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Edición LdN
Opiniones misceláneas por Pablo Muñoz

Prefacios juveniles, reseñas de media tarde, lecturas a tiempo parcial… Un intento meridiano de soñarse columnista, por supuesto. Aquí vienen a leerse libros, a recomendarse unos cuantos y a discutir(los).

Todos los deleites son vanos, y el más vano es el que, adquirido con pena, adquiere pena

Jonathan Franzen The Corrections
Fourth Estate, Londres, 2010.

Publicada originalmente en 2001, Las Correcciones, que ya fueron traducidas por el estupendo Ramon Buenaventura, traen ahora en su reedición de bolsillo el primer bolsillo de la siguiente (y hasta ahora última) novela de su autor, la celebrada Libertad o Freedom en su más sugestivo original.

No sorprende que el adelanto sea así. Es cierto que ya había tratado el tema de una familia, pero nunca con tanta soltura; en su tercera novela, Franzen encuentra una voz y sobretodo una capacidad para tratar los temas de su tiempo sin dejar de crear una gran narrativa que se ajuste a su tiempo.

Mucho se habla de la novela en relación al ensayo publicado por Jonathan Franzen en la revista Harper’s, retitulado “Por qué molestarse” frente al Perchance to Dream hamletiano original (Tal vez soñar, si hubiera sido traducido en su publicación original), pero, francamente, ese ensayo me parece, por encima de cualquier otra consideración, una lectura sobre cual era el estado de la novela en la crítica y la cultura estadounidense antes que algún tipo de “manifiesto”.

Es por eso que The Corrections no resulta, al menos argumentalmente, especialmente novedosa, no si uno lleva tiempo leyendo a Philip Roth o, sobre todo, a John Updike. Es comprensible que a Franzen le disgustara, por ejemplo, la Pastoral Americana de Philip Roth que cuenta, también, la historia de una familia como la historia de un sitio (Newark), un país y sus devaneos sociopolíticos; pero Franzen comparte mucho más con Don DeLillo, en su visión del capitalismo como algo esencialmente corrector y solipsista, que con el humanista Roth, que observa los cambios desde un punto de vista que bien nos ocuparía otro ensayo.

Si han tenido ustedes la suerte de leer los libros del Conejo Angstrom de Updike, sobre todo el tercero, el maravilloso Conejo es Rico, poca novedad pueden encontrar en el relato, acaso el hecho de que Franzen, a diferencia de Updike, no usa el estilo indirecto libre de un protagonista masculino y sí tiene una habilidad tremenda para dibujar personajes femeninos magníficos.

El argumento del libro es harto simple.: una família del Medio Oeste, los Lambert, puede estar ante su última navidad dado el avanzado estado terminal del pater familias, Alfred Lambert. Su esposa, Enid, trata de reunir a sus hijos, todos con exageradas y muy disfuncionales patologías.: Gary, ya casado y en medio de una depresión aguda, parece obsesionado con vender la casa de sus padres antes de que el precio del mercado la convierta en barata; Denise, una lesbiana que todavía lucha con su condición sexual al tiempo que abre un nuevo restaurante en el que se estrena como chef, trata de clarificar sus sentimientos acerca de lo que verdaderamente quiere y, por último, Chip, tras ser despedido de la universidad por tener una relación sexual con una alumna, se mete de lleno en una aventura en Lituania en la que la estafa de acciones y su alianza con un matón que ahora ha fundado un partido dedicado al Libre Mercado traerá imprevisibles consecuencias.

Uno de los mayores hallazgos de la novela está en su estructura, dado que cada parte se dedica a dibujarnos la situación por la que pasa cada uno de los personajes y encuentra magníficos modos, todos ellos hiperbólicos, de expresar la histeria del personaje respecto a su ambiente y respecto a la gran cultura de clase media de capitalismo avanzado que les rodea.

Así, asistimos a la narración guiados por el fracaso de Chip, un hipster que trata de mantener su estilo de vida y a su novia, Julia, una lectora de guiones en una productora que pronto verá el escaso talento de su prometido y sus obsesiones circulares; tendremos la oportunidad de comprobar como de avanzada está la depresión en Gary y todos y cada uno de los conflictos que tiene en su matrimonio y en su relación con sus hijos; viajaremos con los padres, Enid y Alfred, también a la de su insoportable crucero de lujo y, finalmente, estaremos con Denise y su abertura de un restaurante mediante piruetas legales más que sospechosas, con gentrificación de la ciudad de por medio, hasta comprobar como de escalofriante es la transición en Lituania y como de familiar le resulta la privatización masiva y salvaje a Chip. La novela termina, claro, en una desastrosa velada navideña familiar, la última, y con una nota agridulce que deja solamente un poso de esperanza al personaje más anciano restante de la família.

¿Sobre qué trata Las Correcciones? Es muy circular e insistente en sus temas, por eso funciona. Todos los personajes están atrapados en sistemas que no entienden, imaginad al mejor Kafka barnizado de una ficción suburbial, paranoide: el Josef K. del Proceso se reproduce y es también un hombre, lector de Schopenhauer, que no entiende su enfermedad, no entiende como el Alzheimer erosiona impiadoso su memoria y su voluntad, no entiende como el parkinson y una medicación no logra calmar sus angustias; una mujer que necesita responder a una cultura que aunque nazca de subjetividad también nace de una necesidad de tomar un rol social, etcétera.

Ningún personaje entiende lo que sucede a su alrededor y cuando lo hace, es para mantenerse estancado, sin esperanza alguna. De hecho, uno diría que pocas veces el testamento solipsista del capitalismo tardío, trasladado a la incómoda facha de la clase media, había sido tan divertido.

Seguramente superada por Ruido de Fondo del maestro DeLillo, la novela de Franzen es ahora un clásico. ¿Hasta qué punto podemos reprochar que el autor deje a los personajes abandonados en la línea final? ¿Es su siguiente novela una corrección a esta? Todas esas preguntas quedan en el aire; lo que sabemos, por ahora, es que, como recuerda Chip Lambert, la tragedia se reescribe como farsa. Y ahora, la farsa empieza a ser obvia, ha engordado y no tiene lugar alguno, más que la cíclica repetición de sus errores.

El capitalismo avanzado, obsesivo, repetitivo, desde la religión expresada en el medio oeste como una aculturación masiva y absurda, hasta la expresión fluctuante del mercado de valores como un síntoma de angustia al no saber cuanto puede llegar a costar lo que se tiene, responde a lo mismo y, en ausencia de héroes, a Franzen le quedan pocas epifanías. Tal vez la mayor la tiene Chip cuando, comprobando la Lituania gobernada por privatizaciones salvajes y violencia callejera, deduce que hay pocas diferencias con los Estados Unidos; tal vez, asegura, el nivel adquisitivo y la industria del ocio, tan potente como hipnótica.

Es cierto.: momentos antes, ha estado, al principio de la novela, junto a una chica descubriendo el placer de las drogas, placer que experimentan prácticamente todos los miembros de su família.

¿Cuando se acaba la farsa?

Tal vez, lo primordial sea soltar, al fin, todas aquellas angustias, incluso las personadas. En esta novela, Franzen no tiene más respuestas, pero en su logro tremendo de mostrar el alma de unos personajes que no pueden evitar estar profundamente infelices, tampoco nos ha ofrecido un villano sencillo. Las aparentes vilezas del capitalismo tardío no se respiran, ni parecen percibirse; tenemos que acercarnos y salir, periódicamente, para comprobar los efectos en las vidas comunes y en las mayores.

Pero, en su instancia más microscópica, Franzen cree también que estamos atrapados en otro sistema que no entendemos: el del cuerpo, la gobernanza de las enfermedades y el último round, no señalado, que nos resta librar antes de morir.

Pablo Muñoz | 19 de septiembre de 2012


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