Libro de notas

Edición LdN
Máquina de perspectiva por Julio Tovar

El 11 de cada mes es la cita con la historia, o mejor, con sus máscaras. Tal como Jorge III observa al pequeño Napoleón en la ilustración de la cabecera, Julio Tovar —cuya única religión es el culto a Clío— , cogerá su microscopio para radiografiar el pasado, capa por capa, y diagnosticar los cambios en esos bichillos tan entrañables llamados hombres.

El horizonte infinito

And now I’m in the world alone,
Upon the wide, wide sea…”

Lord ByronChilde Harold’s Pilgrimage, Londres, Ed. Joh Murray, 1869, pág. 24

El mar ha servido como horizonte a cientos de pueblos a lo largo de la historia. Personificando a distintas deidades, siempre caprichoso, daba las mayores bendiciones y los más ominosos castigos. El propio J. H. Elliot, en su seminal obra sobre los Imperios marítimos, confirma esta experiencia dramática común comparando la colonización inglesa y española:

“Las diferencias de credo y origen nacional palidecían ante la experiencia universal que llevó emigrantes más de miles de kilómetros de sus hogares europeos a un nuevo y extraño mundo en las lejanas orillas del Atlántico. (…) “

Este carácter impredecible del mar, presente de manera permanente tanto en las ficciones como en los viejos tratados de pilotaje, que a los marineros “…atrae y repele al mismo tiempo, llamándolos a la gran aventura y tratándonos de destruir con su poder indiferente.” El piloto, en esta dualidad terrible, suele ser un arquetipo heroico; solo, ante el caprichoso destino, se encomienda a los vientos, como citaba el clásico:

“Por detrás de la nave de azulada proa soplaba próspero viento que henchía la velas, buen compañero que nos mandó Circe, la de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz. Colocados los aparejos cada uno su sitio, nos sentamos en la nave, que era conducida por el viento y el piloto….”

Y si el viento no “bendecía” a Odiseo, sólo quedaba la muerte. La más cruel, según citaba Hesiodo: “Terrible es morir entre las olas (…) Terrible es dar con la ruina entre las olas del mar.” La arqueología todavía disputa la naturaleza de los barcos descritos por Homero: para algunos autores serían balsas; otros afirman que se tratan de barcas completas, con armazón. La datación de elementos, de gran dificultad por ser materiales orgánicos (madera, cuerda…), establece los primeros armazones para la edad del Bronce.

Ahora bien, el mar no era sólo una posibilidad para los antiguos griegos; era simplemente su única salida en una geografía escarpada, de difícil comunicación, y con apenas recursos. Recuerda Chamoux sobre la geografía de la Hélade :

“En todos los otros lugares no se descubre entre las montañas y las colinas más que pequeñas cuencas interiores o terrazas costeras cuya mayor dimensión sobrepasa raramente los veinte kilómetros. En esas cuencas, las divisiones del relieve permiten por lo común encontrar estrechos pasajes, siguiendo pistas costeras o valles sinuosos y escarpados. Afortunadamente el mar, deslizándose profundamente entre las montañas, ofrece una cómoda vía de comunicación: ningún puerto de la Grecia propia se encuentra a más de 90 kilómetros del mar.”

Las consecuencias de esta geografía serán para los helénicos dos elementos diferenciados: la atomización política de todas las ciudades estado griegas —que sólo llegaron a estar unificadas bajo la invasión de terceros: Macedonia o Roma— y la creación de un sistema colonial que llevó su civilización a lo largo del mediterráneo. La ironía podía ser absoluta: una ciudad colonial como Atenas podría tener más contacto comercial con sus alejadas colonias que con una ciudad cercana y antagónica a ella como Tebas

Si bien fueron los fenicios los primeros en desarrollar un sistema colonial completo —condicionados por la imposibilidad también de expandirse a un este dominado por los Imperios del oriente fértil— serán los griegos los primeros en construir un poderío naval capaz de contener al Imperio Persa en la decisiva batalla de Salamina en el 480 antes de nuestra era. ¿Su secreto? El Tíreme, que contaba con un arma especializada, el espolón, y que aparecerá tan pronto para la edad oscura helénica, en el 805 a.C. Heródoto fue el testamentario de esta aventura del mar que protagonizaron los helenos:

“Muchas fueron las naves que en Salamina quedaron destrozadas, unas por los atenienses y otras por los de Egina. Ni podía suceder otra cosa peleando con orden los griegos cada uno en su puesto y lugar, y habiendo al contrario entrado en el choque los bárbaros, no bien formados todavía, y sin hacer después cosa con arreglo ni concierto. “

Salamina supone, en muchos sentidos, la culminación de la aventura del mar helénica, que dejaría a paso a los emergentes Imperios terrestres. En el 338 a.C. la batalla de Queronea hará a los helenos dependientes de Macedonia de Filipo II. De manera más tajante, para el 146 antes de nuestra era, Macedonia y Grecia acabarán en la órbita romana.

Con la Edad Media, el mar y la navegación quedarían bajo responsabilidad del mundo árabe, que protagonizará el viraje económico al mediterráneo oriental que se inicia en el siglo III. Hourani habla de esta expansión comercial musulmana como una “extensión de la técnica pagana inmemorial” del comerciante a Camello, pero los árabes, con su religión, llegarían a controlar a finales de la Baja Edad Media el comercio mediterráneo, y comenzarían su lenta y fundamental expansión al sudeste asiático. El otro ariete comercial, China, vería una ligera expansión marítima a inicios del siglo XV, pero el siguiente avance tendría como protagonista a otra cultura, a otra civilización, cuya frontera de libertad era el mar: Portugal.

Cristianos y especias

“As ondas navegavan do Oriente
Já nos mares da India, e enxergavam
Os thalamos do Sol, que nasce ardente;
Já quasi seus desejos se acabavam.”

Luis de Camoes, Os Lusiadas,  París, Oficina Tipográfica de Firmin Didiot, 1817, pág. 229

La Reconquista, la mal llamada Reconquista según Ortega y Gasset, no acabó para Portugal con la toma de Faro, en 1249. Tampoco con su victoria ante los castellanos en Aljubarrota, para 1385. Su final de la reconquista es la épica toma de Ceuta en 1415 por Juan I y sus descendientes.

Este plan, urdido por el propio Juan y el príncipe Duarte, pasaba por la expansión a Granada, pero la oposición de Castilla les hizo acabar en el norte de África. Ceuta servirá como base de expansión para los monarcas portugueses subsiguientes hasta el desastre en Tánger para 1437. ¿Cuál sería la solución, entonces, a la expansión portuguesa? No otra que el mar, claro. Con un terreno abrupto, montañoso, y una Castilla mucho más poderosa al este, la posibilidad de expansión territorial quedaba limitada a la audacia de los navíos y marineros del país.

Ahora, este proceso, de nuevo, no partió de un plan sistemático, sino que fue más bien un hecho consumado. El propio príncipe Enrique el navegante estuvo más interesado en principio en la expansión africana que en el propio patrocinio de las empresas marítimas portuguesas. Entre la mitología de Enrique construida por Duarte Leite y la visión quizá excesivamente crítica de Bensáude se puede entender y personificar este extraño paso de príncipe renacentista —condotiero del norte de África— a patrocinador de la expansión marítima portuguesa. Así, a lo largo del siglo XV, los portugueses sustituyeron a los musulmanes en la piratería de la costa occidental de África y, en poco tiempo, también dominaron el comercio esclavista.

Sagres, capital improvisada de Enrique como infante segundón, sirvió de imán a sabios, matemáticos y geógrafos que establecerían un puntal geográfico en los descubrimientos marítimos. La influencia de las embarcaciones árabes, el pagaio, junto a los modelos navales occidentales darán origen a la revolucionaria carabela, que “contribuyó en su manera específica a uno de los cambios históricos más significativos en la arquitectura naval europea.” como afirma Malcom Elbl. Con un casco ancho, tres mástiles y velas triangulares será el instrumento móvil y eficaz para esta navegación de cabotaje alrededor de África.

Los siglos anteriores habían visto la aparición de instrumentos marítimos como el timón, la brújula y los primeros portulanos (obra de la marinería aragonesa), con los que la empresa podrá llevarse a cabo, adornada por el mito constante —muy presente en la literatura portuguesa del tiempo— del reino perdido del Preste Juan en lo profundo de África. Pone Diogo Gomes en su Crônica del tiempo la frase “Buscamos cristianos y especias” en la boca de Vasco de Gama en su parlamento con Bantaybo (moro tunecino que conocía el castellano), la cual recoge el espíritu entre comercial y religioso de estas empresas. Este sistema colonial, todavía dubitativo, establecía pequeñas postas comerciales, rutas, en lugar de adentrarse en el interior.

Con todo, los peligros continuaron, y cuenta Joarizti el encuentro del propio Vasco de Gama con una barca que habían dejado atrás en la cual:

“…de nueve marineros que la tripulaban sólo encontraron tres. Uno de ellos, escribiente del buque llamado Fernando Colazo, á quien una enfermedad tenía reducido á una extrema debilidad, falleció á impulsos de la alegría de ver a sus compañeros.

Los descubrimientos se sucederán: a inicios del XV llegan a las Canarias, en 1420 toman Madeira, las Azores para 1430. En la década de los 30 se vira hacia África, y en el 34 se descubre la costa occidental africana. Un año más tarde, Gil Eanes y Alfonso Gonçalvez pasan el Trópico de Cáncer. A finales de siglo, en 1470 a 1480, se descubre y explora toda la costa de Guinea. Para 1486, Juan II de Portugal enviará a Bartolomeu Días con el objetivo de obtener el acceso a la India. 1453 estaba cercano: los turcos habían cerrado el mediterráneo al comercio europeo. En 1488 Días descubre el cabo de Buena Esperanza: la ruta hacia el comercio con oriente quedaba abierta.

En 1492, Castilla, potencia entre terrestre y marítima y que —siguiendo a Rodríguez Puértolas— había quedado relegada ante las campañas marítimas de Portugal y Aragón, obtiene su primer rédito y quizá el más fundamental, en términos estructurales, de la historia occidental: América. Tenida, en principio, por parte del continente asiático, los castellanos virarán del interés comercial portugués a una guerra de conquista, que para finales del XVI les hará ser la potencia más importante del globo. La respuesta de Portugal a este descubrimiento, según cita García de Resende, fue el resentimiento:

“No anno seguinte de mil e quatrocentos e nouenta e tres, estando el Rey no lugar de Val de paraiso (…) a seis dias de Março veyo ter a Restello em Lisboa Christouão Colombo, Italiano, que vinha do descubrimento das ilhas de Cipango, e Antilhas, que per mandado del Rey e da Raynha de Castella tinha descuberto. Das quaes trazia consigo as mostras das gentes, e ouro, e outras cousas que nellas auia, e foy dellas feyto Almirante. E fendo el Rey disso auisado o mandou chamar, e mostrou por isso receber nojo, e sentimento, assi por crer que o dito descubrimento era feyto dentro dos mares e termos de seus senhorios de Guine…”

Juan II consideró que los territorios descubiertos debían pertenecer a Portugal, dentro de los mares de los “señoríos de Guinea”. El arbitraje papal resolverá el conflicto el 7 de junio de 1494, en Tordesillas, trazando una línea divisoria de los descubrimientos, verdadero pistoletazo de salida a los Imperios ibéricos. Pero Brasil, cuya colonización llegaría a inicios del siglo XVI, tendría que esperar: en 1498 Vasco de Gama llegó, por fin, a la populosa India:

“…al entrar en la ciudad, el público era tan grande que difícilmente podía hacerse camino en las calles. El general estaba sorprendido de ver tales multitudes, y agradeció a Dios por traerlo sano y salvo a la ciudad (…)”

Cabral le seguirá poco después, y a lo largo del XVI consolidarán su dominio del mar índico. En 1509 Portugal tendrá su Lepanto con la batalla de Diu, donde hará frente a la flota turca y mameluca, dominando el comercio del índico durante todo el siglo. La batalla, dirigida por Francisco de Almeida, enfrentó con gran fiereza a 18 naves contra 250 de los aliados:

“…los navíos de Almeida combatieron por tanto tiempo y con tanta furia que al cabo empezó á hacer agua, y su tripulación no tuvo más partido que echarse fuera, pero fué esta perseguida y muerta en la las mismas ondas, de modo que el número que pudo salvarse fué muy corto. (…) “

Será, sin duda, el punto álgido de un imperio marítimo que pronto entraría en su ocaso. En 1578 la batalla de Alcazarquivir verá fallecer al Rey Sebastián I en una cruzada imposible, repetición del desastre de Tánger, por obtener el control de Marruecos. A su muerte, una rápida y eficaz acción del Duque de Alba permitirá la ascensión al trono de Felipe II de Habsburgo, subordinando de manera progresiva Portugal a las necesidades crecientes del sueño universal de la Monarquía Hispánica.

¿Qué quedará de este primer Imperio moderno? Independiente para 1640, Portugal será progresivamente eclipsada en el panorama europeo pasando a ser una potencia de segunda fila. Ya para 1890 verá la humillación del ultimátum británico, que será la línea roja final de cualquier tipo de gran ambición colonial. Quedará, sólo, el horizonte infinito:

“Navegadores antigos tinham uma frase gloriosa:
“Navegar é preciso; viver não é preciso”.
Quero para mim o espírito [d]esta frase (…)
É a forma que em mim tomou o misticismo da nossa Raça.”

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Julio Tovar | 11 de abril de 2012


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