

    No, ni Don Quijote dijo “con la iglesia hemos topado”, ni Sherlock Holmes dice jamás “Elemental, querido Watson”, ni Ilsa o Rick pronuncian en todo el guión la frase “Tócala otra vez, Sam”. Por alguna extraña razón, versionamos los clásicos en nuestra imaginación.

    En otro orden de cosas, la plana era “en la escuela, lo que escriben los niños en una cara del pliego (plana), para aprender; y suele ser la tarea del tiempo que dura la escuela por mañana o tarde” (Diccionario de 1737). La plana era la tarea diaria de escritura o incluso aritmética, y había que terminarla y entregarla antes de abandonar el aula para que el maestro te la corrigiera, te la enmendara, marcando con lápiz rojo los errores que encontrara. Por eso, cuando alguien te enmienda la plana, será porque sabe más que tú.

    Gracias, Rafa, por leerme, comentar y enmendarme la plana.



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