Libro de notas

Edición LdN

En Opinión & Divulgación se publican artículos de colaboradores esporádicos y de temática variada.

Carta desde Colombia a un escéptico en materia de política

Querido amigo:

Ya mucho menos “solicitado” en cuanto a las faenas recientes puedo escribirte contándote mis percepciones de lo que ha sido este difícil proceso, y antes sea dicho, felicitarte por tu sabático, que emplearás en cosas maravillosas :) Tienes la ventaja de no vivir en tu propia patria, ni involucrarte mucho en ella sino hasta donde es necesario y te interesa, y finalmente cuentas a tu favor (y directamente) ser partícipe de una democracia como la estadounidense que, muy a pesar de sus pocas vicisitudes, funciona en forma, por el fuerte componente de opinión.

Sin embargo, la experiencia en Hispanoamérica es muy distinta. Millones al día de hoy culpan a España por el actual estado de cosas —y de ahí el rencor hacia la metrópoli, que más que político, es cultural. Así, de entrada, con una contradicción arquetípica pura, muchas cosas están perdidas. El proceso electoral de las últimas tres semanas ha acentuado en mí una enorme decepción. La democracia, demostró una vez más, ser un vicioso sistema en países que hoy se llaman “en vías de desarrollo”, pero que, lejos de lo políticamente correcto, se agrupan para ti y para mí en el “tercermundismo pleno”. Realmente, en Hispanoamérica la democracia es muy rudimentaria: algo que me sorprende es leer las noticias que publican los medios noticiosos internacionales y nacionales, en las que predomina la errónea percepción y la desinformación. ¡Ni The New York Times ha atinado siquiera! Esto no quiere decir de que en Colombia no haya nada que hacer: por el contrario, porque casi nada se ha hecho, es que se levanta la impotencia de quienes tenemos cierta visión de ese “podría ser”, en últimas, un “folly”.

Encuentro de Antanas Mokus con seguidores
He reafirmado mi conclusión de que hubo algo traumático en la formación de los países hispanoamericanos, y está inevitablemente ligado con el pasado del hemisferio, y la forma como la Colonia dejó una fuerte impronta en la sociedad. Es decir, los países se independizaron y se convirtieron en repúblicas auténticas, pero sus sociedades quedaron traumatizadas por fuertes marcas coloniales. Esto quizá explica un par de rasgos predominantes en la Hispanoamérica contemporánea: el provincialismo, la reverencia alrededor de una figura, la confusión y destrucción de valores fundacionales, y la pobreza. Lo llamativo, en el caso de Colombia, fue la forma cómo las leyes de la Corona se promulgaban, pero nunca se cumplían. Era de orgullo popular que esto sucediera. Igualmente, con el advenimiento de Bolívar, las guerras de independencia no fueron tan fáciles como generalmente se cree. Pocos historiadores fueron capaces de recoger las fuertes oposiciones que los libertadores encontraron en las bases sociales, de ricos a pobres, para quienes la independencia era una propuesta “incierta”; y por tanto, preferían seguir fieles a la Corona con un camino predeterminado y seguro, aunque al final el militarismo se impuso a la opinión generalizada, como sabrás. Las independencias fueron posibles por la fuerza: en un ambiente democrático, de debate público, estaban llamadas a hundirse. En el caso de Colombia, la prueba es la constitución de ciertos estados o provincias en repúblicas que querían seguir fieles al Rey. Esta correcta interpretación histórica hay que tenerla muy en cuenta, porque se refleja hoy en América Latina.

La opresión a los aborígenes por parte de los colonizadores también dejó su marcada impronta en la sociedad hispanoamericana de hoy. ¿Por qué? Hay que comenzar por decir que no medió en este proceso una base democrática; de lo contrario, España hubiera perdido. Los aborígenes, ya conversos, seguían fielmente y apreciaban públicamente a los “criollos” y “chapetones” (como se conocía a los españoles), pero en su fuero privado los odiaban hasta construir una subrepticia inquina colectiva, que quedó en el inconsciente y hace parte de las contradicciones culturales en el hemisferio (se sigue a alguien de la oligarquía porque es inevitable pero en el fondo se odia: la inevitabilidad trágica de las democracias latinoamericanas). Esto tuvo una incidencia directa, a mi parecer, no en la política, o en la forma como los hispanoamericanos ven a España, sino en el “provincialismo” que se arraigó en las sociedades; es decir, la forma como hoy se ven ellos mismos, destinados a materializar ninguna esperanza. Por un lado, ha persistido un deseo vehemente de ser auténticos y encontrarse en el pantano; y por el otro, el deseo, igual de vehemente, de seguir la inexorable inevitabilidad, al sentirse temerosos e incapaces de diseñar su propio destino (García Márquez ya lo planteó en sus novelas).

Colombia tiene una sociedad conservadora hasta los topes. Sólo los Virreinatos podían prosperar en condiciones así, y este hecho, que los historiadores a menudo aíslan o asocian al comercio o la estrategia geopolítica de Sevilla, sólo tuvo acogida en sociedades en formación ultra-conservadoras (lo digo no por oposición a las monarquías, sino por el daño que causó su concepción en América, que a regañadientes se liberó de ellas). Pocos elementos del Virreinato de la Nueva Granada desaparecieron con la independencia: Colombia sigue siendo un país de pensamiento colonial, y naturaleza servil: la sociedad es ciegamente católica, borrega, hipócrita y conformista. No sé por qué asocio la hipocresía con el conservadurismo desde hace mucho. En la capacidad que tienen los colombianos de verse a ellos mismos, encuentran demasiadas disonancias que, en sus convicciones derivadas de los grandes prejuicios nacionales, de inmediato, los hacen volver la mirada a otro lugar. Bien sabes que no hay nada más nefasto que descubrir verdades colectivas, que supone vivir en carne propia un engaño de siglos, y el martirio de la historia, y su angustia subsiguiente. La sociedad colombiana aún se encuentra en ese estadio colonial del que no ha podido salir, y que no se comprueba en la superficie, sino que es una de las fibras más fuertes en su arquetipo colectivo, y requiere observación y estudio.

Los autores pobres del triunfo del candidato oficialista

Ya dicho esto, ahora sí, mi gélida experiencia recorriendo Colombia con el equipo de campaña :)

¿Quién es Antanas Mockus? Es un hombre sumamente correcto, atildado, que fue rector de la Universidad Nacional de Colombia, dos veces alcalde de Bogotá y aún vive en la casa de su madre, con su esposa y dos hijas. Durante sus gobiernos demostró un manejo limpio de los recursos públicos, un control riguroso a la actividad administrativa y por delante, la primacía de la moralidad como base de la legalidad. Si un funcionario público no iba a trabajar, era despedido. A punta de pedagogía sancionatoria, erradicó el salvajismo que imperaba en la Bogotá de los 90, donde los coches se detenían sobre las cebras de cruce peatonal, donde nadie respetaba las señales de tránsito y había una cultura de “no cumplir la ley” y “evadir impuestos”. Esta imagen contrasta con la política general en Colombia, donde el 7% del PIB (GDP) se lo lleva la corrupción. En Colombia hay una clase política corrupta asentada desde la proclamación de la Constitución de 1886, que unificó al país luego de intentos federales fallidos. De la Guerra Civil de fines del siglo XIX, surgieron dos partidos políticos tradicionales, cuya lucha por el poder los llevó a la construcción de profundas iniquidades sociales, y que desembocó en el levantamiento de sectores populares conservadores y liberales, que históricamente se conoce como la Violencia, luchando ambos partidos entre sí. Para apaciguar el país, las dos fuerzas (rojos y azules) firmaron un acuerdo que llamaron “Frente Nacional”, en el que se comprometían, desde 1958, a alternarse el poder mediante la legitimación de las urnas, hasta 1974. Como era de esperarse, los índices de abstencionismo electoral durante toda esta época fueron muy altos, y aún se mantienen. De ahí se sucedieron varios gobiernos liberales, los fallidos acuerdos de paz con las guerrillas comunistas, el nacimiento del narcotráfico, un par de gobiernos militaristas que acentuaron el sombrío paramilitarismo, y la toma completa del país por parte de guerrilleros y paramilitares derechistas. A fines de la década de los 90, era evidente que Colombia sería acaparada por los unos y por los otros, ya que el Estado había fracasado.

Miles de simpatizantes

Antanas Mockus supuso un cambio al lanzarse a la presidencia, en un país donde un candidato independiente, consciente de la corrupción imperante, con propuestas ambientales serias (Colombia está entre las cinco naciones más ricas del mundo en biodiversidad y recursos naturales), estaba destinado a dos finales: ser asesinado, o enfrentarse a las maquinarias políticas tradicionales, las que al final se unirían en pos de la corrupción y el analfabetismo, ya que ambas cosas son las que las han mantenido reinando durante tanto tiempo. Los políticos colombianos han abusado durante un siglo de la sociedad, haciendo que las metas sociales siempre se hubieran relegado (problemas de tierras siguen siendo la principal causa de violencia social en el país, con desplazamiento interno, además), y los progresos, sólo en términos de cifras, han estado acaparados por las industrias y los bancos.

Colombia, así, es un país como Venezuela o Argentina, en el que los caudillos están llamados a prosperar. Dos autores importantes, hace ya mucho tiempo, me mostraron, desde el punto de vista estrictamente sociológico, porque la sociedad alemana cayó en el embrujo del pseudoprofeta Adolf Hitler. Problemas hondamente arraigados en la cultura alemana, sumado a muchos años de decepción con la política y el Estado, llevaron al poder en 1932 a un hombre que prometía soluciones proféticas con las que restaurar el “espíritu de Alemania.” Siguiendo esta línea de Ludwig y Burleigh, llega uno a América Latina y se enfrenta ante fenómenos parecidos: el caudillismo salta dondequiera que se mire, guías populares que reescriben la historia bajo la premisa que “nadie antes fue capaz”, “nadie hizo”, “yo reescribí la historia”. Esto explica lo que pasa en México, Argentina, Bolivia, Venezuela y por supuesto Colombia. En este país, Álvaro Uribe fue un profeta que trajo propuestas “divinas”. De ahí deriva el fanatismo popular que hoy se ve.

El actual presidente fue el profeta que llegó a Colombia en 2002, cuando las guerrillas estaban a punto de tomarse el poder por las armas. Encontró a una nación con miles de secuestrados, la solidez del paramilitarismo y narcotráfico (la fuerza pública había perdido el control), y su bandera política fue la “recuperación del control del territorio nacional”. Lo que pocos advirtieron fue que todo era producto del estado generalizado de corrupción, desde los ministerios hasta la justicia y por último la sociedad. Las banderas fueron las de la “seguridad democrática”, y en ello tuvo éxito: ocho años de gobierno confirman que acorraló el terrorismo. Sin embargo, esos mismos 8 años ayudaron a consolidarlo en el poder como el profeta que Colombia estaba esperando desde hace mucho, con una maquinaria política construida por disidentes de los partidos tradicionales que prefirieron entregarse al “goce del poder” antes de quedarse sin puestos públicos y contratos del Estado. Es decir, se hizo un héroe por hacer cumplir los postulados de la Constitución, que nadie antes honraba. En Colombia, como debes imaginar, la seguridad es un derecho de rango constitucional y fundamental, no una invención del gobernante de turno.

Encuentro de Antanas Mokus con seguidores
El “Uribismo”, de lo que quizás tú has leído o tienes referencia, no es un movimiento ideológico, sino un verdadero culto: lo he comprobado. El gobierno ha tenido escándalos que, en Norteamérica o Europa o Japón, ya lo habrían sacado del poder. Uribe construyó en torno de él un auténtico culto a su personalidad, ungiéndose como el “elegido” para conducir el destino del país, o “el único presidente en un siglo que ha hecho algo por la patria”, y esto lo reforzó con ayuda de los serviles medios de comunicación, y por supuesto, la maquinaria que poco a poco le ayudó y es hoy un poderoso monstruo mitológico, aunque en apariencia, manejado en parte por poderosas figuras en España. Aznar es un favorito en Bogotá, por ejemplo. Por ello, la historia del mundo no debe mirarse por generalidades o hitos, porque es obvio que no podría compararse Uribe o Bush con Hitler. Pero la historia del nazismo, en la sociedad alemana, su ascenso, aceptación y consolidación, por sus métodos, es algo que se repite de país a país donde quiera que nazca un caudillo. Los métodos hitlerianos, de consolidación absoluta del poder, en Uribe encuentran tenues coincidencias. ¿Cómo una sociedad puede subyugarse y poner por encima a una persona, sobre las realidades que vive? Si es claro que los alemanes eran incultos a pesar de haber producido genios de la literatura y la música, ahora qué podría esperarse de Colombia… Es evidente que el panorama es peor.

Álvaro Uribe hizo un buen gobierno, con escándalos de diversa índole, como es normal en dos períodos consecutivos, pero fueron ocho años exitosos en su promesa principal; es decir, cumplió a sus ciudadanos. Sin embargo, lo que yo no puedo reconciliar, es el hecho de haber instaurado un culto nacional alrededor de su nombre, para hacer creer que sin él, “Colombia estaría destinada a fracasar”, o que “la historia de Colombia comenzó en 2002”, como sus adeptos afirman. Por haber avanzado, ningún país debe estancarse en la terquedad de seguir en lo mismo: lo importante es no dar marcha atrás, construyendo.

Me uní a la campaña de Antanas Mockus a sabiendas que he sido siempre apolítico y abstencionista, por una cuestión simple, que está en todo verdadero artista: no podía seguir siendo indolente ante el abismal declive de los principios. Además de ultra conservadora, la sociedad colombiana tiene defectos graves (derivados obviamente de su derechismo), como la “mojigatería” y la “doble moral”. Hace mucho, cuando venía y hablaba con personas de libros, me sorprendía que muchos autores eran conocidísimos por estos individuos sin que los títulos hubieran sido aún traducidos al español o al inglés. Era evidente que en la pretensión general, descaradamente me tomaban del pelo. Con muestras parecidas de esnobismo cultural, llegué a la conclusión que Colombia estaba lleno de “simuladores de cultura”, y para mí no hay nada más repugnante. Personas que creen saberlo todo, y en realidad, no saben nada, o no entendieron nada de lo que leyeron o “conocieron”.

Mokus ante los medios de prensa internacionales
Recientemente, un tipo muy estirado, con aires de intelectualidad, me dijo, con tono de jefazo: “Ustedes, los del partido Verde, que dicen ser de centro, no saben nada de historia de Colombia, y por tanto son víctimas de su orgullo; yo me he leído todos los libros de historia del país, lo que ninguno de ustedes ha hecho, y por ello sé por qué nos conviene seguir con la política de Álvaro Uribe.” Nunca imaginé que el esnobismo social llegara a tal punto de insolencia. Mi respuesta fue tajante: “Al parecer, tanta información en su cabeza sobre la historia de este país lo ha llenado de datos, más no de conclusiones; así, la historia de Colombia solo puede ser concebida como un cuarto estanco de fechas y hechos, sin ningún valor más allá que el ofrecido por una enciclopedia.”

Mi decisión de incursionar en la política latinoamericana, tan macondiana, fue más un arranque de pasión artística que determinación obstinada para cubrirme de mierda. Antanas Mockus, este filósofo de ascendencia lituana, con cara de pastor calvinista, despertó en mí esa búsqueda por recuperar los principios esenciales que se habían distorsionado: las noticias diarias en Colombia corroboran que estoy en lo correcto (por ejemplo, hijos que extorsionan a sus padres haciéndose pasar por secuestrados, solo por citar uno). Ante nada confiaba en Mockus, y en su capacidad de llevar a Colombia por un camino en que la cultura se abriría paso, ya que ciertamente lo que más necesitan estos países hispanoamericanos es reconocer su identidad, mediante la educación, en oposición a la “chabacanería” y la “analfabeta indiferencia”. Realmente yo he sido siempre muy de centro, aunque más a la izquierda que a la derecha. Como se comba un hipocampo, casi, sin perder el corazón.

A veces pienso si por ello no soy un simplón. Me pongo filosófico y me pregunto si tomar partido no es el camino para llegar a acuerdos con la vida contemporánea sin desarrollar las técnicas tan perfeccionadas de la hipocresía. De este modo, Mockus llegó a los bohemios que ya estaban decepcionados del mismo pastoreo de masas, a los artistas conscientes de la televisión, a los músicos (Shakira y Juanes, ejemplos), a los escritores, pintores, escultores y los periodistas independientes. Sus propuestas abrieron por primera vez la posibilidad de entrar en un país nuevo y digno por el cual muchos lucharon contra España hace 200 años. Y como es natural, una restauración de principios es lo único (políticamente hablando) que puede inspirar a toda una tropa de artistas, en proceso de extinción o en el camino del exilio, en una sociedad filistea como la colombiana. Por tanto, no fue sorpresa mi adhesión a este esfuerzo colosal. Ciertamente, querido amigo, la política es como ese papel cazamoscas que si lo pisas, no te puedes soltar, por lo que es un peligro para cualquier escritor. No obstante, ¿cómo hace un escritor —salvo los superficiales— para vivir y trabajar en medio de un vacío? O peor: ¿en una torre de marfil? Es muy difícil, aunque insisto, los hipócritas indiferentes se conforman con cualquier cosa. No precisamente por imbécil a alguien le sirve tomar cualquier número de vagón del metro para retornar a su casa.

Mockus y la comunidad aborígen Wayuu
Recorrí el país, estuve en múltiples reuniones con gentes, plazas completamente llenas, pero todo aquello fue insuficiente. La política latinoamericana está tan podrida, que abunda la compra de votos, es muy popular la propaganda negra y es una práctica tolerada el fraude electoral (aunque no es considerable, como los dos primeros). Mockus ha hablado de que la mayor ley la tiene la misma sociedad: la sanción social. Y precisamente, por decir cosas así, y por filósofo, fue que los contrarios le crearon una imagen de “pendejo”, de “hombre sin carácter” (por no ser corrupto), que en la ignorancia popular (que más que en los pobres, está descarada e infamemente arraigada en las clases medias y media-altas), fue sintetizado en el calificativo “payaso”. Cosas horrendas pasaron, en más de una vez, Uribe violó la ley e intervino a favor de su candidato, calificando a Mockus, por su temprano Parkinson, de “caballo discapacitado para gobernar”. Nadie dijo nada, finalmente Álvaro Uribe ha buscado confundir los tres poderes desde su última elección, y entre las propuestas de algunos de los simpatizantes, es poner, por ejemplo, a la Fiscalía bajo el control directo del Ejecutivo (!!!). Para ilustrar mejor, su candidato, que será presidente, se refirió hace poco a las tres altas Cortes judiciales como “bueyes” que “hay que poner a andar en la misma dirección”. Las encuestas decían que los colombianos no votarían por Juan Manuel Santos por él ser Santos (su familia es ya parcialmente dueña de El Tiempo, el principal periódico del país, que desinforma más que informar), sino que votarían por ser “el candidato de Uribe”. El caudillo ponía sucesor, como en una espuria monarquía. Y la gente, solamente seguía los caprichos del guía-sanador de esta nación que sigue enferma a pesar de los rezos y ritos.

Muchos que están con nosotros, no se atrevían a exteriorizar su preferencia, ya que se exponían al escarnio público —Colombia es un país de tendencias y modas, donde nadie puede pensar o expresarse según quiera ya que hay censura social por esto, pero por ejemplo no la hay para los corruptos, que son héroes, por ser los “vivarachos”—. En la campaña, escuché muchas veces a personas decir “votaré por Mockus pero no puedo decirlo porque mi jefe me despide”, o “mi familia y amigos están convencidos que Uribe es el salvador y no puedo expresar mi preferencia política y razones porque me aíslan”. Este fenómeno fue lo que los analistas llamaron “votantes verdes en el clóset”, que temían confesar su simpatía por Mockus en un país Uribista hasta los tuétanos. (Con esto te das cuenta el grado de atraso cultural que impera en Colombia, y puedo decirte que en otros países es mucho peor. De hecho, Colombia es de los más tenues, donde la sociedad conservadora y filistea está llena de prejuicios y tabúes, y la única arma de un ciudadano común, ante la hipocresía social, es la misma hipocresía.) Una de las cosas más sorprendentes de estas elecciones es que Mockus, con su programa económico de aumentar impuestos a la clase pudiente, tuvo su mayor aceptación, precisamente, entre los ricos.

Mockus y Michelle Bachelet, expresidente de Chile
Las elecciones del 30 de mayo, el candidato oficialista, Santos, con apoyo de las maquinarias y del “incumbent”, sacó 6.7 millones de votos, frente a los 3.1 de Mockus (en total, votaron 14.1 millones). De inmediato, se anunció que habría “runoff” o segunda vuelta. Había también 7 candidatos más disputándose la presidencia. No pasaron 2 horas cuando los activistas del “culto Uribista” exigieron que Mockus declinara sus aspiraciones, ya que a su juicio, “la mayoría había hablado”, una falsedad. Comenzando porque la abstención fue del 52%, y los votos de los otros 8 candidatos distintos al “sucesor” sumaron 8.1 millones. Por tanto, con una abstención de 52% y una mayoría condensada en 8 candidatos distintos al oficialista, no podía hablarse de victoria electoral con el 46%. Pero así es Colombia, un país culturalmente deprimente. Nunca lo había experimentado tan de cerca, y ahora puedo darme cuenta que mi futuro no está aquí, a ningún precio. Hay que mantenerse en la barrera, pues entre más lejos se esté, mejor. Antes de hacer amigos, es evidente que ganas enemigos. El país está polarizado entre “uribistas buenos” y “apostadores de cambio malos”. No sé en qué punto se despertó el “zoom politikón” en mí.

La segunda vuelta es el 20 de junio, pero ya todo está dado para que el oficialismo y su culto se impongan. El “ungido” recibió recientemente el apoyo de todas las maquinarias (incluso aquéllas que habían estado en la oposición), cuyos dirigentes prometieron, hipócritamente, “la oposición dentro de la alianza”. Sólo una sociedad que admite contradicciones tan dañinas como ésta está llamada a fracasar. Se anunció un gobierno de “unidad nacional”, algo muy similar a lo que experimentó antes Colombia entre liberales y conservadores poco después de la violencia y la dictadura, el llamado “Frente Nacional” (que fue una alianza en la que se desdibujaron los principios políticos para cambiar acuerdos burocráticos por muertos, es decir, para que no siguieran matándose entre sí). Algo que me ha llamado mucho la atención, es que muchos han acusado a Uribe de dictador, y da la casualidad que su sucesor, propone un acuerdo de “unidad nacional” entre partidos justamente ahora; el “Frente Nacional” fue el acuerdo que permitió el fin de la dictadura militar en Colombia, que se mantuvo entre 1953 y 1958 (la única en su historia). Ahora, la dictadura es la de un culto de masas arropada por el manto de la democracia, que está metido en las mentes y corazones de la gente como el nazismo en los alemanes de los años 30. El mito se hizo carne con Uribe.

¿Qué creo que pasará? Mockus perderá, es evidente, ya que no está en Suecia sino en Latinoamérica y nadie quiere una valiosa inyección de vida. Pero mucho se habrá logrado, porque los verdes mockusianos no tranzaremos los principios políticos. El partido original se llamaba “Visionarios por Colombia”, y sólo hasta ahora vengo a comprender la metáfora del nombre. En la historia, la mayoría de visionarios terminaron muertos trágicamente, sus vidas o conquistas convertidas en utopías; así, Mockus es como un visionario que, no muy bien armado y en la candidez de un filósofo, se metió al corazón de este vasto desierto humano llamado Colombia para explorarlo y morir en él. A principios de este año, el partido original fue reemplazado por el “Partido Verde”, con una agenda ambiental bastante fuerte (siguiendo los partidos europeos), ya que como el mismo Mockus lo dice, “somos parte del futuro del mundo”, y tiene mucha razón. De 1.8 millones que obtuvo en las elecciones legislativas de marzo de este año, el Partido Verde se catapultó, a punta de votos de opinión, a 3.1 millones, y con posibilidad de aumentar el próximo 20 de junio, aunque sin llevarse la presidencia. La mira ahora está puesta en las elecciones locales del próximo año. Es en realidad un fenómeno político, y le veo mucho futuro (en Brasil hay Partido Verde). Su agenda anticorrupción, educativa y ambiental, llegará en unos años muy lejos. No me desvincularé de la militancia, por supuesto, porque para mí es una plataforma para canalizar mi lado político, sincero y sobretodo honesto. Y mientras que el Arte lo permita, por supuesto.

Pese a estas conquistas, el más grande desafío, para cualquier propuesta decente en Latinoamérica y Colombia, es la sociedad misma, que es sinónimo de “resistencia”. La sociedad existe en minoría, siendo la mayoría un difuso, revuelto y enorme sistema inmune que lo ataca todo, incluso las “células buenas”. Por décadas, los políticos han ayudado a aumentar la pobreza, ya que no es lo mismo un ciudadano pensante y consciente que uno sobornable, embrutecido y convencido de la “inevitabilidad del estado de cosas”. Los votos de opinión no se llevan en autobuses a las urnas, y tampoco se venden por 10 o 12 dólares (es lo que pagaron en estas elecciones los oficialistas por votos en muchas regiones pobres de Colombia). Los votos de opinión estarán siempre por fuera del comercio. Por tanto, entre más permanezca intacto el “status quo”, mucho mejor.

Al reconocer que hubo y siguen cometiéndose errores estúpidos en el Partido Verde (justificables por ser un movimiento nuevo), seré adepto incondicional sólo mientras exista una clase dirigente cínica en esta “nada cultural filistea”, donde no priman los libros sino el dinero, las ruedas y las tetas de silicona. La concepción popular de Antanas Mockus, como filósofo y académico de “payaso”, también indica que la inteligencia, en Colombia e Hispanoamérica, es una de las posesiones más indeseables que pueda alguien tener en su haber, y habla por el grado de corrupción moral e inversión de principios y valores de esta sociedad hoy en día. No veo la hora de unirme con mis novelas al gran “circo” ;)

Soy de los que aún cree en las virtudes, desgraciadamente, porque la creación de utopías literarias obedece a la visión de un mundo mejor, y nunca a la inversa. El Arte auténtico no puede tener ningún mensaje o moraleja, y es claro, pero… ¿cómo puede cumplir su objetivo sin mensaje? Aquí está la invisible línea entre el arte y el panfleto, que sólo una minoría casi extinta domina. Es en estos principios que me afinco, amigo mío, y no como la gran mayoría, en todas partes del mundo, que venera fachadas disimulando un genio o talento innato para la deshonestidad. El actual momento histórico de Colombia es de estancamiento: el arte, en un clima político y social así, está llamado a estancarse también. Mockus era el único que podía lograr un clima en que el la cultura se regenerara, y un escenario en que los artistas no tuvieran que emigrar. Por ello, en medio de la basura predominante, el arte que se produce es predominantemente basura.

Esta experiencia me ha permitido adentrarme mucho más en la sociología y filosofía nacional, partiendo de reflexiones y conclusiones históricas: no me era fácil concentrarme sin vivir el objeto artístico “desde adentro”. No puede escribirse de un país a punta de ignorancia. La historia es una rueda, y las novelas casi siempre están vivas. En Colombia pocos saben la historia, y como en la anécdota que te comenté, la entienden como datos y fechas, y no por las coincidencias y conclusiones de las verdades y errores que pueden extraer de su lectura. Definitivamente, en un escenario tan hostil, es el arte el llamado a prosperar; no como un estilo de vida o una moda, sino como una convicción, más allá de propia, que es colectiva, el bien último general. Otro personaje que representa el filisteísmo social, me dijo lo siguiente: “Ya imagino cómo serán tus novelas; estoy seguro que las firmarás bajo el nombre de “Sátiro”. A lo que respondí, con la misma capa negra: “Mis novelas obedecerán a cierto idealismo presente en mí, sin pasión política, y estarán dirigidas a la hipocresía general, a todos aquellos hijos del cinismo que las cargarán como una cruz en sus hombros entre más se repugnen, por las verdades inconscientes que en ellas encontrarán”.

Te mantendré informado de los eventos. En los tantos momentos libres, regreso siempre a la traducción, lo único que vale la pena por ahora, y a enriquecer mi novela con percepciones. Ciertamente, el 21 de junio Colombia seguirá siendo la soleada y próspera y corrupta Filistea de siempre, mientras los pobres seguirán soñando en viandas y lujos, los estudiantes y lagartos de cera seguirán “interpretando” sus libros de historia nacional y los ricos cambiando sus Rolls y Jaguares como cuando se aburren de un canal de televisión. No hay nada peor que una sonrisa democrática, definitivamente. Me quedo con Medea.

Ya dicho esto, las actualizaciones futuras serán en síntesis. Era necesario escribirte toda la pastoral, porque no es posible atar cabos sin saber dónde comienzan las cuerdas.

Un abrazo afectuoso, sin que me tambalee aún, muy a pesar del mareo,

Max.

Max Vergara Poeti | 08 de junio de 2010

Comentarios

  1. Antonio López-Peláez
    2010-06-08 21:17

    El artículo entero consituye, a mi modo de ver, una pataleta autocomplaciente llevada hasta límites esperpénticos. La sociedad colombiana no ha votado por el candidato que goza de las simpatías y el apoyo del autor (y también de las de un servidor, debo añadir), y por consiguiente es objeto de una catarata de improperios que parece no tener fin: tercermundista, provinciana, lacayuna, temerosa, hipócrita, conservadora, aborregada, conformista, caudillista, fanática, mojigata, filistea, atrasada, deprimente, corrupta… El señor Vergara se despacha a gusto, como se suele decir. No es infrecuente, en cualquier caso. Cuando las cosas salen mal, la tentación de echar la culpa al empedrado resulta ciertamente fuerte. En ocasiones incluso irresistible. Pero siempre estéril. Si de veras se quiere avanzar debe uno mirar hacia dentro, no hacia fuera. Antes de quejarse por la paja del ojo ajeno conviene sacarse la viga del propio. Aunque resulte más doloroso. Precisamente por eso.

    http://antoniolopezpelaez.com

  2. MVP
    2010-06-09 00:20

    Gracias Antonio por la sinceridad de sus percepciones, que son muy valiosas en este debate. Ciertamente, puede que la carta sea una “pataleta”, pero la decepcion es un fenomeno humano, y si usted tiene ideas, en America Latina es mayor. Aparentemente, parece que “me despacho” con “improperios” para la sociedad de mi otro pais, Colombia, pero no se trata de desprecio o repudio. Pareceria simplista buscar un medio para difundir una sarta de piedras de inconformidad, y particularmente, para mi gusto, sin ningun “tacto”. Pero no es tanto como usted lo ha percibido. Y le dire por que: porque todo aquello que causo en su lectura repulsa, tiene un acervo de verdad. De alguien preguntarlo, podria exponer ampliamente el por que de cada adjetivo.
    Lo que me ha llamado la atencion de su comentario, es que usted ha hecho una lectura de la carta y ha dado sus percepciones, aunque sin el conocimiento requerido para evaluar, de fondo, lo que precisamente cae en el simplista calificativo de “autocomplacencia”. No tiene idea la gravedad de las cosas que estan ocurriendo hoy en Colombia, como en toda Hispanoamerica. Los medios noticiosos tampoco es que revelen mucho. La unica manera de ver la realidad es ‘in situ’, y es muy deprimente. Un viaje de geografia social le permitiria a usted, apreciado Antonio, llevarse una idea global del panorama, muy humana, por cierto, y por ello autocomplaciente. Creo que hay mas autocomplacencia en callar que no decir (speaking out), y las palabras que aparecen como inapropiadas me dolieron a mi mas de lo que puede imaginar. No se trata de que no gano “mi candidato”, sino mi reflexion iba mas alla: por que Colombia, en este momento, negaba el cambio? No hay nada en esta carta que sea disputable: las conclusiones dan con la realidad, y esta ultima acierta en las palabras. El proposito no era abrir mis ideas a examen superficial y publico (solo los principiantes hacen cosas asi), sino saber hasta donde podia llegar el debate, por su profundidad, para un numero tan diverso de lectores. Todo depende de lo que cada uno tenga detras. Y mas aun, la sinceridad intelectual. Ciertamente, lo unico que me deleita es la ironia de mi pataleta, en mi determinacion de abrir la discusion sobre el cambio de “habitos” que han enfermado a Colombia y a todo el continente. Y ahora no falta que alguien me acuse de fascista. Hay que tener mucho caracter y sentido de compromiso artistico para descargar la tristeza, y aceptar, que una carta tan honesta como esta se difunda en internet. Amor por principios y amor por una sociedad que, mas alla de considerar la critica como resultado de la rabieta de uno de sus “hijos prodigos”, pueda advertir la dimension de los cambios que el futuro le depara, por el modo como precisamente, esos hijos estan dispuestos a servirle y a construir “pais”.
    Despues de todo, no somos mas, presuntamente, que fachadas demasiado adornadas con titulos universitarios: pero aun hay una carencia absoluta de “percepcion”.

  3. hB
    2010-06-09 01:48

    Felicitar al Sr López por la minuciosa lectura de este ensayo-carta. Me parece que ha sido usted tocado en su más honda raíz política y es por eso que le pueda parecer “una pataleta autocomplaciente llevada hasta límites esperpénticos”. Para mí, un escéptico en materia de política colombiana, me parece, por un a parte,un documento iluminador y, por otra, una intensa reflexión que me ayuda a entender un poco lo que está pasando en Colombia. Todo es cuestión de la longitud de la paja y del peso de la viga. Gracias a ambos por sus ideas y opiniones tan valiosas y tan discutibles.

  4. Alejandro Duarte
    2010-06-09 06:46

    Esta es una carta humana y desgarradora, que atina a muchas verdades de Colombia y los demás países de América Latina. Es cierto que existe un problema cultural de contradicciones colectivas profundas, y es muy cierto que la política latinoamericana ha apostado siempre por la conservación de la pobreza y la ausencia de educación y posibilidades a un amplio sector de sus pueblos, ya que una democracia avanzada es inconveniente para cualquier cacique político latinoamericano.

    He seguido muy de cerca procesos electorales parecidos en otros países, y me han dejado impresiones peores que las que aquí el Sr. Vergara Poeti nos ofrece. Incluso creo que, en esta impotencia, ha escatimado palabras. El proceso electoral de las últimas semanas en Colombia ha dejado al descubierto un par de cosas que no han tenido relevancia en el proceso de debate público:

    1) quitarse de encima la idea que Hugo Chávez es enemigo de Colombia, ya que a los colombianos no debe importarles Chávez, sino su propio país;

    2) los crímenes de lesa humanidad (los famosos “falsos positivos”, que fueron desapariciones forzadas y masacres cometidas hasta hace apenas unos meses por el ejército colombiano de inocentes jovenes para hacerlos pasar como guerrilleros caídos), crímenes de los que ya el Nobel argentino Pérez Esquivel ha tomado cuenta, advirtiendo que un hermano del actual presidente de Colombia, y su actual vicepresidente (que es primo del candidato Santos) auspiciaron la creación de grupos paramilitares y escuadrones de la muerte; ya se ha desafiado a la actual clase política colombiana, que se obstina en ocultar la verdad de los crímenes de guerra y crímenes de Estado, que de obstruir la justicia en Colombia se ventilarán las denuncias ante las cortes internacionales y la Corte Penal Internacional.

    3) sospechar que un acuerdo político de “unidad nacional” como se ha fraguado, sólo reconoce una cosa: la corrupción que comenta el autor tiene que ser muy lucrativa para que los políticos abandonen sus partidos y principios y acudan abrazados a salvarla;

    4) que un buen número de colombianos despertaron y con su voto demostraron que ya “están cansados de lo mismo”; y

    Lo preocupante es que el actual proceso ha abierto un debate nacional en Colombia alrededor de ciertos tópicos que podrán regresar al congelador en los próximos años.
    Otra cosa interesante es que en Colombia, como en otros países, se entiende la democracia como “un sistema de mayorías que aplastan”, cuando es bien sabido que una democracia funciona cuando hay espacio y garantías dignas para una oposición.

    Sobre el conservadurismo social del país, hay que decir que prueba de esto es la polarización a la que siempre ha recurrido la sociedad colombiana. Cuando no son buenos y malos, ocurre como en épocas de la Violencia partidista, que se dividían y mataban entre “católicos” e “hijos del diablo”. Parece ser que algo quedó de la Inquisición en la mentalidad colombiana y en general.

    Por último cabe anotar que hace un par de años leí un excelente ensayo que hablaba del “electorerismo” como formalismo democrático en Colombia e Hispanoamérica, que hacía referencia al fraude, la compra de votos y la “propaganda negra” como pilar de la democracia colombiana. Recuerdo que se citaba a un autor estadounidense que consideraba a Colombia como “el país más electorero del hemisferio occidental”, ya que dispensó elecciones bajo todos los sistemas posibles de Estado que ha tenido, del mismo modo que se considera a la democracia como un “alud” en la que debe primar la “unanimidad general”. Se cita, por ejemplo, que durante la República Radical colombiana, de 1863 a 1876, el país vivió en “elecciones perpetuas”, marcadas por el fraude. Un sistema democrático sano, como se anota en la carta, no se traduce en el derecho de acudir a las urnas; no hay democracia cuando los políticos se aprovechan de los pobres para detentar el poder, y tampoco hay democracia “en forma” cuando se consolida una coalisión de “unidad nacional” para ser una mayoría aplastante (una minoría dentro de la mayoría, a fin de cuentas). Lo que hay es una ilusión de democracia.

    La carta es a mi modo de ver una excelente exposición con toda la validez argumentativa de un artista (asumiendo que no haya leído mal y el Sr. Vergara sea en efecto escritor). Es una visión, más que como un comentario aquí lo dice de “autocomplacencia”, de verdadero “idealismo”, principios y admirable rectitud, pero sobretodo una visión contribuir a la “cura” de toda una sociedad, posición que muchos compartimos, estemos en Europa o en América. Sin duda, el pensamiento del autor está, como se extrae, en el tejido social tan ultrajado por las formas tradicionales y latinoamericanas de hacer política. ¡Y cuántos políticos que miden todo con lo “políticamente correcto” no nos mienten hipócritamente en nuestros rostros día a día!

    ¡Gracias Sr. Vergara por este aporte a comprender más las complejidades de Colombia y América Latina! Una lástima que una vía como la propuesta por el Sr. Antanas Mockus se haya perdido esta vez, pero estoy seguro que vendrán cambios de fondo en el futuro de personas comprometidas como el autor.
    Un saludo.

  5. MVP
    2010-06-09 10:27

    Gracias HB por tu digna defensa no de la persona, sino de los “principios” :) Es evidente que de la correcta lectura de una carta-ensayo como esta depende que ocurran milagros en un debate argumentativo o se caiga en el abismo del critico “pasivo” que busca solo “corregir textos”, como haria un profesor de primaria; el quid no es atacar al autor, sino los argumentos, tal y como quedo sentado :) Finalmente LdN no es un grupo de lectores a quienes se someten textos para hacer escrutinio con lapiz rojo, al estilo de “grupos de aprendices de escritores” (critique group, como se conoce en Estados Unidos). Hay cosas muy serias en la carta que seria un error ignorarlas para caer 
    en el relativismo (el juego del “todo se reduce a…”) ;)

    Gracias tambien Alejandro por su aporte lleno de 
    percepciones inteligentes. Sin duda tiene un 
    conocimiento muy profundo de Colombia y los 
    demas paises :) 
    El “electorerismo” que menciona es una de mis 
    mayores criticas a los defensores ciegos de la democracia-espejismo en Colombia: se ufanan de pregonar que el pais tiene “la Democracia mas solida de America Latina”, cuando eso evidentemente no es cierto; Democracia limpia la de Inglaterra, Espana, Japon, Canada, Estados Unidos… No he escuchado en estos paises compra de votos, trasteo de electores o la infame propaganda negra entre candidatos…

    Soy de los millones que cree que es posible la instauracion verdadera de la democracia real en Colombia e Hispanoamerica, con el trabajo productivo en ambiente democratico efectivo, para liberar los paises del estigma de ser la historia y jamas cambiarla. El actual sistema de privilegios, las hondas desigualdades economicas, la inequitativa distribucion del ingreso, la corrupcion administrativa y el uso indebido de los dineros publicos por el sistema de clientelas y no por concurso y por meritos, el enganio descubierto de la retorica oficial, la incredulidad frente a las medidas formalmente democratizantes pero realmente antidemocraticas, la venalidad de la justicia y toda suerte de injusticias sociales abren espacio a movimientos que a menudo quieren responder con violencia a la violencia de un sistema politico violento. El actual sistema politico y social se niega en Colombia a reconocer que la desigualdad por si misma es violenta, y que la Democracia es “la libertad de igualdad”. La libertad en la desigualdad, a mas de falaz, es un enganio. Muchos colombianos aun confunden la paz con la resignacion, y que no es el disfrute de pocos, sino que es universal.

    El democratismo colombiano es tambien de alcances medianos. La democracia alli ha tendido historicamente a “mantener las apariencias”. La clase dirigente ha sabido manejar con destreza politica el fantasma de la “alta cultura” en un contexto de ignorancia y atraso circundante para lograr objetivos politicos de dominacion. La cultura, asi entendida, ha servido siempre para alcanzar fines ideologicos, pero jamas como “medio”. En los libros de historia estan las anecdotas de que cuando los chicos los preparaban para hacer la primera comunion, se les indoctrinaba sobre la inconveniencia religiosa “de ser liberal”; o tambien de escuelas que negaban la inscripcion de aquellos que “fueran conservadores”, o viceversa, segun la ideologia del rector. 

    Como es evidente, los verdaderos cambios solo pueden ocurrir precisamente a pesar de ellos ;) Ojala estemos vivos para ver grandes transformaciones en Hispanoamerica, algun dia :)



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