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Quiero una segunda opinión por Santiago Viteri

La salud, la enfermedad y sus tratamientos son una fuente inagotable de noticias, suplementos especiales y comentarios con la vecina. Una gran cantidad de entendidos de salón y “expertos” en salud opinan sin criterio mientras que la clase médica suele responder con tecnicismos incomprensibles que solo aumentan la confusión. Por eso, Santiago Viteri (médico especialista en Oncología), escribirá una columna sencilla sobre medicina el 29 de cada mes. Porque él siempre tiene una segunda opinión y si hace falta, muchas más.

Médicos en los juzgados

NOTA:
Estimados lectores de Segunda Opinión.
En primer lugar quisiera disculparme por mi ausencia del mes pasado. En los tres años que llevo con la columna ya viene siendo una tradición que un mes no llegue a tiempo. Son, más o menos, unas vacaciones que me tomo.  Lo malo es que no suelen estar programadas.
En segundo lugar me van a permitir que retrase un poco la continuación de la columna “Médico, cúrate a ti mismo”.  Lo cierto es que he progresado bastante con los propósitos que me hice en el mes de marzo. Me he apuntado al gimnasio, he ido a la nutricionista, he mejorado mis hábitos de sueño y la verdad es que me siento mucho mejor. Obviamente he tenido éxitos en este proceso de intentar vivir de un modo más sano. Sin embargo las conclusiones de este “proyecto” no están aún maduras para Libro de Notas. Ténganme paciencia, por favor.

Para la columna de este mes voy a entrar en un tema del que hasta ahora conocía muy poco, como es el papel de los médicos en los juzgados. Mi reciente experiencia fue la de ser citado como testigo-perito ante el tribunal de lo penal en relación al caso de una paciente afectada de  un melanoma.  Los informes de esta paciente llegaron a mis manos hace unos 4 años a través de un amigo. Me pedían una segunda opinión pues  las cosas no marchaban muy bien. En aquel momento revisé su información médica y le hice mis recomendaciones, qué pruebas se tenía que hacer y tratamiento consideraba más indicado. Desgraciadamente la enfermedad evolucionó rápidamente y la paciente falleció.

El problema con este caso no fue que la paciente no recibiera el tratamiento correcto, sino que durante todo el proceso de su enfermedad se produjeron retrasos significativos (en ocasiones de varios meses) en los estudios y tratamientos que debía hacerse y que muy probablemente estos retrasos injustificados repercutieron negativamente en su evolución causándole un daño físico y psicológico.

La paciente y sus familiares reclamaron sin recibir soluciones y finalmente  optaron por presentar una demanda.  Hace ya dos años que la paciente falleció, pero el proceso continúa y aquí es donde sus familiares contactaron de nuevo conmigo. Al principio sólo me pidieron un informe con mi opinión, pero finalmente hubo que llegar a juicio y tuve que acudir a declarar.

En esos momentos a uno le vienen a la mente todas las películas de juicios que ha visto (¡Protesto Señoría!) y no sabe muy bien lo que le espera. Los días antes del juicio leí y releí la historia de la paciente como si me preparara para un examen.
Tras unos contactos breves con el abogado de la familia, sólo la noche antes del juicio tuvimos un rato para hablar tranquilamente. Me hizo preguntas sobre diversos puntos de la historia clínica y reconozco que al principio me asusté. Obviamente aquel hombre no tenía idea del medicina y lo que el había comprendido de la historia, de mi informe y del informe del perito de la defensa (la demanda era contra una compañía aseguradora) era muy parcial, con algunos conceptos que parecían erróneos. Después de hablar un rato, se le veía muy satisfecho con mis explicaciones y con mi aplomo. Me dijo: “Es usted muy convincente, creo que voy a solicitar al juez que permita hacer un careo con el perito de la defensa. Una discusión científica entre el otro perito y usted”
Aquella idea no me gustó nada. Me asaltaba la inseguridad y temía que aún estando convencido de que médicamente había motivos para pensar que las cosas no se habían hecho bien en el caso de nuestra paciente, tal vez judicialmente no tuviéramos razón. Me fui a la cama hecho un mar de dudas y preguntándome quién me habría mandado meterme en aquel lío

La mañana del juicio llovía a cántaros, nos habían citado media hora antes por error y se notaba tensión en los familiares de la paciente, en el abogado y en los testigos de la compañía de seguros que pululaban por allí y me miraban con desconfianza. Por suerte para mis nervios no se pudo hacer el careo ya que el perito de la  otra parte no apareció.

Esperé fuera mientras comenzaba el juicio y fui llamado el primero a declarar. El juez revestido de toga me observo con aspecto de irascible impaciencia. Me colocaron de pie frente a un micro, observado por los abogados de ambas partes y pude ver como una cámara filmaba mi declaración. Me hicieron jurar que diría la verdad y empezó el show.  En primer lugar los abogados de la compañía quisieron invalidar mi testimonio con razones técnicas que no comprendí bien. Por un momento sentí una gran decepción. ¿Y si después de llegar hasta allí no me dejaban hablar? El juez sopesó un instante los argumentos, consultó un libro de leyes muy rápido y confirmó que en virtud del artículo tal y cual yo sí podía declarar.

Por fin empezaron las preguntas del abogado de la paciente y para mi sorpresa todas sus preguntas eran increíblemente certeras y bien dirigidas. De alguna manera había sido capaz de entender lo esencial de los  conceptos médicos que yo trataba de explicarle la noche previa y sus preguntas me guiaron en mi explicación de los hechos. De pronto me pareció un excelente abogado. El juez pidió brevedad y que no me perdieran en términos técnicos así que hice mi mayor esfuerzo de síntesis. Los nervios fueron despareciendo conforme el juez ponía cara de entender lo que yo trataba de decirle: que el retraso en el tratamiento de esta paciente había perjudicado seriamente sus posibilidades de curarse.

Después llegaron las preguntas de la compañía de seguros. Como en las películas de juicios, la astuta abogada trataba de llevarme a su terreno y se empeñaba en intentar que yo dijera que todo lo que se había hecho estaba bien (excepto que muchas cosas se hicieron demasiado tarde) y que la paciente ya estaba condenada desde el momento del diagnóstico. Yo traté de mantenerme en todo momento neutro pero firme y así acabó mi declaración.

Luego me tocó esperar mientras declaraban los demás. Al finalizar salió el juez con cara de prisa y fastidio, nuestro abogado satisfecho y los familiares de la paciente tristes. Según el abogado todo había ido muy bien, pero el juez había retrasado el veredicto hasta escuchar al perito de la otra parte. Los familiares decepcionados veían como el proceso que ya duraba 2 años debía prologarse al menos 3 meses más.

Yo volví a casa después de mi experiencia en ese mundo desconocido con una sensación de fragilidad, comprendiendo que por más que uno tenga razón sin un buen abogado cualquier juicio se puede torcer y un poco decepcionado por la lentitud de nuestra justicia.

Santiago Viteri | 30 de mayo de 2011

Comentarios

  1. María José
    2011-05-31 00:34

    Bueno, Santiago, ni más ni menos que lo mismo que ocurre con la medicina, aunque exista una solución, sin un buen médico se pueden torcer las cosas. Y eso se puede aplicar a todo. En cualquier caso, supongo que siempre debe quedarte la sensación de que has puesto todo lo que tenías en tu mano para que las cosas sean más justas.


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