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La mascarada dandy

Por Julio Tovar

“El yo es odioso”
Pensamientos, Pascal.

Alejandro Sawa vuelve por su aniversario, y con él el baile carnavalesco de bohemios; luz entre las sombras de oficinistas al albur del garbancero. Bufón de modernistas de alma azul y sombreros magenta, y adversario mixtificado de escritores de vida sombría y boina. Tímida luz parisina en la oscuridad del Madrid capitolino, que encuentra a los bohemios compartiendo acera y polvo con los paletos de queso y hambre.

La luz, reflejada en un espejo convexo, es el personaje de Max Estrella: vieja y abotargada sombra, celebración de lo maldito. Mascarada dandy jactanciosa que baja a un can atado por la calle Jacometrezo. Valle-Inclan se fascinó por Sawa en lo que tenía de reconstrucción biográfica, de yo imaginado. Relatos soñados que se declaman en tapicerías rojas, con espejos que extravagan. La biografía, los datos fríos y su escrutinio, hundían la máscara…o quizá la hacían más interesante. ¿Quién quería a un mediocre literario? ¿A un parásito de las letras, borrador de gacetas encafetadas y petulante histrión? Parásito que baja con sus melenas atado a un can por Jacometrezo.

Don Pío Paradox, paleto tétrico, era la configura de Sawa. Cómo apreciar lo fantástico, lo imaginado, desde su propiedad, la panadería Viena Capellanes. El escritor industrial, de libro al peso, desprecia el figurín pero se presta a su kermés: al pedirle varias perras Sawa, el mismo Baroja va presto a su casa a recogerlas. Y lo real se vuelve a postrar ante lo imaginado.

Ciego, loco y furioso, así cita Valle el final de Sawa. Todavía sentía pena por el poeta, pero no descubrió que esa muerte consagraba el personaje. Se inicia lo mitológico, la ficción y con ello el eje de Luces de Bohemia: alucinado periplo por las tertulias de luminarias, su elocuencia en ruinas y la crítica a los fantasmas convocados por el malagueño de expresión perruna.

Reflejos del siglo

Es el reflejo, también, de un autor en el maldito: de la conjunción nacerá Max Estrella. Bizarría provocada de bohemios de mucha labia y poco verbo, y violencia soreliana contra las limitaciones de lo burgués. Pero de manera precisa defensa del individuo contra la masa: Max se revela ante el cuatro paradójico de burgueses, obreros, viudas y burócratas. Quiere la genialidad y eso le impide ser masa. Y con ello entrar en la meritocracia: la Academia es culpable.

En Valle-Inclán, la mejor máscara de la callé de Alcalá según Gómez de la Serna, existe otro contra reflejo: Francisco Umbral. Teoriza un imposible Valle izquierdista, pero crea y entiende lo dandy con fortuna. Otro de sus reflejos, Larra, es también más personaje que autor: su suicidio completa una obra que era vida. Lo anticipó la primera máscara de Valle, Bradomín, en un inédito: “Yo le di las pistolas (…) De no haberse suicidado habría escrito el panegírico de Narváez.”

No hay mejor final: el suicidio anhelado por Alejandro Sawa y que Larra como máscara originaria ejecuta con gélida decisión. Ninguno de los dos habrían sido famosos sin el suicidio; el malditismo salvó su obra, salvó su vida. La muerte es el inicio de la inmortalidad: la idea de su siglo.

Chateaubriand fue el primero en escribir únicamente para la posteridad. Ni siquiera esperó la justicia estética del suicidio; era demasiado hipócrita: su gran obra serían las memorias. De nuevo, su vida. Pero su vida no era el hastío del Larra de inicios de siglo, tampoco la bufa pesada del modernista jactancioso; su vida era tragedia de tajo histórico, río de sangre llamado por él, de la revolución. Fantasmas, estos sí, reales que vagan como sombras acéfalas en los recuerdos de un viejo aristócrata bretón. Adelanta el modernismo, ya que hace estética de la muerte: convierte el club de los cordeleros en estancia maldita que envidiaría Poe.

Bradomín existió como adaptación de Chateaubriand a las guerras hispanas. Era una máscara demasiado buena, áurea, para que el joven Valle no la utilizará. D’Annunzio resulta infantil al lado del demacrado vizconde herido, zombie inerte con Atala en su mochila, entre los ejércitos de la flor de lis. Los emigrados franceses fueron ejemplo contumaz de majestad caída para sus jerifaltes de antaño.

Construcción y proyección

Umbral ofrece la pista genial de todos estos hombres obsesionados con la muerte : “Ser dandy es despreciar a los demás y despreciarse a sí mismo.” Existe en Chateaubriand el hastío de Rousseau sin su civismo, exilios artificiales en castillos bretones de ensueño; en Larra odio a un Madrid provinciano, donde el mal gusto de gacetas y vírgenes milagreras impera (el de *Mesonero*…); en Valle-Inclán grito contra una meritocracia académica y que resulta triunfo de un positivismo ineficiente, y en Umbral spleen y decepción ante el baile de chaquetas en la sociedad transicional.

Todos, claro, celebrando en su escritura la paradoja de una brutal autodestrucción: El vizconde quiere el verbo de Byron y su fatalismo biográfico; y es prosista irresistible y poeta mediocre, además de funcionario exitoso, Larra se imagina como Voltaire genial pero se sabe bufón en un país que quemó en auto de fe a los papagayos ilustrados, Valle-Inclán querría ser jerifalte iluminado en una ermita vascona y es más bien un gallego presuntuoso, un provinciano; Umbral pretende ser filósofo irresistible en el Paris de las minifaldas, y resulta ser maduro feúcho en coqueteo con progres rechonchotas lectoras de Lacan.

¿Cómo esconder una biografía vergonzante? La creación del yo, la construcción de otro, el conocimiento de que el yo real no es más que otra máscara. Pascal, de nuevo, en los pensamientos. Pero los libertinos le contradicen “Vosotros lo encubrís…”. En efecto, el libertino —y ésta es la esencia de la modernidad— conoce que el yo es una ficción; ha superado el renacimiento, el hombre como medida. El hombre es una ficción; y en el carnaval vital ¿cómo no jugar un minué? El libertino juega sus ficciones lanzando los ases en partida macabra.

Fugaz reflejo

Alejandro Sawa, poeta sin talento, es un triunfador biográfico. Su obra es su vida, su yo ficticio; sus mixtificaciones. Baroja, hombre pacato y fracasado atado al árbol de la vida mediocre, narra lo que no vive. Sawa no puede escribir: es un personaje; y éstos sirven a los autores. Su obra es su vida; y tiene principio y fin en dos besos: el que se decía que le dio Víctor Hugo en la frente y el póstumo de Bradomín; hálito helado de muerte que lleva el alma entre pecadores eternos.

Julio Tovar | 13 de enero de 2010

Comentarios

  1. Francisco
    2010-01-14 12:35

    Sensacional !

  2. Dino
    2010-01-14 20:55

    Que bonito homenaje a Sawa. Valle estaría muy contento.

  3. Marcos
    2010-01-15 00:39

    Gran texto, Julio. No sé si habrás leído sus Iluminaciones, que comenté hace unos meses. Creo que es un época irrepetible, al menos más que otras de nuestra historia reciente.

    Saludos



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