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La Lotolización de la sociedad chilena

Pedro Urdemales

Rara vez compro un Loto. Me niego a torcer tan abruptamente la línea del destino / el cuello del cisne. No he sido bueno para los juegos de azar. Conozco a ludomaníacos y entiendo su pasión desenfrenada: sueñan con ruletas roji-negras, mujeres vírgenes y dignas de merecimiento, islas afrodisíacas y caracolas con ese mismo gen, parajes encantados donde la abulia sea el único trabajo. Hoy por hoy, parece que toda la sociedad chilena se ha convertido en una Gran Tómbola. Los mecanismos de asignación de recursos de la totalidad de los estamentos, en su gran mayoría, están sujetos a este “sistema de transparencia” (probidad y contraloría) que son los fondos concursables. De alguna manera, en esa concepción y mecanismo, está detrás de esa concepción / otra que tiene directa relación con el control social: Michel Foucault y su Vigilar y Castigar, transformado en Vigilar y Premiar. En la sociedad chilena actual hay miles de ciudadanos que han “concursado” sin ningún éxito a estos Fondos Concursables (verdaderos Paraísos perdidos): presentaron proyectos escritos a máquina o computadora, fueron rigurosos en el uso de la palabra democracia, siguieron la matriz que obligaba al uso del doble espacio y de la mejor de las tintas expuestas en el mercado, usaron hoja tamaño A4 como exigían las bases (a veces regaladas, a veces compradas). El no cumplimiento de las bases era causal ya de despido y de los peores horrores: cabeza metida en una matraz, colgamiento de las muñecas, escarnios en sitios públicos. Todo en regla, pero no se ajustaron a las directrices de la secretaría de estado (no tenían viabilidad, el sistema propuesto de consolidación no era el adecuado, etc.) o no tuvieron eco en el Jurado (extemporáneos, sobre ideológicos, totalizantes, demodé, etc.). Los esfuerzos invertidos, las esperanzas depositadas en el llenado de formulario y posterior acompañamiento de títulos, cartas, hipotecas y demases, tienen efectos de progresión aritmética cuando se trata de la frustración recibida. Escribo esta crónica a partir de una entrevista con una profesional destacada en el área de las ciencias humanistas / a la cual le sugería que hiciéramos una campaña de difusión acerca de temas sensibles en el arte / motivados por el engranaje martiniano: “el engrandecimiento humano y la utilidad de la virtud”, un norte amplio y plural -pensé, sin el menor atisbo sectario. Expuse los contenidos esenciales / el andamiaje en el cual se sustentan estas intenciones. A lo cual ella me respondió: véndeme la idea claramente. Yo tenía cierta seguridad, razón de mi acercamiento, que esta profesional tenía mayor conocimiento y sensibilidad acerca de estas materias sociales —como ahora eufemísticamente suelen llamarse. Tuve, en un primer momento, la tentación de venderle la idea (descerrajar el casete y explicarlo), caer en ese juego mercantil / pero me quedé en silencio. Sólo hablé acerca del paradigma desde el cual se originan estas vertientes de pensamiento y que debieran permear al conjunto de la sociedad, instituciones y personas. Creo que ella sintió, para colmo mío, que mi respuesta era insuficiente. Que no era capaz de “venderle la idea” como se acostumbra en los círculos de poder. Insistió sobre el tema aduciendo que “aún no lograba comprarme la idea”, a lo cual respondí, un poco más enfático, que creía más en su propio convencimiento / conciencia crítica y análisis argumentado, que en mis capacidades persuasivas. Entiendo que no resulta fácil lidiar contra estos monstruos que se han instalado en la sociedad de la información: fondos concursables, compra y ventas de ideas en los poderes decisores. ¿Seremos capaces —en el mediano plazo— de tener una mirada desde la antropología cultural o desde la sociología, para saber donde invertir racionalmente recursos humano y financieros / sin tener que pasar por los hoyos negros de los Concursos? No logran convencerme aún, los criterios de los jurados, ni siquiera las tómbolas que eligen los números premiados: creo que hay relaciones entre peso y gravedad, entre tinte y moldura, entre apellido y corpulencia. Cuando hablamos de metodologías y sistemas, damos por entendido que son complejos mecanismos en los cuales se procede a seleccionar formas, características, colores, proyectos, valores. Y que estos elementos en conjunción con otros, se convertirán en el mediano plazo en grandes aportes para el país. No obstante, estos supuestos casi siempre resultan equívocos.

Pedro Urdemales | 21 de octubre de 2006

Comentarios

  1. Penitente
    2006-10-25 01:58

    ¿Hasta qué punto sería esto aplicable al resto de los países del cono sur? La lotería globalizadora, y la adormidera.



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