Vicio es todo en exceso y desmesura hasta que lo abandonamos por un nuevo vicio, o nos convertimos en coleccionistas de ellos. Nunca es tarde para desechar uno y encontrar otro nuevo. De los vicios y pasiones que exponen nuestra humanidad hablaremos aquí, en este espacio comandado por Elia Martínez-Rodarte, mexicana, viciosa y escritora, autora de ivaginaria, los días 6 y 21 de cada mes.
La gente común, y a veces los astrólogos que determinan el porvenir de la gente común, dicen que cuando se acercan los cumpleaños de las personas éstas tienden a ponerse reflexivas, a echar por la borda las viejas taras para adquirir nuevos vicios que rejuvenezcan su existencia, o a buscar una forma exótica de celebración, que deje bien en claro al resto de la humanidad que la fiesta de la vida sigue, aunque no haya nada qué celebrar más que un vulgar cumpleaños.
Yo celebro mi aniversario de este viernes al otro y lo único que atino a reflexionar es que me encuentro con el mismo ataque de pánico que sufría a los cuatro años de edad, cuando la gente se arremolinaba alrededor de un pastel a cantar Las Mañanitas. En aquella ocasión de hace 33 años, mi madre me puso una falda de pana verde botella, una blusa de olanes claros y unas botas cafés, me peinó con cárieles y me instaló como accesorio adicional a mi hermano, que estaba junto a mi vestido con un inverosímil traje azul celeste que resumía en menos de un metro cuadrado de tela, todo el espíritu de los setentas.
Mamá encendió una vela en forma de patito y los presentes a la piñata de mi cuarto aniversario entonaron lo que dicta la tradición mexicana.
Avergonzada como si acabara de sentarme arriba del pastel, jamás soporté esa especie de humillación pública ensalzada con los falsos buenos deseos de los presentes. Mis piñatas eran las mejores porque mi madre era una magnífica anfitriona: siempre supe que además del vago cariño, los convidados venían a tragar. Por eso cuando apenas remontaba la estrofa de: la luna ya se metiooooooó, yo filosófica y profunda como era a esa edad, me decía a mi misma: “son unos tontos. Los odio”. Y lo hice a conciencia hasta que me dejaron de hacer fiestas de cumpleaños.
Todos los ágapes de aniversario de mi niñez fueron enormes hasta que llegaron los de mi adolescencia, llenos de nenas cómplices que nos reuníamos a comer y a hablar de novios imaginarios. Tuve una leve fiesta de quince, en el patio de mi casa, con un sonido y enormes bocinas, con una inverosímil asistencia de muchas personas desconocidas y pocas conocidas: todo el aforo a la pachanga se agradecía en una celebración cuyo máximo mérito era que se había registrado en Saltillo Coahuila una de las temperaturas más escandalosamente frías y bajo cero que se haya recordado en muchos años. Esa noche, mi amiga Erika y yo nos fuimos a la cama tras la fiesta librando el peligro de morir aplastadas bajo la lasagna de cobijas que nos montamos encima.
A partir de ahí mis fiestas se convirtieron en una especie de leyenda urbana que nadie cree.
He organizado mis fiestas, me han organizado otras, he tenido celebraciones en donde todo terminó en la mansa paz después de la trifulca, o con alguien estrellado en un poste, o con un par de golpeados o asaltados, o con la noticia de que uno de los invitados logró por fin dormir la borrachera, aunque fuera encima de su vómito.
Una vez celebré mi cumpleaños en la habitación de un hotel, otra en un spa, he estado la mayoría de mis aniversarios acompañada y en honor de la verdad, uno de mis mejores cumpleaños fue cuando me dediqué a celebrarme por completo sola.
De los festejos más notorios fue el que tuve con mi flamante ex pareja en 1999 en la comida y mi pareja de la transición en la cena. Finalicé ese año y centuria celebrando mi aniversario con los dos hombres que más quise en ese siglo.
Sin embargo hay años de los que no recuerdo absolutamente nada, ni en qué día cayó, ni que estaba haciendo, ni quién me acompañó, ni de quienes fueron las omisiones de felicitación, ni tampoco los regalos, la comida, el lugar de la fiesta, ni lo que me dijeron mis padres o mi tía de felicitación, ellos que siempre son los primeros en todo en mi vida.
Creo que esos cumpleaños fueron los mejores porque no rememoro un ápice de esos 29 de diciembres, más que las ya muchas mañanas del día siguiente, todos esos 30 de diciembres lamentando la resaca que se unía a una nueva y quizás más larga en el umbral de cada año a punto de finalizar. Espero que este aniversario sea de los que no recuerde pronto. Esa sí sería una linda memoria.
2006-12-31 11:41
Cuando te leía recordé mucho los cumpleaños de mi hermana (29 de dic tambien) y que la proximidad de su aniversario con el fin de año, en verdad armaron su desprecio por las fiestas… cualquier fiesta de cumpleaños, no fue sino hasta poco tiempo atrás cuando mi cumpleaños se instalo a la mitad de semana santa y como desenlace, cancelamos las fiestas de cumpleaños…para siempre porque en esas fechas no estabamos en la casa… Con el tiempo nuestros aniversarios se convirtieron en un recuerdo que cómo algunas fechas que regresan (efemerides a veces), nos han hecho pensar que ese día debe diferenciarse de los demás pues… ¿cómo diferenciarán nuestros amigos nuestro funeral de un onomastico? Quizá por el almanaque.. muy viejo o… nuevo. Salu2