Cuidaba la herida como quien mima durante años un arbusto. Cada día retiraba la venda, limpiaba el pus y la podedumbre expelida y observaba el hueco con una linterna: las reverberaciones en la carne, las rugosidades y adherencias de la cercenación, el hueso al fondo. Frotaba entonces con un paño las paredes de la cavidad buscando que brotase sangre roja y terminaba aplicando un emplasto que evitase el desarrollo de gérmenes nocivos. Finalmente vendaba la herida, como un niño que envuelve en trapos a un pajarillo para curarle el ala rota.