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Papanatismo y silencio

Marcos Taracido

La realidad no existe. Aceptemos que hay tantas realidades como pares de ojos, y aún el doble si se es bizco.Aceptemos también que vivir en sociedad conforma una realidad que deviene de la suma de todos los pares de ojos y cuyo resultado, en cualquier caso cambiante como la arena de una playa, es aceptado como la realidad. Sin embargo también existe la posibilidad de crear una realidad que sustituya en todo o en parte a la real y conformada a gusto del demiurgo constructor. El dios afortunado es, desde hace un siglo y en creciente e ininterrumpida expansión, el Medio. Hoy el mundo es lo que los periódicos, las televisiones y las radios digan que es. Este poder, paralelo y en estrecha relación con el del Mercado, exige una responsabilidad que pocas veces saben o quieren ejercer.
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En estos días en que los grandes grupos de comunicación se enfrentan encarnizadamente por ganar sus cuotas de poder apoyando a partidos políticos, a bancos o hasta a naciones enteras, existe una inexplicable, surrealista y absurda unanimidad para crear una serie de realidades que poco o nada tienen que ver con la percepción de la ciudadanía. Veamos tres ejemplos.

Fútbol. A todas horas, en todos los informativos, telediarios y periódicos. Si no hay noticia, se inventa: le duele un tobillo a menganito, se cortó el pelo fulanito o ya sólo quedan cuatro días para que el equipo se concentre para preparar el partido que jugará dentro de dos semanas. Y más: en un alarde de publicidad altruísta los entes televisivos unidos gritan a un tiempo ¡todos somos realmadridtv! ¿Tiene que ver con el poder omnímodo del presidente blanco o es que a todos los españoles nos interesa saber qué se desayunó Roberto Carlos? ¿Es una exigencia del usuario de los Medios o responde más bien a una estrategia tácita de invasión?

Forum. El abuso informativo del pasado fin de semana sobre la apertura del Forum de Barcelona sólo puede responder a una táctica publicitaria encubierta. Que todos y cada uno de los Medios de Comunicación de este país dedicasen horas (páginas) al evento resulta difícilmente comprensible. ¿Tanto importa? ¿Tan importante es? ¿Tan limpio? Según nos quieren contar, todo el globo terráqueo vibraba con el acontecimiento: tonto el que no vaya, parecen decir. Varios telediarios incluso se emitieron desde la feria internacional, como cuando las Olimpiadas del 92. Publicidad ¿gratuita? Esa visión de una España (una Europa, un mundo) apasionada por el Forum se contradice con la realidad: diecisiete mil visitantes el día de la inauguración; una nimiedad si los comparamos con los casi cien mil que recibía en cautro días el Salón del Cómic, que compartía fechas y ciudad, pero que no había sido publicitado ni una centésima parte y, por supuesto, apenas había ocupado espacio en los telediarios.

Boda real. Aquí el papanatismo cobra tintes esperpénticos. Todas las televisiones ofrecen desde hace semanas programas especiales de emisión diaria sobre el suceso, programas en los que se informa sobre aspectos tan cruciales para la vida nacional como el color del vestido de la prima de la nieta de la reina, el número de platos que se usarán o, con asqueroso regodeo, los regalos que le hacen a los novios, con nuestro dinero, las autonomías, las provincias, los ayuntamientos, las ciudades, los pueblos, las parroquias… Los periódicos han creado una sección para la boda que rellenan diariamente con menudencias del mismo jaez. Las radios informan, emiten reportajes, entrevistan. Sin fisuras. En esto, uno no sabe si lee El País o el ABC, si ve Tele5 o Antena3, si escucha, la SER o la COPE. Todos a una. ¿Por qué? Una vez más, no parece que este sea el sentir del pueblo. ¿No están hartos sus amigos? ¿No critican el abuso en las tiendas y en los supermercados? ¿No se habla del erario público esquilmado entre sus familiares? Porque la versión de los Medios es la de una España de color rosa, feliz por el bodorrio, ansiosa de ver los trajes, las joyas, los discursos, las personalidades; una España profidén, de profundas y férreas convicciones monárquicas. Ni un resquicio para la duda; ni una crítica velada a un estamento dieciochesco, ni una grieta por la que dejar entrar la crítica al despilfarro, a la hipócrita limpieza y lavado de la ciudad para el evento, ni una alusión a la contradición constitucional que supone la simple existencia de la monarquía, ni una pregunta al aire. El silencio, el silencio más absoluto; un silencio que otorga legitimidad a la vergüenza, un silencio que grita para que un sonido uniforme, blanco y maquillador cubra el país.

(Apoteosis de la cifra. En los tres ejemplos se recurre a la cifra como técnica de hiperbolización y afianzamiento; el número como figura retórica. Ya Goscinny ironizó con la utilización del número para engrandecer las cosas en Asterix en Egipto, donde enmeraba todos los lápices, las gomas, los litros de tinta… que habían sido utilizados en la elaboración del album.)

¿A qué responde esta uniformidad? ¿Por qué esta coincidencia en mostrarnos una realidad falseada y parcial? ¿Miedo? ¿Intereses inconfesables? ¿Sumisión? Periodismo borbón.

Pan et circenses.

Marcos Taracido | 12 de mayo de 2004


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