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Pura Coincidencia por Santi Pagés

Un telefilm sin historia ni interés. Un culebrón con actores atroces y maquillaje pésimo. Una serie cancelada por falta de audiencia. Una novela gastada por los bordes. Una canción en repeat desde el lunes. Una pared cubierta con fotos de estrellas. Cada sábado, verán descomponerse una vida cuyo parecido con la ficción es pura coincidencia.

La estructura de las revoluciones científicas

El Tirreno es el mar más azul del mundo porque el cielo que lo cubre es de cobalto. Su color lo rompen solo breves efervescencias, rasgaduras blancas visibles por un instante que se repiten sobre su superficie como ecos. El barco de línea va pintando tras de sí una banda esforzada y gruesa como una avalancha que se separa en dos hasta perderse de vista como si fuera una cremallera gigantesca que este modesto navío abre sobre las aguas inaugurándolas. El viento es fuerte y he dejado mi sombrero en la tumbona, confiando a la maleta la tarea de guardarlo, confiando en el peso que suman un poco de ropa y los ahorros de toda mi vida. La corbata me trepa por el hombro y debe de estar saludando como una lengua a los que paseen por cubierta, no muchos, porque en un día tan claro este vendaval es desconcertante y asusta. Mejor así. A mí me asustan ellos.

Ir a Palermo no fue una buena idea. Sé que Emilio es un hombre bueno, siempre se preocupó por mí. Él fue el único amigo que no dejó de escribirme cartas durante mis años de ermitaño. Nunca me abandonó y sin su ayuda jamás me habrían aceptado en la facultad ni me habrían concedido la cátedra sin necesidad de pasar un examen (mi frágil voluntad no lo habría soportado). Pero no debería haber ido a Palermo a visitar a Emilio. Porque fue allí, porque fue él quien me tendió el libro. Ya es demasiado tarde.

Ahora huyo, aunque no sé de qué. Huyo porque he leído el libro, porque lo he leído pese a las advertencias, pese a sus efectos, pese a saber lo que le ocurrió a Szilard cuando lo hizo. He leído el libro y he visto. Sé lo que traerá el futuro. Lo vislumbré por primera vez en mis cálculos. Ese fue el primer paso. Lo vislumbré en las piezas que faltaban, en las inconsistencias de los cálculos erróneos y las teorías que no cierran, pequeños obstáculos que se solventaban si buscabas en el rabillo del ojo, si estabas dispuesto a explorar donde nadie más se atrevía a hacerlo. Porque un hombre puede saber sin saber que sabe, ya sea porque prefiere no mirar o porque mira desde demasiado cerca. Más tarde, cuando vi esa nueva realidad puesta en práctica en esa nueva Alemania que tanto entusiasma al Maestro Heisenberg tampoco quise aceptarla. Fue el libro, sólo el libro, el que me obligó a contemplar más allá, el mural del futuro, pintado de ferocidad y fuego, un mundo en el que todo tomará más y más velocidad hasta no poder detenerse, como una noria fuera de control que se disparará con el más leve fallo de su mecanismo. Quizá nunca ocurra. Quizá nunca dejará de acelerarse. En cualquier caso será demasiado para mí. Por eso he de buscar refugio. Ahora Nápoles, después las montañas. Si no es suficiente, Sudamérica, Argentina. O quizá renunciar a la totalidad y convertirme en monje o pordiosero. Lo que sea para regresar a lo sencillo, a lo elemental, para neutralizar el ruido blanco.

El barco parece detenerse. Los motores se han parado. Escucho gritos. La tripulación pregunta qué pasa. Puedo adivinar una estría oscura recorriendo el horizonte. Estamos a pocas millas de la costa. El sol permanece arriba, indisputado. Me asomo por la barandilla agarrándome con precaución. Las olas mansas retuercen mi sombra proyectada sobre el agua. Entonces levanto la vista y lo veo. Está apenas a unos metros de mí. Es un punto negro, una esfera más bien, no más grande que una ciruela. Es muy extraño. Parece un orificio en el puro aire. El azul se comba hacia él, lo rodea, haciéndole parecer una pupila. Es un ojo en el cielo. Cuando lo comprendo me horrorizo. No han querido esperar. Me vigilan. Saben que sé. Argentina, un monasterio, no podré escapar, no habrá donde esconderse.

Tal vez la profundidad. Allí no podrán encontrarme.

Santi Pagés | 11 de diciembre de 2011

Comentarios

  1. Luis
    2011-12-12 20:18

    Muy bueno. Un poco en la herencia borgiana, ¿no? Bravo.

    Y, además, me ha salpicado una idea para escribir yo algo. Como en los buenos plagios, intentaré que no se parezca demasiado. ;)



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