Libro de notas

Edición LdN
Román Paladino por Miguel A. Román

Miguel A. Román pretende aquí, el vigésimo octavo día de cada mes, levantar capas de piel al idioma castellano para mostrarlo como semblante revelador de las grandezas y miserias de la sociedad a la que sirve. Pueden seguirse sus artículos en Román Paladino.

Resumen léxico de una década

Menudean estos días los “resúmenes del año”, práctica habitual de los medios informativos en estas calendas, sobre todo cuando no hay nada mejor que llevar a portada.

El problema de esta columna es que la lengua evoluciona mucho más lentamente y tarda un tiempo en ser lo suficientemente estable para darse por noticiable. Pero en unos días no será solo final de año, sino también de década; y diez años es ya una era suficientemente amplia para detectar idas y venidas del lenguaje; no mucho en lo formal (gramática y ortografía evolucionan más lentamente), pero al menos en lo léxico y semántico se puede atisbar que “esto se mueve”.

Sin duda, el mayor desarrollo léxico en estos años ha venido de manos de la tecnología electrónica, pero no únicamente de esta fuente han surgidos términos o significados nuevos. Han sido demasiados los cambios sociales y culturales de esta década, y los conceptos, diseminados como polen por el viento de los medios de comunicación, han colonizado “la calle”, hábitat del ciudadano que es copropietario del lenguaje junto a sus vecinos.

Y empecemos por un sustantivo que hace diez años se avecinaba pero todavía usábamos muy poco: Euro. En efecto, aunque ya muchos ni se acuerden, la moneda única no se hizo tangible hasta el 1 de enero de 2002 , barriendo a su paso pesetas, escudos, liras, marcos, francos, dracmas, florines…, palabras que pasaron aquella nochevieja al grupo de las antiguedades junto a ducados y maravedíes.

Y no solo ésas. También se llevó los términos populares que habíamos acuñado para la “rubia” y sus múltiplos. Desde luego el “duro”, de tan extendido uso que hacía creer a muchos extranjeros que era nombre aceptado en transacciones “serias”, pero también las germanías “libra” y “talego” (100 y 1000 ptas. respectivamente). Todavía está por ver si las nuevas monedas terminarán por cuajar en un argot similar, pero confío en mis paisanos y en su proverbial imaginación léxica. No cuento aquí el feo “meuro”, añagaza político-periodística para referirse al millón de euros ahorrando saliva o tinta, respectivamente.

Sin embargo, la unidad monetaria resucitó en España un término que hacía muy pocos años se había abandonado en materia de efectivo: el céntimo. Y es que, mediando tan poco tiempo entre la desaparición de la fracción de peseta y el, oficialmente llamado, “cent”, no dudamos ni un momento en adoptar la primera como denominación del segundo, pese a que fuera de nuestras fronteras es usual su nombre oficial o bien la adaptación “eurocent”.

Pero, aparte de la nomenclatura numismática en sí, el euro ya ha parido término nuevo en forma de vergonzoso –ismo: el mileurismo, dícese de la condición de quienes deben arreglarse con poco más o menos de mil euros al mes para pagar hipoteca, comida, ropa y alguna alegría.
El objetivo de este estudio era calcular los metros cuadrados de vivienda que puede comprar un mileurista o una pareja de mileuristas en España. (El Adelantado de Segovia, 25-12-2009)

Otro término de cierta trascendencia social es el del “botellón”. El sustantivo que designa a las reuniones callejeras en torno a etílicos de supermercado, nace probablemente a finales del siglo anterior, entre los restos y sarcófagos de la “movida” de los 80-90, pero no se le prestó gran atención hasta que las cosas se salieron de madre, y es ya nuevo milenio cuando el aumentativo, envuelto en nuevo significado, pasa a la imprenta, tanto la mediática como la de los boletines oficiales que intentan meter en cintura a esta práctica juvenil.

Dicen que vuelve la litrona. O sea el botellón. Parece lo mismo pero no es lo mismo. En el botellón no hay sino un vulgar aumentativo. En la litrona, en cambio, se opera gramaticalmente la transubstanciación del Sistema Métrico en corporeidad, en cosa. El botellón sólo tiene volumen y la litrona tiene personalidad, diferencia, encanto, exceso, gracia. La litrona fue un hallazgo poético de la Movida y por eso me parece difícil volver a la litrona. Esta nueva generación volverá, como mucho, al botellón, que no es más que una exageración física y bebestible. (F. Umbral en El Mundo, 2005)

La cuestión climática también ha ganado, de diez años para acá, tanta atención del ciudadano común que raro hubiera sido que su influencia en el lenguaje se hubiese quedado en los términos “calentamiento global” o “cambio climático”, que ya eran conocidos en décadas anteriores, si bien más restringidos al ámbito científico que al popular.

Pero, en íntima relación con ellos, nos ha venido un adjetivo, no de nuevo cuño pero sí con valor actualizado: Sostenible, que el DRAE ha definido como: Dicho de un proceso: Que puede mantenerse por sí mismo, como lo hace, p. ej., un desarrollo económico sin ayuda exterior ni merma de los recursos existentes.

Algunos matices echo en falta en esa definición (al menos, los académicos podrían haber tenido en cuenta la definición que, ya en 1987, hizo la comisión de Medio Ambiente de la UN, donde lo refería como aquello “que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones venideras de satisfacer sus propias necesidades”).

Pero el concepto de sostenible ha traspasado sus orígenes estrictamente medioambientales para instalarse en otros ámbitos, y hoy es epíteto no únicamente aplicable al desarrollo industrial y energético, sino que la sostenibilidad alcanza al empleo, el turismo, la promoción inmobiliaria, la economía, etcétera, hasta haber logrado encarnarse tal concepto en título de Ley en el último tramo de esta década.
A través de la aprobación, en octubre de 2002, de un ambicioso plan de acción para garantizar la sostenibilidad de la pesca en el Mediterráneo. (Diario de sesiones de la UE, febrero de 2003)

Y es que la política no escapa a la generación de nuevo léxico, de mayor o menor enjundia, como aquel “eje del mal” con que George Bush etiquetaba a varios países en su discurso de 2002; o la “balcanización”, término que ya se aventuraba en los años 90, basado en el desmembramiento de lo que fue Yugoslavia, para definir procesos traumáticos y violentos de separación por sus costuras de un todo aparente; ya incluido en el DRAE (y en Wikipedia), su sintomatología previa no únicamente se ha aplicado a anhelos separatistas en varios países, sino también a presuntos cismas en organizaciones diversas, literatura, cultura, religión, internet…
Frente al despotismo y la balcanización (Pio Moa en Libertad Digital, 10-06-2005)
Beatriz Paredes Rangel, nueva dirigente nacional del PRI, admitió que hay divisiones, por lo que llamó a la “no balcanización del PRI (El Universal de México, 5-3-2007)
La realidad cotidiana señala que nada de ello ha ocurrido, aunque el artículo alentaría, inconscientemente, la balcanización sindical, deseada por la derecha. (Clarín, 3-3-2008)

La política internacional nos ha dejado otro vocablo: Talibán. Las andanzas de esta secta radical comenzaron antes del cruce de siglo, y en aquella época se debatía si, en castellano, debía utilizarse el plural “talibanes” cuando en su lengua de origen es ya un plural (en singular sería “taliba”). Pero no viene aquí a cuenta sólo en relación con su significado estricto, sino porque, en estos años, la palabra “talibanismo” ha sido adoptada para nombrar coloquialmente a acciones y opiniones de observancia fanática e intolerante de cualquier asunto opinable . Así, los medios y el público hablan de talibanismo lingüístico, tecnológico, ortográfico, medioambiental, deportivo, …
El portavoz del PNV en el Congreso, Josu Erkoreka, arremetió hoy contra el “talibanismo constitucional” en el que “cada talibán fija la frontera de la ortodoxia según le vaya” (ABC, 2-11-2005)
El “talibanismo cultural” le está haciendo un flaquísimo servicio al régimen. (El Universal, 25-02-2008)

Sin embargo, como suele suceder, han sido los avances científicos y tecnológicos, y sobre todo su popularización, los que han traído más miembros nuevos al diccionario cotidiano. Especialmente dos: la telefonía móvil y la red de redes llamada Internet. Pese a que ambas existían ya en el siglo XX, ha sido en el arranque de este cuando han alcanzado a una gran parte de ciudadanos del mundo y a su forma de comportarse y expresarse.

En el campo del móvil o celular (nombres ya de uso generalizado sin necesidad de anteponer el sustantivo “teléfono”), es evidente la presencia de las siglas SMS en nuestra vida, aunque también debo traer a esta nómina el término “llamada perdida”, truco ampliamente difundido para remitir una señal previamente concertada sin coste alguno para emisor ni receptor.
El motivo de la disputa: que la mujer había recibido una llamada perdida en el teléfono móvil, y que el acusado creyó que era de otro hombre (Diario de Ibiza, 19-12-2009)

Mas, para mí, en el terreno semántico es más interesante la aparición de un concepto singularmente renovado: “cobertura”, disponibilidad de señal electromagnética proporcionada por un operador, con potencia suficiente para mantener una conversación sin que se corte a cada momento. Porque, antes, la cobertura era cosa de prestaciones sociales, pólizas de seguros o efectos legales; pero, con el móvil en la mano, la cobertura se hizo algo físico, casi tangible, o al menos, altamente deseable para aquellos que caminaban por zonas de sombra mirando las rayitas de la pantalla como zahoríes en busca de acuífero.
El candidato del PSC, Pasqual Maragall, ha propuesto que el nuevo ‘Estatut’ recoja el derecho al acceso a Internet, el de cobertura de telefonía en todos los pueblos y municipios de Cataluña y el del acceso a los idiomas. (El mundo, 5-11-2003)

Y, bueno, –lo he dejado para el final- probablemente haya sido Internet y los ordenadores/computadoras el fenómeno que mayor incidencia en nuestro vocabulario ha dejado en estos años. Y no únicamente en el plano estrictamente tecnológico-electrónico, como el enrutador o router, que ya entra en la categoría de electrodoméstico (llamado un tanto impropiamente modem, que era el hardware más común en la década anterior), o ese novedoso concepto de “la banda ancha” (cuando, en los 90, el objetivo soñado era simplemente la “tarifa plana”).
… señalando que esta norma permitirá la universalización de la banda ancha en España (El País, 17-11-2006)

Para la próxima edición del DRAE está prevista la inclusión de pendrive y USB, pero ya existe en ese documento el término Internet, así como las renovaciones semánticas de “subir” y “bajar” aplicado a información circulante entre Internet y el usuario (curiosamente, y creo que mal asesorados, la Academia ha preferido “colgar” a “subir”, o eso entiendo del hecho de que este último remita al anterior”).

También es de estos años pasados el alcance de la palabra “piratería” aplicada específicamente al asunto de descargas de material con derechos de autor. Aunque ya la piratería en el diccionario oficial conllevaba matices de ilegalidad desde hacía muchos años, el vocablo se ha infiltrado como definición “oficial” de esa actividad y otras del entorno informático.
Pirata: persona que se hace a la mar para asaltar y robar los barcos que encuentre. Sujeto cruel. Piratería: robo o destrucción de los bienes del otro. Así define el Diccionario ideológico de la lengua española de Julio Casares a los «piratas», más de 100 millones de internautas que «asaltan y roban» en el «mar» (Internet) archivos digitales, productos audiovisuales, música y software. (Ricardo Bofill en El Mundo, 25-10-2003)
El 46% de los programas informáticos utilizados en España en 2006 era ilegal, un porcentaje que nos sitúa en el mismo índice de piratería que el año anterior. (El País, 17-05-2007)

Mas, sobre todos ellos, sin duda la estrella léxica de la década ha sido “blog”. Si bien el término castellano equivalente “bitácora” optó a ocupar su posición (y así se planteó aquí mismo), reconozcamos que el anglicismo se ha instaurado con fuerza y, como las plantas que se encuentran a gusto en su maceta, ha empezado a florecer derivados muy cualificados:
Bloguero, bloguera: persona que escribe en un blog.
Bloguista: Bloguero (pero tal vez sería preferible para definir a los lectores seguidores de blogs).
Bloguear: Publicar en blog.
Blogosfera: Conjunto o entorno común de blogs.

El mundo empresarial está descubriendo los blogs o weblogs (bitácoras en línea), lo cual podría contribuir a generalizar su aceptación y a transformar la cultura de buena parte del mundo del trabajo, al igual de lo que pasó con el correo electrónico y las mensajerías instantáneas. (Reforma (México D.F., México), 13-05-2002)
La bloguera gallega María Amelia, de 95 años, se encuentra entre las candidatas a ganar el premio al mejor blog en español de la cadena de televisión alemana internacional Deutsche Welle (DW), que se fallará el próximo 15 de noviembre. (La voz de Galicia, 24-10-2007)
… lo que permitía no sólo bloguear, sino también obtener asistencia audiovisual (La Prensa (Nicaragua), 29-9-2006)

Muchos otros, sin duda, he dejado en el teclado, aunque algunos que parezcan merecerlo se han quedado fuera por no pertenecer estrictamente a esta década que se nos va. Pero sirva este sucinto apunte para demostrar, por si hiciera falta, que el idioma está vivo, que crece por aquí y mengua por allá; y que, aunque nos parezca mentira, no hablamos igual que hace solo diez años.

Por lo demás, buena ocasión es esta para desearles a todos un feliz año 2010.

Miguel A. Román | 28 de diciembre de 2009

Comentarios

  1. Ricardo
    2010-01-02 18:10

    Buena síntesis de las palabras de la década. Esperemos que en vez de pendrive mantengamos la expresión “lápiz digital”.
    Saludos

  2. Gustavo Silva
    2010-01-04 21:41

    En buen romance, la década no termina hasta el 31 de diciembre de 2010, pues en castellano contamos del 1 al 10, no del 0 al 9. El inglés, por la peculiaridad de que a partir del 20 (twenty) todos los números se escriben de manera parecida, empieza a contar desde 0 por motivos lingüísticos, que han anulado los aritméticos. Pero eso no debe pasar en castellano. Nos falta todo un año para terminar esta década y empezar otra en 2011.

    Cordialmente,

    Gustavo Silva

  3. Miguel A. Román
    2010-01-05 18:25

    Bueno, —gracias ante todo por el comentario— ese es uno de los dos criterios, coincidente con el que manifiestan las academias hispanas en el DPD; pero yo mantengo el contrario. Tal vez hubiera sido más correcto hablar aquí de decenio, pero este sustantivo pide adjetivos y etiquetas que ni venían al caso ni tengo autoridad para asignárselas. Convengo en que tiene suma lógica que si el siglo empieza en el 01 y termina en el 00, sigan el mismo criterio las décadas.

    Sin embargo, lo que es preciso en aritmética, historia, o cualquiera que sea la rama científica a la que compete ese parámetro, no tiene por qué serlo en el lenguaje cotidiano. Así sucede que se dice “línea” cuando se requeriría decir “segmento”, o “dirección” a lo que la física denomina “sentido”, o “gusano” para referirnos a la oruga de un insecto. Y, por otro lado, muy pocos hablantes del castellano pueden asumir, intuitivamente, que el año cuarenta —de cualquier siglo— perteneciera a la década de los treinta.

    Paréceme entonces que, para contentar a todos, se podría hacer distinción entre el uso ordinal de la década, la 3ª década del siglo XX, y la cualificación en atención a la decena del guarismo:
    En la década de los años veinte… (J. Caro Baroja)
    Esto ocurre en la década de los años cincuenta. (Néstor Almendros)
    A finales de la década de los 30. (A. Díaz-Cañabate)
    […] mediada ya la década de los cincuenta (J. Goytisolo)

    Este último uso no nos proviene del inglés sino del francés (que lo exportó de igual forma a otros idiomas); aunque, en cualquier caso, cuentan ambos normativamente también desde el uno, pero cuyos hablantes no pueden resistirse a la tentación de conjuntar los años por su fonética, pues la peculiaridad que citas es compartida por casi todas las lenguas occidentales, incluida, claro, la nuestra.

    Pero, sea cual sea el origen, no estoy de acuerdo en que “eso no debe pasar en castellano”. De hecho pasa, pasa muchas veces, tanto en el uso común como en el culto, y no encuentro razón apropiada para vetarlo o censurarlo; pues, por un lado cumple perfectamente con la función comunicativa del concepto (tal vez incluso mejor que la otra opción); y por otro lado, para mí, es el uso común, extendido y consensuado el que dictamina al idoma y no la normativa, por más científicamente demostrable que fuese.



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