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Gracias por todo, Jack

Por Javier Albizu

Este domingo, a los ochenta y tres años, murió Jack Tramiel.

Sí. Ese Jack Tramiel. Uno de los padres de la informática personal.

Nunca gozó del nombre, el “glamour” o la prensa que acompañó a sus más ilustres competidores, pero tampoco lo buscó. Porque Tramiel no era un inventor, un mago del autobombo o un genio despistado. Jack fue un superviviente nato, un hombre hecho a si mismo, un emprendedor y tiburón del mundo empresarial, y en todas estas facetas, era el mejor en su trabajo.

Sobrevivió a la segunda guerra mundial, a Auschwitz, a la la guerra de las calculadoras e incluso a un accidente aéreo. Pero, sobretodo, debería pasar a la anales como el claro (e ignorado por aquellos que escriben la historia para que se amolde a su propia versión del mundo) vencedor de la guerra de los ordenadores personales.

Fue el fundador de Commodore Business Machines donde se dedicaría a importar, vender y reparar máquinas de escribir checas, pero cuando comenzaron a llegar la competencia nipona en ese campo vio que aquello no tenía mucho futuro, así que se pasó a fabricar calculadoras mecánicas. Pero, de nuevo, volvieron los japoneses a tocarle las narices también en ese terreno.

Inagotable, Tramiel viajó a Japón, y volvió con una nueva idea: Fabricaría y vendería calculadoras electrónicas. Tras unos inicios prometedores y unos cuantos años de gran éxito en este campo, otra vez se presentaría un nuevo enemigo a su puerta: en esta ocasión sería la gente de casa quien se dedicase a hacerle la vida imposible. Más concretamente Texas Instruments (a la sazón, su competencia directa y quien le vendía los chips para sus calculadoras).

Cabreado y cerca de la bancarrota, pero nunca derrotado, Tramiel decidió comprar su propia fábrica para fabricar chips para calculadora. Quiso el destino, que su camino se cruzara con otra empresa con dificultades, MOS Technology, y con su mente pensante, Chuck Peddle, quien merece un artículo para él solo, a ser posible antes de que pase a mejor vida… y el resto es historia.

Moss fabricaba el chip 6502, un aparato que sería el corazón del Apple I (y más adelante del Apple II) y la Atari 2600. Interesado en entrar en el nuevo mercado de la informática, Jack trataría de comprar Apple pero, ante el desorbitado precio que le pedía Steve Jobs decidió hacer su propio ordenador: El Commodore Pet, superior técnicamente a los primeros Apple II e infinitamente más barato. Ya de paso, y con este ordenador, también le daría una lección sobre negocios a Bill Gates cuando se negó a aceptar las condiciones que este le pedía para hacerle una versión del Microsoft Basic para el Pet, y terminó siendo el único que no ha pagado un sistema de MS licenciado, sino comprado, con lo que se ahorraría pagarle royalties por cada ordenador que vendiese con ese sistema.

A este le seguiría el VIC 20… y el mundo enloqueció. Cuando, un par de años después, sacó el Commodore 64, ordenadores vivieron, ordenadores murieron, y el mundo jamás volvió a ser el mismo (ambos ordenadores tendrían el mismo “sistema operativo” que el Pet, con lo que Bill no vería un céntimo de ellos).

Pero Jack tenía cuentas pendientes que saldar y sabe Crom que iban a rodar cabezas. A base de bajar precios terminó con la carrera dentro del mundo de los ordenadores personales (que no del de los periféricos) de Texas Instruments e inició una guerra sin cuartel contra Apple (por aquel entonces uno de sus propios clientes).

Bajo el lema de “Ordenadores para las masas, no para las élites” se lanzaría al cuello de la competencia; otros lemas como “Los negocios son la guerra” o “Los negocios son como el sexo, en ambos tienes que involucrarte” también le harían ganar titular de alguna que otra portada.

Con sus continuas bajadas de precio en el C64 cabreó a los distribuidores, mosqueó a los pequeños y grandes comercios (y a todos aquellos que se habían comprado el ordenador cuando valía más) y se ganó el odio eterno de la competencia obligada a bajar también sus precios si querían seguir en el mercado, pero consiguió que hubiera un ordenador en cada casa.

¿Era feliz Jack con todo esto?

No. Nuestro héroe era alguien ambicioso, pero su accionista principal no le daba dinero para expandirse como él quería. No sólo eso. Tampoco le permitía poner a sus hijos en los puestos que él quería (y Jack, aparte de tiburón, también era un hombre de familia) así que, en un órdago final, dijo que se largaría si no le dejaban hacer las cosas a su manera… ante lo que sus accionistas le dejaron la puerta abierta y se fue (o le echaron, todo depende de a quién le preguntes).

¿Y qué hizo al abandonar Commodore?

Bajo el grito de guerra de “Se acercan los japoneses” (ya os he comentado que Jack era un hombre rencoroso), reunió a algunos de sus fieles Commodorianos y le compró a la Warner la división de ordenadores de Atari.

Allí sacó la gama de ordenadores ST, y siguió dando guerra sin cuartel. Guerra a su antigua compañía y guerra a Apple y sus ordenadores para élites.

Pero el paradigma estaba cambiando y comenzó la hegemonía de los PCs Clónicos. Así que trató de entrar en el mercado de las consolas, primero con la Lynx y, más adelante con la Jaguar. Buenas máquinas con malas políticas para con los desarrolladores.

Finalmente en el noventa y seis se jubilaría y dejaría de dar guerra a la competencia, que, por fin, podrían dejar de mirar a sus espaldas esperando la siguiente dentellada de Jack.

Este domingo murió un gran hombre. Un hombre de negocios cuya ambición cambió el mundo tecnológico para encauzarlo hacia donde estamos hoy en día.

Así que, gracias por todo Jack. Nunca te olvidaremos.

Javier Albizu | 11 de abril de 2012


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