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Hurra por Hollywood

Cuando el pasado domingo Meryl Streep subió a recoger su Oscar, empezó su discurso de agradecimiento con un ingenioso comentario:

“Cuando han dicho mi nombre he tenido esta sensación de que podía oír a la mitad de América diciendo ‘oh, no. Oh, vamos. ¿Por qué otra vez ella?’ ”

Si Streep hubiese tenido en su mano un dispositivo móvil no habría tenido que recurrir a un sentimiento: le hubiese bastado con asomarse a Twitter y su habitual ritmo de comentarios y trending topics.

Porque algo que me resulta muy interesante de seguir esta clase de eventos por una red social tan activa son los trending topics. Twitter es respuesta rápida, inmediata y necesita predicciones unos segundos antes de cada nominación y los mismos chistes contados por distintas personas que no han podido tener tiempo material para leerse entre ellas. Twitter realmente refleja un pensamiento global instantáneo que, aplicado al caso concreto de los Oscars, revela lo muy predecible que se convierte no ya la gala y los premios, si no las propias reacciones a estos.

A nadie le sorprende a estas alturas el éxito de The Artist, que también es el éxito de Harvey Weinstein y sus ocho estatuillas en la pasada noche. Y es que antes que el equipo francés, es este distribuidor neoyorkino quien acapara los titulares por una fama que se ha ganado a pulso: el de rey indiscutible de las campañas de cara a estos premios. Su nombre ha estado atado a Pulp fiction (1994), El paciente inglés (1996), El indomable Will Hunting (1997), Shakespeare enamorado (1998), Las normas de la casa de la sidra (1999), Gangs of New York (2002), Chicago (2002), El señor de los anillos: El retorno del rey (2003), Fahrenheit 9/11 (2004) El lector (2008), Malditos bastardos (2009), Nine (2009), The fighter (2010), El discurso del rey (2010), Mi semana con Marilyn (2011) y La dama de hierro (2011). Desde luego, no se puede despreciar un nombre así tan a la ligera.

Lo cierto es que podemos hablar de la fama de Weinstein a través del libro Sexo, mentiras y Hollywood de Peter Biskind, donde el polémico periodista diseccionaba los poco ortodoxos métodos de Harvey y su hermano Bob y su vertiginosa escalada hacia los Oscars, levantándose sobre los cadáveres —convenientemente momificados— de la etiqueta “indie”. En el libro, Biskind —cuyo habitual estilo sensacionalista hace que debamos tomar sus palabras con cierta prudencia— describe uno de los casos más paradigmáticos, aquel que llevó a La vida es bella (1997) a ganar tres Oscars: actor, película en lengua extranjera y banda sonora. Biskind lo narra así:

En Los Ángeles, (Warren) Cowan, el ya mayor ex jefe de la poderosa empresa de publicidad Rogers & Cowan, organizó una serie de cenas para Benigni a las que invitó a sus influyentes clientes y amigos, entre los que figuraban Kirk Douglas, Jack Lemmon y Elizabeth Taylor. Dice el ex publicista Mark Urman: “Benigni se instaló un mes en Los Ángeles, en lo más álgido del período de votaciones, y no había noche en que alguien no diera una cena en su honor. Roberto hizo muchos amigos, lo cual le valió un Oscar a la mejor interpretación, aunque, en mi opinión, la historia nos dirá que tal vez no se lo merecía. Lo ganó por sus actuaciones en las cenas”.

Lo interesante de este párrafo es como revela una táctica muy clara de Harvey Weinstein. La película venía de acumular premios, entre ellos el Gran Premio del Jurado de Cannes, y correspondía a un producto lo suficientemente académico y meloso para ser un combatiente en los Oscars. Estaba el tema del holocausto, que era quizás el valor más obvio, pero también la capacidad de ser una película “optimista”. A todo esto se unía casi una marca de fábrica de Weinstein que consistía en vender productos europeos y asiáticos a un tipo de espectador educado estadounidense que encontraba en ello la posibilidad de hacerse un hueco, digamos, combativo frente a Hollywood; una especie de sentimiento de inferioridad intelectual que probablemente venga heredado por las “french connections” en el cine americano de los sesenta y setenta y una sensación de deuda mal entendida. Así, la película emocionaba (primera prueba superada), resultaba “exótica” al espectador medio (segunda prueba superada) y ahora también tenía a un actor cuya excentricidad caía en gracia en las noches californianas. Estaba hecho.

Este caso recuerda mucho al de The Artist, también avalada por Cannes y con un largo recorrido por festivales, muchos de los cuales parecen contagiarse en estas fechas de un efecto “bola de nieve” que busca destacar ciertas películas ya sea para darles un mayor impulso o para sumarse también ellos al carro de reconocer algo que está siendo muy popular, que no van a ser ellos menos que los demás premios, faltaría más. Ese desequilibrio entre premiar a las películas porque realmente gustan, porque son las que premia todo el mundo y, en un tercer vértice, porque son de las pocas que has podido ver.

Y es que el verdadero asunto detrás de todo esto no son los premios en sí, ni tan siquiera las películas: son las campañas publicitarias. Al respecto es imprescindible leer Las guerras del cine: Cómo Hollywood y los medios conspiran para limitar las películas que podemos ver del prestigioso crítico Jonathan Rosenbaum. Pese a su conspiranoico título, su lectura arroja una serie de datos y reflexiones tan sólidas que demuestra como se ha ido minando poco a poco todo aquello que resultaba incómodo en una maquinaria industrial como Hollywood, preparando películas como quién prepara salchichas. Rosenbaum cita, por ejemplo, un caso muy particular sobre como los críticos se ven obligados a hablar sobre un cine en concreto:

Las dos únicas veces en que aparecí en un programa de televisión nocturno de Chicago llamado Chicago Tonight fui obligado a hablar casi exclusivamente de los estrenos de los estudios. La primera vez, en 1994, fue poco antes de la noche de los Oscar, la segunda vez fue el día siguiente a Navidad, dos años más tarde, y enfadado por haber sido obligado a promover sólo películas que fuesen “importantes” debido a la fuerza de los estudios que las respaldaban, acepté aparecer únicamente si se me permitía hablar de un par de películas extranjeras e independientes. Este privilegio me fue concedido después de todo un programa dedicado exclusivamente a promover basura —como “Evita”— sobre los créditos de cierre, y es por ello que considero muy improbable que acepte participar nuevamente en el programa.

La lectura de este libro arroja innumerables ejemplos de esta tendencia dominada con mano de hierro. Dejaremos por el momento casos como la conexión que Rosenbaum establece entre Miramax (la antigua empresa de los Weinstein), Disney (empresa bajo cuyo amparo estaba Miramax) y ABC, la cadena de Disney que emitía el principal programa de crítica de cine del país, Siskel and Ebert at the movies. Cuando la industria del cine dejó de ser cine, se convirtió en publicidad, en la necesidad de vender el producto sin importar que producto sea sino lo que aparenta ser. Es de ahí que hoy vivamos el éxito del cine franquiciado, relacionado con las adaptaciones (cómics, series, videojuegos), las secuelas y precuelas o los remakes. Cuando tu trabajo consiste en vender un producto a toda costa, tener un nombre para ese producto que ya todo el mundo conoce y aprecia, significa tomar menos riesgos. Dos de las películas de Disney más recientes, Cars 2 (2011) y Winnie the Pooh (2011), se reconocieron desde la propia empresa como meras excusas para revitalizar y vender más licencias de juguetes. Vivimos los tiempos en que la película ya no es el fin, si no el medio.

Pero antes de ponernos catastrofistas, conviene sentarse y analizar. El cine no es menos cine por eso. Siguen produciéndose grandísimas películas dentro y fuera de la industria. El asunto es que hoy en día no es tan fácil reconocerlos porque aquellos fenómenos que miramos ahora con admiración tanto en el Hollywood clásico como en la dialéctica euroamericana de los setenta vienen en realidad ocultos bajo masivas campañas publicitarias, dedicadas a productos no siempre igual de brillantes. Centrándonos en el caso de la gala de los Oscars, un reciente estudio de Los Ángeles Times sitúa al académico medio como un varón blanco con una edad media de ¡62 años! A ellos es a quienes van dirigidas las campañas “for your consideration”, lo que llamamos despectivamente como “academicista”. De ahí nace un cine digamos blando, azucarado, relamido y anacrónico.

La actitud inmovilista de la Academia es algo que Rosenbaum trata de un modo muy especial. Si podemos adelantarnos a la conclusión partiendo del párrafo anterior podríamos decir que la clave está en apelar al sentimentalismo; sin embargo, el asunto es más turbio para Rosenbaum: aquí está en juego lo que él llama “la moral del productor”. Esta consiste en una idea de que un producto no solo tiene que parecerte bien a ti (lujosas cenas homenaje de por medio), sino que también tiene que obedecer a una visión de productor. En otras palabras: la industria está tan obsesionada por vender que condicionan sus gustos a que el producto sea lo suficientemente atractivo para la venta. Rosenbaum menciona este ejemplo a raíz de la actitud de la Academia con Elia Kazan:

Estuvo en armonía con la presentación hecha por Richard Dreyfuss en ocasión del premio Irving Thalberg a Steven Spielberg en una ceremonia de los Oscar a principios de los 80, cuando Dreyfuss elogió el “coraje” de Thalberg para “desafiar” a Erich Von Stroheim (esto es, su coraje para cortar en pedacitos los dos más grandes filmes de Stroheim, Foolish wives (1922) y Greed (1924), y asegurarse de que todo el material suprimido fuera luego destruido).

Como decía Carlos Reviriego la madrugada de la última gala de los Oscars en su twitter:

Demostrado queda que la política de autor nunca caló en Hollywood. Los premios a actores son más importantes.

Una vez aclarado nuestro espectro demográfico, tenemos la mejor arma posible: una película sobre la crisis de un medio, sobre un tiempo de cambio que termina siendo un canto a la esperanza y busca devolver optimismo; un producto inofensivo y naif, para toda la familia (perrito incluído), un origen tan exótico y romántico como Francia (cuna del cine, madrina del arte) y un actor, Jean Dujardin, que se ha dedicado a poner su espectacular carisma como mascarón de proa de un barco a vapor publicitario. Estaba hecho.

Así pues, este es un asunto de dos caras: se junta la posición más popular (que todo esto es culpa del sistema, que está podrido por no premiar lo que a mí me gusta) con la más impopular, que es que nosotros mismos estamos muy condicionados y no somos tan dueños de nuestro propio gusto como queremos hacer ver, si no prisioneros de todas aquellas películas que hemos ignorado.

A título personal, podría lamentarme ya desde todas las ausencias que los Oscars manejaban desde sus nominaciones: Drive, El topo_, Melancolía, Tournée, Tintín, Le Havre… algunas de las películas que más disfruté el año pasado no estaban ni cerca de toda este triatlón de premios y galas. Y es lo que supongo que hacemos todos, al día siguiente, con caras largas, ceños fruncidos y puñetazos en la mesa. Sentimos que la Academia vive desconectada del público, no en el pensamiento liberal de que los premios deben de obedecer a la taquilla —petición que más de una persona que admiro ha hecho sin pudor alguno a raíz de los Goya y Torrente 4— sino en una falta de representatividad, de capacidad no solo para proyectarse en la historia premiando aquellas películas que se preveen relevantes (harto difícil, por mucho que nuestras pasiones nos engañen) sino para capturar el momento, entender nuestro tiempo. Todo el caos que rodean a estos premios (efecto bola de nieve, campañas publicitarias extremas, falta de presencia del “cine invisible”, la alta media de edad de los académicos) acaban confabulando al destino y trayendo, cada lunes siguiente a la gala, caras largas.

No es posible imaginar ahora una rápida solución, ya que no hay aquí un esplendor que recuperar, sino que conquistar; pero si es posible reflexionar sobre qué es y qué significan los Oscars. Las galas de premios solo tienen una función actual: son, por sí mismas, otro tipo de publicidad. Es la manera en la que nos mentimos a nosotros mismos acerca de lo glamurosas que son las estrellas de cine (por mal que vistan, por mucho que se droguen, por muchos estragos que el tiempo y el bisturí hagan), de lo comprometido que está el arte con la actualidad (premiando, eso sí, a películas mudas) y de que todavía hay unas pocas películas de calidad, maduras e inteligentes que señalar con el dedo desde la política de estudios. No hay nada reseñable que ver fuera de estas nominadas, nada que merezca la pena, al menos, porque no lo controlan. No son las que ellos han elegido. ¡No presten atención al hombre tras la cortina! Necesitamos tenerlo todo así: categorizado, ordenado, bien separado por gente a la que presumimos que debe controlar nuestro criterio mejor que nosotros mismos. Y el cine no es eso, el cine es una cosa cambiante, espontánea, donde nunca sabes donde puede surgir una sorpresa. Lamentarse porque los Oscars sean, ¡ay!, un señuelo, parece una pérdida de tiempo. No conviene indignarse por lo que es, y sí pensar en lo que no es. Al final, Rosenbaum diría que todo pasa por abrir más cine a más gente, y ahí es donde conviene hacer el esfuerzo. Los Oscars, que se los quede Harvey.

Henrique Lage | 29 de febrero de 2012

Comentarios

  1. Merche
    2012-03-01 00:03

    Espléndido (y exhaustivo) artículo.

    Coincido con las hipótesis planteadas respecto al funcionamiento de la maquinaria publicitaria y su relación con los Oscars y los tejemanejes de los productores, aunque creo que sería interesante no pensar que por defecto Hollywood siempre potencia un cine “relamido, azucarado, blando, anacrónico” (que también). En ocasiones los señores con media de 62 años nos dan alguna que otra sorpresa.

    Lo importante para la industria sería que, aún ateniéndose a su utilidad principal y sin perder de vista lo que representan, los Oscars no dilapidasen el prestigio que ostentan de cara al gran público (bien sabemos que el 90% de los críticos los desprecian por completo).

    Por cierto, cuando Streep ganó su último Oscar, yo estaba recién nacida.

    Un saludo

  2. Miguel A. Román
    2012-03-01 04:16

    Llevo años proponiendo una solución sencilla y práctica: dar los Oscar tres años después del estreno, cuando ya nos hemos olvidado de casi todas las que realmente no lo merecían; pero nadie me hace caso, solo buscan el dinero fácil, el premio rápido y la glora efímera. ¡Bua!

    De todas formas todo argumento en estos casos es, de alguna forma, falso por definición.

    Los Oscar nos gustan porque podemos decir que son una mierda, que no significan nada, que no representan al público ni a la taquilla, que otra vez se han equivocado, que han dejado fuera a las películas buenas de verdad, que fulano o mengana nunca lo ganaron a pesar de que lo merecían mucho más que la furcia o el gilipollas que se lo llevó ese año, que [ponga aquí lo que haya dicho todos lo años].

    Y las estrellas son glamurosas precisamente porque visten fatal y van de botox y silicona hasta las uñas del pie. La clave del glamour es que las podemos poner a parir.

    Porque es todo eso lo que nos atrapa. Y la prueba irrefutable es que, año tras año de repetir sapos y culebras, nos sorprenden una fría madrugada de febrero pegados a la hora de comer churros y esperando por el de “mejor película”.

    Y es que sin los Oscar no tendríamos esa descarga de adrenalina tan sana porque, a ver, ¿quién es el guapo que suelta esas lindezas para la Palma de Cannes o el León de Venecia?

    Al final la realidad fría y aburrida es que los Oscar son de la Academia, un club privado, y se los dan a quienes le salga de las regiones pudendas.

    Por cierto, Merche, acabas de hacerme sentir un dinosaurio :(

  3. Manuel Haj-Saleh
    2012-03-01 05:05

    Bueno, yo quiero recordar que ya escribí algo aquí mismo hace unos añitos.

    Quizá un día me ponga a teorizar sobre por qué hay gente que los odia tanto, pero me hace gracia que haya gente (no es el caso de Henrique, ojo) que diga que esos premios son una basura y, al mismo tiempo, se queje de que no se lo den a tal o cuál película. ¿No habíamos quedado en que era una basura? Entonces, ¿qué más da? Es una contradicción maravillosa que va en el sentido de lo que dice Román.

    Sí digo esto: seguramente sean los premios menos manipulados que haya: tienen unas reglas estrictas hasta el extremo (tanto es así que muchas veces la Board of Governors, que es el comité que las fija, ha tenido que relajarlas), se sabe perfectamente quiénes votan y cómo es el sistema de votación, y el recuento lo hace una empresa independiente. No hay componendas y no hay mamoneos entre jurados para que esta película se lleve el premio gordo y aquél el de consolación. Pocos premios pueden presumir de ello.

    Y sobre todo que no se le olvide a nadie: son premios que votan los curritos de la industria, pero que los montó la patronal :-)

    Saludos.

  4. @ccbaxter
    2012-03-01 05:53

    Sí Manuel, no entiendo, siendo como son esas galas de los Oscars, seguimos generando tanto ruido. Para el año que viene, los académicos no deberián pasar de los 20 años (son los van mayoritariamente al cine) y así podremos charlar sobre si Tranformers 4 se merecía más premios que Fast and Furious 3. De paso le darán el premio Thalberg a Harry Poter por toda su carrera.

  5. Electro Meriadoc
    2012-03-04 00:10

    El secreto de THE ARTIST radica en su distribución, y concretamente los 20 millones de dólares que se han gastado en comprar literalmente los premios, convenciendo uno a uno a los miembros de la Academia organizando festines. La película lleva recaudado 32 millones en USA, con lo cual no van a ganar dinero con la peli (deberían recaudar el doble). Entresijos de la academia.
    A mí la película me gustó, pero técnica y nostálgicamente HUGO le daba mil patadas.

    Y sobre la ceremonia cada año la vemos en el bar, en pantalla grande, y este año antes pusimos los Oscars de 1989 (también presentados por Billy Cristal) para hacer boca. Qué diferencia, las galas de los 80 sí qué molaban

  6. ddaa
    2012-03-05 06:26

    Lo que comenta Manuel es como el chiste del restaurante que usó Woody Allen en “Celebrity”: “la comida era malísima y las raciones muy escasas”



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