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Los anales perdidos por Jose Antonio del Valle

Jose Antonio del Valle escribe la bitácora Vidas Ajenas y ha colaborado en www.Stardustcf.com y www.Bibliopolis.org. Los anales perdidos se publica el día 22 de cada mes y trata de ser una mirada a personajes e historias medio olvidadas por el tiempo.

El regreso de Timur el cojo

Tamerlán
Últimamente estamos siendo testigos de la vuelta a los “orígenes” de diversas naciones que durante años pertenecieron a la órbita soviética. El caso más claro es Polonia con el retorno a su tradición católica y pro-occidental de toda la vida, aunque esto último signifique pro-USA esta vez dado que sus aliados occidentales de siempre, Gran Bretaña y sobre todo Francia, están, digamos, en otro punto de la evolución, o casi en el espacio exterior. En otros países se han dado curiosas reacciones en la búsqueda de una identidad nacional perdida durante tanto tiempo, como por ejemplo en Rumanía, donde se ha hecho del mismo Vlad el empalador un héroe nacional comparable a nuestro Cid. Algo similar ocurre en una de las repúblicas que formaron parte de la extinta URSS, Uzbequistán, donde tras años de comunismo parece que descubrieron de pronto que carecían de un mito o hecho diferencial que pudiese ocupar el lugar que había dejado el panteón de héroes soviéticos. Buceando en la historia, llegaron a un remoto pasado imperial y a un héroe que lo había hecho posible: Timur-i-Lenk o Timur el cojo, más conocido en nuestro país como Tamerlán. Aunque tratado de bárbaro sediento de sangre por los historiadores soviéticos, pronto los propagandistas uzbecos del nuevo estado empezaron a encontrarle el lado heróico y hasta amable que tanto necesitaban.
Desde los años noventa del siglo pasado las mezquitas se han vuelto a llenar de fieles y gigantescas estatuas de Tamerlán han venido a sustituir las no menos gigantescas de Lenin o Stalin en Samarcanda, la vieja capital de Timur, y en Tashkent, la de la joven república Uzbeca, dando origen a un curioso rito por el que todos los recién casados va a presentar sus respetos al padre de la patria una vez concluida la ceremonia.

Timur-i-Lenk nació en 1336 cerca de Samarcanda, hijo de un jefe de la tribu mongol de los Barlas, lo que posteriormente no le impidió cuando le vino bien remontar su genealogía al mismo Gengis Khan por un lado y a Alí, yerno del mismo Mahoma, por otro; ni tampoco evitó las leyendas que hablan de su origen humilde (como ocurre en casi cualquier héroe que se precie).
Durante sus primeros años participó con desigual fortuna en las continuas luchas por el poder en Transoxiana, territorio entre los ríos Amú Darya y Syr Darya que por aquel entonces formaba parte del Kanato de Chagatai, uno de los cuatro en los que se había fragmentado el imperio de Gengis Khan y sus descendientes (los otros tres eran el Kanato de Persia, la Horda de Oro en Rusia y China, que en 1368 dejó de pertenecer a los mongoles). En uno de esos combates sufrió las heridas que le darían el apodo con el que pasó a la historia, aunque sus enemigos decían que le habían dejado cojo cuando le sorprendieron robando ganado en su época más oscura.

Ruy González de Clavijo
Cuenta la leyenda que el 22 de junio de 1941, el arqueólogo soviético Mikhail Gerasimov exhumó los cadáveres de Timur y su nieto Ulug Beg pese a las advertencias de los uzbecos de que cualquiera que perturbara su sueño desataría sobre su país el fantasma de la guerra. Ese mismo día Hitler invadió la URSS. Gerasimov encontró en el cadáver rastros de las heridas que habían producido la cojera. Finalmente se le volvió a enterrar en una ceremonia religiosa musulmana. Se dice que poco antes de la victoria soviética de Stalingrado.

En 1370, tras derrotar a Husayn, un antiguo aliado, se convirtió en el amo de Transoxiana. Dando legitimidad a su posición mediante su matrimonio con Saray Mulk-Khanum, esposa del derrotado Husayn y perteneciente al linaje de Gengis Khan. Ello le valió el título de Gurgan (yerno del Gran Khan) puesto que el de Khan estaba limitado a los descendientes de Gengis Khan.

A partir de 1370 Timur comenzó lo que iba a ser un reinado de más de treinta años en los que prácticamente no se bajó del caballo. Entre 1375 y 1376 acabó de someter todo el Kanato de Chagatai hasta Mongolia. Entre 1376 y 1378 además de consolidar sus conquistas ayudó a Toqtamish, un príncipe mongol, a hacerse con el Kanato de la Horda de Oro. En 1381, con Toqtamish ya sentado en el trono, Timur volvió sus ojos hacia occidente. Entre 1381 y 1388 Conquistó Afganistán e Irán, que vivía en continuas guerras civiles desde la muerte en 1335 del último Khan mongol. Durante estas campañas en occidente, Toqtamish aprovechó para saquear Azerbaiyán, en los dominios de Timur, lo que condujo a la guerra que acabaría con su derrota y la sumisión al menos nominal al imperio timúrido de la Horda de Oro en 1396 tras la destrucción de sus principales centros urbanos, Sarai,Tana y Atrakán. En 1396 invadió Iraq, llegando a apoderarse de Bagdad. Tras los únicos dos años de descanso de su reinado en 1398 cruzó el Hindu Kush con su ejército y tomó Delhi. En 1399 se volvió de nuevo contra occidente y derrotó sucesivamente al sultán mameluco de Egipto y al sultán otomano tras arrasar Bagdad que se había levantado contra sus fuerzas. La derrota del sultán turco, que en 1396 había derrotado una cruzada europea en Nicópolis, causó una gran impresión en Europa. Durante un tiempo se esperó una inminente invasión que nunca llegó, puesto que en 1405 Tamerlán se volvió contra el mucho más rico imperio chino de los Ming, en su afán por volver a unir todas las tierras que habían estado una vez bajo el poder mongol. Murió ese mismo año en la ruta hacia China.

Ulugh Beg
Pese a que sus logros militares superan a los de Alejandro Magno, sin duda Tamerlán es más conocido en occidente por su crueldad y sus excesos. Hay quien le acusa de ser un psicópata sádico por episodios como el de la toma de la fortaleza otomana de Sivas, donde prometió no derramar la sangre de sus defensores, cristianos armenios, y “cumplió” su promesa haciendo enterrar vivos a 3.000 de ellos. También es famosa la toma de Iszifar en la que mandó construir un muro con 2.000 prisioneros vivos cementados con mortero. En la toma de Delhi sus hombres ejecutaron a 100.000 prisioneros según las crónicas, y en cada ciudad que se le resistía lo más mínimo no solía dejar a nadie vivo, salvo a los artistas, sabios y artesanos que se llevaba a Samarcanda. Es famosa su costumbre de construir torres con los cráneos de los vencidos. Aunque ha pasado a la historia por ello, hay que decir que sus métodos no son muy diferentes a los de otros príncipes de la época, como el ya citado Vlad Tepes, que usaban el terror como arma psicológica. De hecho esta costumbre le abrió las puertas de muchas ciudades sin derramar una gota de sangre.

Se le reprocha no haber sido un buen gobernante además de buen guerrero. No obstante en el contexto de tribus turcas y mongoles en continua disputa en el que le tocó vivir, el estado de continuas campañas y continuo aporte de botín (cuyo reparto generoso le valió la fidelidad sus hombres) era la única manera de mantenerlas unidas y a su servicio. En general se puede decir que fue un gobernante inteligente, que usó las leyes islámicas y las de las tribus mongoles según su conveniencia y que, pese a proclamarse defensor de la fe, no dudó en atacar estados musulmanes siempre que le dieron la mínima excusa. Se puede decir que el imperio de Tamerlán se forjó con el saqueo de las ricas ciudades de la tradicional ruta de la seda, gracias a lo cual sus territorios de Asia Central en torno a Samarcanda alcanzaron una edad de oro que maravilló al español Ruy González de Clavijo, enviado de Enrique III de Castilla.

El Registán
Tras su muerte comenzó un periodo de guerras civiles entre sus sucesores, con un florecimiento cultural bajo algunos de ellos como Ulugh Beg, el rey astrónomo, que dejaron monumentos tan bellos como el Registán de Samarcanda, pero que acabó con la desintegración del imperio en menos de 100 años. Parte de la culpa la tuvieron las tribus uzbecas invasoras que luego darían nombre al país, pese a lo cual hoy se prefiere situar la arcadia nacionalista en la época del imperio mundial de Timur el cojo.
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ALGUNAS FUENTES

  • Godwin, Jason. Los señores del horizonte: Una historia del Imperio Otomano. Alianza. Madrid, 2004.
  • González de Clavijo, Ruy. Embajada a Tamorlán.
  • Marozzi, Justin. Tamerlane:Sword of Islam, Conqueror of the World. Da Capo Press. Cambridge, 2004.
  • Nicolle, David & Angus Mc Bride. The Age of Tamerlane. Osprey. Oxford, 1990.
  • Timur en Wikipedia.
Jose Antonio del Valle | 11 de julio de 2007

Comentarios

  1. Marcos
    2007-07-11 21:48

    No creo que sea gratuita el hecho de que estos personajes recuperados fuesen sádicos y sangrientos; sí, tratan de minimizar esa leyendas, pero también interesa que así fuese, pues refuerzo el espíritu guerrero y es un modo como cualquier otro de advertir a los posibles enemigos.

    Por otro lado, ¿se imaginan hoy a un gobernante asesinando a todos menos a los artistas? No sé por qué me recuerda a la escena de El Padrino en que Brando mata a golpes a uno de los suyos justo antes (o después, no o recuerdo bien) de llorar en la ópera.

    Saludos.

  2. Roger
    2007-07-11 22:46

    Pero no estaba salvando a artistas en el sentido actual de la palabra “artista”. Estaba salvando a los que poseían el conocimiento y a los que sabían ponerlo en práctica. La definición de “artista” no empezó a cambiar hacia la que le damos hoy sino hasta el siglo XVII, que es más o menos cuando se inventa el concepto actual de “ciencia”.

    En el siglo XX se produjo un hecho similar a este que comentamos de Tamerlán: cuando los norteamericanos salvaron de la cárcel o de la pena de muerte a muchos de los científicos nazis para aprovechar sus conocimientos, sobretodo en cuestiones atómicas y de balística.

    Saludos

  3. Marcos
    2007-07-12 01:27

    Es cierto.

    Saludos

  4. Jose
    2007-07-12 02:28

    No, no hablo de David Bisbal :D De todas formas a mí lo que me hace gracia es la puñetera manía esa de remitirse siempre al “imperio perdido”. Aquí no s pasa mucho también.

  5. Roger
    2007-07-12 09:20

    Pero, ¿qué diferencia hay entre el “imperio perdido” y cualquier otra mitología heroica? Tenemos la Iliada, la Eneida, y para el caso, la Biblia, el Corán, o por lo menos las historias del Profeta. Es como si se buscara algo sólido sobre lo que fundar la nación, y por eso se intenta solidificar, hacer inmutable, no interpretable, literal. Cualquier mito fundacional (incluso el de la lengua) no se puede discutir o interpretar porque siempre se parte de la base de que es literal, sólido, indiscutible. A menos de que entremos en la jugada de “mi mito es mejor que el tuyo”, que es más o menos donde se encuentra la polémica actual entre los nacionalismos ibéricos.
    ¿No?

  6. Jose
    2007-07-13 00:13

    Pues sí. Entramos en el terreno de los dogmas y la fe y así nos va. Marozzi, el autor de uno de los libros sobre Tamerlán que he leído decía que Uzbequistán no ha cambiado mucho, sigue siendo igual que en la URSS, pero con otros mitos pa que la cosa no cambie. Lo que decía Lampedusa, vamos.

  7. Ana
    2007-07-20 01:18

    Lo que me parece más interesante es cómo los militares y guerreros se van volviendo más héroes y menos políticos con el paso de los siglos, en este caso se nota la sed de su pueblo por un ídolo, por un héroe propio, donde hasta sus costumbres sanguinarias se vuelven rasgos únicos que los enorgullecen



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