Libro de notas

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Máquina de perspectiva por Julio Tovar

El 11 de cada mes es la cita con la historia, o mejor, con sus máscaras. Tal como Jorge III observa al pequeño Napoleón en la ilustración de la cabecera, Julio Tovar —cuya única religión es el culto a Clío— , cogerá su microscopio para radiografiar el pasado, capa por capa, y diagnosticar los cambios en esos bichillos tan entrañables llamados hombres.

El rey fantasma

“…Al fin hay un caballero que no se asusta de regir estos alborotados reinos.”

Benito Pérez Galdós, España Trágica, Buenos Aires, Tecnibook Ediciones, 2011, pág. 56

De 1868 a 1870, en los primeros años de la revolución de septiembre, España tuvo un partido monárquico, una Constitución monárquica desde 1869 y un sistema monárquico. ¿Qué faltaba a todo este entramado? Lo más importante, el Rey.

Desde ese septiembre, e incluso antes, Prim como instigador del sistema y eminencia gris, hizo gestiones a lo largo de las cortes europeas para obtener candidatos que ciñeran la corona de España. Se fue ofreciendo el trono, así, a diversos aspirantes como Fernando de Coburgo —regente de Portugal, buscando la unión ibérica— o incluso al héroe liberal Baldomero Espartero. Todos ellos rechazaron la proposición de Prim, conocedores de la inestabilidad política del país y la escasa posibilidad de arraigo entre la nobleza española.

La interinidad, que sirvió para mil y un bromas en semanarios cómicos como La Flaca, será justamente definida en las Cortes ante el propio Prim por el republicano Emilio Castelar, por aquel entonces en la cúspide de su fama:

“El Sr. Presidente del Consejo de Ministros asegura que no me dirá jamás cómo y cuándo vendrá el Rey. Pues entonces, ¿qué va a ser de estas Cortes? Si estas Cortes no se pueden disolver sin nombrar Rey, y estas Cortes no pueden nombrar Rey, ¿por qué aguardan el oráculo que ha de descubrir la esfinge que se llama Presidente del Consejo de Ministros? La política del general Prim es insostenible, no porque yo tenga superioridad dialéctica sobre su señoría, sino porque está en la lógica de los hechos, que nos vence a todos.”

Era ya marzo de 1870 y Prim jugaba desde el 17 de febrero otra carta dinástica: Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen. Debía presentar el candidato a las cortes en poco tiempo, evitando cualquier conocimiento francés, en secreto. Transcribe, precisamente, el doctor Butcher —embajador de Bismarck en España para esta candidatura— un parlamento de Prim de este modo:

“Estamos seguros de una mayoría de dos-tercios, pero cada día adicional podemos tener pérdidas. Muchos diputados se van a casa a preocuparse de sus propios negocios. Para el 20 de mayo el caso será demasiado; todo debería estar completado por entonces: la aceptación oficial recibida; las provisiones constitucionales para la fundación de una nueva dinastía procuradas…”

Tratos secretos

Las negociaciones entre España y Alemania se llevaron, respectivamente, por los unionistas Sagasta y Salazar en la causa española y en el caso alemán con el citado Butcher y el mayor Von Versen.

Existe, en todo este proceso, una tensión constante entre los intereses de Bismarck como canciller y los dinásticos de Guillermo I como jefe de los Hohenzollern. Hacía poco que la muerte de Maximiliano y su efímero Imperio mexicano había conmocionado a las Cortes europeas, y el trono español, asentado en fuerzas heterogéneas que no tardarían en enfrentarse —como bien vio Jorge Vilches en su tesis de licenciatura—, no parecía tan buen ofrecimiento.

En todo caso, el candidato Leopoldo consultó en todo momento con el todavía Rey de Prusia sobre la aceptación de la candidatura:

“Yo considero mi deber como Hohenzollern, soldado y súbdito enviar la voluntad de su majestad, nuestro Rey, aceptando la línea de guía de mi conducta si las altas consideraciones políticas y la expansión del poder y el lustre de nuestra casa así lo demandan.”

De mayo a junio las discusiones dinásticas entre Leopoldo, Guillermo I y Bismarck continuaron, siempre ocultas al embajador español en Berlín Juan Antonio Rascón para evitar el conocimiento francés. Bismarck veía no sólo el enlace dinástico, sino también una posible alianza comercial y también militar con un país relativamente aislado internacionalmente desde la revolución de septiembre. Afirma de manera aguda Espadas Burgos sobre esta dualidad del canciller:

“Todo entraba en el talante político de Bismarck y en su hábil oportunismo. Sus últimos biógrafos han insistido en ello, sobre todo Otto Becker. Bismarck era un diplomático, tenía pasión por la intriga y buscaba lograr su objetivo por dos vías paralelas. Siempre podía disponer de soluciones de recambio. Si el objetivo lo alcanzaba por la vía sinuosa de la negociación, el triunfo era sin duda para él más celebrado que el obtenido por el camino violento de guerra. Si ésta se hacía necesaria, no paraba tampoco en obstáculos para ganar la victoria. Prefirió siempre la paz, cuando la paz fue posible.”

El 21 de junio, ante la insistencia de la delegación española, Leopoldo y su canciller Bismarck, Guillermo I aceptó “aún con cierta dureza de corazón” la candidatura de Leopoldo al trono del Rey Católico. Prim quería anunciar la aceptación como un hecho consumado a Napoleón III en Francia, en el balneario de Vichy, para julio de 1870, asegurando su neutralidad en caso de conflicto franco-prusiano.

El descubrimiento

A lo largo de junio de 1870 Prim mantiene las Cortes en sesión en Madrid, intentando realizar una operación relámpago que lleve a la votación de Leopoldo I de España. La vuelta el 28 de junio de Salazar, con el sí de Leopoldo I, no encontró a Prim en Madrid, que se encontraba de caza en Toledo. Hubo de avisar a Ruiz Zorrilla, que alertó al propio Prim y a Ignacio Escobar, director del diario alfonsino y conservador La Época, que filtró al poco la noticia.

Un descubrimiento anterior, el retraso de las nuevas cortes para otoño bajo un error de Salazar en el telegrama, preparó el terreno para la batalla periodística, y Prim hubo de recular ante un posible conflicto con Francia.

El Duque de Gramont, Ministro de Exteriores Francés, se indignó con la noticia, y especialmente el secretismo, que alertaba una posible conspiración anti francesa. El 6 de julio clamó en la Asamblea Nacional alertando de una posible guerra si no se retira la candidatura. Salustiano Olózaga, viejo liberal progresista y embajador en París, definió de manera precisa lo que se jugaba cada potencia:

“En Madrid no se veían más que los peligros de la interinidad…Aquí no se ven más que la humillación (de Francia)…Lo que más ha perjudicado ha sido la reserva absoluta que se ha guardado con este gobierno. Por eso han creído que había habido un complot con Bismarck.”

El Conde Benedetti, representante francés en Berlín, evitó la guerra al convencer a Guillermo I en Coblenza, en el balneario de Bad Ems, para retirar la candidatura. Poco antes, el 2 de julio, Prim retiró la oferta al príncipe Leopoldo, y para el 12 de julio, la candidatura había sido definitivamente rechazada.

El incidente de Ems

La candidatura al trono hispano, que no pretendía conflicto en su inicio, fue la causa indirecta de la guerra franco-prusiana que habría de desatarse a finales de 1870.
Los acontecimientos habrían de acelerarse de manera rápida, en una lógica muy lejana a la disuasión que había dominado Europa en gran parte del siglo XIX. En este sentido, un día después del fin de la candidatura de Leopoldo, el 13 de julio, Guillermo I tuvo una reunión informal con Benedetti donde se negó a ofrecer la última satisfacción que exigía Gramont: la renuncia absoluta de los Hohenzollern al trono español en un futuro. El Rey Guillermo, al cual la petición le pareció excesiva, se negó, y Benedetti hubo de marcharse sin acuerdo.

El secretario regio, el consejero y teólogo prusiano Heinrich Abeken, escribió un resumen de la “fría” reunión, y el carácter expeditivo de Benedetti. Bismarck, que tuvo acceso al documento como canciller, tuvo el permiso de filtrarlo a la prensa. Pero su filtración editó párrafos enteros para dar la sensación de que Benedetti había lanzado un ultimátum a Prusia con la amenaza de la guerra inminente.

Así, si mientras Guillermo habla de “manera inoportuna…” y cita su “incapacidad de llevar acuerdos de este tipo para siempre” como jefe de la dinastía, Bismarck ofreció a la prensa esta reunión como una “demanda más avanzada” de Francia y especialmente citando la “negativa a recibir al embajador de nuevo” por parte del Rey. La agencia Havas, fundada para 1835, publicó el documento alterando los verbos de pedir a exigir, y suprimió un intermediario para hacer más incendiario el texto publicado en la prensa.

Francia movilizará a sus tropas rápidamente, en vísperas del 14 de julio, mientras el telegrama crecía en improperios en los tabloides, teniendo como contrapartida una alianza alemana que esta vez sí contaría con el reticente sur católico. El 19 de julio Francia declarará la guerra a Prusia, la cual la llevaría a su mayor debacle política en todo el siglo XIX.

Prim, en una actuación que Jover Zamora juzga de ejemplar, supo evitar con tacto las invitaciones a esta guerra tanto de Alemania (agosto de 1870) como de Francia (luego de Sedán, para septiembre de 1870). Fue el tacto que, quizá, no tuvo con su oferta privada al Rey fantasma, Leopoldo de Hohenzollern, y que desató una guerra sólo querida por las dos potencias continentales.

Como afirmó Olózaga: “En Prusia deseaban la guerra, y aquí la necesitaban”

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Julio Tovar | 11 de noviembre de 2012


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