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Europa, república federal

Marcos Taracido

La campaña para las elecciones europeas del 13 de junio está siendo una farsa. Los partidos políticos, en todos los países, afrontan el evento como una oportunidad de afianzar sus bazas nacionales, como una especie de referendum de sus gestiones administrativas locales o como ensayos generales de próximos comicios de carácter estatal. El debate sobre Europa no existe; los programas electorales son vagas e indisimuladas ideas sobre la ideología general del partido que las formula, calcos léxico-semánticos de los panfletos nacionales con el añadido del adjetivo «europeo». Además, más que nunca, la campaña se reproduce en una dimensión paralela al devenir de la sociedad, ajena, en un compartimento estanco del que a los ciudadanos nos llega un leve y molesto rumor que tratamos de evitar a toda costa. La abstención será el voto mayoritario de las sociedades del viejo continente. Y la pregunta es, ¿por qué tanta desidia en electores y elegibles? Porque Europa es una farsa. Cuando el proyecto de la Unión Europea comenzó a fraguarse, en los institutos bullían los debates entre alumnos sobre la conveniencia o no de formar parte de la construcción de un nuevo modelo de Estado. Los miedos o las esperanzas estaban puestas no en una asociación de comerciantes, sino en una unión de naciones, en una desaparición de fronteras políticas, económicas y culturales, en la formación de un Estado multinacional único, igualitario y democrático. Pero lo que se ha conformado es eso: una asociación de comerciantes. Votar a un partido o a otro es irrelevante. El Parlamento Europeo es una sala de reparto de intereses en la que lo único que importa es conseguir la mayor cuota de poder posible para traducirla en mejores condiciones con respectos a los demás países, mejores ingresos, mejores negocios. Y además no es democrático: sin separación de poderes, sin elección libre del ejecutivo, sin, en definitiva, funcionalidad pannacional de la cámara, limitada a un mero salón de aprobación o rechazo de leyes en las que ni los ciudadanos están representados igualitariamente ni la ejecución emana de su soberanía: «En suma, la Unión Europea es una democracia de fachada, que encubre bajo su apariencia parlamentaria un régimen predemocrático, en todo semejante a aquellos feudalismos exportadores del Tercer Mundo, tipo Japón o Arabia Saudí, que los occidentales tan olímpicamente despreciamos.»[Enrique Gil Calvo, El País, 7 de junio de 2004] Así las cosas, el euroescepticismo inglés semeja una sabiduría adelantada y moderna. ¿Elecciones europeas? Quizás tendrían sentido si votásemos a partidos europeos: que en las listas de los partidos estuviesen formadas por ciudadanos de todas las naciones y, por lo tanto, no defendiesen posturas regionales —es en el parlamento europeo donde se ve con claridad que todos los partidos son «nacionalistas»— sino ideologías de carácter continental. Cobraría sentido y el votante se sentiría partícipe de un sufragio democrático y efectivo si su voto sirviese para elegir un parlamento federal en el que cada país no fuese sino la parte de un Estado, con presidente y ministros elegidos por los ciudadanos y cuyas decisiones persiguiesen el interés único y general de ese Estado, sin cuotas locales ni intereses sesgados, ni amiguismos ni, en definitiva, todas las lacras del actual sistema de cobro y reparto de bienes y bulas. La construcción de Europa está en su encrucijada. Con nuestra participación activa debemos decidir si continuamos en la estela de un simulacro de democracia o si elaboramos un verdadero sistema de gobierno continental; si redactamos una Constitución meramente confesional o una que borre todas las fronteras entre los Estados e iguale a todos los niveles a las distintas naciones; si promovemos una administración de cuotas y caciquismos o un parlamento que busque la prosperidad y bienestar de todos y cada uno de sus ciudadanos. En definitiva, decidir entre Europa y el escepticismo.
Marcos Taracido | 11 de junio de 2004

Comentarios

  1. JR
    2004-06-12 00:13 El mayor problema de Europa hoy por hoy consiste en que ni sus propios políticos se la toman en serio. Y me aventuraría a afirmar que fuera de nuestras fronteras, tampoco. Un ejemplo: lo de Holanda, la publicación prematura de los resultados de las elecciones al parlamento europeo. De escándalo. Saludos.


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