Libro de notas

Edición LdN
Pura Coincidencia por Santi Pagés

Un telefilm sin historia ni interés. Un culebrón con actores atroces y maquillaje pésimo. Una serie cancelada por falta de audiencia. Una novela gastada por los bordes. Una canción en repeat desde el lunes. Una pared cubierta con fotos de estrellas. Cada sábado, verán descomponerse una vida cuyo parecido con la ficción es pura coincidencia.

El pastor contratado (Parte 2)

Cada mañana llego al CIC a las ocho y media. Me gusta entrar un poco antes que el resto de mis compañeros para poder leer con calma los pedidos hechos por el Departamento de Cronologías el día anterior. Lo primero que hago es priorizarlos. Separo los que puedo resolver sin necesidad de llamar a la sección de Investigación Histórica (IH), de memoria o consultando la Cronopedia™. Trato de evitar en lo posible el contacto con IH porque su director es un individuo francamente desagradable. Después coloco los informes en orden sobre la mesa y evalúo con cuántos calculadores tendré que contactar. Cuando llegan las 9 y todos los demás observadores comienzan a ocupar sus puestos ya les llevo ventaja. Para entonces ya he planificado el día, he hecho una lista de tareas y he calculado el tiempo que habré de dedicar a cada una de ellas.

Pero desde hace unos meses Carl Gunner está copiando mi táctica. Gunner es observador de segunda clase como yo. Cuando me siento en mi cubículo él ya está allí con su sonrisa idiota y su taza de café humeante. Se levanta, me saluda con la mano y me da los buenos días con su voz gangosa. Pero no me dejo engañar. Aunque no lo parezca por su expresión beata y sus mofletes rosados Gunner no es imbécil. Desde que entró en la sección del siglo XX (S20) ha entablado conmigo una guerra implacable. Quiere la promoción a observador de primera. No se resigna a que me elijan a mi en la próxima convocatoria por mis superiores méritos. En la academia siempre obtuve mejores puntuaciones que él, en especial en Lectura de Labios, una habilidad muy valiosa en nuestro oficio pues la cronovisión no registra sonidos. Pero Gunner suple su mediocridad con la ausencia de escrúpulos. No le importa medrar jugando sucio. Miente sobre sus éxitos, niega sus fallos, y estoy convencido de que habla mal de mí a mis espaldas. Y lo que es peor: además tiene suerte.

Fue Gunner quien que se llevó el mérito de descubrir que dos agentes británicos que se hacían pasar por enfermeros asesinaron a Rudolph Hess en el laberinto-prisión de Spandau. Pero fui yo quien dedicó semanas de trabajo a establecer el dispositivo de vigilancia y a describir las rutinas del objetivo. Mi desgracia fue que debido a mi eficacia en anteriores asignaciones el director Krueger me ordenara ocuparme de inmediato del caso del telegrama Zimmermann, una anécdota histórica sin ninguna importancia pero que fascinaba a un importante miembro del gobierno que había pedido que el CIC lo esclareciera como favor personal. Así fue como el director Krueger reasignó el caso Hess a ese oportunista de Gunner que con todo ya hecho solo tuvo que sentarse, observar y esperar a recibir los honores. A partir de entonces ese ladino infeliz empezó a creer que tenía posibilidades de arrebatarme el ascenso.

Admito que Gunner me enerva más allá de lo recomendable. Al fin y al cabo no debería preocuparme tanto. Pero parece que soy el único que puede ver el chacal que se esconde detrás de su sonrisa estúpida y constante, de sus falsos elogios a los otros observadores de la S20, de su mal disimulado peloteo al Sr Krueger. Parece que todos se han dejado seducir por su fingida amabilidad, por los chistes tontos que cuenta cuando va o vuelve de la cafetería con su grupito de habituales mientras yo continúo trabajando duro en mi puesto para cumplir los pedidos del día. Pero Gunner no habría sido más que una minucia molesti si no hubiera sido por aquella maldita asignación con la que estuve estancado durante semanas y que casi consiguió llevarme a la locura.

El pedido de Cronologías era escueto. Contra lo que suele ser habitual no contenía apenas información sobre los antecedentes, el periodo o los objetivos de la asignación. Las coordenadas temporales tampoco incluían la traducción a una fecha precisa. Aquello era muy extraño. Enseguida pude ver que se trataba de una ventana muy breve, apenas dos horas. Por lo demás el informe inicial solo indicaba que se trataba de observar a dos objetivos, un hombre y una mujer, probablemente pareja (su falta de definición era irritante) que estarían insertados en un grupo no muy numeroso dentro de una estancia de dimensiones sin especificar. Quedaba por tanto a mi habilidad el distinguirlos aunque supuse que no resultaría demasiado difícil dada la contención espacial del escenario. Entre desconcertado y enfadado por la parquedad de los datos reenvié las coordenadas a mi equipo de calculadores de confianza que al poco respondieron asegurando que ya disponían de ellas y que incluso habían programado el disparo unos 45 minutos más tarde. Siguiendo órdenes. No las mías, les respondí. Todo estaba listo sin que yo hubiera necesitado mover un solo dedo. Admito que no puedo decir que aquello me desagradara. Creí que se trataría de una asignación sencilla. Me coloqué los tapones en los oídos que uso para concentrarme mejor, respiré hondo e introduje el código de activación del protocolo.

Como siempre apareció un fogonazo blanco en la pantalla que fue aclarándose hasta que la escena terminó de enfocarse. La neblina se difuminó y dejó ver un piano negro que con el escorzo se me aparecía gigante. Detrás de él había dos hileras de sillas de madera y un ancho sofá de color claro. El techo lo surcaban vigas de madera casi negra. El suelo lo componían baldosas cuadradas que formaban un mosaico de formas florales. Era un tipo de decoración que no había visto antes. Al fondo se fue dibujando una puerta abierta que daba a un balcón pequeño. Más allá, al otro lado de lo que parecía una plaza, se veían unos edificios grises de apariencia antigua. No reconocí la arquitectura. No era alemana. Cuando el cuadro se asentó puse en marcha la grabadora y fui describiendo sus elementos uno a uno. Es mi método. Aunque el cronovisor registra las imágenes del aleph y es posible revisarlas después cuantas veces se quiera, encuentro que mis primeras impresiones habladas suelen resultar muy útiles. Me gusta escucharlas mientras repaso las escenas que he estado observado. Me ayuda a encontrar los pormenores que se me hayan podido escapar durante el primer visionado.

La escena continuó vacía. Era un auditorio que esperaba a su público. Permaneció así quizá una media hora. Cuando empezaba a aburrirme una sombra pasó fugaz cubriendo parcialmente la pantalla. Me acerqué. Nada. De pronto la sombra cruzó rápida otra vez. Repetidas veces. Una puerta se abrió en el margen izquierdo. Apareció un hombre con camisa blanca que se detuvo junto a ella. No podía ver su cara. Estaba de pie muy cerca del aleph, a solo dos palmos. No me molesté en hacerlo girar. Él probablemente no era el objetivo. Fueron entrando varias personas. Les describí. Que vestían, su edad, su rostro. Mi procedimiento acostumbrado. Aburrido pero útil. El hombre de blanco les fue recibiendo dándoles la mano o con un abrazo. Entró una mujer con un vestido de verano marrón. El hombre se inclinó y se dieron dos besos. Obviamente mantenía con los invitados una relación muy cercana. Aparte de la estación del año, deduje por sus ropas que aquel punto temporal debía de ubicarse en las postrimerías del siglo.

Conté catorce personas. La estancia se había llenado. Fui girando el aleph y comprobé que habían formado pequeños grupos. Conversaban de pie mientras bebían vino. Localicé una botella y registré la marca. Me serviría para ubicar la escena. El hombre de blanco iba y venía. Atravesó varias veces el aleph por lo que pude vislumbrar brevemente sus órganos internos. Es algo frecuente en la cronovisión pero nunca es agradable. (De hecho, hay quien sostiene que puede resultar dañino para los sujetos observados. Al fin y al cabo el aleph funciona mediante una concentración formidable de energía. Aún así creo que exageran). Adiviné que la cocina se encontraba al fondo de la estancia. Fui esbozando el plano de la casa. Con la nueva perspectiva me fijé en dos estanterías de madera que cubrían las paredes. Estaban llenas de discos de vinilo, una forma de almacenaje de música muy popular durante el siglo XX. También se acumulaban libros de apariencia pesada pero estaban demasiado lejos y no alcanzaba a ver sus títulos. Intenté leer los labios de los invitados pero no reconocí ninguna palabra de las que pronunciaban. Cuando comenzaron a sentarse abandoné cualquier otro intento de establecer el lugar concreto donde se había desarrollado la escena.

Ahora podré identificar a los invitados, pensé.

El hombre de blanco se sentó al piano. Su rictus cambió y empezó a aporrearlo con fuerza. Levantaba los brazos como si fuera a destrozarlo. Varias veces se detuvo en seco y permaneció congelado unos segundos. Sin poder escuchar los sonidos sus movimientos resultaban de lo más cómicos. Parecía fuera de sí. Una parodia. Mi punto de observación era perfecto. Había acertado a la primera. Podía observar a todos los asistentes con detenimiento. Sus caras variaban entre la entrega y el desconcierto. Un hombre calvo cerraba los ojos y asentía como si leyera lo que escuchaba. La muchacha del vestido marrón tomaba un sorbo de vino y de cuando en cuando miraba al techo. Busqué a los objetivos descritos en el informe. Había dos parejas posibles. Una, joven, los dos sentados muy juntos al lado de la salida al balcón. Otra, ya canosos, sentada en el sofá claro que se encontraba detrás del pianista. Por pura rutina registré en la grabadora que sería necesario enviar instantáneas de los cuatro al servicio de identificación facial de IH. En ese momento fui consciente de lo absurdo que resultaba que yo estuviera observando aquella escena. A no ser que los resultados de los análisis me contradijeran ninguno de los presentes tenía un valor histórico relevante. En realidad aquello parecía ser un concierto bastante doméstico, una velada sin mayor relevancia como de las que ha habido miles y de las que habrá otras tantas. Me resultaba imposible encontrar cualquier trascendencia cronológica que mereciera el interés o el uso de los valiosos y escasos recursos del CIC. Sentía la indignación acumulándose en mi pecho.

Esperé a que la ventana de observación terminara, con la esperanza de que algo fuera de lo normal sucediese. Una interrupción brusca, quizá un accidente. El ritmo del pianista fue creciendo. Sus movimientos se hacían cada vez más espasmódicos hasta que alcanzó el paroxismo como si fuera un chamán entrando en contacto con los dioses o un hechicero culminando un encantamiento y se desplomó desfallecido sobre el teclado. Los asistentes aplaudieron durante más de un minuto. Él se levantó, saludó inclinándose varias veces. Se abrazaba tomándose de sus propios brazos. Los invitados se acercaron a felicitarle efusivamente. Intenté mantener la concentración en la observación pero me resultaba imposible. Demasiados movimientos, demasiado desconcierto después de dos horas llenas de nada. Los informes de IH lo confirmaron más tarde. No había información histórica alguna sobre las personas que había identificado como posibles objetivos. El nombre de la marca de vino no dio tampoco ningún resultado. Al día siguiente repasé las imágenes usando el zoom para leer los títulos de los libros que ocupaban las estanterías. Casi todos eran de música y arte, algo nada inusual si pertenecían a aquel pianista. Estaban escritos en francés, italiano y español. Dediqué la semana siguiente a recalcular las coordenadas temporales. Coloqué alephs en los puntos ciegos de la estancia. Aquello no sirvió de nada más que para aumentar mi frustración. No conseguí observar algo que pareciera relevante, nada que se saliera de lo normal. Era obvio que esas dos parejas mantenían una actitud muy afectuosa entre ellas pero aquello tampoco era nada extraordinario para un profesional como yo que lleva años dedicando ocho horas diarias a observar a otras personas. Había llegado a un punto muerto donde no sabía ni qué mirar, ni qué buscar ni tampoco dónde y cuando estaba observando.

Entonces ocurrió algo que terminó por agotar mi paciencia.

Una mañana, cuando concluí una nueva observación de la escena del concierto sin ningún resultado me quité los tapones y escuché mucho revuelo en la oficina. Me asomé por encima de mi cubículo y vi cómo la gente se arremolinaba alrededor del cubículo de Gunner. Casi todos eran otros observadores de la S20. También reconocí a varios chicos de IH y a unos cuantos calculadores. Reían y hablaban muy alto. Felicitaban a Gunner. Le daban palmadas en la espalda. Me acerqué.

¿Qué… qué pasa?

Hombre, Brünner, ¿no te has enterado? ¡Han asignado a Gunner el caso del suicidio de los Baader-Meinhof! ¡Va a ser histórico!

Gunner me miró y me tendió la mano con un gesto que parecía realmente sincero. Me asombró su capacidad para fingir. Incluso se había ruborizado. Sabía que por dentro se estaba riendo satisfecho de mi. Sentí como me ardían las mejillas de ira. Aquello era intolerable. No podía continuar así. Me di la vuelta, les deje allí y me dirigí hacia el ascensor. Tenía que hablar con el Sr Krueger.

Santi Pagés | 11 de septiembre de 2011


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