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La culpa no está en las estrellas, sino en nosotros mismos

Han sucedido ya estas elecciones catalanas, en este domingo en el que había una asimetría extraordinaria respecto a lo que estaba en juego. El gobierno de Artur Mas, del partido nacionalista y simpático al capitalismo corporativo Convergència i Unió, convocó elecciones juzgando el llamado expolio fiscal y presentándose como saludable portavoz de la voluntad del pueblo, expresión con la que designaba una manifestación, multitudinaria, sucedida el pasado 11 de Septiembre que reclamaba la independencia de Cataluña.

Con una participación alta, de un 69%, las elecciones catalanas han desmentido a unas encuestas que presentaban a dicho presidente como un líder fuerte ya que su formación ha perdido doce diputados, quedando vencedor con cincuenta y algo más de un millón de votos. La segunda fuerza ha sido ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) con unos 21 diputados, el partido que más ha crecido en representantes.

La tercera fuerza ha sido el PSC, en su habitual tónica de derrotas históricas, ahora con un raro e inverosímil optimismo al no haber sucedido el desastre anunciado. El Partido Popular (PP) revalida resultados con diecinueve diputados, ICV y Ciutadans experimentan subidas (tres diputados y seis, respectivamente) y la llegada al parlamento de las CUP, partido de democracia interna, de carácter independentista y anticapitalista sacude un poco a las izquierdas.

Ciertamente, el independentismo ha salido electoralmente acreditado frente al discurso del gobierno actual de España, pero sería intelectualmente endeble leer las elecciones en esa clave. La realidad es que la izquierda catalana, ajena a una organización de nación-estado, está dividida. La división es entre aquellos que cederán en el teatro del recorte y aquellos que habrán de decir no en el marco de la injusticia.

Esquerra tiene un programa contrario a los recortes, progresivo y tremendamente socialdemócrata y es la segunda fuerza. ICV es un partido, otro, socialdemócrata abiertamente ecologista, el único que junto a la CUP ha priorizado en su discurso la narración de los delitos y los excesos del partido de Artur Mas. Yace en la CUP un corazón genuinamente libertario en sus protestas.

Todo librepensador debería apoyar el derecho a realizar consultas sobre cómo prefieren organizarse políticamente los habitantes de un territorio. No hay duda alguna sobre ello. Tengo opiniones muy interesantes al respecto, pero todas ellas pasan por mi bolsillo y por la calidad de convivencia de mis conciudadanos: no pasan ahora sobre fantasías fiscales, destinadas a engordar un gobierno engorroso y gastón, o sobre ficciones identitarias, destinarias a reducir una parte significativa del yo.

El problema es que todo librepensador debería pensar a qué amos sirve.: cuantos oprimidos, cuantos bolsillos vacíos, cuánta pobreza, cuantas subvenciones innecesarias van a costarle. Desconozco los propósitos de esta legislatura, sus caminos, sus futuras decisiones.

Pero en el dibujo marcado, todo pasa por aceptar que pierdan los bolsillos vacíos, que se presione a la sanidad pública y que se mantengan sin concesiones las instituciones privadas , los monopolios financieros que han ido provocando esta situación.

¿Cómo explicar sino el desdibujo del PSC? Con un resultado peor al de Montilla, el consuelo de Navarro ha sido el de primeras elecciones. Pero CiU y PP, victoriosos siempre con electores fijos cuya variable se ha demostrado ausentarse cuando la economía golpea, tienen una renovación asegurada, aunque, desde luego, mermada.

El PSC, sin embargo, es la posibilidad de un centro-izquierda que ha quedado derribada, definitivamente, del escenario político catalán. No tiene líder, pero lo que es peor, no parece creer en un discurso más que a la desesperada. Su apuesta federal es todavía inconcreta, y su programa de medidas en plena recesión económica en la que sigue en juego demasiada de la normativa del viejo capitalismo corporativo, permanece ausente, cuando no ridículo.

Los partidos que crecen responden a las expectativas de la gente. La pregunta que cabe hacerse para la existencia de un proyecto de centro-izquierda es si el debate es sobre la economía o se trata de esperar, todavía, la enésima hoja de ruta de la llamada Cultura de la Transición.

Con el posible pacto CiU-ERC encima de la mesa, basado en seguir oprimiendo y seguir favoreciendo intereses muy determinados, en ignorar a esos 850.000 parados que no desaparecerán mañana, ni pasado, ni en referéndum “democrático”, basado en callar y en fingir, basado en mentir, está la posibilidad histórica de renovar varias izquierdas al mismo tiempo, de enterrar un partido y encontrar otros candidatos, y, también, de seguir hablando de plusvalía, de propiedad privada, de las políticas de administración de lo público: en definitiva, de economía.

Pero, en medio de esta confusión, está la tentación de leer estas elecciones como si leyéramos un sencillo folletín: hay demasiadas tramas, todas suceden de un modo simultáneo y en este relato lo que conviene agrandar es el “No Olvido”, ahora que los medios han sido sustituidos por “Medidas Necesarias” (también en los periódicos), ahora que el deshaucio pasea impune y la Cultura catalana se ha venido dedicando, en feliz paseo de mascotas, a prestar su imagen para anunciar bancos.

En dicho paisaje, lo único que está muriendo es una idea tradicional y conforme de la izquierda. Y aunque organizarse cansa, el futuro no puede ser más excitante.

Pablo Muñoz | 26 de noviembre de 2012


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