Libro de notas

Edición LdN
Opiniones misceláneas por Pablo Muñoz

Prefacios juveniles, reseñas de media tarde, lecturas a tiempo parcial… Un intento meridiano de soñarse columnista, por supuesto. Aquí vienen a leerse libros, a recomendarse unos cuantos y a discutir(los).

Quiérelos a todos, confia en unos pocos, no hagas mal a ninguno

Chester Brown Pagando por ello
La Cúpula, 2011. 300 páginas.

El historietista Chester Brown es un usuario habitual de la prostitución. Dicho asunto es, al parecer, motivo de glosa y de eso trata, extensivamente, durante sus páginas su obra dedicada al tema, del hecho de que él sea usuario; y esto, y no otra cosa, ha sido el principal motivo por el cual autores de la talla de Robert Crumb, quien aclara en el prólogo ser muy tímido para el puterío, Neil Gaiman o Alan Moore han dado gloria al autor del tebeo puesto que, se supone, que nos plantea con gran sinceridad un tema desde otra óptica.

Debo ser una excepción, ya no sé si honrosa o no, pero Chester Brown me ha parecido muy poco relevante, escasamente sorprendente y más que escandalizarme he sentido pena, auténtica y lastimera pena, y ocasional admiración, por decisiones a la hora de contar algo que respondían a un aparente distanciamiento propio.

La obra la pueblan personas reales que tuvieron potestad e incluso voz al término de esas páginas. Entre ellas Joe Matt, también historietista, y Seth, el más sensato de los personajes/autores quien, con brevedad, explica mis mayores problemas con la obra.

El argumento es bien sencillo: el autor tiene una ruptura, en las postrimerías del año 1996, y decide que el amor romántico no existe, que no está posibilitado para ligar más y que lo suyo es, visto lo visto, invertir cantidades fijas en el uso de prostitutas con tal de obtener placer sexual.

El libro narra como de 1996 a 2003 el señor Chester Brown, canadiense, ha disfrutado de los servicios de diversas cortesanas; termina decidiendo quedarse con una, estable, en un capítulo final sinceramente titulado “De vuelta a la monogamia”, aunque después llega un epílogo en el que, lleno de quejumbre, expresa que nadie entiende que él ya no es necesariamente un putero, puesto que se ha especializado, y parece tener problemas semánticos, pues aclara enseguida que sigue pagando a la mujer por su actividad sexual.

En dicho epílogo se hace un panfleto escasamente convincente para quitar sonrojo a los usuarios de la prostitución. El momento más intelectualmente lastimero de Brown es cuando cita a un esotérico psicólogo para rebatir el concepto de explotación. Y es que, resulta curioso, que, tratándose de un libro que quiera ofrecer otra perspectiva, estemos ante un autor tan esforzado en encontrar una especie de legitimidad social y más preocupado en eso que en los efectos morales y psicológicos de su práctica.

En diversas ocasiones, parece quedar claro que la mujer es extranjera y en el polvo más decididamente incómodo, la chica solicita al autor/narrador que aparte su miembro si no va a terminar. Este episodio, el de buscar con rapidez el final, sucede varias veces.

El autor, sin embargo, ofrece una explicación poco persuasiva a estos episodios, que sugieren una actitud nada festiva y proclive al sexo, deduciendo que quizás lo que se debe hacer es cambiar de prostituta. La única paradoja que admite es la final, pero no sin antes aclarar que la mayor parte de la gente no lo comprende.

Me interesa mucho más lo que ignora Chester Brown en su libro. Descarta con gran facilidad el salir a ligar. No parece alguien excesivamente atractivo, a juzgar por la contraportada, pero tampoco alguien necesariamente espantoso. Es una persona anodina, cortés, necesitada. Se impone él mismo un argumento sencillo: “ligar es una cuestión de círculos sociales” y decide no esforzarse. Brown es incapaz de ahondar en sus miedos, en sus temores, en sus propios y tremendos dogmas.

Otra cosa que no trata: los polvos en profundidad. El lenguaje corporal de sus mejores polvos es mencionado en detalles clave, pero no habla de la notable diferencia que hay entre distintos lenguajes corporales, entre el lenguaje corporal de dos cuerpos en obvio deseo y otros que ejercen una mera rutina. Esto no parece importar demasiado a Brown.

Incluso en un plano introspectivo y psicológico, Brown no parece añorar el sexo lento, de caricias, felizmente agotador, y enseguida su narrador pasa a quejarse, formando parte de su nueva asociación de consumidores, por las deficiencias de los servicios que contrata.

Lo más desgarrador de este libro no es que su autor haya decidido tener una vida privada basada en la contratación habitual de prostitutas y en la negación de salir, mirar, desear, fracasar y lograr otra cosa. Qué novedad tan penosa sería que eso fuera escándalo o fuera necesariamente algo “terrible”.

Lo más desgarrador es que su autor carece de imaginación. No solamente para imaginar a las demás, porque, siendo generosos, el dibujo de todas las mujeres es más bien simple y estratégicamente reducido a representar unos encuentros donde no se compromete demasiado al protagonista en la medida en que no está obligado a reconocer al otro, sino también, y esto es ya más evidente, para consigo mismo, para saber imaginar qué fracasos y qué necesidades ha tenido o ha deseado o ha soñado.

Su relato es justificador en la medida en que dibuja una persona decididamente poco imaginativa, arruinada, de hecho, tan ruinosa que todo su libro, un canto libertario a costa de ignorar los obvios efectos psicológicos de la dominación y de diversos problemas con otras sustancias, que no se lee como una celebración del sexo sino, al contrario, como una oficinista concepción de la vida privada, como una rutinaria hoja de servicios con la que cumplimentar los terrenos más fértiles de la imaginación, del erotismo.

Bien, agradezco el testimonio de Brown, indudablemente valioso como documental de la escena canadiense y una parte de su estrato social, pero esta homilía justificando sus hábitos propios no escandaliza demasiado, ni logrará hacer cambiar de posición, a nadie debidamente iniciado en la imaginación moral y el librepensamiento.

El resto, me temo, son demasiadas cosas que no se quieren decir.

Pablo Muñoz | 19 de noviembre de 2012

Comentarios

  1. Carlos Alonso
    2012-11-20 20:44

    Absolutísimamente de acuerdo. El libro plantea el sexo como un acto puramente biológico, una suerte de gimnasia animal destinada únicamente a la satisfacción de los instintos. No es incorrecto, claro, y no voy a ponerme ahora en plan curita, pero el problema en que, aún siendo cierto, eso no es todo lo que el sexo es. Las prostitutas están convenientemente deshumanizadas (Brown las define con los mismos términos con que se anuncian: bien de tetas, muy joven, exótica…) y las breves conversaciones pre y post-coito dan absoluta grima. Es el retrato de un tipo sin empatía por la raza humana. En lo ideológico/filosófico, hace un análisis muy muy superficial (se agarra al mito del amor romántico con desesperación). Viendo después por donde van sus ideas políticas, me cuadra todo: lo mide todo en términos económicos (y de libertades individuales, porsupuestly). Yo te vendo mi carne a 3 euros y tú la compras. Adiós amor, complejidad, empatía. El libro me dejó profundamente asqueado y odio al tipejo desde entonces. Con lo que me había gustado su bolgrafía de Louis Riel…



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