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En Opinión & Divulgación se publican artículos de colaboradores esporádicos y de temática variada.

El desencanto

Marcos Taracido

La primera victoria socialista fue muy distinta. En 1982 la gente votó con esperanza y entusiasmo. Apenas un lustro de democracia bajo mínimos después de cuarenta años de dictadura ofrecían un horizonte de cambio radical, de prosperidad, de alegría. Aquella gente tan cercana, con sus chaquetas de pana y sus cabellos descuidados, con el verbo fácil y llano, la sintáxis sencilla y la semántica clara ilusionaban: se creía en el cambio, se creía en otra España, se creía que esos políticos sí transformarían el país para sacudirle todas las costras y la mugre que quedaba enganchada a sus espaldas como náufragos a las rocas. El cincuenta por ciento del electorado votó al Partido Socialista Obrero Español convencido de que su futuro iba a ser mejor, brillante quizás, espléndido para las generaciones venideras: «por el cambio» era el lema de campaña. Y no hay duda de que los catorce años de gobierno socialista trajeron el cambio a España y modernizaron el país en todos los aspectos posibles. Pero no es menos cierto que nos quitaron la inocencia, nos robaron la ilusión y, en definitiva, nos hicieron madurar y pisar, de golpe, la realidad. Desapareció la pana y se extendió la gomina y los peines, y gradualmente el verbo ganó en ocultismo y en juegos malabares, y el poder se convirtió en una droga demasiado adictiva. Ahora, veintidos años después, el PSOE comienza su segunda etapa de gobierno tras haber vuelto a ganar las elecciones. Pero los votantes de este 14 de marzo de 2004 ya no somos iguales que los de antaño. Ahora no se ha votado al Partido Socialista, sino que se ha votado al NO-PP. El elector mayoritario ha escogido su voto sin convicción, sin dar su apoyo incondicional a un grupo de gente o a un programa, sino que ha ejercido su derecho al voto lacónicamente, como negación. A estas alturas, la ilusión es casi la de la vejez: que nos dejen tranquilos, que podamos vivir con un mínimo de garantías democráticas, que no nos insulten ni nos tomen por bobos. Pero no creemos ya en otro mundo, en otro país, en otro cambio con el calado y la profundidad del que se apuntaba en el 82. Cuando miramos a los posibles gobernantes todos se parecen demasiado: las telas son las mismas, los peinados también, incluso las promesas se parecen sospechosamente. Confiamos en los matices, en las pequeñas versiones de un mismo tema, en las glosas. El desencanto se ha expandido como una peste crónica. No creemos que el PSOE pueda cumplir todas sus promesas; seguramente una gran parte de sus votantes en estas elecciones ni siquiera quiere que las cumpla. Su progresismo de salón no parece convenir a la deriva de asuntos tan serios y cruciales como el de la educación o la economía. La democracia ha demostrado con creces que no era lo que esperábamos y no se cree que este nuevo gobierno vaya a hacer al respecto más que pequeñas modificaciones: no derrumbará el sistema electoral, no desterrará definitivamente a la Iglesia del Estado, no modificará en profundidad la Constitución ni hará cumplir todos y cada uno de los artículos actuales, no implicará real y efectivamente a la sociedad en el Estado. Así las cosas, lo máximo a que podemos aspirar es a comenzar un nuevo erasmismo laico: Monachatus non est pietas. Criticar la corrupción política —entendida no como aprovechamiento del cargo para el enriquecimiento personal sino como utilización del poder para perpetuarse y eludir la labor administrativa— y pedir la vuelta al origen, a una política sin espectáculo, a una política del pueblo y la ciudadanía por el pueblo y por la ciudadanía, en la que el gobierno efectivo sea la voluntad de todos y cada uno de los ciudadanos, lejos de cuartos y quintos poderes que poco o nada tienen que ver con la cosa pública, y lejos de la publicidad y la propaganda. Democracia, en fin, limpia y lavada de los afeites acumulados en sus siglos de historia.
Marcos Taracido | 31 de marzo de 2004

Comentarios

  1. JR
    2004-03-31 19:49 Por algo hay que empezar. Los traumas revolucionarios (casi) nunca han sido buenos. Lo que hace falta es que nadie ponga palos en las ruedas de ese cambio lento.
  2. Trebol-A
    2004-03-31 22:42 Tu lo has dicho Marcos, “el PSOE comienza su segunda etapa de gobierno”. La democracia en España está todavía en su “edad del pavo”. Aunque me pese, tendrán que correr varias generaciones antes de que el concepto de democracia, en toda su extension, recale en la sociedad. En la sociedad que por otro lado pare a nuestros futuros representantes.
  3. sapena
    2004-04-01 01:09 Aunque no me encuentre en tu linea, el artículo me ha gustado y estoy bastante de acuerdo en que muchas personas, quizá esa minoría que inclina la balanza hacia un lado, ha votado contra el PP, más que a favor de unos u otros, ésto es muy perjudicial en una democracia. Discrepo en tu exceso de poesía al decir que “nos quitaron la inocencia, nos robaron la ilusión ”, eso es cierto, pero lo peor es que nos quitaron y robaron nuestro dinero. Por último, una preguntilla para el debate, tal y como remarcas, en muchos casos las medidas de macroeconomía y de otros aspectos básicos para el funcionamiento del Estado se van pareciendo cada vez más. Se ha pasado de la ideología al pragmatismo por unos, se han mantenido en la ideología que además funciona otros, pero… ésto ¿no viene a ser un poco lo que anunciaba el tan denostado como poco leido Fukuyama? ¿Será verdad que la democracia liberal lleva al fin de la Historia? Yo no lo creo, por que ya se propugno lo mismo siglos atrás, pero creo que en cierto modo no era tan descabellado lo que propinía, a medio plazo al menos.
  4. José Carlos Rodríguez
    2004-04-01 03:25 La ilusión es muy difícil por la situación actual y la experiencia del PSOE en el poder. Va a tener que crearla ZP.


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