Libro de notas

Edición LdN

En Opinión & Divulgación se publican artículos de colaboradores esporádicos y de temática variada.

¡¡¡Regálenme más libros!!!

Manuel Haj-Saleh

¿Será verdad que la lectura influye en nuestro estado de ánimo? ¿O será, más bien, al revés? Me doy cuenta de que las circunstancias en las que obtenemos nuestros libros desempeñan un papel fundamental en nuestra actitud a la hora de leerlos. Ya sea porque nos los regalen, porque los compremos nosotros mismos obedeciendo a un impulso, porque los saquemos por obligación o bien porque un día nos levantemos con los cables cruzados y unas ansias irrefrenables de leer “El Quijote”, ni siquiera la relectura de un libro se hace con el mismo punto de vista, dependiendo de en qué condiciones se produce.

En mi caso, el que me regalen un libro, así por las buenas (pero sobre todo si yo mismo lo he pedido), suele predisponerme favorablemente a la hora de leerlo. No es que se me diluya el espíritu crítico, que con la edad se vuelve cada vez más afilado o menos tolerante, como prefieran. Es, simplemente, que dejo más puertas abiertas para que me guste. Eso es una ventaja, sobre todo para el lector (al escritor, si no se entera, le va a dar bastante igual), porque le permite disfrutar mucho más de las palabras contenidas en el escrito, aunque no vuelva a abrirlo durante el resto de su vida.

Llego a Sevilla de vacaciones, por dar un ejemplo concreto, y me encuentro sobre una mesa el paquete (in)esperado con el libro de Hilario Barrero, “De amores y temores”, gentileza de su autor y de los editores de Libro de Notas. Un regalo que sabía que me estaba esperando, pero que la distancia y algunas semanas transcurridas lo habían alojado en un rincón de esta almohada arrugada que yo llamo cerebro. La sorpresa a medias me colocó en un lugar privilegiado, a merced del escritor, para poder saborear a gusto el periplo de dos años de vida en la ciudad de Nueva York, donde Barrero reside desde hace casi tres décadas. Y pasa lo que tiene que pasar, esto es, que literalmente me lo bebo. En apenas unos días han pasado veinticuatro meses casi completos, en los que he acompañado a Hilario en sus viajes en tren hasta Princeton, he caminado a su lado y visto con mis propios ojos aquellos personajes extraños que pueblan la Gran Manzana y que surgen de las esquinas, de los vagones de metro, de entre las hojas amarillas amontonadas a lo largo de la Séptima Avenida. He comprado comida en los mismos establecimientos que él, repletos de viandas de todas las partes del mundo, lo que amortigua un tanto la añoranza, aunque me quedo siempre con las ganas de saber qué va a preparar Hilario con ello y cómo lo cocina, si es que cocina él. Escucho pacientemente y en silencio las conversaciones que tiene con su provecta vecina, mordiéndome la lengua para no interrumpirlas con una ráfaga de preguntas insustanciales. Los silencios que las siguen son mucho más elocuentes y uno comprende que las historias que quedan detrás son, justamente, más interesantes por el hecho de no contarlas. Pero con lo que más disfruto son con las óperas, las vistas en directo, las revividas en ese imperfecto invento que es el compact disc y, sobre todo, las que Hilario rememora de vidas pasadas.

Comprendo que Hilario está impregnado de todo aquello, que Nueva York es poco menos que una infección benigna, de la que no te puedes desprender una vez te contagias. A mí me pasó: estuve una vez, un sólo día, con diecisiete años. Hoy tengo treinta y uno y cada imagen que me muestran, real o descrita, de la ciudad de los rascacielos me sitúa allí al momento. No conseguí comprender la magnitud de la tragedia mundial, nacional, local, que fue el desastre de las Torres Gemelas, quizá porque no las llegué a visitar: mi Nueva York ha pivotado siempre alrededor del Empire State desde que lo descubrí con tres años en un libro sobre las maravillas del mundo. Hilario me deja un poco más cerca de los neoyorquinos (incluyendo él mismo) que vivieron aquello en directo, en espantoso “Live” y casi se notan los temblores de su espíritu cuando a ello se refiere.

El lector crítico asoma casi al final, cuando surge la impresión de que las letras huyen en desbandada y que hay prisas por acabar, no se sabe si el libro, el diario o el año en cuestión. Lo achaco a un corrector tipográfico poco diligente, porque me cuesta creer que se pueda escribir tras tantos años “Harward” o ir dejando espacios a discreción y sin venir a cuento. Se perdonan muchas faltas, como decían en el blog de Haro Tecglen, porque los diarios son los que son, y si la transcripción (imagino que acotada) es tan sincera como parece, lo suyo es dejar aquellas erratas tal y como estaban, como parte del mismo escrito. No desmerece el conjunto, no quiero que lo desmerezca, porque cuando acaba diciembre de 2003 uno mira hasta en la solapilla para ver si hay alguna pista de lo que le acontece en 2004, y se desazona al no conseguirlo.

Es posible que si Hilario, indirectamente, no me hubiese regalado el libro, lo habría abierto de otro modo, con otros ojos. De haber sido prestado, pasaría las hojas con mucho cuidado, sin tanto afán, procurando no estropear algo que sé que no va a ser mío cuando lo acabe. Me habría salido de dentro un lector ácido, casi agrio, a la hora de criticarlo, con el lápiz rojo del análisis esgrimido de forma amenazante, quizá con miedo de que me gustase para luego no pasar el trago de tener que devolverlo. Si lo hubiera cogido de una estantería por el simple hecho de leer algo, posiblemente no me habría transmitido tantas cosas en tan pocas páginas, o lo habría dejado sobre una mesa, con el señalador puesto (un viejo calendario de bolsillo), con mucha más frecuencia y haciendo más tiempos muertos mientras hago cosas aparentemente más urgentes. Y, si me pilla en un momento de ánimos bajos, lo habría cerrado sin solución en los pasajes de evocación más intensa, más emotivos, sólo por el hecho de no querer sentirme peor a través de las bellas palabras.

Es posible, también, que de haberlo visto en una librería ni siquiera me hubiese planteado el comprarlo. Lo digo con una cierta vergüenza, porque lo habría puesto a la cola de muchos otros, y ahora no sabría lo que me habría perdido. Por eso, la lectura y la idea de este artículo me hace tomar una decisión doble: por un lado, comprar, esta vez sí, el próximo libro de Hilario Barrero, incluso alguno de los anteriores. Mejor, más que comprarlo, regalármelo a mí mismo, que seguro que de ese modo lo disfrutaré con la misma actitud con que disfruté éste. Por otro lado, hacer extensivo esto a todos los libros que compre a partir de ahora. Porque las circunstancias y la predisposición no sólo son importantes para quien escribe, que a fin de cuentas es sólo el cincuenta por ciento de lo que constituiría un libro, sino también para quien lee ese libro, que termina de darle forma a las ideas de su autor.

Manuel Haj-Saleh | 30 de diciembre de 2005

Comentarios



LdN en Twiter

Publicidad

Publicidad

Libro de Notas no se responsabiliza de las opiniones vertidas por sus colaboradores.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons
Desarrollado con TextPattern | Suscripción XML: RSS - Atom | ISSN: 1699-8766
Diseño: Óscar Villán || Programación: Juanjo Navarro
Otros proyectos de LdN: Pequeño LdN || Artes poéticas || Retórica || Librería
Aviso legal