Libro de notas

Edición LdN

En Opinión & Divulgación se publican artículos de colaboradores esporádicos y de temática variada.

Los libros en la guerra de piratas

por Max Vergara Poeti

Hace poco leí que Lucía Etxebarria, quien fuera ungida en 2004 con el segundo
premio literario más grande del mundo, dejará de escribir por culpa de la piratería
(Estandarte, Lucía Etxebarria deja de escribir, 20 de diciembre de 2011). Realmente no sé si Lucía comprometió los 601,000 euros del Planeta entre saltimbanquis y lobistas, o si es que la codicia la absorbió. Y también leí en una misiva, igual de simpática, la respuesta pública que le dio Hernán Casciari, editor de la revista Orsai. Realmente no comparto lo que dice la una ni el otro, al pie de la letra. Mientras que Etxebarria afirma que se “empobrece”, el otro defiende que la “cultura es gratis”. Ambos tienen razón en parte, pero hay que precisar.

Primero: las descargas por internet no empobrecen al autor. Le dan la oportunidad de masificarse, ya que su obra tiene la posibilidad de llegar a conocimiento (no digo “manos”) de más personas. Y cuando alguien encuentra a un autor de su predilección, no esperará a que se publique una nueva novela suya para descargarla, sino que irá a su librería predilecta o a El Corte Inglés y la comprará. Con frecuencia compro en iTunes la música de mis cantantes predilectos, y no por ello toda la música en mis dispositivos es estrictamente “legal” (para complacer a los puristas). Igual ocurre con los libros. Calculo que el 90% de los libros electrónicos que poseo están en mis bibliotecas, y no es exagerado. Queda un 10% que no. ¿Qué pasa con ese 10%? Es muy simple: son libros concretos, que pertenecen a obras que, en conjunto, no me convencen del todo, o que están en
mi Macbook o iPad porque llamaron mi atención en algún momento pero que al final no trascendieron al punto que saliera a comprarlos o siquiera los leyese. Hay casos como el de Elfriede Jelinek, de quien tengo en la biblioteca de alguna de mis casas un ejemplar impreso de “La pianista”, pero de quien poseo “Los amantes” en un pdf no muy presentable, presuntamente descargado ilegalmente, que no me atrevería a compartir con nadie ni en broma. Y digo “presuntamente descargado ilegalmente” porque primero, nadie puede endilgarme, en mi buena fe, un delito cuando no me estoy lucrando materialmente con la descarga (nadie lo sabe, es para mí uso personal a fin de cuentas).

Segundo: no tuve otra forma de ver las primeras páginas del libro sin evitar ir a una librería a muchos kilómetros de distancia; y tercero, ni siquiera he consumado el supuesto delito, es decir, leer la novela de cubierta a cubierta. El ladrón consuma el robo de la hamburguesa cuando la devora. Esto suele ocurrir. Las descargas por internet son, a veces, tentativas de delitos contra los derechos de autor. A veces. Y no creo que haya escritores que deseen que sus lectores fieles (y lectores potenciales) vayan presos por interesarse en su trabajo. Es como la anécdota de aquel juez de la dictadura en Brasil que en los años 70 del siglo pasado libró orden de arresto contra el “inmoral” de Sófocles. No veo diferencia entre lo uno y lo otro.

Hay gente que baja libros para leerlos en el iPad o en el Kindle o, si desea torturarse, en el iPhone. Estos dispositivos (tablets) por excelencia inducen a comprar las descargas (no es obligatorio, solo que de buena fe inducen, pues no es lo mismo un libro electrónico con todas sus tapas y alta resolución, que un simple documento de Word o PDF de penosa calidad). Entonces el problema aquí es que hay autores que no proponen a sus editores la conversión de sus libros en formatos electrónicos portátiles, y no hay editoriales, por razones obvias, que deseen implementar la edición electrónica de sus catálogos y hacerles propaganda. Es ahí cuando un alto porcentaje de usuarios recurre a la “descarga pirata”, más que todo por pura curiosidad. Esto es lo que pocos entienden.

Otro problema es el costo de los libros. En el mundo hispanoamericano las editoriales están siempre sedientas de dinero como una sequía cultural. Y algunos escritores que caen en el juego también terminan poniéndose igual, pero por más rabietas siguen llevándose la misma modesta tajada de todos los años, ahora achicándose que por la crisis de Grecia, que por el volcán de Islandia, que por el cáncer de Hugo Chávez. Entre víboras no se muerden, dicen. Mientras que en iTunes alguien como Shakira cobra por una canción $1.29 dólares (sale mejor comprar el álbum completo), una editorial cobra $12 dólares por un libro en promedio. La música es igual que los libros. Se necesitan buenas canciones, buenas letras, y ni libros ni música se hacen de la noche a la mañana. No hay que subestimar. Lucía Etxebarría cree que es la única en toda España que se mata escribiendo y no es así. De los $1.29 que se cobran por una canción comen Shakira, su mánager, el compositor, el estudio, sus técnicos, la casa disquera y hasta salen obsequios para Gerard Piqué. Y muchos ya no tienen donde guardar las moneditas que esto les produce.

Las editoriales son las principales culpables de la errónea y generalizada concepción de cómo funciona el mundo de hoy y qué es eso de las descargas por internet. Ciertamente tampoco les interesa. Resulta que desde hace años, los autores españoles vienen luchando para que las editoriales establezcan un método para contabilizar sus ventas. Nadie sabe realmente cuánto se vende y cuánto se imprime. A un autor pueden decirle “se vendieron dos mil copias” cuando en realidad fueron cinco mil. De ahí la importancia en nuestros contratos editoriales de las cláusulas de “100 mil ejemplares para liberar las obras”, etc. Cláusulas que deberían ser nulas de pleno derecho de acuerdo a las convenciones internacionales de propiedad intelectual y el derecho laboral. Esto no sucede en Estados Unidos, Canadá y algunos países europeos, donde se entiende que la cultura es, en últimas, un mercado y se rige por normas y prácticas mercantiles iguales para las partes, países donde se subastan hasta los manuscritos inéditos entre las editoriales, en esos magnífico “quién da más”. El formato electrónico permite llevar un inventario de lo que se vende, o mejor dicho, lo que se descarga.

No depende ya de camiones enormes cargados de libros olorosos a tinta que salen en la madrugada para ser repartidos en todas las librerías antes de las 10 de la mañana. Y a fin de cuentas, así como pueden llevar cajas llenas de libros pueden llevar pilas de papel reciclable, o cajas llenas de gatos. Nadie ve, nadie sabe. Quienes defienden la onerosidad de la cultura, como Lucía Etxebarria, no se han puesto a pensar que el mundo que habitan no tiene organismos de control.

No solo las editoriales son las que simulan no entender el funcionamiento del mundo (porque insisto, no es conveniente), sino ciertos personajes siguen aferrados en lo opuesto: que la cultura es gratis en todo el sentido de la palabra, como en una comunidad de hippies. Gratis. En efecto la cultura es gratis, pero no basta con corearlo para que sencillamente todos los autores del mundo comiencen a ver las ventajas (por encima de las desventajas) de la piratería, sea virtual o no. Hay quienes escriben por amor al arte y son personas muy respetables, pero no hacen parte de la mayoría. Y medio mundo se la pasa descargando mientras otro medio mundo discute la legalidad de las descargas, pero nadie comprende el fenómeno que impulsa esas descargas. Conozco personas que, por ejemplo, bajan libros de internet para decidir si los compran o no. Con esto no estoy justificando las descargas (que no lucran a nadie materialmente), ni el “hampa de los lectores decentes”, sino que digo que de diez libros piratas que se bajan la mayoría de los ladrones cibernautas no lee ninguno hasta el final, y puede que de esos diez terminen, en el mejor caso, comprando tres (para consumo personal, obsequio, decoración, etc.).

Hay suficientes elementos de juicio para hacer la siguiente afirmación: la piratería de libros por internet ha venido reemplazando los viajes de muchos lectores a las librerías. Este es un fenómeno real. Basta con leer el comentario de un libro en una revista o periódico, o incluso ver una entrevista en televisión o escuchar una alusión por radio para acudir a Google. Los potenciales lectores leen cuantas sinopsis encuentran, se fijan si hay comentarios de usuarios que ya han leído los libros y quieren saber más sobre el autor para descubrir polémicas u otros libros. Rara vez un lector potencial encuentra el primer y segundo capítulo de una novela de su interés en línea, gratis, para descargar (por supuesto que en la página del autor o de la editorial). Y dicen luego tanto editoriales como autores que ellos no tienen la culpa. Son esas búsquedas en Google las que llevan de Wikipedia a un foro de lectores empedernidos, y de ese foro a Casa del Libro, y de ahí a veces a la página de la editorial (que ni con una gran fotografía de la portada y el argumento resumido en 6 líneas logra llenar la página), por lo que irremediablemente el lector se ve obligado a acudir a homeroesmorgan.com o me-entucara.com. El lector quiere leer algo de la novela que le atrae, saber si la prosa es de su agrado, si el argumento da la talla en las primeras páginas. El lector potencial (que sabe de libros) quiere descubrir si una novela puede llenar sus expectativas. Si para un lector esto no es importante (hablo de las sutilezas humanas, claro, de quien disfruta de la cultura gratuitamente y de verdad), entonces le dará igual tener una biblioteca en memorias de USB o un montón de ejemplares viejos del ABC y El País en sus anaqueles. Y ya sabe uno qué clase de lector es y cuántos libros compra.

Defiendo la presunta buena fe del lector potencial y la inopia a la que lo someten las editoriales, los mismos autores en sus páginas personales y las librerías (que son comisionistas) en cuanto a brindarle información (en línea) sobre los libros de su interés. Puedo hablar por mi experiencia y la de personas cercanas a mí (que fueron consultadas para esta opinión). Anualmente leo más o menos dos docenas de libros de papel, compro otra docena de libros que llaman de “referencia” o que son históricos (para efectos de mi trabajo y oficio) y para mí cualquier información que pueda encontrar de todos ellos es decisiva y fundamental al momento de escoger, por ejemplo, entre varios títulos de un mismo tema o novelas de un mismo autor. Da la casualidad que toda esta microeconomía de los libros, en mi caso particular, alimenta, en un 99%, al mercado de los libros en inglés, y no porque viva en Norteamérica, sino porque en Amazon.com puedo, sin restricciones, navegar libremente por las primeras páginas de todos los títulos que se me antojan. No necesito descargarlos ilegalmente para saber si me gustan o no, ya que Amazon evita que los libros de muchos autores sean ofrecidos gratis por “lectores inescrupulosos”, como ya algunos los llaman. Exceptúo, por supuesto, a los autores famosos, aquellos que venden libros como botellas de agua del mismo modo que Shakira o Lady Gaga venden discos. A ambas cantantes realmente poco les importa que se descarguen mil o dos mil canciones de su autoría sin pagar un centavo a su peculio (aunque si un periodista les pregunta obvio que denunciarán y rabiarán). Shakira y Lady Gaga llenan estadios enteros en sus conciertos, ofrecen perfumes y lociones, hacen presentaciones muy bien pagadas para canales privados y no dejan de alimentar su locomotora económica con más estrategias. Cada vez que abren la boca se agotan las taquillas de sus conciertos en 20 ciudades del mundo (en promedio, unas 15 mil personas por estadio), y se descargan ilegalmente cinco mil canciones de su propiedad. Creo que ya comienza a esbozarse la médula de este asunto y, sobre todo, la importancia de razonar con cifras, y comprender lo que significan y lo que no.

Entender cómo funciona el mundo es entender por qué las descargas piratas de libros, como las de música, son en cierta forma benéficas (en principio, si se pudieran eliminar, bajo ciertas condiciones, sería también de lo más óptimo). Coca- Cola no se preocupa de la piratería de sus bebidas – el consumidor notaría la diferencia de inmediato. La economía de la cultura (bienes culturales) es una cadena que, si bien puede demorarse en dar “ganancias”, en últimas las da, porque hablamos de “cultura” y no de “alimentos” o “zapatos”, es decir, bienes que son fungibles: alguien baja ilegalmente hoy tres canciones del último álbum de Eminem (y le costaría el álbum completo en MP3, si lo pagara, no más de 4 dólares), pero en el futuro, muy seguramente, terminará reponiendo y multiplicando (de muchas formas, si le gusta Eminem) ese dinero al artista: por ejemplo, por citar uno que se me ocurre, va a un concierto de Eminem para el que paga 50 dólares, y no solo va él sino lo acompañan dos amigos, parientes o colegas. O compra mercancía oficial. O en el cumpleaños de alguien decide comprar el disco compacto (del cual descargó ilegalmente las tres canciones antes) y obsequiárselo, por 10 dólares. Esto no siempre se da, pero con que se repita varias decenas de veces el escritor o cantante tiene su fortuna asegurada, sin importar el número de descargas ilegales a la que sometan sus obras. El futuro del cantante, hoy, no está absolutamente en los discos, sino en el “performance.” En vez de perseguir las descargas ilegales, Justin Bieber hizo una película, por ejemplo. Es sin duda alguien que entiende cómo funciona el mundo de hoy.

En este planeta no hay nada más fiel y leal que un seguidor (más que un perro, contrariando a los naturalistas). Tanto en la música como en la literatura. En esta última, se confunde a los lectores de siempre con los lectores ocasionales o accidentales. A estos últimos un título les llama la atención hoy pero su interés se desinfla rápidamente, por muchas razones. De repente se interesan por otro autor, hay que perdonarlos. Los lectores de siempre no son piratas de los libros de sus autores favoritos ni son delincuentes: es el mínimo derecho que tienen de promocionar gratuitamente a su autor o cantante favorito. Quienes defienden a las editoriales se nota que andan en otro mundo en el que no existen las tendencias o lo que llaman publicidad viral. Obviamente que sería más fácil si los lectores ocasionales tuvieran herramientas para saber si valdría la pena o no leer un libro, es decir, leer sus primeras páginas, y no descargarse pirata e inútilmente el libro completo para después eliminarlo. Nos dicen “se está descargando X libro masivamente” pero nadie dice si en la misma proporción ese libro no termina en la papelera de reciclaje del ordenador. Un ordenador lleno de libros en PDF es un ordenador que condenará a su usuario a morirse sentado de hemorroides esperando a que la memoria reaccione. Los libros que generalmente nos gustan son para tenerlos siempre en las bibliotecas de casa, a mano, para de cuando en cuando releerlos o solo volver a pasar sus páginas para encontrar en ellos alguna anotación hecha, un pensamiento, un recuerdo. Los libros que compramos y no nos agradaron en su momento los compran, por títulos o en peso, los merceros de libros, o van a parar a bibliotecas públicas, ventas de garaje o, en el caso más trágico, terminan en la basura, aplastados por los restos de una lechuga marchita. Igual ocurre con los libros electrónicos. Descargarlos no es el virus incurable que condena a los escritores al hambre y a la ayuda humanitaria. Hay que despertar.

Todo en el mundo de hoy es mercado. Los tiempos del escritor que vivía con las musas de leche y miel ya pasaron. El que se ponga con esa mentalidad está condenado a morirse luciendo una bonita camisa de fuerza (enajenación creo que lo llaman), cada vez hay más gente, menos posibilidades y una certidumbre: más hambre. Y hay quienes, en su imposibilidad y debilidad, todavía se empeñan en insistir que el arte es elevadísimo, que se hace por amor a las musas (seguramente tocando la Balalaika bajo un roble) y no por sobrevivir e incluso vivir mejor (como piensa cualquier persona en cualquier otro trabajo). La vida para cada quien tiene un propósito, y el objetivo de ese propósito es tener éxito, en lo que sea que se haga. Los que niegan la realidad son los eruditos de las abstracciones que esperan el beso de la mujer araña y el abrazo de la sirena orca, que desdeñan del éxito de los demás, que viven ahogados por la envidia con un empolvado libro de algún poeta oscuro debajo del brazo, cazando piratas cibernéticos con sus túnicas roídas. A estos hipócritas son los que más roban, y bien que así sea. Ningún político está en lo que está por amor a la patria, sino por amor a la plata. La posición de Lucía Etxebarría, que es la misma del 99% de los escritores hoy en día, reitera que no hay arte sin contraprestación material. El arte es un oficio y, en muchos casos, una profesión que requiere, entre otras cosas, poner comida en la mesa, pagar viajes a la Polinesia Francesa y comprar medicamentos para la fiebre de los más chicos. El arte de talento y bien hecho siempre dará regalías gordas a quienes lo producen. Pero como en cualquier otro campo, el arte también exige innovación, adaptación. El artista de hoy (sea escritor, cantante, actor, pintor) debe ser hábil en muchas áreas, camaleónico, y especialmente, capaz de adaptar y readaptar siempre su carrera a la realidad del mundo y los tiempos. No puede quedarse a esperar el cheque de todos los años menos impuestos y demás deducciones. Debe siempre buscar el modo de producir más cheques (del mismo modo como el oficinista espera ascensos, que gana por su talento). Los hipócritas que hablan de la exquisitez del arte deben saber que, una copa del mejor vino le sabe igual a ellos como a los demás mortales.

Si un escritor prueba que las descargas virtuales de verdad lo tienen quebrado, en vez de satanizar a sus lectores (y aquellos que no lo son), entonces deberá preguntarse cómo puede reavivar su negocio en vez de seguir engordándole el bolsillo a las editoriales (y lo peor, justificándoles su descaro). ¿Cómo debo crear una verdadera industria personal en el internet?, deberá repetirse. Hay autores que, sin resistirse a los tiempos, se han adaptado (y son Darwinianamente especies que sobrevivirán): venden inteligentemente también sus libros en formatos electrónicos para dispositivos electrónicos, a un precio bastante menor al del libro impreso. Hay que aplaudirlos, pues este es un comienzo. Al ritmo tecnológico de hoy, en diez años aparatos como el iPad se habrán masificado aún más, y con ayuda de unas editoriales verdaderamente honestas, de la mano de autores honestos y despiertos, podría disminuirse bastante el fenómeno de la piratería virtual (que en últimas es inocuo).

Como dije al principio, Hernán Casciari, editor de la revista Orsai, en su contestación pública a Lucía Etxebarria, cita como ejemplo las cifras de su revista, en cuanto a suscripciones y descargas: cuatro revistas publicadas en 2011, con una media de 7 mil ejemplares de cada una vendida y 600 mil descargas o visualizaciones en internet. ¿Y realmente qué dice esto? Muy poco. No podría él concluir que tiene 607,000 lectores, pues lo mismo podría decirse de cualquier página en blanco colgada en internet (como muchas) que, por error, manía o terquedad, han descargado más de 1 millón de personas. No se podría suponer, por ello, que esa cuartilla en blanco, en flamante formato PDF, haya sido “leída” por miles de personas. Pero es un indicio, y un muy buen indicio de que algo está pasando y cómo está pasando y qué hay que hacer. Es maravilloso ver cómo grandes cosas se derivaron de otras que se consideraron, en algún momento, como “malas”. Hay personas que descargan solo por descargar, hay otras que lo hacen por curiosidad, y hay otras que por necedad u ocio (llámese como quiera). Y está la tercera especie, la del lector virtual, que está condenado a llevar unas gafas con lentes tan gruesos como el culo de una botella. Hay que pensar cuánto costará en un futuro la medicina para los ojos. Hay costumbres que matan. Un lector fiel, de siempre, si descarga un libro de su autor favorito, lo hace también por curiosidad, así como un hermano menor a veces nos saca un euro de la billetera y no por ello es un delincuente empedernido. Mucho menos si es el hermano que siempre habla bien de nosotros ante los demás y con el que contamos en las buenas y las malas.

Las editoriales practican activamente el terrorismo: justifican cada vez más que los cheques que giran a sus autores tienen menos ceros por causa de la piratería. Que las descargas en internet aumentan las devoluciones que hacen las librerías. Que los piratas ponen a circular los libros de persona en persona (robándoles lectores), que el fin del libro se acerca, etc. Todas mentiras y disparates tendientes a generar pánico e histeria colectiva. Los lectores verdaderos de un autor jamás se leerán una novela de 400 páginas en pantalla, y si lo hacen, ese sería finalmente el único libro que leerían en un año. No es algo fácil. Yo tengo iPad y confieso que no soy un lector disciplinado de los libros que he comprado. El lector auténtico aprecia el libro físicamente, y sabe que tras leer diez páginas de corrido, no cargará con la consecuencia de una visión borrosa por varias horas y otras enfermedades oculares en unos años. Pero también alguien puede decir “es que no leen en pantalla sino que imprimen lo que descargan.” Y mostraré a continuación por qué eso es tan contraproducente como bañarse con perfume: llega un momento en el que apesta.

Digamos que alguien descarga “Ulises”, de James Joyce, en un PDF que es una fiel copia de la edición de Tusquets, en la estupenda traducción de José María Valverde. El libro físico (con las tablas explicativas y alusivas) tiene 800 páginas. En el PDF, restándole las páginas sobrantes (dedicatorias, propaganda final de otros títulos de la colección “Fábula”, etc.), quedaría el documento, en letra 14, con más de 1000 páginas. El libro de Tusquets cuesta 11,95€ con iva incluido en Casa del Libro. Una fotocopia cuesta, por más barata, 10 céntimos en España (en promedio), en algunos lugares hasta 7 céntimos o menos, después de cien, si se buscan. Hay que hacer las sumas. ¿Cuál es el ahorro? A esos 10 euros hay que sumarle el costo de las dos resmas de papel y los dos frascos de tinta en una impresora casera promedio. Así cualquiera encuentra la respuesta de por qué no es un negocio hacerse a una biblioteca de puras fotocopias (además de antiestético y de mal gusto).

En el mundo de Hollywood, donde trabajo, escribir guiones es un negocio. El guión del cine, bien hecho, es muy superior a la novela, porque es más difícil de construir. Mientras una novela la escribe una sola persona, en la construcción de un buen guión, por su complejidad, participan varias personas. Y hay guionistas que son incluso culturalmente más elitistas que muchos ínclitos del mundo de la literatura. La piratería en el cine sí afecta verdaderamente a los estudios, los guionistas y los autores cuando compite con los títulos en cartelera. De hecho, cuando alguien lleva una videocámara al cine, graba un estreno y luego lo sube a internet, impacta directamente en la única clara posibilidad que tiene esa producción de producir ganancias reales, que es en el tiempo que dura su proyección en los cines. Una película debe recuperar su inversión en taquilla, nunca después. Obviamente que esta modalidad de piratería se combate igual (y a veces con los mismos argumentos que el de los libros), pero debe tenerse en cuenta que la venta posterior del DVD y del Blue Ray hacen parte de un negocio separado y posterior que nada tiene que ver con los cientos de personas que trabajaron en una película, y cuyos empleos dependen exclusivamente del éxito que una película tenga en taquilla. Quien gana los derechos de llevar una película a “Home Video” o formato de casa obviamente que hará lo posible por proteger sus derechos, porque pagó por ellos, y esto incluye la mercancía oficial. Por tanto, discutir la piratería en música, libros y cine nunca es igual, como ya lo he explicado. Cuando uno comienza a comprender cómo funciona una cosa y cómo funciona otra, es capaz de deducir el funcionamiento de todo. No obstante, ya en este punto debe haber claridad de algo: en el mundo de los libros hay algo podrido. Y los lectores, como los necios que descargan indiscriminadamente cuanto libro pueden, no son los que apestan a ratas.

Lo cierto es que mientras Lucía Etxebarría se rehúsa a escribir por culpa de los piratas de libros (de por sí tiene una próspera carrera en Facebook), su editorial seguirá haciendo millonarias inversiones en el extranjero y cerrará enormes negocios… Piratas y más piratas. Por supuesto que todo esto se justifica solo por las descargas ilegales de internet, ¿no?

Max Vergara Poeti | 31 de diciembre de 2011

Comentarios

  1. Marcos
    2011-12-31 19:14

    Muy interesante, Max. Matizaría algunas cosas, pero hay algo que no comparto: la referencia al cine y las pérdidas que producen los screeners; ¿realmente crees que alguien que de descarga y ve en su casa una película con esa ínfima calidad que da una cámara de video grabando en un cine pagaría por ir al cine a ver esa misma película? Yo creo que no, es decir: que la inmensa mayoría de esas descargas no restan ingresos a la productora por la sencilla razón de que los “descargadores” jamás irían al cine a ver esa película.

    Saludos

  2. Fernando Fuentes
    2011-12-31 19:57

    El texto es interesante pero falso en algunos aspectos, aquellos en los que presupone que leer en una pantalla estropea más la vista que en papel y que un lector seguidor de un autor jamás leerá un libro de 400 páginas en una pantalla, y en la manía de hablar unicamente del PDF como formato del libro electrónico.
    Pues bien, hay muchos más formatos y más adecuados como pueda ser el ePub que el PDF, que realmente solo veo adecuado para mandar a una imprenta no para difusión de un texto o revista. Además, en mi experiencia personal que evidentemente no es universal no como parece creer el autor de la suya, se lee infinitamente más comodamente un libraco en un Ipad o en un libro electrónico que en su versión en papel, sobre todo si la versión en papel la encuadernación es incomoda y tienes que abrir demasiado el libro para poder ver el margen interior de las cajas de texto haciendo la lectura pesada y molesta. Yo, a medio leer mi ejemplar de “El nombre de la rosa” acabé por decantarme por descargar una versión “pirata” para terminarme el libro por lo incomodo de la edición en papel. Además de qué me leí las 1.300 páginas de A Dance with Dragon en el Ipad. Y acerca de la supuesta tortura de leer un libro en el iPhone, yo todavía no he encontrado mejor dispositivo para leer en la hora punta del metro, en esos momentos en los que el único miembro con movilidad de todo mi cuerpo es mi pulgar, suficiente para pasar las páginas en el teléfono pero insuficiente para poder hacer lo mismo con un libro de papel.
    Que nadie piense que considero infinitamente superior la lectura electrónica a la del papel, pero estamos ante un cambio parecido a la aparición de los códices, seguro que mucha gente de la época pensaría que leer en un rollo era mejor que esas cosas modernas.

  3. Alber Vázquez
    2011-12-31 20:40

    Estoy bastante en desacuerdo con todo lo que dices, Max, y creo que te refugias en los tópicos y en lo que tú crees que debe ser la industria editorial (¡“Las editoriales practican activamente el terrorismo”!, caramba…) y no en lo que realmente es. Al menos hasta donde yo conozco el ecosistema editorial español (muy pocas editoriales grandes y muchísimas de medio y pequeño tamaño), nadie es tan perverso, nadie es inicuo porque sí y nadie toma decisiones a sabiendas de que son malas para ellos mismos y para su negocio. De hecho, a las auténticas maldades y mezquindades de este mundillo nadie suele referirse, lo cual prueba que se habla más de oído que de otra cosa. Pero bueno, dejémoslo ahí…

    Sin embargo, te haría un comentario, si me lo permites: el autor de libros tiene derechos legales y morales sobre su obra y esos derechos deben ser protegidos porque, al menos en mi país, la seguridad jurídica del ciudadano y de las empresas está garantizada. Lo demás, lo que cada cual opine en torno a la bondad o la maldad de las descargas libres (incluso la curiosa diferencia que tú haces entre cine y libros), da completamente igual. Aquí se debe hablar, a mi modesto entender, de moralidad y de legalidad.

    Un abrazo y feliz año a todos.

  4. El autor
    2012-01-01 08:06

    ¡Feliz año a todos¡ No hay mejor forma que comenzar 2012 con una discusión llena de oxígeno y muy plural.

    Marcos: entiendo tu opinión y aprovecharé aquí para explicar mejor lo que he escrito, sin entrar en detalles. Lo que dices es muy cierto, y de hecho en las productoras (al menos en Warner Bros, por la que hablo) ocurre que previamente a cualquier proyecto se hacen estudios detallados de mercado. Incluso antes de la etapa de desarrollo, que implica la construcción de un guión en una versión que se conoce como de “carbón”. De esta versión sale el “guión de producción”. No hay desarrollo de un guión sin obtener luz verde de las directivas, basándose en los estudios previos que se hacen de un proyecto (los temidos “anteproyectos”). En esos estudios se mide la favorabilidad en el medio que existe para hacer una película, en un momento determinado, o su impacto en el público entre otros factores. En estos estudios previos se fija el “canon ético” por así decirlo, de la historia que se producirá, es decir, participan desde abogados hasta psiquiatras para determinar cuál puede ser el impacto de ciertas historias en el público. El departamento interno que dirijo, que depende del vicepresidente de Desarrollo Creativo y Producción de Warner Bros. Pictures Group, se encarga en parte (solo en parte) de estas labores, y por ello algunos nos llaman, con cierta dosis de sarcasmo, “el departamento de censura de Warner” o “los reparadores de guiones”.

    En esa etapa fundacional ya la productora comienza a pensar en la piratería a la que se puede enfrentar una determinada película. Esta piratería se mide a priori y jurídicamente se cierran filas ante ella (se firman más contratos de confidencialidad, las copias de los borradores del guión se guardan en cajas de seguridad, se dictan nuevas estrategias, los departamentos de seguridad virtual comienzan a hacer permanente “barridos” en línea para determinar si ha habido “leaks”, etc.). De hecho hay firmas externas de seguridad que auditan activamente estos procesos (cuentan con un personal salido del FBI en muchos casos), y el sigilo aumenta dependiendo del monto del presupuesto (por ejemplo, para “The Dark Knight Rises” el sigilo rayó en paranoia, y no fue para menos, ya que la película costó algo sobre 250 millones de dólares). Warner Bros. Pictures tiene en sus archivos miles de guiones comprados que, desde hace 30 y 40 años, no se han producido (ni se producirán jamás). Igual sucede con los archivos de las demás productoras. Y para sacar un guión de la “lista negra” se requiere, si no de la presión externa, de contar con las condiciones para que tenga éxito. El cine, como el arte, es coyuntural. Su impacto se mide con anterioridad como lo he explicado (muchas veces su medición se equivoca, por supuesto), y para sorpresa de los escépticos, se emplean unos 50 consultores en promedio. Otros puntos de referencia que se miden en los estudios sobre la misma materia son libros, series de televisión, discusiones públicas sobre el tema, todo para calcular el mercado aproximado que podría llegar a tener una película. Este es el aspecto de ese mundo de fantasía que es Hollywood que se asemeja más a la realidad.

    Ahora, sabiendo esto, no hay que ignorar que hoy se consume muchísimo por internet: las compras por internet en los países industrializados han reemplazado las compras en persona en el almacén, las personas no tienen tiempo para recorrer los trayectos, etc. y esto se refleja en el cine. El problema que esbocé quizás se quedó corto en la opinión por razones de espacio, pero he dicho todo esto para hacer énfasis en una cosa: cuando una versión “casera” de una película en estreno aparece por internet, en el mundo de Warner, sí impacta (y terriblemente) las finanzas del estudio. No porque no se trate de alguien que jamás vería la película, sino porque hay mucha gente que, si pudiera ver el cine en casa (tipo pague por ver o Netflix) lo haría. Esta realidad, reflejada en las encuestas, permite deducir por qué la persecución decidida a los “uploads” piratas de una película en cartelera. Otro problema: las fechas de estreno de una película varían de país a país, por lo que si se suman unos cuantos cientos de posibles espectadores que ven la versión “casera” online de una película antes del estreno oficial en sus países respectivos, muchos (no digo todos) no irían al cine eventualmente a verla. Irán al cine (y repetirán) quienes aprecian el cine y desean “vivir la experiencia del cine.” Igual sucede con los libros. Quien no aprecia esa experiencia de la pantalla grande o del libro con todas sus comodidades (electrónico o impreso), y no tiene tiempo o sencillamente le da pereza salir, se conformará con la mejor versión casera que exista. De ahí que la piratería que compite con la misma película en taquilla sea tan nociva. No se pierden millones de espectadores, pero con varios cientos de miles es suficiente para generar un resultado adverso o contrario al esperado, y que salga antes de lo previsto del cartel. Por mencionar otra cosa: en estudios que ha hecho Warner, se ha encontrado, por ejemplo, que el efecto de la crítica es impredecible a veces: y cuando una mala crítica afecta a la película, da la casualidad que se disparan las visualizaciones piratas en línea. Esto se sabe, por ejemplo, gracias a las estadísticas que Google le facilita a Warner del análisis de sus búsquedas, sumado a un censo de las subidas del título en sitios de cine gratuito, tráfico de usuarios, entre otros.

    Por otra parte, cabe precisar que el autor de esta opinión no es enemigo del e-book, ni tampoco desconoce sus demás formatos (además del PDF y de Word). Lo que señala Fernando es absolutamente válido en cuanto contribuye a este debate, pero la médula del artículo, más de confrontar al libro y al e-book (de hecho defiendo que es necesario que los mismos escritores comprendan que ya ambos formatos son inseparables), es el asunto de las descargas. Cuando se discuten y confrontan varios temas, hay que verles el lado positivo y negativo, y como Fernando lo señala, también está el debate entre la “facilidad con placer” y “el placer completo” del arte; es decir, por ejemplo yo prefiero leer libros en formatos cómodos y baratos que pueda meter en un bolsillo del abrigo, y no en tapa dura. O en su defecto en el iPad, utilizando la aplicación “Stanza.” Me facilita las cosas. Pero nunca será igual a la experiencia de un buen libro impreso en un momento determinado, comenzando por el aroma del papel. Son simplemente dos experiencias. Y la repetición del PDF, como estrella del patíbulo, es por una sencilla razón: de haber insistido en los formatos electrónicos por excelencia (fb2, lit, lrf, mobi, pdb, etc.), habría sido acusado de elitista, pues si bien los dispositivos electrónicos hoy son muy usados, no todo el mundo los tiene, así que Word y PDF siguen siendo los formatos principales de los usuarios en el mundo, sin más exclusiones. Y según reportó el diario The Guardian la noticia de Etxebarria:

    “Her latest novel, The Contents of Silence, was published in October and although previous books have been bestsellers, this one is ranked low down the sales list on Amazon’s Spanish site. It is not available as a legal ebook but can be downloaded in pdf format from numerous websites. The print edition costs more than €20. “We decided against publishing it as an ebook because that is easy to pirate. It would have been like throwing it straight to the lions,” Etxebarria said.”

    A eso me refiero. Creo que Lucía ni ha aceptado el libro como lo conocemos hoy y piensa todavía en los rollos que Fernando mencionó. La solución que expone es tan clara y descabellada como su decisión de no escribir más: declarar el e-book ilegal.

    Insisto, como bien lo hace Hernán Casciari, que el mundo editorial español/hispanoamericano debe renovarse. Sobre mi escritorio he tenido contratos de editoriales prestigiosas de España e Hispanoamérica que son aberrantes (comparados con contratos similares de editoriales en Estados Unidos y Canadá, por ejemplo). La propiedad intelectual no se la pueden quitar a ningún autor y, sin embargo, ¿de qué le sirve si una editorial tendrá los derechos de explotación por décadas? En los contratos se cubren hasta con el formato de libro de bolsillo, los derechos cinematográficos y hasta el libro electrónico, aunque raramente un editor propone, por ejemplo, reeditar una novela en disco compacto. Si Alber dice que hay cosas más graves en el mundo de la editorial es porque las hay, y ya sería bueno que él nos hiciera una opinión crítica sobre el tema en España (que hablará por Hispanoamérica también). Mi opinión se basa, simplemente, en las declaraciones (y decisión) de Lucía Etxebarria, y la pregunta es: ¿cómo Lucía supo que la piratería es la causa de que ya no se vendan sus libros? Es decir, ¿cómo lo sabe un autor en España, México o Argentina, que desconoce las cifras exactas de ventas distintas a las que le presenta su editor? Según la propia Lucía, fue un “descubrimiento”, que sus propias editoras respaldaron de inmediato. A eso me refiero. Necesitamos reglas de juego transparentes. No puede presumirse un fondo “translúcido” si el agua de la superficie está turbia. Además, una escritora como Lucía que ha ganado el Premio Planeta, el Primavera y el Nadal lo que menos debería estar diciendo es que está “empobrecida”: es una afrenta. En Estados Unidos los importes de los premios literarios no superan los 15 mil dólares y no hay escritores insatisfechos. Ni John Grisham o Clive Cussler o Patricia Cromwell han tocado las puertas de la Casa Blanca para exigirle a Obama que presente legislación para construirle un muro de Berlín a la literatura.

    En efecto, la moralidad es la base subyacente en toda esta polémica: se puede extraer de la lectura. Un lector fiel es capaz de tener esa conciencia de respeto y admiración de su escritor favorito, y por lo tanto se abstendrá de subir ilegalmente sus libros (o descargarlos). Puede ser posible que no se me entienda muy bien porque hablo de las costumbres estadounidenses, es decir, la gente en Norteamérica es muy celosa con sus preferencias y apasionada. Por razones prácticas un sector amplio se ha pasado al e-book (más que todo necesitan el espacio en sus casas y por ello es muy común ver cientos de libros en la basura), pero otro sector significativo sigue comprando libros impresos. El punto de esta moralidad del lector llega a que, de los autores más famosos, las ediciones en tapa dura (hardcover) se agotan rápidamente (y bueno, tampoco son muchísimas, pero se agotan). El estadounidense promedio que lee, y tiene preferencias por un género y un autor, posee una biblioteca generalmente de primeras ediciones, en tapa dura, de novelas de ese género y autor preferido que sorprenderían a cualquiera. La moralidad de su conducta está implícita, ya que disfruta también del libro (impreso o electrónico).

    Otra realidad es el costo del libro: la cultura tiene que ser proporcional con los ingresos, nunca más. Se considera que la cultura es un lujo, y no es cierto. La gratuidad de la cultura es que no puede ser un lujo de pocos. Hay gente que se escandaliza cuando imagina los libros como pan y carne en una canasta. Y si no es así, ¿entonces cómo? ¿Acaso la música se vende con relojes de Patek Phillippe? Hay que descender de las nubes. El salario mínimo en España (SMI) es de 641, 40 euros por mes, es decir, unos 21,38 euros diarios. En Estados Unidos, el salario mínimo federal (quiere decir que no puede pagársele a nadie por debajo) es de $7.25 dólares por hora, pero por ejemplo un McDonald’s pude pagar $10 dólares la hora (y todavía así se considera un salario pésimo y denigrante). Quien vive en una casa en Estados Unidos, sabe por ejemplo que un plomero cobra de acuerdo al trabajo por hacer, igual que el electricista y el albañil (trabajos despreciados en otras partes); así, reparar un tejado puede costarle a quien contrata $60 dólares por hora, igual que destapar una cañería unos $45 dólares por hora. Si el plomero trabaja 8 horas al día, y digamos que su tarifa es fija (45 dólares por hora), ganaría $360 dólares al día. Que en Estados Unidos un libro cueste entre $8 y $14 dólares (en tapa blanda) y entre $20 y $35 dólares (en tapa dura) es muy diferente a que cueste lo mismo en otros países donde el salario mínimo está por debajo o no corresponde al coste de vida.

    Cuando Lucía Etxebarria hizo su anuncio en Facebook, sus seguidores por poco le incendiaron el muro. Muchos escribieron cosas como “aunque me gusta leer, mi salario no me permite comprar los libros que quiero” y cosas parecidas. La moralidad de las prácticas surge con la moralidad de las condiciones de vida para un trabajador promedio. Alber dice que en España está garantizada la seguridad jurídica del ciudadano, pero… ¿dónde queda la calidad de vida del ciudadano, que incluye acceso a la cultura, la recreación y el deporte? Claro, todo a lo que pueda acceder sin recurrir al endeudamiento y al préstamo. Es un tema complejo, sin duda. No puede propiciarse un escenario de legalidad pura cuando los trabajadores (consumidores) tienen que arreglárselas hasta con las uñas para sobrevivir. Es la situación en muchos países. Si para leer un libro hay que hacer un sacrificio en la alimentación o el vestuario básico, entonces la cultura queda reducida a la gratuidad absoluta que, finalmente, termina convertida en “caridad” o “piratería”.

    La situación economía y social afecta el consumo de cultura, y obviamente aumenta las descargas ilegales de libros, música y películas en internet. En mi trabajo anterior en Mónaco y París con el URBACT Culture Network de la UE, en sus distintos programas de regeneración urbana y cultural de las ciudades europeas (programas que luego se replicaron en la agenda del Center for an Urban Future de Nueva York y con el Ayuntamiento de Toronto en su Agenda Cultural -todos bajo el marco de las pautas de las convenciones de la UNESCO), tuve la oportunidad de estudiar estos factores muy de cerca. En el centro de estos trabajos, que supuso la renovación conceptual de las ciudades involucradas partiendo de la redefinición de concepciones y enfoques de política pública y planes de desarrollo, se detectó cómo la situación económica de un país impactaba directamente en su consumo de cultura, sus ciudades, y la forma cómo el declive se reflejaba simultáneamente en el envejecimiento y deterioro urbanístico. Es a esto a lo que me refiero. Ni Lucía Etxebarria, gran parte de las editoriales y muchos lectores comprenden que el libro no puede seguir costando tanto cuando el salario mínimo no crece. Doble moral entonces. Mientras la cultura sea un lujo para la gran mayoría, habrá siempre más descargas ilegales de por medio. Pienso que si ganando uno como autor un menor porcentaje, al final no podría multiplicar más las regalías…

  5. Ignasi Belarte
    2012-01-01 18:44

    Tras la lectura interesante, del artículo y sus opiniones, sigo teniendo la duda original.
    Cita Fernando los rollos de papiros, los libros de papel y el formato electrónico.
    Si ya en su día, Walter Benjamin, cuestionó el sentido de la obra de arte en los tiempos de la reproductibilidad técnica, estamos en una fase en la cual la cultura, el conocimiento, la creatividad, se difunde viralmente de forma digital.
    Cierto que produce problemas económicos a un sistema sobre el que podríamos preguntarnos ¿podemos mantenerlo vigente?
    Plantear el control de la copia (paradigma empleado desde la antiguedad y mantenido técnicamente desde el siglo XV a partir de la edición de la Biblia por Gutenberg) en el mundo digital puede ser inviable.
    Quizá, sólo quizá, debamos dar un paso atrás, como sugiere la Gestalt, ver el panorama en su conjunto y asegurarnos que el creador sea retribuído sin codicia, el que trabaja sea retribuido sin mermas, y amar más la actividad que la retribución que ella produzca.
    En el mundo occidental, con las necesidades mínimas para la vida cubiertas, debemos ser conscientes que vamos hacia un tiempo de renuncias. También los bardos de la aldea.

  6. Mili
    2012-01-01 19:10

    Solo voy a matizar en un punto que, como amante de la literatura, me molesta mucho. Si un escritor deja de escribir por que no le es rentable… Donde queda la vocacion y el amor a las letras que antes demostraba? Solo veo en esas declaraciones una estrategia de marketing “compren mi libro por que es el ultimo que escribo”

  7. Carlos Valdecantos Martinez
    2012-01-01 19:52

    Interesantes, el post y los comentarios. Más para mí, que no sé nada pero quiero saber de ebooks y todo eso.
    Una sugerencia a Max Vergara: por favor, intente resumir, sintetizar, abreviar. Gracias.

  8. Fernando Gamboa
    2012-01-02 04:36

    Mardito roedore… Se ha borrado mi excelso y sesudo comentario al ir a subirlo. En fin… resumiendo: estoy de acuerdo contigo, Max. Es muy española esta actitud de resistirse a lo inevitable, y ponerse a buscar peros en lugar de tratar de hallar las nuevas oportunidades. Como escuché precisamente en boca de un periodista norteamericano, corresponsal en España, este es (en general) un país de mentalidad funcionarial, al que le cuesta horrores adaptarse y ser flexible en muchos aspectos, y vemos crisis en las oportunidades, en lugar de hacer lo contrario.
    Yo, como profesional de darle a la tecla, estoy feliz por estos grandes cambios en el negocio de la literatura, y no me cabe duda, que los más beneficiados serán los lectores, y todos los autores que seamos capaces de adaptarnos.

  9. Taisen
    2012-01-02 23:30

    Es gracioso. Recuerdo que hace varias décadas, a los niños (y a las personas en general) se nos bombardeaba desde todos los ámbitos y medios de comunicación con el siguiente mantra: … ¡Lee!, … ¡no pares de leer!, … señora, ¡anime a su hijo a la lectura!, … ¡es necesario que el niño lea!, … ¡cuantos más libros lea, mejor!, …¡tenemos que acostumbrarnos a leer más!, … ¡el saber no ocupa lugar! …

    Y ahora que por fin tenemos casi toda la literatura universal al alcance del ratón (para incharnos a leer y para elevar nuestra cultura hasta el infinito y más allá), el mantra parece haberse transformado en: … ¡lee sólo lo que puedas pagar!

  10. Tonino
    2012-01-03 00:07

    Max,
    estoy bastante de acuerdo contigo excepto con lo de la comodidad de la lectura digital. Prueba un eReader y ya veremos.
    Yo utilizo un Kindle (por poner un ejemplo) y desde que lo tengo no he tocado mas libros en papel. Es ligerísimo y no cansa la vista para nada (el ipad y la mayoria de tablets no pueden decir lo mismo)
    Confieso que también leo en mi Galaxy S de 4” en momentos puntuales (15min o así) ya que a veces tienes un ratito libre imprevisto y no siempre llevo en eReader encima.

    En cuanto a la legalidad, pues intento comprar siempre los libros que me interesan, pero si me toman el pelo colándome precios ridículos (un eBook por 15€ és un timo) o DRM draconianos pues mes siento obligado a escoger otros métodos. Además si ya tengo el libro en papel , pues tampoco pagaré 2 veces por lo mismo.
    Aún así compro y compraré muchos eBooks, y como yo mucha gente. Sólo hace falta que dejen el miedo a un lado y den a la gente lo que quiere.

  11. Juan P. Bonilla
    2012-01-03 10:21

    Toda revolución ―y más la digital― termina afectando todas las estructuras y sistemas; y como bien dices Max, el asunto es de adaptarse a las nuevas formas de mercado o quedarse en el cuarto oscuro, solo, lleno de rencor. Esto, empero, no significa que los cambios producidos por las nuevas tecnologías no creen en mí una serie de temores y de dudas.

    Primero, la literatura ha sido mercado desde hace mucho tiempo; autores como Flaubert y Maupassant ganaban lo suyo dependiendo de las variaciones del mercado: novelas que no llamaban la atención podían ser canceladas por los diarios y revistas que las publicaban. La masificación de las revistas entre el siglo XIX y el XX, donde se popularizaron las revistas de ficción pulp, creó una economía de palabra por centavos, con lo que, si algunos autores querían llevar el pan a la mesa, debían olvidarse de las elevadas nubes del “arte puro” y sentarse a pensar en los lectores, en sus gustos, en las tendencias, y escribir de acuerdo a estos patrones. Cierto que muchas novelas así llevadas a la imprenta hoy duermen en el completo olvido, del mismo modo algunas de estas producciones, creadas por manos talentosas, hoy cargan con el rótulo de “clásico”. En otras palabras, el escritor debe entender que no está solo, y que es ingenuo pensar, al escribir apuntando a un “lector ideal” ―lindo concepto muy mentado por profesores de literatura―, ya que, si de mil ejemplares publicados, solo consigue llegarle a un habitante de este planeta, lo más posible es que la editorial no vuelva a llamar a ese escritor jamás.

    Mas esto no es óbice para que alguien no pueda escribir “por amor al arte”. Alguien puede negarse a escribir porque sus libros ya no se vendan, pero si fuera un verdadero artista escribiría bien si vendiera como si no, bien si la publicaran o si no, bien si alguien, aunque fuese un amigo, lo leyera o no. Escribiría y punto. Quizá no tanto como lo hace el millonario productor de superventas, quien se dedica al asunto durante ocho horas diarias, gastando el resto de su día en beber daiquirís y pasear con amigos, pero si podría dedicarse a ello, al menos durante media hora, tras la cena y antes de acostarse. Muchos escritores viven de diversos trabajos, publicando por muy poco, hasta que consiguen un monto suficiente para no hacer otra cosa que golpear las teclas de sus computadores. En otras palabras, dinero y creación pueden estar ligados, pero no hay un caso de dependencia absoluta.

    La cultura, sí, es gratis; pero hay que recordar que la producción cultural cuesta, y esto incluye el tiempo y el talento de un escritor, así como se reconoce el tiempo y el conocimiento técnico de un plomero o un analista financiero. Llevar a cada persona un libro, impreso, amén de editarlo e imprimirlo, exige el trabajo de personas ―cada vez menos, además― quienes no son artistas, ni pretenden serlo, que tienen deudas, y que esperan algún llegar sin prisas a fin de mes. Nadie puede esperar que la música, el cine y la literatura, solo por mencionar tres artes, sean distribuidas libremente por el derecho natural que se nos concede luz solar y oxígeno. Pagamos por un auto que marche y un traje que nos haga lucir bien; si necesitamos también de las artes para llevar una buena vida, ¿por qué negarse a pagar por estas?

    Tal vez en vez de presentar su renuncia a publicar más libros, Etxebarria debía ―aunque tal vez lo hizo, no sé― hablar tanto con su editor como con su agente, quienes, si no modifican y mejoran sus sistemas de seguridad, terminarán igualmente arruinados. Quejarse por las descargas ilegales es menos efectivo que exigir a un editor un trato más justo; y si por editor se tiene a un chacal hambriento e inmoral, un ladronzuelo al que si le das la espalda te arranca hasta los molares, lo mejor es demandarlo y conseguirse otro editor, no precisamente en ese orden.

    Por otra parte, piratería y edición digital no van de la mano, así como tampoco los eBooks mejorarán el mercado literario, o aumentarán los niveles de lectura. Quien hoy día no se suele leer ni un libro al año con dificultad se lo leerá en pantalla, menos aún gastaría un par de salarios íntegros en hacerse a uno de estos aparatos. Estoy casi seguro que la mayoría de estos dispositivos está en manos de lectores empedernidos, o personas que necesitan pronto acceso a material escrito, en cualquier parte, y que no pueden cargar con varias ediciones ―tapa dura y rústica― en su maletín. Del mismo modo, empiezo últimamente a dudar que este número de lectores electrónicos llegue a rebasar a nivel global a los lectores de papel, aunque sin duda son ya, y serán más en el futuro, una población que cada editorial deberá tener muy en cuenta. Este tipo de publicaciones electrónicas debería también resultar un alivio a los editores, al reducir los costos de impresión: de una tirada de 5.000 ejemplares se pasaría a 2.500, incluso a solo 1.000, o, gracias también al internet, podían limitar la tirada a la demanda hecha en línea por los lectores de material impreso, librerías y demás.

    Mi única preocupación por el eBook es la de afectar directamente la literatura. Para sobrevivir, las grandes editoriales podrían pasarse por entero al eBook; es solo una posibilidad, pero allí tendrían que competir con nuevas, más pequeñas y eficientes editoriales “de un solo hombre”, capaces de llenar el mercado con productos más populares. Y esa popularidad estribaría en producir piezas de ficción más cortas, más fáciles de leer, con estructuras narrativas prestadas al cine y la televisión, del mismo modo que muchos diarios impresos cometieron el error de querer competir con la web sintetizando al máximo sus artículos, o ―como es el caso de El Tiempo, aquí en Colombia― imitando el formato estético de una página de internet; para resumir, productos de menor calidad. Si la gente lee poco en su computadora y un eBook, podría pronto generarse una tendencia que dejaría por fuera del interés general las novelas superiores a las doscientas páginas, o con temáticas demasiado complejas. El resultado, a veinte años, serían novelas de cincuenta páginas, argumentos trillados, finales obvios, mucho sexo y personajes de cartón. Aunque podría no ocurrir nada de esto: nuevas generaciones, formadas desde la tierna infancia ante un ordenador o una tableta, podrían leer tanto como nosotros leemos en impreso; los críticos, reseñistas y otros estudiosos podrían seguir siendo tan exigentes como ahora, y los lectores les seguirían la corriente, exigiendo novelas “serias” en vez de historietas de género, aunque estas siempre mantendrán sus nichos de mercado. Es decir, los riesgos existen, pero a donde marche la literatura y sus medios de producción depende de la actitud de sus creadores, facilitadores y destinatarios finales.



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