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Realidad Acotada por Marta González Villarejo

“Realidad acotada” nos propone el día 26 de cada mes un acercamiento a la arquitectura que nos rodea. A los pisos en los que habitamos, a las calles por las que paseamos, a las plazas, las bibliotecas, los cines, los teatros… y a todo aquello que hay detrás y no vemos. Marta González Villarejo se detendrá en pequeños detalles con los que convivimos a diario y que a menudo pasan desapercibidos.

Cuaderno de vacaciones para arquitectos

Recuerdo lejanamente mis primeros cuadernillos Rubio. Tamaño cuartilla, grapados y temáticos: repasar sumas, ensayar una perfecta caligrafía inglesa. Recuerdo aún más la pizarra pequeña que me regalaron junto con ellos. Era de color verde —verde pizarra—, con marco de madera y con un paquetito de tizas. No quiero ni hacer cuentas de cuántos años hace de esto, pero posiblemente tendría unos 5 años. Me hizo ilusión, era muy aplicada.

Luego, un poquito mayor, pasé por esa etapa en la que siempre queremos que nos compren los cuadernos de verano que anuncian en la tele, con la cancioncilla: vacaciones San-ti-lla-na. Esa etapa en la que tus padres te dicen que no hace falta, que has sacado muy buenas notas, que leas un libro en verano, que te diviertas. Pero al final consigues uno, que por supuesto no terminas porque realmente es un rollo, o acabas uno de los últimos días poniendo fechas atrasadas en todo lo que haces de una vez. Pero al menos puedes decir que lo has tenido.

Pasada esta edad, en la que estoy segura de que a muchos arquitectos también les ha pasado, empiezas a tener que estudiar en serio en verano. Antes o después. Mi primera vez fue con la geometría descriptiva y con la física de primero de carrera. Después del pertinente sofocón, me llevé el verano estudiando, paseando hasta la playa kilos de apuntes y formularios, libros de texto, calculadoras científicas, papel de calco, portaminas y lápices —más o menos blandos, para dibujos auxiliares o soluciones finales—, y el famoso y nada cómodo de transportar: paralex, esa plataforma gigante de metacrilato con una regla que se desplaza de forma fija por su superficie y permite hacer líneas paralelas, o incluso apoyar la escuadra o el cartabón y hacerlas en distintos ángulos. Empiezas y no paras. Vas encadenando asignaturas de distintos cursos hasta el proyecto fin de carrera, y los veranos no son más que una extensión del curso sin ir a clase y con calor. Prometo que nunca más me planteé la idea de un cuaderno de vacaciones. Nunca más.

Pero llega un día en el que se vuelve a poner de moda. No sólo para niños —de los que hay, no solo muchas más editoriales, sino que son temáticos de Pepa Pig o de Dora la exploradora—. Lo mejor es que la editorial Blackie Books tuvo la feliz idea de sacar un cuaderno de verano para adultos. Además, dirigido a una franja de edad, la de los treinta, que fue la primera en antojarse por las vacaciones Santillana, que le encanta lo retro, el revival de una época de veranos azules, que ven muchísimas series, que se saben los Simpson o Friends escena a escena, que saben mucho de música. Y ya está la necesidad creada. El segundo año que hacemos en verano el cuaderno de Blackie.

Y si a esta necesidad se le une el hecho de que el consumidor, además de treintañero es arquitecto, que nunca ha dejado de estudiar, que los veranos eran eso que pasaba entre exámenes y cuya capacidad de sacrificio ha alcanzado unas cotas insospechadas, el éxito se duplica. Somos carne de cuadernillo de verano. Y lo que me extraña —y lanzo la idea desde aquí—: es que no haya un cuadernillo de verano para arquitectos.

Yo incluiría, por ejemplo, un ejercicio de unir puntitos para obtener formas de edificios famosos. Que tras unir 100 puntitos, del 1 al 100, con un lápiz blando, saliesen la Casa Farnsworth o la Iglesia de Ronchamp. O un ejercicio en el que se tuviese que colorear la silla Rietveld. O haría un Modulor recortable que poder poner en distintos escenarios urbanos. A ver qué hace por el mundo con la mano levantada y con sus proporciones perfectas. O que fuese un superhéroe. Mil preguntas de respuestas múltiples sacadas del Neufert. Preguntas como cuánta pendiente —en tanto por ciento— debe tener una rampa de vehículos, o qué separación —en centímetros— debe haber entre los sanitarios del cuarto de baño. Juego de encontrar las siete diferencias en dos edificios de Frank Gehry o de Calatrava. Pero no, no hay cuaderno de verano para arquitectos. Y es que la mente del arquitecto nunca para.

eugene

Los arquitectos preparamos concienzudamente nuestros viajes de verano. Sabemos qué visitaremos, lo que viene en las guías, pero sobre todo lo que no viene. Lo que ha costado encontrar en Internet y ubicar. Cogemos trenes a otras ciudades para visitar un edificio del Movimiento moderno. Cuando llegamos a una habitación de hotel, mientras nuestros acompañantes miran el minibar, la bañera, o se tiran sobre el colchón para ver si es cómodo, nos quedamos mirando un ratito el plano de detrás de la puerta. Con la señalización de incendios, tomando conciencia del edificio pero sobre todo valorando la grafía del plano. Hacemos fotos a edificios nada históricos, a calles con puntos de fuga imposibles, a detalles, dibujamos rápidamente monos de las plazas bulliciosas donde tomamos café. Pero lo mejor de todo es que estas actividades de verano nos encantan. Me encantan.

Marta González Villarejo | 26 de julio de 2013

Comentarios

  1. alberto
    2013-07-26 19:56

    arquitecto, pasada la treintena por diez años (sigh!). me has dejado con una sonrisilla tontorrona con la anécdota del plano de evacuación del hotel…

  2. Marta
    2013-07-26 19:57

    Te pillé… si es que lo hacemos todos ;). Gracias por comentar :)

  3. Gomez
    2013-07-29 23:10

    estudiar en verano puede ser muy duro, el calor es sofocante y las ganas de irse de vacaciones van in crescendo minuto a minuto, pero si hay que labrarse un futuro, hay que resistir las tentaciones para acabar siendo un arquitecto, abogado o cualquier otra cosa que quieras ser



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