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Retales por Agustín Ijalba

Agustín Ijalba es escritor. Durante dos años mantuvo la columna de análisis de la realidad Por arte de birlibirloque En este espacio publicará Retales todos los lunes. Retales dejó de actualizarse en febrero de 2007.

El tiempo es una frontera

El tiempo es una frontera que nos trazamos para respirar. Al traspasarla, perdemos toda referencia y recuperamos el vacío que enmudece con la muerte. Del otro lado de la raya rige la cadencia ligera de nuestras vidas, sembradas sobre un horizonte ampuloso de deseos, que fabrica escépticos por los caminos. Hay recodos en los que merece la pena sentarse a hablar y recodos en los que hablar es inútil, en los que reina el silencio y todo fluye sin fluir, inmerso en la quietud fantasmal de la aurora. Uno de esos escasos momentos de inacción, en los que hasta el sonido del agua se detiene, acontece con la cercana experiencia de la muerte.

La muerte pesa, pero también libera. Vocablo hirsuto y cobarde, amañado como irrefutable verdad de las cosas, su mera dicción nos adormece con la savia escondida de los siglos. No me creo inmortal, pero tampoco hincho de labios las esperas. Los argumentos mejor trenzados también pesan si al pronunciarlos se enroscan como escaleras de caracol. La muerte es bendecida por quienes se quedan, por quienes hacen que sus miradas se oculten por un segundo apenas y se lancen luego hacia un infinito quejumbroso, pero no fatal. Unas líneas en el periódico delatan la esquela de mi desazón, y me devuelven la fría percepción de las cosas más allá de mí, más allá de ti, más allá de un nosotros que se quiebra con la mera repetición de las liturgias.

Verte cercado por lo ignoto es verte liberado por fin de la hinchazón de las neuronas, reconducido a la nada de la quietud absoluta, donde las palabras se reprenden a sí mismas en la inmensidad de lo indecible, de la vieja estupidez que aplaude la sinrazón de las oraciones quebradas en la espera. Ya no aguardo sino el cariño de quien cobija en su regazo la amapola que un día logré insertar entre las páginas de un viejo libro de Aleixandre, allá donde las espadas se debatían como labios. Sé que a cada paso que doy indefectiblemente me muero, sí, pero es tan lenta la caída… La tarde poco a poco me cubre con un manto de oscuridad, y con ella las cosas ya nunca más serán lo que parecen.

24 de octubre de 2005

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