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Porque me quité del vicio por Elia Martínez-Rodarte

Vicio es todo en exceso y desmesura hasta que lo abandonamos por un nuevo vicio, o nos convertimos en coleccionistas de ellos. Nunca es tarde para desechar uno y encontrar otro nuevo. De los vicios y pasiones que exponen nuestra humanidad hablaremos aquí, en este espacio comandado por Elia Martínez-Rodarte, mexicana, viciosa y escritora, autora de ivaginaria, el día 6 de cada mes.

El pene escondido en el kimono

El japonés Nagisa Oshima fue el director de una de las películas eróticas más controvertidas y profundas de la historia del cine, en donde la transgresión más inocente que se ve, es la escena en donde ingresan un huevo cocido en una genitalia femenina. El artículo 175 del código penal de Japón (desde 1907) exige que todos los genitales y vellos púbicos sean pixeleados, ocultados o suprimidos, así como el acto del coito en pleno, por ello la obra maestra de Oshima, “El imperio de los sentidos”, se entrenó con menos de un tercio de su contenido, que fue censurado en su país.

El cineasta Oshima filmó en 1976 y en coproducción con Francia, para incluir sin censura las escenas de desnudos y de sexo explícito entre Abe Sada y Kichizo Ishida. En la película hay de todo y más, porque Abe y Kichizo estaban enculados el uno con el otro, pero en un revoltijo de lujuria, sadomasoquismo, muchas parafilias y amor, en cierto modo.

Oshima, quien con su trabajo fílmico fue también cronista y un filósofo de la historia contemporánea de Japón, recreó en “El Imperio de los sentidos” una historia real que sucedió 40 años antes de que la realizara.

Los personajes reales, Abe y Kichizo, se liaron en los treinta, cuando ella trabajaba en un hotel de camarera y él, de amo del negocio. Empezaron a follar y Abe se engolosinó del pene de Kichizo, obsesionándose con él. Hasta el grado de quedárselo de recuerdo…

Abe y Kichizo practicaban la asfixiofilia, la forma de excitarse con la asfixia, lo cual es gozosa para algun@s, mientras no maten a alguien en el acto. Después de haber tenido parejas sexuales diversas, de ejercer todas las parafilias conocidas, y de haberse metido alimentos y perecederos por los genitales Abe mata a Kichizo asfixiándole con el obi, que es una especie de cinto de tela con el que se atan los kimonos. Su larga jornada de fornicio concluyó con el asesinato de Kichi.

Como Abe ya había quedado frágil después de uno de los truenes que tuvo con Kichizo, se había hecho de un cuchillo de tamaño importante, con el que amenazaba a su amado con cercenarle el pene. Porque Kichizo era bastante pinga suelta, aunque estuviera en amasiato con Abe y en matrimonio con la cornuda codueña del hotel. Pero no lo castró hasta que fue difunto. Envolvió los genitales de su amante y los llevaba dentro de las mangas de su kimono, en un bolsito. Fue así como la encontraron las autoridades policiacas de Japón: pájaro en mano, nunca mejor dicho. Ella decía que pudo haberse llevado la cabeza o el torso, pero prefirió el pene: era lo que más recuerdos bellos le traía de su Kichizo. Golosa hasta el fin.

Abe Sada fue detenida días después de que encontraron a Kichi muerto y desvirongado, convirtiendo su historia en un pandemónium, porque hubo hasta momentos de pánico en que algunos hombres temían por sus penes. Afortunadamente la encontraron antes de que se comiera el falo y cojones de su amante, que fueron exhibidos hasta después de la segunda guerra mundial, en el departamento de patología de la Universidad de Tokio. En el brazo de la mujer estaban escritos su nombre y el de Kichizo y la leyenda “uno mismo”, lo cual definía muy bien la relación de los amasios quienes no sólo follaban, sino que experimentaban con sus propios límites eróticos, entre ellos, con otras personas, con dolor y perversiones diversas que los controlaban y subyugaban.

Sada purgó cinco de los seis años de su sentencia y fue una celebridad algo tenebrosa, porque en todo momento era recordado el hecho de que le había cortado la ñonga a su amasio y que cargó con ella varios días. Fue un apoyo en la defensa de los derechos de las mujeres en Japón, una mujer temida y respetada, hasta su “desaparición” en 1969.

En 1975 y 1998 se hicieron películas sobre Abe, pero “El imperio de los sentidos” de Oshima, retrata el erotismo de esa relación y sus vorágines, revolucionando con un suceso de la realidad, la historia del cine, de la censura en Japón y hasta del huevo cocido.

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Elia Martínez-Rodarte | 06 de agosto de 2013


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