Libro de notas

Edición LdN
Máquina de perspectiva por Julio Tovar

El 11 de cada mes es la cita con la historia, o mejor, con sus máscaras. Tal como Jorge III observa al pequeño Napoleón en la ilustración de la cabecera, Julio Tovar —cuya única religión es el culto a Clío— , cogerá su microscopio para radiografiar el pasado, capa por capa, y diagnosticar los cambios en esos bichillos tan entrañables llamados hombres.

El Imperio Imaginado

“Uno no puede reinar inocentemente; la locura es demasiado evidente: todo Rey es un rebelde y un usurpador. “
Louis Antoine de Saint-Just, 13 de noviembre de 1792, citado en KETSCHENDORF, L.C., Archives Judiciaires…, París, E. Thorin, 1869 , pág. 25

¿Pudo existir algún plan exitoso de reconquista de América? La célebre doctrina del senador Monroe, “América para los americanos”, hizo imposible una acción conjunta de la vieja metrópoli mientras existiera el poder disuasor de los Estados Unidos. Fuera de las guerras de descolonización, que se juzgaron en ese sentido como guerras “locales” (y valieron alianzas contrarias en Europa: Francia contra Inglaterra en la independencia americana, Inglaterra contra España en la emancipación…), existe un efímero intento, en gran parte megalómano, de implantar un Imperio Mexicano bajo el manto de la Francia de Napoleón III.

¿Cómo se pudo llegar a este proyecto? La derrota mexicana de 1848, verdadera “debacle social” del país, hubo de conducir a una guerra civil para 1855 entre liberales anticlericales dirigidos por Juárez y conservadores católicos. Como afirmó André Castelot, conocedor del periodo napoleónico y de las intenciones del emperador:
bq. “Un sólo punto común tenían los dos gobiernos que se sucedieron en la jefatura del país: un caja desesperadamente vacía. Esa pobreza endémica no hizo por disminuir los candidatos al poder. Una cifra basta: en 35 años, México no ha conocido menos de 240 pronunciamientos…”

Es una fila de dominó donde las piezas, poco a poco, van cayendo y al gobierno de 1858 del conservador Miramón le sucederá en 1960 Juárez. Es un país débil, empobrecido, y este gabinete decidió el 17 de julio de 1861 no pagar las deudas del partido conservador con las potencias exteriores (Reino Unido, Francia y España). El experto diplomático Pierre Renouvin afirmaba que México estaba en un marco de intervención bajo cuatro puntos: la inactividad de EEUU –en guerra civil desde 1861–, las deudas impagadas del gabinete Miramón, el ataque a los extranjeros y los recursos minerales sin explotar en la zona norte del país.

Como recordaba la arqueóloga Sara Yorke Stevenson, ya en 1821 con el Plan de Iguala se había ofrecido el trono de México a Fernando VII por la intercesión de Iturbide y Santa Ana, con lo que las clases conservadoras del país, muy alejadas del demos, podrían hacer plausible una restauración monárquica.

Para 1864, Lamartine, luego de la intervención, llegó a publicar varios artículos en contra de la influencia de los Estados Unidos en el continente y a favor de una intervención europea que resumen la idea francesa. Todavía en 1865 escribirá:
bq. “…La idea de la posición tomada por nosotros [Francia) en México (…)es una idea grandiosa, una idea incompleta (Diré a su tiempo porqué), una idea justa como necesaria, vasta como el océano, nueva como la propuesta, una idea de hombre de Estado, fecunda como el futuro, una idea salutífera para América y por el mundo…La idea de una posición fuerte y eficaz en México contra la usurpación de los Estados Unidos de América es una idea nueva, pero justa. Europa la tiene en su derecho, Francia la tiene tomando la iniciativa.”

Le seguirá Michel Chevalier, creando un marco ideológico en Francia propio a la intervención, que ve este caso de imperialismo fuera del continente como un método de frenar el poderío estadounidense. Para Girard, biógrafo de Napoleón III, el emperador más que un objeto imperialista estaba “convencido de la necesidad de abrir al progreso a los países que permanecían bárbaros”. También estaban en juego los intereses del banquero suizo J.B. Jecker –que financió los créditos al gobierno Miramón– determinantes en este plan que habría de restaurar la Monarquía en América.
La suerte, en definitiva, estaba echada para el gobierno de Juárez. Ahora bien, ¿quién ceñiría la corona del Imperio Mexicano?


Un austriaco en tierra caliente

Define así Frederic Hall al candidato al trono de México:

“…era sobre un metro ochenta y siete, bien proporcionado, de complexión ligera, grandes ojos azules penetrantes, frente alta y ancha, y una característica gran boca; su pelo era de un color lino ligero, y escaso y débil en cantidad (…) Estaba favorecido por una dulzura natural en su temperamento- una urbanidad, elegancia y refinamiento en la conducta, la cual, debe ser dicho, era esperada de alguien que ha recibido las ventajas de los linajes de los personajes de alta alcurnia de las cortes europeas.”

Maximiliano de Habsburgo-Lorena había nacido el seis de julio de 1832 en el palacio Schönbrunn de Viena, dentro de una rama segundona de los Habsburgo. Estudioso, llegó a dominar las ciencias humanas y más de siete idiomas. Con cierta ambición, reaccionó a la subida del imperio austriaco de su hermano mayor Francisco José I colaborando en la supresión de las tormentas de 1848, lo que formó un carácter humanitario al ver la dura represión realiza. Así, se forjará una reputación de liberal, confirmada para febrero de 1857 en su benigno virreireinato de Lombardía – Venecia. Ese mismo año, el 28 de julio, se casará con su prima segunda Carlota de Bélgica, hija de Leopoldo I,Rey de los Belgas. Fue un matrimonio feliz, aunque no llegaron a dejar descendencia por los azares de la historia.

Este infante segundón y aventurero, que había sido instigador de la efímera armada austriaca y circunnavegado el globo, fue cesado en el cargo milanés para 1859 por sus tendencias progresistas, y se retiró a Trieste, única posesión austriaca en suelo italiano, donde edificó el castillo Miramar bajo proyecto de Carl Junker. Ese es el año, precisamente, donde Martínez del Río, aristócrata mexicano, hizo el primer contacto con Maximiliano para liderar una candidatura al trono mexicano. Se negó, aunque su interés por la botánica le hizo interesarse por una expedición a América.

Los acontecimientos políticos mexicanos harán que esta oferta fructifique bajo la influencia de Napoleón III. Éste es contactado por el clero y la aristocracia mexicana (Gutiérrez de Estrada, *Nepomuceno Almonte*…), anti-juarista, a través de la emperatriz Eugenia de Montijo. Se considera a Francia protectora del catolicismo luego de sus campañas exteriores en Siria, Anam y China, e Italia y el partido conservador mexicano ve en los liberales de allí un peligro para la religión. Los acontecimientos con la suspensión de pagos de Juárez se van a adelantar, y Francia consigue el 25 de julio de 1861 el apoyo del Reino Unido y España, cortando las relaciones con México.

En agosto, hay tumultos contra la legación francesa en el país americano, y el 31 de octubre se 1861 se concreta una triple alianza entre España, Francia y el Reino Unido para realizar una expedición de castigo. Se parte de una expedición coercitiva, que en principio no tiene interés en entronizar a un príncipe extranjero, dirigida por Jurien de la Gravière con los franceses, Milnes con los ingleses y Prim por parte de España. Las flotas iniciaron el bloqueo a finales de 1861 de Veracruz y desembarcarán un mes más tarde, en enero de 1862, en la propia ciudad, iniciando su control.

Juárez buscó ante los hechos consumados una resolución pacífica, y su secretario de exteriores, Manuel Doblado, pudo obtener de los españoles e ingleses, bajo representación de Prim, los tratados de Soledad, donde se obtenía el pago de las deudas, a la vez que se reconocía la soberanía del nuevo gobierno. Este acuerdo, en gran parte iniciativa de Prim –que le valió una queja explícita en las Cortes de Cánovas del Castillo por su resolución sin contar con la Corona y el Gobierno español- dejó fuera a Reino Unido y España de la acción napoleónica, puesto que las tropas francesas continuaron su misión de instaurar la Monarquía en México.

Prim escribió al propio Napoleón III recomendando que no realizara ninguna intervención política, conociendo el país y sus gentes ya que estaba casado con una mujer de ascendencia mexicana y cuyo tío era Ministro de Finanzas de Juárez, el 17 de marzo de 1862:

“Más, esto, sire, es mi profunda convicción de que en este país las ideas monárquicas encuentran pocos partidarios. Esto es lógico, ya que estas tierras nunca han conocido la Monarquía en la persona de los soberanos españoles, más bien sólo en aquellos virreys que gobernaban de acuerdo a sus malos o buenos juicios y sus propias luces, y todo siguiendo las costumbres y maneras de gobierno propias de un periodo que ya es remoto (…) como otros hombres poderosos [Maximiliano] debe caer en el día que su manto imperial deje de cubrirlo y protegerlo.”

Este juicio, que sería profético, no fue escuchado por Napoleón que inició su obra jingoísta en América todavía renqueante, siendo derrotado en la batalla de puebla para el 5 de mayo de 1862. Esta batalla, ganada con tropas inferiores, supuso un mito inicial efímero ya que para finales de septiembre las tropas francesas llegarían a estar reforzadas con nuevos cadetes alcanzando cifras entre 20.000 y 30.000 soldados.


Un Imperio levantado con las bayonetas

Con el advenimiento de nueva tropa francesa, la victoria estaba en las manos de Napoleón, y desde finales del 62 al 63 los franceses van a tomar progresivamente todas las localidades del este del país (Tampi, Xalapa, Veracruz, etc.). En marzo Puebla comenzará su sitio bajo el General Forey, siendo ganado dos meses más tarde. Sin Puebla, Ciudad de México estaba al alcance de las tropas francesas, que la tomarán el 7 de junio de 1863. Juárez y su gobierno huyó hacia el norte, a Chihuahua, contando con la protección implícita de los Estados Unidos de América. En los inicios de 1864, las tropas francesas pudieron consolidar su posición en el norte, con lo que esta posición no sería problemática hasta 1865.

Los franceses, conscientes del carácter imperialista de la acción, restablecerán el gobierno mexicano bajo un natural, el general Almonte, para el 16 de junio, y proclamarán una Junta controlada por Forey que ofreció la corona a Maximiliano de Habsburgo, declarando el país un Imperio Católico. El príncipe austriaco aceptará esta corona, en una operación que resultaba similar a la cometida por el primer Napoleón con José Bonaparte en España
¿Cuál fue el juicio, entonces, para ofreciera la candidatura a Maximiliano? Si entendemos los artículos de Lamartine, la política del tiempo, Napoleón III quería consolidar una posición francesa en México sin resultar una acción excesiva para los naturales. En ese sentido, la baza de un príncipe que no fuera francés, de tendencias liberales, y bajo la excusa de protección a los católicos –lección aprendida del caso español citado- serían elementos de buen juicio.

Blasio, el joven secretario de Maximiliano, hizo un librito donde contó como fue recibido el joven príncipe en la Villa de Guadalupe el 11 de junio de 1864:

“Le vi pasar, arrogante, majestuoso y esbelto; impresionándome por vez primera sobre todo, la dulzura de su mirada; mirada azul, bondadosa y profunda, que tantas veces me fue concedido contemplar después. Su larga barba de oro dividida en el centro le daba un aspecto tal de majestad que era imposible verle sin sentirse desde luego atraído y fascinado.”

Era un Imperio cogido con alfileres, que no controlaba partes del país, y que a pesar de crear una Corte con cierta pompa en el Castillo de Chapultepec –con unos jardines renovados, a los que llegó a dedicar unas memorias Wilhelm Knechtel, su jardinero y eminente botánico-, fue imposible de establecer de manera consistente.

Maximiliano, coronado a través del Tratado de Miramar, intentó aplicar una constitución y gobierno liberal, buscando atraerse a las capas progresistas del país mexicano. Abolió el trabajo infantil, limitó a las horas de trabajo y buscó evitar los sistemas de hacienda que llevaban a los indígenas a la pseudo-esclavitud (esto no tuvo aplicación práctica real: no controlaba la zona norte del país, donde dominaba este tipo de propiedad). Todo ello lo enfrentó a las capas conservadoras del país, que eran su principal apoyo, y tampoco consiguió que los republicanos reconocieran su soberanía. La inestabilidad, como afirma Donghi, fue perjudicial para la causa de Maximiliano:

“La causa conservadora había dejado ya de ser la de todos los que tenían algo que perder; era cada vez más la de una institución que defendía privilegios muy discutibles. Con esa causa las clases altas mexicanas se sentían cada vez menos identificadas a medida que se hacía evidente que el Imperio (…) no podía pacificar el país.”

Las medidas que Maximiliano quería aplicar para congraciarse fueron contrarrestadas por el clero mexicano, haciendo difícil su posición, como afirma al propio Napoleón III el 26 de julio de 1864:

“…en cuanto a la actitud del clero y de sus partidarios, a la vez que protesta calurosamente una lealtad sin límites, ese partido influyente prepara en la sombra las armas para tratar de combatir o entorpecer mis ideas de progreso.”


La caída del trono

La captura de Oaxaca, para 1865, consolidó el sur del país de cara al Imperio, pero Michoacán volvió a poner el ejército francés contra las cuerdas. Los estados del norte, la frontera con EEUU (Chihuahua, Hermosillo), seguían controlados por Juárez, y la situación no llegaba nunca a estabilizarse. La guerra, entonces, se recrudece con el decreto del tres de octubre, que establecía el fusilamiento obligatorio a todos los capturados por el ejército Imperial, ganándose la enemistad de cualquier posible trásfuga liberal. Al mismo tiempo el final de la guerra civil estadounidense consolidó la retaguardia del gobierno de Juárez, ofreciendo armas y protección que fueron esenciales para mantener su difícil posición.

En 1866 Napoleón III dejará de sostener la posición de Maximiliano, anunciando la retirada de las tropas a finales de mayo. El dominio en el norte de los juaristas fue total en este 66, aproximándose poco a poco a la capital, y evacuándose los estados centrales para finales de año. El sur, con la batalla de Miahuatlán para noviembre, será también perdido. Para finales de este año las tropas extranjeras están fuera del país, siendo el 67 será el año final de este imperio imaginado de Maximiliano.

En febrero Maximiliano está solo en Querétaro, y el sitio comienza para marzo por los juaristas. Se realizaron planes para rescatar al príncipe austriaco, cuyo carácter magnánimo y nobleza era reconocido por todos, pero fue capturado en mayo. Juárez no aceptó ninguna petición de clemencia, y utilizando la propia ley de traición del tres de octubre ordenó fusilar a Maximiliano. Se habló literariamente de traición de los subordinados del emperador, Leonardo Márquez o Miguel López, que lo entregaron al general juarista general Escobedo. El propio general pidió perdón a Maximiliano en la vigilia por el fusilamiento.

A las tres de la mañana vistieron a Maximiliano, bajo los sacramentos del cura Soria, quitándose el anillo de casado antes de su partida. Su única condecoración fue el Toisón de Oro en un inmaculado y simple uniforme. Los guardias, cita Harding, llegaron a dudar sobre el disparo. Sus últimas palabras fueron:

“Muero por una causa justa. Perdono a todos y ruego que todos me perdonen. Espero que mi sangre corra por el bien de esta tierra. ¡Viva México!”

Pero más poética fue la cita en húngaro de Tüdös, su cocinero Imperial traído desde Austria, poco antes del fusilamiento: “Éljen Császár, veled!” (¡Viva el emperador! ¡Adios!)



Bibliografía
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Julio Tovar | 11 de mayo de 2013


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