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Profundidad de campo por Adrian Daine

La fotografía no ha muerto, sólo ha cambiado de formato. Sus valores y normas tampoco han desaparecido, sino que se han actualizado y nos obligan a mirar el mundo de otra manera. En Profundidad de Campo, cada día 23 repasaremos su evolución en un intento por demostrar que las dudas que origina son similares tanto cuando hablamos de megapíxeles y Photoshop como cuando hablamos de daguerrotipos y granos de plata, y explicaremos cómo interpretar un arte y oficio que, a su vez, interpreta el mundo para nosotros.

Preguntas y respuestas

Hace un mes acudí a un taller de fotografía impartido por un conocido fotógrafo español. La experiencia fue fantástica, aunque no se me debería tomar como referencia porque en este tipo de talleres soy tan egoísta que si ha supuesto un avance para mí (como ocurre casi siempre) me da exactamente igual lo ajustado que ha estado el taller a lo propuesto (como ocurrió, con este mismo fotógrafo, hace un par de años).

Estos talleres consisten en pasar unos cuantos días con un fotógrafo, que te habla de su trabajo, de la manera que tiene él de llevarlo a cabo y de sus ideas en torno a debates y conceptos fotográficos. No es que todos sean así, pero en general giran en torno a esa rutina. Como guinda, si hay tiempo, puedes enseñar tu propio trabajo para que el fotógrafo te de indicaciones, pistas y sugerencias sobre cómo abordarlo o en qué dirección llevarlo: este suele ser el plato fuerte del taller y por el que muchos nos apuntamos (otros parecen apuntarse para medir egos, pero esa ya es otra historia que supongo aparecerá también en talleres de otras ramas artísticas), y del que es muy difícil escapar ileso.

Me explico: la fotografía es muy jodida; le dedicas meses, te replanteas tu manera de mirar o el propósito de tu proyecto mil veces, te esfuerzas por hacer una dolorosa edición de tus decenas/cientos/miles de fotos, vuelves a hacer más fotos, de repente ya no te gustan, ahora te vuelven a gustar, te haces miles de preguntas sin contar con las dudas que aparecen de repente; y entonces llevas tus treinta fotos al taller, las expones, presentas el tema, y el fotógrafo en cuestión las mira durante cinco minutos, se queda con tres y te dice que a partir de ahí podrías a empezar a tener una visión seria del asunto.

Y lo peor es que tiene razón.

Obviamente este ejemplo está muy llevado al límite y lo normal es que el que imparte el taller, si tiene un poco de maña, se quede un rato madurando lo que le enseñas y dando una impresión personal y constructiva de ello. Lo que ocurre es que, claro, esa persona lleva más tiempo que tú haciendo todo lo que hemos explicado antes y ha tirado a la papelera fotos que tú matarías por hacer. Tiene un ojo hecho. Y una perspectiva educada.

Acudir a un taller de estos con perspectiva es esencial, o acabas vendiendo todo tu equipo por eBay y quemando en una hoguera tus negativos y tarjetas de memoria. La fotografía exige dedicación, puede llegar a ponerse muy personal y en este aspecto es necesario saber resistir las críticas y los reveses. Y, sobre todo, no acudir buscando respuestas.

En el taller de hace dos años que mencioné antes, se generó un debate bastante enrevesado sobre lo que es una Buena Foto y cómo Hacer una Buena Foto y qué baremos utilizar para llegar a ello. El fotógrafo que daba el taller terminó por responder a una serie de preguntas que él desgraciadamente no tenía la ecuación de Una Buena Foto escrita en una servilleta, porque incluso teniéndola estaba seguro de que otro fotógrafo podría llegar y saltarse todas las reglas de dicha ecucación y aun así conseguir Una Buena Foto. En suma, que cada maestrillo tenía su librillo. Ante esta aseveración, uno de los alumnos que más había intervenido en este debate se levantó y se fue con cara de pocos amigos, como ofendido porque en un taller de fotografía dedicado a cómo conseguir empezar y orientar un proyecto fotográfico se dijese abiertamente que aquí a cada cual le tiene que funcionar lo que hace.

Si la fotografía se basa en generar preguntas (¿Qué ha pasado ahí? ¿Quién ese ése? ¿A quién mira? ¿Qué relación tienen esas dos personas?) no podemos esperar que al investigarla y tratar de descifrarla nos salga una sola respuesta. En ese sentido, acudir a talleres (o apuntarse a escuelas) rara vez nos dará la clave: un fotógrafo no puede dejar de hacerse preguntas.

Cuando le enseñé mis fotos a este fotógrafo, las miró durante unos minutos, eligió tres (de cerca de treinta) y no quedó tampoco muy convencido. La primera reacción fue la de un mazazo porque había pecado de novato (bueno, de qué otra cosa si no iba a pecar) pensando que mis fotos le iban a gustar más. Pero luego, en casa, con las fotos delante, lo empecé a ver todo más claro. Me empezaron a bullir las preguntas. ¿Y si…?

PD: No quisiera irme sin agradecer a mis lectores, fijos y ocasionales, el haber leído mis desvaríos sobre fotografía. Son ustedes geniales. Ignoro si escribiré más sobre estos temas, pero en mi tumblr a veces me desmarco con algún texto. Tengan a bien seguirlo si les apetece.

PPD: Alberto, Marcos, un millón de gracias. Por invitarme a Libro de Notas, por aguantarme las entregas a horas intempestivas y por readmitirme; pero, sobre todo, por haber mantenido durante tanto tiempo y con tanto cariño un proyecto que nos ha planteado miles de valiosas preguntas.

Adrian Daine | 20 de diciembre de 2013


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