Libro de notas

Edición LdN
Los poetas por LdN

Siguiendo la estela de la sección homónima de Almacén Los Poetas trata de reunir una pequeña colección de buenos poetas, aunque poco conocidos o apartados del parnaso oficial y editorial.

La realidad limitada: la poesía verdadera de Herme G. Donis

José Luis Morante en un certero ensayo titulado “Maneras de mirar” que prologa Vida y memoria 1989-2002, escribe: “La estética de Herme G. Donis, siempre intimista y acogedora, propende a la sosegada emoción de los versos de diario. Sus creaciones nos hablan con una expresividad natural, concisa y clara, amical y comunicativa que se encuentra cómoda con el mediodía de la palabra compartida”.

Herme G. Donis, vallisoletana de nacimiento, asturiana de corazón y madrileña de vocación nació en Villalón de Campos en 1951. Codirigió la revista de literatura Hydra (1973-1976) y la colección poética Cuadernos de Cristal (1982-1991). Así mismo, ha coordinado el suplemento cultural semanal «Jueves Literarios» (1982- 1985) del periódico La Voz de Avilés. Ha publicado los libros de poesía Catón de infancia (Avilés, 1983), Marginalia urbana (Oviedo, 1986), El fuego desvelado (Madrid, 1987), Mientras el tiempo pasa (Mieres del Camino, 1989), Peregrinas andanzas (Gijón, 1997), libro seleccionado para el Premio Nacional de Poesía, 1998, y Vida y memoria 1983-2002 (Gijón, 2002). Ha sido incluida en diversas antologías. Actualmente reside en Madrid, donde colabora por libre en diversos medios periodísticos.

La poesía de Herme es serena, iluminada, cercana a nosotros, es como un tapiz que cubre nuestra mirada y al que hay que contemplar por los dos lados: el lado que se ve y que nos enseña la escena, los personajes, el decorado, y el lado que no se ve que, entre el misterioso entramado de sus hilos, vemos la historia y el argumento del poema, oímos los latidos de la palabra, vemos mas allá de los rostros. La poesía de Donis tiene olor a mares, a ulises que no han vuelto, a soledades que queman, a una plaza en la que cae una lenta, suave y persistente lluvia de miradas, de palabras y de silencios que nos cala el alma. Donis es una poeta inteligente, perfectamente consciente de sus límites. Y así, en el poema “Amanecer con arco iris” al mismo tiempo que sabe que “no hay versos tan perfectos que puedan describir la eterna armonía de la tierra”, nos aconseja que nos alegremos de esa armonía seamos parte de elle de su luz tan breve. Brevedad que pudiera durar toda una vida entera.

...La ciudad está ahora
en manos de quien la sabe,
la siente y la posee.
No hay versos
tan perfectos que puedan
describir la eterna armonía
de la tierra. Conténtate
con ser parte
de esta luz tan breve.

Donis escribe está tan alejada de la metafísica como tan cercanos están a ella muchos otros poetas que desprecian la realidad en la que viven, que no ven. La poesía de Donis es pura tierra, cuerpo, respiración, caricia, es una poesía terrenal, de este mundo, que se puede casi tocar y casi comer de ella, comulgar con ella. Es la poesía del mundo que la poeta ve, de lo que vive, de lo que sabe, (no me atrevo a escribir de lo que experiencia), de lo que a ella misma le emociona. Es una poesía que traza ciudades, nombra nombres, acota el tiempo y fija los limites de la muerte con la vida. Donis en dos de mis poemas preferidos, “Mercado lisboeta” y “La Habana” escribe una cronista minuciosa y detallada se ilumina y nos adentra en dos poemas antológicos donde cabe lo social, lo moral, lo ético… y mucho más.

La poesía de Donis es una poesía reflexiva, melancólica, con todo el esplendor del “dolorido sentir” de Garcilaso. Una poesía que parece antigua, que es clásica, una poseía de siempre. Poesía del tiempo y en el tiempo, poesía que se va y se queda, de la muerte que se viene, de los olores que desaparecen, de los cuerpos que se desmoronan, de las ilusiones que se han perdido, de “las metáforas / que algunas noches / nos hicieron creer / que compondríamos / los mas versos / que mortal alguno escuchara” y que terminan escondidas “en descoloridas carpetas / que hoy con tanto fervor guardamos”.

Vida y memoria de una poeta de verdad, sobria, sincera, sencilla, veraz, sin gritos ni estridencias, sin escándalos ni piruetas de genero a como nos tienen acostumbrados esas otras poetisas de lira y liga fácil. Herme G. Donis es sustancia, es el hilo misterioso del revés del tapiz, una poeta que sabe lo venenosa que “es la verdad que no refleja nada”.

H.B.




EXTRANJERO en mis habitaciones, joven ídolo
rendido, corroes con tus labios
mis pechos oxidados por los días
en un solo afán de posesión que te devora.
Mortal deseo que muere en mi cuerpo,
frío alabastro,
glacial metáfora de piedra.

Pobre rostro sin eco, por qué te vences
en mi carne fugaz y alejada,
si yo sólo espero aquel regreso.

El fuego desvelado (1987)



Y ya el deseo enuncia fresas
en tus labios, besos de menta,
luceros en la tarde adormecida,
miel que desborda las colmenas,
absenta de fuego:
evidencia de amor
cuando, en octubre, regresan
los otoños.

El fuego desvelado (1987)



CUANDO PASEN LOS AÑOS

Cuando pasen los años
aún más deprisa,
y estas tardes que incendias con tus versos
se enfríen de conjuros y propósitos de gloria,
qué vano será añorar
tan efímero empeño de grandeza,
tanta lucha por marcar,
a duro golpe de existencia,
la huella indeleble de un poema,
pues, y bien lo sabes,
su rastro y tu vida
se habrán convertido en algo apenas
legible para entonces:
como esas leves señales
que quedan en las pizarras
después de ser borradas
de su negra superficie
todas las letras.

Mientras el tiempo pasa (1989)



LAS HORAS FUGACES

Te morirás, amigo,
y yo igualmente.
Las horas fugaces se llevarán
en silencio lo que amamos:
el paraíso, el infierno
que la vida al pasar nos va dejando.
Pertenencias efímeras
vividas como eternas,
defendidas con los dientes
a lo largo de los años. Cosas
que acabarán en nada.
Y hasta las metáforas
que algunas noches
nos hicieron creer
que compondríamos
los versos más bellos
que mortal alguno escuchara,
terminarán escondidas
en las descoloridas carpetas
que hoy con tanto fervor guardamos.
Morirán como la juventud
y su leyenda:
con nosotros y de repente.

Peregrinas andanzas (1997)



MERCADO LISBOETA

Especias, jazmines, estrellas de Egipto,
alfanjes, limones, zureo de palomas,
barricas de verde aceite, pan de centeno,
diminutos pájaros grises y verduras recién cortadas.
Libros, revistas gastadas por el sol. Viejos
dibujos de ciudades lejanas, acuarelas.
Niños que dormitan entre el ruido. Ojos negros.
Camisas, sombreros, sábanas, pasteles de tapioca,
tortas de maíz, sellos, plástico, relojes atrasados,
imágenes fijadas para siempre en estampas antiguas,
cantos rodados, olas de calor, sal. Amalgama de olores.
Peces y pulpos resbaladizos que se derraman en rojo,
carnes músculos rasgados, aves suspendidas en garfios,
té de Ceilán rumor de agua, mosaicos manuelinos, garabatos
en las pizarras, la penumbra dorada de los puestos. Gente.

A la salida, sobre un tablero, montones
de manzanas dulces te traen el olor de otro mar.

Que la fuente de la vida es un dios,
hay infinitas maneras de saberlo.

Peregrinas andanzas (1997)



LA HABANA

No hablo del bárbaro tumulto
de la infernal metrópoli, ni de jóvenes
sifilíticos, ni de fumadores de opio y marihuana
—si hoy aquí hay droga no emerge por las rutas
de los tour operators—, ni hablo de Wormold,
el representante de aspiradores de la Pila Atómica,
al que podemos ver cruzar el hall del hotel Sevilla
camino de la habitación quinientos diez
donde a buen seguro mantendrá una discreta cita
con Hawthorne, el agente del Intelligence Service,
ni hablo del Mercury que se detiene bajo el toldo
del hotel Nacional en el mismo instante
en el que se desata una lluvia cálida e impetuosa
y uno espera que de ese coche bajen Bogart y Bacall,
ni hablo de ese color morado que llega con el alba,
ni de los sones abiertos siempre al viento,
ni de un mar por tierra penetrado,
ni de ese viejo librero que recita,
con palabras que alcanzan el temblor,
un hermoso poema de Eliseo Diego,
ni del ejército, bien organizado, de muchachos
que acorralan el paseo del turista pidiendo
dólares, jabón, medicinas, bolígrafos, cualquier cosa,
ni del mercado negro, ni de las conversaciones
de los vecinos en la escalera
—el ansia de este pueblo es salir de la cárcel,
aunque sea la propia, en la que vive envuelto—,
ni de los timbres de las bicicletas,
ni del monótono zumbido de las moscas,
ni de las anacrónicas consignas revolucionarias
que adornan las paredes, ni de este olor áspero
que todo lo invade, ni de una ciudad
que se desmorona como el azúcar de la caña
con la que remueves el café, ni del mango,
cereza, piña o guayaba, ni de las matas de mamey,
ni de manjuaríes, jicoteras, iguanas o gallaretas,
ni del guarapo, ni de La Bodeguita del Medio,
ni de Cojimar, ni de Hemingway, ni siquiera hablo
de las jineteras y jineteros que apostados
a la entrada del hotel La Habana Libre
se abrigan en la borracha laxitud del mundo instalado
en la robusta superioridad que da el dinero.
En esta noche suave, a esta hora en la que las calles
parece que hallan su paz y su reposo, sólo quiero
hablar de la tristeza de quien ve la ruina, la intemperie,
el reproche callado de los más viejos, la avidez
capitalista de los jóvenes, la impotencia del que se sabe,
después de un sinuoso camino, en el mismo punto
de partida, del desasosiego del que deja caer
la inútil mano sobre el fresco rostro de un niño
y en su esperanza encuentra algún consuelo.

Peregrinas andanzas (1997)



VIAJE PERSONAL

Cualquier viaje lo es hacia
el corazón de nuestras
propias tinieblas.
W. B. Arrensberg

Al hombre gustoso de mapas y grabados
le es necesario llegar
muy lejos en su cárcel.
Sentir el mundo prendido de sus manos
y el corazón ligero, tan tenue
como un globo al cielo ascendido.
Un buen día parte
a recónditos lugares, eligiendo países
en los que espera ser dichoso,
paisajes sin nombre,
mares que uno a uno anulen
la profundidad del otro.
Curioso entre las gentes
de otras razas,
un saber jamás esquiva
y pronto aprende que el viajero
de su cuerpo nunca se aparta,
que allá donde va le sigue su propia ciudad
por más que el dedo señale
un sinfín de puertos,
que los recuerdos no cesan
en el ir y venir del navegante.

Peregrinas andanzas (1997)



TARJETAS POSTALES

Tarjetas postales que escribes
en lugares extraños, en ciudades
en donde quisieras ser feliz,
en donde robas la memoria de las cosas,
en donde das cuenta de instantes solitarios
compartidos con otros seres distintos
en lenguas y costumbres,
en donde comunicas que ya has llegado
a un nuevo país real o inexistente.
Postales que arrastras por los museos,
por los restaurantes, por las calles de París, Lisboa
o Amsterdam. Recuerdos que hablan de la luz,
del mar, de un amanecer en Niza entre el gozo
de las flores y la alegría que, como el agua,
corría cuesta abajo en busca
de los primeros adoradores del sol de los días,
o de esa emoción, un tanto estúpida,
que sentiste en la Biblioteca Ambrosiana
al saber que en aquel mismo lugar había estado
Stendhal, había estado Byron.
Tarjetas que también hablan de los sueños
que se abandonan en trenes, estribos, tascas,
barcos, puertos, autobuses y posadas,
(aquí una mirada, allá una promesa,
más tarde una esperanza)
para al final comprender que los afanes
engañan, que detrás de los kilómetros
se van los años, que llegar a otras tierras
es perderse un poco, que el viajero
lo único que busca es no moverse de su sitio.
Tarjetas postales de una vida
tantas veces inventada.

Peregrinas andanzas (1997)



RETRATO DE INFANCIA

Inquieta encontrar la niñez
refugiada en viejas fotografías
familiares que nunca has visto.
Extraña ver el ser que fuiste
en los brazos de un padre
joven, fuerte, ajeno.
Tras las fotografías,
la memoria se habita
de días lejanos.
Y aunque a estas alturas
ya sabes que el tiempo
‑impetuoso, justo,
cristalizándote los huesos-
tiene sus sílabas contadas,
necesitas ser de nuevo aquella niña.
Dejadme que intente descubrir
en su mirada única
un aire de familia,
una niñez con perfume de juegos
que salga de los posos del ayer,
un rastro de mí misma
que me haga creer
que todavía estoy a salvo. En casa.

Poesía inédita



EPITAFIO SÁFICO

(Cementerio de Staglieno)

Quede la confesión grabada
en la piedra eterna:
ante la claudicación y vergüenza
de negar lo que fui,
preferí no ser.
Tuve consuelo del suicidio.
Aquí dejo mi cuerpo y su pena.

Poesía inédita

LdN | 26 de mayo de 2006

Comentarios

  1. Teresa Núñez
    2006-05-27 20:02

    magníficos los poemas de Herme, yo soy madrileña y me gustaría contactar con ella, tengo publicados trece poemarios y creo que nuestras poéticas están en la misma linea

  2. tividad
    2006-05-29 09:43

    Me gustan mucho los poemas de Herme Donis. ¿Dónde puedo comprar algún libro suyo? Aguda nota preliminar de LdeN.



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