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Reseñas por LdN

Se publican aquí críticas de libros que por algún motivo —pequeñas editoriales, escasa distribución, desconocimiento del autor, fuera de modas— no aparecen en los medios y publicaciones tradicionales.

Infancia sincera

por

Jean Regnaud y Emile Bravo
Mi mamá está en América y ha conocido a Buffalo Bil
Ponent Mon
112 páginas | 18 €

Alfred y Olivier Ka
Por qué he matado a Pierre
Ponent Mon
112 páginas | 20 €

Tiene el cómic entre otras muchas virtudes la enorme suerte de contar con un espacio de libertad en las formas de expresión envidiable por el resto de formas artísticas. Allá donde el cine o la literatura se debaten entre el tabú y el miedo al arrinconamiento crítico y público, el cómic encuentra un hábitat natural en el que se desenvuelve con facilidad. Mientras que ciertos temas y modos de tratarlos son etiquetados y encajonados para su mayor control en otras artes (porno, gore, underground, indie, lo que sea), el cómic ha aprovechado su condición histórica de hermano pequeño comercial de los otros para democratizar las formas y presentar en el mismo plano lo más inconveniente con lo puramente correcto.

Digo todo esto porque en muchos aspectos me resultaría bastante extraño ver dos obras tan abrumadoramente sinceras como Mi mamá está en América y ha conocido a Buffalo Bill de Regnaud y Bravo y como Por qué he matado a Pierre de Alfred y Olivier Ka en un formato que no fuera el cómic. Ambas obras hacen una revisión honesta y frontal de la infancia, con todas sus consecuencias: los niños que habitan estos dos cómics no siempre son inocentes, a veces odian a sus abuelos, sus padres tal vez nunca han tenido interés o necesidad de protegerlos, quizás hasta el aspecto más repugnante de la condición humana es menos repulsivo de lo que parece cuando lo observa un crío. Los niños de estos cómis no son ideales ni terribles, son verdaderos y se puede hablar de ellos sin disfrazarlos de ángeles y sin tener que acudir a los extremos radicales para sacudirse los corsés convencionales, como hizo Nabokov en su día con Lolita o como hace Todd Solondz en las pocas películas que le permiten rodar.

Mi mamá... es una visita a un período vital del que casi nunca se habla en ninguna parte: el momento en el que un niño toma consciencia de que hay cosas que no terminan de ir bien en su mundo, ese limbo vital que suponen los años que hay entre que se es totalmente inocente y la adolescencia plena. Unos años —¿entre los siete y los doce?— donde en el cerebro aparecen sentimientos y conceptos como inquietud, desconfianza, incomprensión o decepción. Donde se empieza a intuir que papá no tiene todas las respuestas y se intenta encajar dentro de la lógica el hecho de que los reyes magos nunca existieron. Para ello Regnaud elabora un guión sencillo y desprovisto de pretensiones, acudiendo a los conceptos simples que maneja Jean, el niño protagonista. Jean vive con su hermano y su padre, junto con una niñera estupenda, en una casa en la que la madre se ha marchado de viaje hace tiempo. A partir del momento en el que Jean se pregunta en serio qué ha sido de su madre el niño empieza un proceso imparable de autocuestionamiento que le lleva a abandonar definitivamente la infancia total para adentrarse dubitativo en otra cosa. Émile Bravo ilustra de forma maravillosa este proceso, cercano a ratos al mejor Sempè de El pequeño Nicolás, dibujando de forma exacta el perfil de Jean y del mundo que le rodea y otorgando un movimiento espectacular —que delicia la forma de organizar las viñetas— a una historia emocionante e imprescindible.

Por qué he matado a Pierre en cambio funciona como ejercicio de catarsis autobiográfica por parte de Olivier Ka, quien con la ayuda de su amigo, el dibujante Alfred, trata de reconstruir el puzzle de su propia vida a través de un regreso mental a su propia infancia, al momento en el que la creación de los propios valores está en plena ebullición. El trazo grueso y borroso del dibujante casa de forma precisa con la encrucijada moral constante en la que se encuentra el pequeño Olivier, quien oscila entre el estilo de vida hippy y de libertad sexual absoluta de sus padres y el cristianismo clásico y cariñoso de sus abuelos. En mitad de todo aquello surge la figura de Pierre, un cura jovial y progresista, que funciona como único faro inamovible e imprescindible en la vida del niño. A lo largo de más de cien páginas asistimos a la composición del Olivier adolescente primero y adulto después, asombrados de reconocer de qué forma sutil sus primeros años han configurado al hombre que aparece dibujado delante de nosotros. Año a año Olivier trata de explicar las razones por las que ha “matado” a Pierre, culminado con un final descarnado y sobrecogedor precisamente por su ausencia de sensiblería y su intento consciente de fotografiar, y no de interpretar, una realidad que se había empeñado en negar.

Alberto Haj-Saleh | 16 de septiembre de 2008

Comentarios

  1. gatavagabunda
    2008-09-17 01:00

    Muy acertado el retrato que haces de ambos cómics, excelentes los dos. “Por qué he matado a Pierre” es una historia difícil de olvidar. Y además ayuda lo exquisitamente cuidada que es la edición de Ponent Mon.

  2. Ana Lorenzo
    2008-09-17 11:07

    Buena reseña. Dan ganas de leerlos.
    ¿Los autores son franceses, tanto los guionistas como los dibujantes? ¿O belgas? Es curiosidad. Parece que Tintin o Astérix no han dejado en vano su huella, ¿no?
    Un beso.

  3. Marcos
    2008-09-17 18:55

    Yo he leído “Por qué he matado a Pierre” y me gustó, aunque hubo un elemento que no me agradó, aunque quizás sea provocado: fue aparecer el cura en la viñeta y saber qué pasaría con él, y me resultó molesto saberlo, a pesar de que el desarrollo no busca la sorpresa.

    Saludos

  4. Merche
    2008-09-18 17:23

    Marcos, decididamente soy una ingenua, porque ni de broma pensaba que los tiros de la historia pudieran ir por ahí… De todos modos, no demos más pistas a posibles lectores ;-)


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