Libro de notas

Edición LdN
Máquina de perspectiva por Julio Tovar

El 11 de cada mes es la cita con la historia, o mejor, con sus máscaras. Tal como Jorge III observa al pequeño Napoleón en la ilustración de la cabecera, Julio Tovar —cuya única religión es el culto a Clío— , cogerá su microscopio para radiografiar el pasado, capa por capa, y diagnosticar los cambios en esos bichillos tan entrañables llamados hombres.

Sombras de guerra

“En consecuencia de esta hostilidad mutua primaria de seres humanos, la sociedad civilizada está permanentemente amenazada con la desintegración”
Sigmund Freud, Civilization and its Discontents (El Malestar en la Cultura), Nueva York, W.W. Norton and Company, 1961, pág. 59

Cuenta Michael Herr, autor del guión de La Chaqueta Metálica (1987), cómo Stanley Kubrick le refirió por teléfono si estaba familiarizado con los arquetipos de Jung, con la sombra específicamente. La película fruto de esta colaboración, desestructurada y de gran ambivalencia moral, es en cierto sentido una larga disertación sobre este concepto que fue definido por los discípulos de Jung de la siguiente forma:

“La sombra simboliza el “otro aspecto”, el “oscuro hermano” de la individualidad humana. La función no diferenciada y la actitud deficientemente desarrollada son nuestra parte en sombra, aquella disposición primordial humana-colectiva de nuestra naturaleza que por razones morales, estéticas u otras cualesquiera se rechaza y se mantiene reprimida por hallarse en contradicción con nuestros principios conscientes.”

La construcción del otro, la sistematización del aspecto oscuro del ser humano, empapada de mitología –como bien desdeñó Freud- es un fundamento esencial del sistema arquetípico junguiano, y se interrelaciona con el propia trama narrativa:
“Por el contrario, el héroe tiene que percibir que existe la sombra, y que puede extraer fuerza de ella. Tiene que llegar a un acuerdo con sus fuerzas destructivas si quiere convertirse en suficientemente terrible para vencer al dragón. Es decir, antes que el ego pueda triunfar, tiene que dominar y asimilar a su sombra.”

Los textos jungianos de inicios de siglo emanaban de la propia naturaleza salvaje, ya prácticamente inhumana, de la contienda de 1914, que divide como río de sangre el flujo histórico entre siglos. Así afirmaba con ironía Proust sobre cómo se había “…convenido decir que estamos separados por siglos…” del periodo anterior al 14.

Afirma más recientemente Hobsbawm:

“Para quienes se habían hecho adultos antes de 1914, el contraste era tan brutal que muchos de ellos (…) rechazaban cualquier continuidad con el pasado. “Paz” significaba “antes de 1914”, y cuando venía después de esa fecha no merecía ese nombre.”

Esta guerra, con una alta movilidad inicial, acabará estancada en las trincheras, incapaces las potencias de repetir las operaciones militares del XIX por la aparición y consolidación de la artillería y el perfeccionamiento de la ametralladora (usada ya por los británicos en sus guerras coloniales…) Con la guerra paralizada, con una gran resistencia civil (los franc-tireurs), los alemanes comenzarán el bombardeo de ciudades (Andenne, Lovaina) y la utilización de armas químicas, el célebre gras, llevando a un intenso estrés a las tropas estacionadas en las trincheras.
¿La respuesta a todo ello? El encuentro con la sombra y la locura de los soldados, que esperaban una guerra caballeresca, napoleónica, y se encontraron en una colmena de la cual no había escapatoria. Una crónica para 1917 en el periódico francés Le Bochofage recoge este parecer:

“De noche, agachados en un concha en forma de caparazón y llenándola, el lodo te observa, como un  pulpo gigante. La víctima llega. Lanza su baba envenenada fuera de él, cegándole, rodeándole, enterrándole…Para los hombres morir de barro, como mueren de las balas, pero todavía más horrible. El lodo es donde los hombres se hunden y –lo que es peor– donde su alma se hunde…El infierno no es fuego, no sería el último sufrimiento. El infierno es lodo.”

Este “infierno” cambiará la cultura europea del viejo mundo “de la seguridad” ,que cita Zweig en sus memorias, a la incertidumbre. El mismo autor fue el gran biógrafo de los cambios que se operaron entre este teatral XIX y el terrible XX:
“Los trenes se llenaban de reclutas recién alistados, ondeaban las banderas, retumbaba la música, y en Viena encontré toda la ciudad inmersa en el delirio.”

La vuelta de estos mismos trenes, llenos de cadáveres consumidos en la propia lógica industrial de una guerra imposible para un Imperio como el austrohúngaro:

“Lo que me tocó ver a mí, horripilado, eran vulgares vagones de carga sin ventanas, con tan sólo una estrecha claraboya, e iluminados por dentro con una lámpara de aceite cubierta de hollín. Literas primitivas, una al lado de otra, ocupadas todas por hombres de mortal lividez, que gemían y sudaban y jadeaban en busca del en el espeso hedor a excrementos y yodoformo.”

El gran cronista de la “mortal lividez” es, claro, Céline que pudo observar el horror moral; la destrucción de los propios valores cívicos que tanto Francia como Alemania afirmaban defender:

“…distinguí —era cierto— al fondo el pequeño cadáver tendido sobre un colchón y vestido de marinero, y el cuello y la cabeza, tan lívidos como el resplandor de la vela, sobresalían de un gran cuello azul cuadrado. Estaba encogido, el niño, con brazos, piernas, y espalda encorvados. La lanza le había pasado, como un eje de la muerte por el centro del vientre.”

La destrucción de los valores, el encuentro con la propia naturaleza social despiadada del hombre, deviene en no otra cosa que la locura; elemento que sobrevuela la insoportable tensión de la retaguardia en un alucinado Céline:

“¡Van a disparar! —fui y les grité, con todas mis fuerzas, en medio del gran salón—. ¡Van a disparar! ¡Largaos todos!…” (…) Entonces caí enfermo, febril, enloquecido, según explicaron en el hospital, por el miedo. Era posible. Lo mejor que puedes hacer, verdad, cuando estás en este mundo, es salir de él. Loco o no, con miedo o sin él.”

Charlie no hace surf

Volviendo a la pregunta inicial que hizo Kubrick a Herr ¿Conocía este último el concepto de la sombra de Jung? Puede que no hubiera leído a Jung, poco querido en la intelligentsia neoyorkina en la que se formó, pero esa dualidad heroica y tenebrosa no le era ajena. Así, con esta doble fascinación de la sombra, en tanto reflejo invertido, en tanto elemento aceptación dentro de una épica, Herr escribirá la mitología, falsamente llamada “nuevo periodismo”, de Vietnam en su brillante libro Despachos de guerra.

La guerra de Vietnam, que tuvo tantos nombres como duración a lo largo del siglo XX (“guerra americana” para los vietnamitas, y para los historiadores “segunda guerra de Indochina”…), fue la “agonía”, según célebre artículo del New York Times en 1971, que desangró una generación. Esta vez no existe una trinchera que someta a los soldados a una guerra psicológica constante, sino que la jungla ejercía de enorme parapeto de unas guerrillas fuertemente entrenadas y que gracias a la brillante organización de Ho-Chi-Minh resistieron todo el potencial de guerra norteamericano.

Fue 1965 el año cero en el conflicto ya que las fuerzas sudvietnamitas no pudieron resistir los ataques del norte, y Lyndon Johnson decidió la intervención de tropas americanas para evitar que, según la teoría dominó, se iniciara la caída de todo el sudeste asiático en la esfera comunista. Las primeras acciones, en la península Batangan, tendrán éxito, desarticulando los ataques comunistas. Ahora bien, poco después, en el valle Drang sufrirán bajas importantes gracias a los primeros ataques sorpresa de las guerrillas norvietnamitas. Jack Smith, que asistió a las acciones del Drang, afirma sobre estos combates:

“Nuestra artillería y bombardeos empezaron a llegar. Antes de que empezaran, podía oír las voces norvietnamitas…Los Skyraiders estaban descargando bombas de napalm a cien pies en frente de mí en un complejo de ametralladoras norvietnamitas. Sentía el golpe caluroso y veía el pasto largo doblarse delante de mí. Las víctimas estaban gritando…No importa lo que hicieras, recibías el impacto. Los francotiradores en los árboles sólo esperaba que alguien se moviera, y entonces lo disparaban…No sé por qué, pero cuando un hombre recibe un impacto en el vientre, grita un grito sobrenatural. Algo que tú no puedes imaginar; tienes que oírlo…”

Las guerrillas, que entraban a través de países fronterizos como Camboya o Laos gracias a la ruta Ho-Chi-Minh, sorprendían a los soldados americanos, y sometían a un estrés de guerra, a una paranoia, considerable y que afectó incluso luego de acabo el conflicto a los soldados. Afirma Herr en su Despachos…:

“Podías estar en el sitio más protegido de Vietnam y aún así saber que tu seguridad era provisional, que la muerte prematura, la ceguera, perder las piernas, los brazos o los huevos, una deformación mayor y perdurable, todo el mal viaje, podía estallar de pronto tan fácil como en los sitios considerados peligrosos.”
El propio Harry W.O. Kinnard, Comandante de la primera división de caballería, afirmó:

“…así, te mantienes dando cabezazos contra la realidad de una guerra donde tienes una línea de quince yardas, y te están diciendo que sólo puedes jugar el partido en un campo. El otro tipo es capaz de jugar donde tú estás…pero no puedes ir a donde él está.”

El impacto en los soldados, poco preparados para un conflicto de guerrillas y muchos bisoños, será absoluto. Este conflicto posmoderno, sin frente, en una tropa sin disciplina, en oposición a unas guerrillas ideologizadas —con una moral altísima y con un mando férreo— fue la causa de la derrota americana. Pero lo importante de Vietnam, lo junguiano, es la manifestación del reverso oscuro de los hombres. Herr fue el gran biógrafo de la sombra en Vietnam; el creador de la dualidad entre terror y fascinación que fundamenta su visión mitológica del conflicto:

“Ya de vuelta, en los primeros meses, los cientos de helicópteros en que había volado empezaron a integrarse hasta formar un metahelicóptero colectivo, que era, en el pensamiento, lo más sexy que tenía a mi alcance; salvador – destructor, proveedor – derrochador, mano derecha – mano izquierda, ágil, fluido, astuto, humano; acero caliente, grasa, lona de tienda empapada de selva, sudor que enfría y vuelve a calentarse, rock-and-roll de casete en una oreja y el fuego de la ametralladora de puerta en la otra, combustible, calor, vitalidad y muerte; sí, la muerte misma, no era ninguna intrusa. Los tripulantes de los helicópteros decían que después de que transportabas a un muerto, el muerto seguía siempre allí. Volando contigo.”

La propia tensión insoportable, para aquellos que no pueden soportar el miedo al combate, la aceptación de sus oscuros instintos (de la sombra), no es otra cosa que la locura. Existe toda una bibliografía de la locura en el Vietnam, de los flashback retrospectivos de muchos de los veteranos, que volvían a revivir a sus compañeros y exorcizaban la culpa de supervivencia. “El muerto seguía siempre allí”. Muchos, en el salvajismo, no volvieron a la cordura. Afirma Herr:

“Y algunos simplemente se volvieron locos, siguieron la flecha de luz negra al doblar la curva y tomaron posesión de la locura que había estado allí esperando e depósito para ellos dieciocho o veinte o cincuenta años. Cada vez que había lucha, tenías licencia para volverte loco, todo el mundo perdía el control al menos una vez y nadie advertía, apenas se daban cuenta si te olvidabas de recuperarlo.”

Los que sobrevivieron a la experiencia, los que pasaron por la sombra para construir el arquetipo heroico, vivieron con la culpa de los caídos. Un testimonio menos literario, más objetivo, de John Young, jefe de comando de infantería en el Delta del Mekong, para 1967 afirma:

“…la guerra consume el alma. Cuando un amigo cercano es asesinado o puede que le hayan reventado una pierna sólo un pie de distancia, te hace estar enfermo de miedo, y tu ira interna por la pérdida y la tragedia…y todavía…y todavía…de algún lugar dentro oyes a una voz interna diciendo “Mejor él que yo” y sabes que es verdad, y que harías cualquier cosa, cualquier cosa de todas, para permanecer vivo. La guerra quema cualquier barniz de lo que llamamos civilización, y te muestra que los últimos 10.000 años realmente no han hecho mucha diferencia en qué somos.”

No es muy distinta a la teoría, urdida por el propio Freud en su Malestar de cultura, de la civilización como máscara de la barbarie. Pero quedaba, claro, la mitología última de la sangre, la literatura, las crónicas de veteranos y las películas de Vietnam; el negocio de una ficción urdida por las experiencias traumáticas de una generación que no tuvo juventud; tuvo Vietnam. Una generación educada y destruida por la oscuridad impenetrable de Conrad:

“La suya era una oscuridad impenetrable. Yo le miraba como se mira, hacia abajo, a un hombre tendido en el fondo de un precipicio, al que no llegan nunca los rayos del sol. (…) Vi sobre ese rostro de marfil la expresión de sombrío orgullo, de implacable poder, de pavoroso terror…de una intensa e irredimible desesperación…”

O como finaliza la propia Chaqueta Metálica en el parlamento del soldado bufón: “Este es un mundo de mierda, sí, pero estoy vivo…y no tengo miedo.”

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Julio Tovar | 11 de marzo de 2012


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