Libro de notas

Edición LdN
Pura Coincidencia por Santi Pagés

Un telefilm sin historia ni interés. Un culebrón con actores atroces y maquillaje pésimo. Una serie cancelada por falta de audiencia. Una novela gastada por los bordes. Una canción en repeat desde el lunes. Una pared cubierta con fotos de estrellas. Cada sábado, verán descomponerse una vida cuyo parecido con la ficción es pura coincidencia.

El radar al servicio de los magos (Parte 1)

1.
El sonido del teléfono se había metido entre mis sueños, pastosos y confusos como el polvo que habíamos echado Marta y yo justo antes de dormirnos aturdidos por la botella de Tullamore Drew que yo había traído como gesto de reconciliación y que nos habíamos bebido entre los dos antes, durante y después de la cena, un mero acto protocolario de dos platos, café y postre antes de pasar al acto esencial, del que no recordaba apenas nada.
Mala señal cuando llaman a esas horas de la noche.
Marta se levantó. Estaba desnuda. La luz del patio interior que se colaba por la ventana del cuarto hacía que su piel pareciera muy pálida. Se perdió por el pasillo negro. No le hacia falta encender nada. Le oí descolgar. Preguntó quién era.
Yo sabía muy bien para quién era esa llamada. Había apagado el móvil a propósito unas horas antes, aunque me estuviera prohibido hacerlo. No quería molestias. Después de probar y encontrarse con el contestador alguien habría sumado dos más dos y habría buscado el número de Marta. Peor señal todavía.
Pero solo una persona en la comisaría se habría atrevido a llamarla.

Es para ti, dijo Marta tendiéndome el inalámbrico. Es Alemany.

Cogí el teléfono. Marta alcanzó el paquete de encima de la mesilla y se tumbó en la cama.

Diga, Alemany.

Buenas noches señor, ¿tiene el móvil estropeado? He probado a llamarle pero dice que está fuera de servicio.

Lo he apagado.

Entiendo, dijo Alemany después de unos segundos de silencio. Marta encendió un cigarrillo. Su rostro se iluminó de naranja con la primera calada.

Diga, qué ha pasado.

Un tiroteo cerca del aeropuerto, señor. Un agente muerto, otro herido. Iban de incognito. Seguían a dos coches. Les descubrieron, se lió una buena. Al menos se llevaron por delante a tres de ellos.

Mientras Alemany hablaba, yo jugaba con uno de los pezones de Marta. Estaba retraído en la aureola. Lo acaricié con un dedo. A ella aquello no le gustó. Me apartó la mano y se tapó el pecho con la sábana.

Sacaron automáticas, continuó Alemany. AK47. Eran del los Voynich, señor.

¿Cómo?

Tiene que venir. Es una locura. Uno de los coches en el que iban era un coche fúnebre.

No podía creerlo.

Voy para allá. Si es en la zona del aeropuerto se ocupa del caso quien imagino, ¿verdad?

Si, se ocupa él.

Le veo allí. Tardo media hora.

Colgué.

Me levanté de la cama. Recogí los calzoncillos. Marta me miraba con indiferencia mientras continuaba fumando. Fui al salón a recoger los pantalones. Yo sí necesité encender la luz. Volví a la habitación ya vestido. Aún olía a sexo. Marta se había incorporado y tenía ahora un cenicero en el regazo. Estaba enfadada.

Me voy.

Ya veo.

No seas tan digna.

Es lo que me queda. Lo de anoche no estuvo muy bien, ¿sabes?

Es lo que hay.

Bufó.

Qué ha pasado, dijo algo menos hostil.

Un tiroteo cerca del aeropuerto. Se ocupa Soler pero me han pedido que vaya.

Está implicada gente del Clan.

Te lo tienes merecido. Cierra bien la puerta cuando salgas.

2.
Soler y yo habíamos coincidido en la Academia. Éramos de la misma promoción. Nuestra relación era muy sencilla de describir. Nos sabíamos rivales. Nos odiábamos. Quizá porque nos parecíamos. Los dos queríamos ser los primeros. Cuando salimos vigilamos la carrera del otro en la distancia. Las promociones nos llegaron de forma simultánea. Estábamos empatados. Después todo fue a peor. Le dijo a un superior lo que pensaba de verdad de él y le asignaron la comisaría de la Zona Franca. Fort Apache. El no perdía oportunidad para decir que aquel era el primer paso hacia la jefatura. Pero el sabía que era una mierda. Una mierda peligrosa además. A mí en cambio me llegaron casos, esos tres casos, y la cagué. Volvimos a estar empatados.

El incidente había transcurrido en un camino de tierra de los que llevan a los cultivos encajados entre el aeropuerto y el delta del río, junto a la depuradora. En mitad de la nada. Una cuadricula de campos. Las lindes marcadas por cañizos. Tierra fértil, dicen, pero yo no comería nada que saliera de allí. Los que la cultivaban, casi todos murcianos o alicantinos que habían venido en los sesenta, habían conseguido echar a las putas que merodeaban por la zona y que llevaban allí a sus clientes, los trabajadores de la depuradora y del polígono industrial al otro lado del río, a los que se follaban dentro de los coches o en alguna de las masías medio derruidas aún clavadas en aquellos campos.

Me guié por las luces rojas y azules. No había otras luces en aquel llano. Eran fuertes. Hacían daño a la vista. Fui frenando. Reconocí el coche de Alemany aparcado a un lado. Bajé. Al menos hacía buena noche. Me identifiqué cuando me salieron al paso. Pregunté por Soler. Mientras le avisaban por radio divisé a unos cien metros una fila de coches oscuros y una ambulancia. Las puertas estaban abiertas. Dos tipos vestidos de verde y con chalecos reflectantes charlaban con los brazos cruzados. Fuera había unas quince personas. Entre sus piernas vislumbré uno, dos cuerpos, cubiertos con film plateado. Alguien venía hacia nosotros. Era Alemany. Me saludó con el brazo desde lejos.

Inspector, qué bien que haya venido. Soler quiere verle. Esto es una carnicería.

Mientras llegamos cuénteme algo más.

Es todo muy confuso. Le estamos tomando declaración a Martos, el agente herido. Nada serio, así que Soler le está interrogando antes de que se lo lleven al hospital. También han detenido a un tipo. Ya está en el calabozo de comisaria.

Nos acercamos. Los elementos que fui encontrando componían una escena absurda. En el terraplén del borde del camino, con el morro hundido en una acequia, había un coche fúnebre. Lo iluminaban los potentes focos de los forenses. Uno de ellos iba tomando fotografías del suelo que estaba cubierto por casquillos, hojas de papel y unos rectángulos negros. Radiografías. La puerta de atrás del coche fúnebre estaba abierta. Sobresalían dos largas bombonas. Parecían de oxígeno parecían, una roja y otra blanca. Mas allá, ya en el camino, una camilla estaba tirada. Debían de haberla usado como parapeto. Varias balas la había perforando quemando la tela. Mordiscos negros. Al pasar junto al coche fúnebre vi una máquina, una especie de cubo blanco, aplastada contra el asiento del conductor. Se había estrellado contra el cristal delantero. A juzgar por la cantidad de sangre, el pobre que estaba al volante no había sobrevivido al impacto. De la máquina colgaban varios cables. Parecía equipo médico. Me recordó a un aparato de diálisis.

Un grupo de agentes rodeaba a un hombre apoyado contra el maletero de un Citroën blanco del modelo que se usa en operaciones de vigilancia. La parte delantera estaba destrozada. El capó se había doblado como un acordeón. El hombre tenía el brazo en cabestrillo y alguien le había puesto por los hombres una chaqueta del cuerpo. Era Martos. De pie frente a él reconocí a Soler. Un poco más calvo que la última vez que le había visto pero con la misma expresión anodina de siempre. Me acerqué solo lo necesario. Quería escuchar primero antes de enfrentarme a él.

Les habíamos venido siguiendo desde la costa, dijo Martos. Era un trabajo rutinario de seguimiento del Clan. Lo del coche fúnebre nos tenía alucinados, pero con esta gente nunca se sabe. Solo empezamos a pensar que algo gordo de verdad se estaba cocinando cuando vimos a Slobodan subirse al otro coche.

Aquel nombre levantó un murmullo. Yo me quedé helado. Soler nos mandó a callar con una mano. Me vio pero hizo ningún gesto. Le pidió a Martos que siguiera.

Les seguimos hasta el aeropuerto. Eran casi las dos. Los coches no se separaban el uno del otro. Un par de ellos bajaron del coche rojo y entraron en la terminal. Iban corriendo. Al cabo de un cuarto de hora salieron con el tipo de las gafas. No parecía muy contento. Le llevaban del brazo. Le subieron al coche rojo y cuando se iban a meter uno de ellos nos vio. Le dijo algo al otro y se fueron cada uno a un coche. Salieron a toda hostia. Les seguimos porque pensábamos que podríamos detenerles por secuestro y una vez en comisaría sacarles qué coño estaban haciendo. Cuando parecía que iban a salir por la Ronda los muy cabrones se dieron la vuelta completa y se metieron por una incorporación en sentido contrario. Oscar se empeñó en seguirles y yo pedí refuerzos. Menos mal que no vino nadie de frente. Le seguíamos muy de cerca para que no se separaran. Cuando se metieron por el camino de las huertas pensamos que eran unos idiotas. Pero no, lo habían planeado muy bien. Nos llevaron bien dentro. Entonces el coche fúnebre frenó en secó y se cruzó en el camino. No pudimos frenar a tiempo y nos lo llevamos por delante. Dieron varias vueltas como una peonza, la puerta de atrás se les abrió y salió todo lo que llevaban dentro por los aires. Entonces cayeron en la acequia.

Martos tuvo que dejar de hablar porque un avión pasó por encima de nosotros. Muy cerca. Las luces parpadeantes en su vientre llegaron a iluminarnos. El ruido del motor era ensordecedor. El primer vuelo del día. Miré hacía el mar. El horizonte comenzaba a clarear. Slobodan Voynich. Qué hacía metido en todo aquello, pensé. Por qué habría salido de su escondrijo.

Santi Pagés | 25 de marzo de 2012


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