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Quiero una segunda opinión por Santiago Viteri

La salud, la enfermedad y sus tratamientos son una fuente inagotable de noticias, suplementos especiales y comentarios con la vecina. Una gran cantidad de entendidos de salón y “expertos” en salud opinan sin criterio mientras que la clase médica suele responder con tecnicismos incomprensibles que solo aumentan la confusión. Por eso, Santiago Viteri (médico especialista en Oncología), escribirá una columna sencilla sobre medicina el 29 de cada mes. Porque él siempre tiene una segunda opinión y si hace falta, muchas más.

Yo, médico

Este podría ser el resumen de mi trayectoria profesional como médico. Desde los 18 a los 24 estudié la carrera de medicina. Desde los 25 a los 29 trabajé como médico interno residente para convertirme en especialista en oncología. Mi primer trabajo como oncólogo fue en el Hospital General Mateu Orfila de Menorca donde estuve casi un año y ahora hace ya casi seis años que trabajo en un Instituto Oncológico de Barcelona. Casi dos décadas entregado a esta profesión que es una vocación que es una forma de vida que algunas veces se siente como una no-vida.

Pero la historia de un médico no es nada sin las historias de sus pacientes, así que mientras preparo esta columna triste para despedirme de Libro de Notas voy recordando a muchas de las personas que he conocido en mi vida profesional y me doy cuenta de que pese al título, no tengo ganas de hablar de mi. Tenía el ánimo de quejarme de los sacrificios que he hecho, quería contaros que últimamente estoy harto y tengo ganas de dejarlo todo. Arrugo el papel en el que estaba escribiendo hasta que se hace una bola y lo lanzo al otro lado de la habitación.

Empiezo de nuevo. En mi época de estudiante no tuve un gran contacto con pacientes, la verdad. En el segundo ciclo, en las prácticas, asistía casi siempre como espectador asustadizo a consultas y quirófanos mientras intentaba aprender algo. Recuerdo de mi rotación en Cardiológía a una mujer que se llamaba Espíritu Santo, pero a la que todos llamaban Espiri. De mi rotación en la UCI recuerdo a un hombre mayor que llevaba muchas semanas ingresado por un Guillain-Barré, un extraño síndrome paralizante que había inmovilizado progresivamente cada uno de sus músculos hasta el punto en que no podía respirar sin ayuda de un ventilador mecánico.

Durante la residencia, recuerdo muy bien a mujer con cáncer de colon a la que por culpa de la enfermedad se le acumulaban varios litros líquido ascítico en el abdomen y yo tenía que extraerlo mediante paracentesis (una punción) casi a diario. Siempre iba a ultima hora de la tarde, para no ir con prisas, y mientras extraía el líquido, la mujer se sentía progresivamente mejor y hablábamos de muchas cosas.

Recuerdo a Isabel, una mujer muy graciosa con un melanoma avanzado que estaba ingresada un 7 de julio. Era de noche y había pasado a verla antes de irme a casa cuando empezaron a sonar los estallidos lejanos de los fuegos artificiales que hay en Pamplona todas las noches durante los Sanfermines. Salimos juntos al pasillo y los vimos desde el ventanal de la octava planta de la clínica.

En Menorca, como oncólogo recién estrenado, todos los pacientes que veía eran “mis” pacientes, así que los recuerdos son mucho más vivos. Mariano, que tiraba rápidamente el cigarrillo si me veía por la calle; Manuela, siempre preocupada y cariñosa; y especialmente Doris, que me siguió cuando vine a Barcelona y que me daba consejos sentimentales.

De mi etapa actual quiero recordar especialmente a Y., mi paciente japonesa; a P. , que era actor; a S. , porque su caso es un milagro…
No quiero vulnerar mi secreto profesional, pero no puedo menos que contar un poco de ellos. De otro modo esta columna no hubiera tenido ningún sentido. Si no fuera por ellos, tal vez hace mucho que lo hubiera dejado todo para dedicarme a otra cosa. Gracias, muchas gracias.

Hasta siempre Libro de Notas, un placer haber viajado contigo. Te seguiré leyendo

Santiago Viteri | 20 de diciembre de 2013


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