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Realidad Acotada por Marta González Villarejo

“Realidad acotada” nos propone el día 26 de cada mes un acercamiento a la arquitectura que nos rodea. A los pisos en los que habitamos, a las calles por las que paseamos, a las plazas, las bibliotecas, los cines, los teatros… y a todo aquello que hay detrás y no vemos. Marta González Villarejo se detendrá en pequeños detalles con los que convivimos a diario y que a menudo pasan desapercibidos.

Artículos en el tintero

Un arquitecto también tiene miedo al papel en blanco. Me gusta imaginar que los grandes, en algún momento de su vida, también lo tuvieron. Yo lo tengo.

Aplicado a la arquitectura, ese miedo al papel en blanco es directamente proporcional a la libertad del encargo. Al menos en mi caso. Es decir, mientras más libertad existe: más miedo. Cuando te encargan una obra con un solar de forma complicada o incluso imposible, con edificios colindantes o en medianera, con unas normativas municipales muy estrictas y descorazonadoras, en ese caso es más sencillo meter el lápiz. Está más que comprobado que siempre funciona la vieja fórmula de trabajar con restricciones. Pero si te dan un solar de muchísimos metros cuadrados de dimensión, bastante bien servido de largo y de ancho, en el que puedes edificar de forma exenta además, y sin tener que retranquearte de ninguna calle o sin limitación de altura, te vuelves loco. Al menos yo me vuelvo. ¿Por qué escoger una forma en L y no una en U? ¿Por qué disponerlo en dos plantas y no en una? ¿Por qué? Y así, miles de preguntas.

Pero todo puede empeorar. Puede pasar que ese encargo sea para un cliente especial, para alguien de tu familia o para uno mismo —esto es lo peor que puede ocurrir—. En ese caso además, se juega con la presión, con un cierto qué dirán, con un se merecen lo mejor, con un ¿estaré a la altura?

Escribir un artículo para Libro de Notas, el último artículo para Libro de Notas, no es muy diferente. Y aquí estoy, el último día con el papel en blanco. Sin meterle el lápiz. Nada es suficientemente bueno, se merecen lo mejor, será lo último y lo que quede más arriba, debe perdurar. Y es que el ser consciente de que esto se acaba, paraliza. ¿Qué pasará cuando vaya por la calle y me cuestione las fachadas modernas con distribuciones interiores clásicas y estancas? ¿Qué pasará cuando tenga que ayudar a alguien a decidir entre la casa de los Pinypon o la de la Barbie? Yo lo tengo clarísimo pero tendría que desarrollar una lista de pros y contras constructivamente objetivos, y no solo basados en un ‘no a lo kitsch, yo no construyo en Beberly Hills para defender mi postura. ¿Dónde podré hacer esa lista si Libro de Notas ya no está? Por supuesto, Pinypon, pero… ¿la casa que se abre en sección, como una casa de muñecas o la que venía en un maletín, que la veías en planta y que además, tenía con una doble altura en el salón con un ascensor para acceder al despacho? Nada más que añadir.

¿Qué pasará cuando quiera reflexionar sobre el portal de Belén como hecho de arquitectura efímera? ¿O incluso cuando quiera cuestionarme su sistema de ventilación —dados los condicionantes de mula y buey—, que en muchos hogares españoles se resuelve con una ventana al fondo? Una ventana que, al ser un portal, daría al zaguán o con suerte a un patio de luces de tres por tres según la normativa del momento. Un patio donde se oye todo. ¿Y si quiero plantearme si es sostenible el sistema de iluminación? ¿Estrella de oriente, LED, lamparitas al uso? Y también basta de usar la roja para hoguera.

Y ahora este pensamiento me lleva a una batallita, y como es el último artículo y tengo el papel en blanco, lo escribo para ir calentando la mano. Luego lo borraré, o no. Es como esas dos primeras líneas que marcan la posición de la escalera en una planta en blanco, pegada a la medianera con el edificio de al lado donde nunca se podrán abrir ventanas. Me acuerdo de una de las primeras enseñanzas de un profesor de proyectos al enfrentarnos a nuestra primera maqueta: haced algo conceptual, no hagáis un portal de Belén. Y desde ese día ya no eres el niño que eras, ya no miras el portal igual. El alumbramiento podría haber sido en un soportal de una casa sobre pilotes de Le Corbusier.

O ese día en el que por fin de me decidiese a dedicar un artículo a Le Corbusier —Dios—. En el que no hablase de lo que siempre hablan de él. En el que contase cómo hice mi peregrinaje a su meca Savoye, y como quien no quiere la cosa toqué la barandilla al subir para sentir que no era sólo un acto de fe. Aunque tenga que defender su verdad con todos los no creyentes. ¿A quién se lo voy a contar cuando me decida?

Y es que son un montón de artículos para Libro de Notas no natos, casi artículos, artículos en el tintero. Lo echaré de menos.

Marta González Villarejo | 20 de diciembre de 2013


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