Libro de notas

Edición LdN
Pura Coincidencia por Santi Pagés

Un telefilm sin historia ni interés. Un culebrón con actores atroces y maquillaje pésimo. Una serie cancelada por falta de audiencia. Una novela gastada por los bordes. Una canción en repeat desde el lunes. Una pared cubierta con fotos de estrellas. Cada sábado, verán descomponerse una vida cuyo parecido con la ficción es pura coincidencia.

Si toleráis esto vuestros hijos serán los siguientes

Todo cambió con La Transparencia, aunque la gente se esforzara en aparentar que todo seguía como siempre. “Si no has hecho nada malo no tendrás nada que ocultar” era la frase con la que nos bombardeaban, repetida y amplificada, en conversaciones de bares, de taxis, de calle, pronunciada como si fuera un mantra con el poder de alejar los malos pensamientos. Supongo que yo tampoco opinaba lo contrario, así, por encima, sin pararme demasiado a pensar en ello ni en la molestia que suponía que las comunicaciones hubieran pasado a ser públicas. Esa era la contradicción que armaba nuestras vidas y de la que eramos conscientes de una forma vaga. Aprobamos en referéndum y por amplia mayoría la adopción de El Chip y de los Códigos de Identificación Ciudadana como quien pide prestado un revólver para pegarse un tiro en la pierna. Aplicábamos La Transparencia sin miramientos y a diario, en el trabajo y en casa, con nuestros subalternos y nuestros jefes, con nuestras esposas, nuestros hijos, nuestros propios padres, porque la posibilidad estaba ahí, porque era sencillísimo saberlo todo. Bastaba tener acceso al servidor, al terminal, al teléfono. El Chip se encargaba de almacenar todo lo que hicieras, mensajes, visitas, historiales, y te los mostraba con un clic, con un golpe de tecla, en un microsegundo, con una racionalidad blanca e infalible. Muchos tardaron demasiado en comprender que ya no habría cajones privados ni secretos posibles y durante los primeros meses de La Transparencia los medios se llenaron de escándalos a portada entera, las veinticuatro horas por día. Divorcios por visitas a páginas de niñas tailandesas, peleas familiares por llamadas a escondidas, despidos fulminantes por espionaje mal disimulado. Las papeleras de reciclaje del país rebosaban, colmadas de registros prohibidos, fotografías incriminatorias, vídeos comprometedores. No cabía más, no daban abasto. Alguien allá arriba había comprendido finalmente que no eran necesarias agencias ni policías, que era posible subcontratar la tareas de vigilancia a la población misma, que las cumpliríamos ¨por nuestro propio bien¨ y que lo haríamos sonriendo y encantados. La Transparencia nos hizo regresar a lo analógico, pero aquel fue un regreso sórdido porque solo buscaba no dejar rastros. Las webs de porno cerraron al mismo ritmo con el que las Salas X abrían de nuevo. Florecieron los “hoteles del amor” porque el sexo casual se hizo más frecuente. Las redes sociales estaban desiertas durante medio día y Ebay se desplomó en Bolsa porque ya nadie compraba zapatos ni actualizaba su estatus en horas de oficina. Con el beneficio de la distancia puede parecer que aquella fue una época irracional y absurda, de desconfianza institucionalizada y paranoia cotidiana. Como he dicho, tratábamos de vivirla con naturalidad, como si no ocurriera nada, aunque solo fuera porque una protesta o un gesto de molestia eran suficientes para declararse culpable.

Reconozco que por aquel entonces visitaba Las Misiones. Reconozco que antes de La Transparencia, al menos una vez al día cerraba la puerta de mi despacho, pedía que no me pasaran llamadas y me llenaba de porno. Todos lo hacíamos. Estaba aceptado. Era una forma de liberarnos del estrés. Los jefes lo admitían, los jefes lo aprobaban porque al contrario que los rollos de una noche durante las convivencias de empresa, masturbarse o incluso automutilarse (como la jefa de cuentas, se decía) era inofensivo y nos hacía más productivos una vez liberados. Pero La Transparencia acabó con todo aquello. Cuando puedes elegir, cuando puedes decidir si hoy te apetecen morenas, tetudas, embarazadas o niñas, según te lo dicte el temperamento o los nervios, recurrir a la imaginación o al recuerdo neblinoso de algún polvo mal ejecutado ya no sirve. Para eso estaban Las Misiones.

Las Misiones eran lugares clandestinos en los que conectarse sin complicaciones. Sótanos de comercios, comedores de restaurantes chinos, pisos francos, trasteros de iglesias, en los que alguien había juntado cuatro o cinco terminales ilegales y cobraba por suministrarte el Código de Identidad Ciudadana de algún recién difunto o de algún pobre diablo que había vendido el suyo por unos pocos billetes. Aquellos eran lugares sofocantes, con teclados borrados y grasientos, con ordenadores parcheados como creaciones monstruosas y con el ventilador en permanente funcionamiento. Las más sofisticadas ofrecían separaciones con cortinas de hospital, biombos raídos o cabinas individuales, como aquella Misión a la que yo acudía. Una residencia de ancianos como tapadera.

Era un martes, malo, uno de esos días de cuerpo a tierra en la que uno no parece acertar nada. Había perdido un contrato, unos cuantos millones, una cuenta torcida desde el principió que se canceló sin previo aviso. Me había marchado de la oficina sin despedirme de nadie, no quería falsas broncas paternales, ni quería volver a casa y darle explicaciones a Ella. Había estado bebiendo, bastante creo, y antes de entrar en La Misión no me preocupé de arreglarme la corbata y la camisa para no despertar sospechas. Pareció lo que era. Un ejecutivo borracho entrando en un hogar de ancianos.

Bruno, el tipo de recepción y que llevaba La Misión no parecía muy contento de verme en ese estado. Sin mirarme, enfiló el pasillo, siguiendo los mínimos pasos que seguían nuestras transacciones. Tras varios giros por corredores entramos en la consulta, dividida en secciones por mamparas traslúcidas de oficina. Abrió el gabinete número 4.

Haz el favor, no vomites.

Le aseguré con mi voz más profunda que no iba tan bebido, le di los billetes correspondientes y él a cambió me tendió un papel doblado. Después se marchó por donde habíamos venido con cara de no haberme creído demasiado.

El 4 era la consulta dental. Allí les sacaban las muelas a los viejos. Olía a la limpieza abrasiva de la química bucal. En la esquina, detrás del sillón de dentista y sus brazos en alto, había un terminal encendido. Al lado, unos guantes de látex y unos kleenex. Me senté enfrente de la pantalla. Desdoblé el papel cuadrado. Una combinación de diecisiete letras y números garabateados. Reconocí la secuencia como un Código. Lo introduje. Escribí en el navegador la dirección, LiveOrquídeas.com, chicas con webcam y chat en vivo. La página de portada era un catálogo de fotos. Cuál elegir. La negra de labios fucsia enormes, la morena con pendientes de aros, la rubia delgada tendida sobre la cama. Esa. Pinché. La página fue cargándose. En la pantalla del vídeo solo había negro, después una cortina roja, una colcha, un cojín amarillo. Pero la imagen estaba vacía, la rubia no estaba. Aquello era muy extraño. Escribí en la ventana del chat “hola, estás ahí?” Ningún cambio. “Hola?”, de nuevo. Podría haberme ido, podría haber pinchado en otra chica, pero aquella ausencia me intrigaba. Así transcurrió un minuto durante el que no pude apartar la vista de la pantalla. De repente el encuadre vibró, se movió la cámara y apareció la rubia, mucho más delgada que en la foto. Llevaba un sujetador con estampado de cebra que le estaba algo grande y unos calcetines largos rojos subidos hasta la rodilla. Parecía incómoda. Estaba despeinada. Sus mejillas parecían muy rojas, demasiado rojas, quizá por la calidad de la webcam, quizá por el maquillaje. Comenzó a teclear. Su primer mensaje tardó en aparecer. Escribía y borraba una y otra vez.

Perdona. Hola, cómo estás guapo, ¿quieres pasarlo bien?, escribió.

No quería preámbulos. Le pedí que empezara. Se tumbó en la cama mirando hacia mi. Abrió las piernas. Empezó a tocar por encima de la ropa interior con gesto ausente. Le pedí que bailara, le pedí que se desnudara para mí. No se hizo de rogar. Mientras cambiaba de postura miró hacia la izquierda, como si hubiera algo allí, alguien, que yo no alcanzaba a ver. Su rostro se tensó. Contoneó las caderas, se acarició la cintura, los pechos. No funcionaba. Sus movimientos eran rutinarios. Ella no escribía nada, ni siquiera el habitual “¿te gusta así?” Se subió de nuevo a la cama, se arrodilló, echó su cuerpo hacia atrás y metió la mano por dentro de sus bragas. No estaba excitado. No podía concentrarme. Ella miraba de vez en cuando hacia fuera de la imagen. ¿Qué le preocupaba tanto? ¿Había alguien más con ella en la habitación? Yo contemplaba sus movimientos con la misma emoción con la que se contempla a una robot industrial embotellando cervezas o empaquetando verduras. Se quitó el sujetador. Se colocó a cuatro patas, con su cara muy cerca de la cámara. Tenía el rimmel corrido. Con una mano se apretó un pecho, el pezón asomaba entre los dedos. Abrió la boca, fingió dar un gemido. Entonces fue cuando lo hizo. Pronunció una palabra. No la entendí al principio. La repitió de nuevo. En sus labios leí “ayúdame”. Dos veces más. “Ayúdame”. Dejó de moverse. Se quedó mirando fijamente a la cámara, mirándome. Estaba asustada. Me estremecí. De pronto sus ojos se volvieron a desviar a la izquierda. Su rostro se llenó de pánico. Alguien o algo se acercaba a ella. Quiso apartarse. Entonces la imagen se cortó y volvió al negro.

Me levanté bruscamente. Me quedé de pie paralizado. No sabía qué hacer. Pensé en buscar ayuda. Salí de la consulta, mire a un lado y a otro. Todas las puertas blancas estaban cerradas. Creí distinguir la silueta de una persona dentro de otro gabinete al fondo del pasillo. Llamé, pedí ayuda, intenté abrir. Estaba cerrada por dentro. La figura no se movió. Me di por vencido. Seguía viendo la cara horrorizada de la chica. Pensé en Bruno, pero estaba desorientado y borracho, no recordaba cómo habíamos llegado hasta allí. Caminé. Me perdí por entre los pasillos. Le llamé a gritos. Al poco apareció enfadado, vociferando qué coño pasa. Una chica, la webcam, está en problemas, hay que ayudarla, balbuceé. Bruno bufó de fastidio. Se abrochó la chaqueta, se recolocó la chapa dorada con su nombre y me respondió con desprecio.

No es mi problema. Ni el tuyo.

Santi Pagés | 16 de mayo de 2010

Comentarios

  1. Marcos
    2010-05-16 18:38

    Magnífico, Santi.

    «Alguien allá arriba había comprendido finalmente que no eran necesarias agencias ni policías, que era posible subcontratar la tareas de vigilancia a la población misma, que las cumpliríamos ¨por nuestro propio bien¨ y que lo haríamos sonriendo y encantados.»

    Esto ya llevan tiempo intentándolo. Se llama corrección política en una de sus variantes; legislación de la moral.

    Saludos

  2. Oscar
    2010-05-16 23:02

    Buenísimo, me ha encantado

  3. Santi Pages
    2010-05-19 10:18

    Se agradecen de corazon sus parabienes.



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